Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

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Pequeño gorrión nocturno

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Pequeño gorrión nocturno de alas café y pico de plata. No ves que el sol ya se escondió y la luna ya canta? Es hora de desplegar tus alas y bailar al son del viento entre las estrellas. Planear sobre las luces de las ciudades que se apagan. Sentir que la capa de oscuridad te envuelve para que las rapaces nocturnas no puedan criticar esa libertad que te acompaña. Tal vez posarte en una alambrada, atusarte tus suaves plumas mientras silvas y descansas tus negros y brillantes ojos ante la proximidad del alba.

Pequeño gorrión nocturno,la noche por desgracia se acaba. Es hora de replegar las alas, cerrar tus ojitos y soñar hasta que inevitablemente la noche susurre… ¿No ves que el sol ya se escondió y la luna ya canta?.

___***___

Recupero está entrada de los origénes del blog que apenas fue leída. Los próximos días haré lo propio con las que opine que no tuvieron la atención que pienso merecían. ¡Disfrutarlas!

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Epitafio

DESESPERACION

“Confusión” será mi epitafio

mientras que me arrastro por un camino roto y destrozado

y si lo hacemos, podremos todos sentarnos

y reírnos.

Pero me temo que mañana estaré llorando,

sí, me temo que mañana estaré llorando.

Pero me temo que mañana estaré llorando,

Pero me temo que mañana estaré llorando,

Llorando

Fragmento traducido de “Epitaph” de King Crimson

Otro anochecer

anochecer.

Mira desde el interior de su refugio como la luz del día se desvanece de la inmensidad helada.

Las sombras de las lejanas montañas van alargándose mientras el sol se oculta lentamente, dejando tras de sí nubes de espuma ardiendo con colores imposibles: Naranja, rojo, morado y azul profundo.  Graznidos lejanos dan las buenas noches. Saludan a la emergente primavera del infinito campo de estrellas que como cada día acompañan a una silenciosa y clara luna que sonríe. Nos sonríe.

Mira el exterior hasta que la oscuridad se torna absoluta. Hasta que duele como las largas noches de vigilia en la soledad de este páramo en el fin del mundo.

Regresa la mirada hacia la mesa iluminada por una triste y oscilante lámpara incandescente.

Ha llegado la hora de apilar cerillas hasta que el sueño lo cobije otra vez.

Trece años después de la primera vez.

-Inspirado en las imágenes e historia que se narran en un reportaje del diario “El País” sobre Slava, un meteorólogo del Ártico

El (Sin) sentido del día a día

(Destruye tu sueño con un pitido incesante.

Toma un café con las farolas aún iluminando las calles.

Sal corriendo para no perder el autobús.

Métete en el interior de un atestado vagón de metro.

Mira las noticias, juega, lee o escucha música en el móvil.

Llega a la oficina y enciende el ordenador.

Pasa diez horas en la oficina.

Métete en un atestado vagón de metro.

Mira las noticias, juega, lee o escucha música en el móvil.

Relájate un rato frente al televisor viendo algo.

Acuéstate y sueña que todo puede cambiar mañana.)

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CTRL+V

CTRL+V

CTRL+V

CTRL+V

Repite hasta que no puedas más.

Un trabajador eficaz

UN TRABAJADOR EFICAZ

Infierno

I

 

-Tic… Tac… Tic… Tac…- El viejo reloj que se encontraba sobre la puerta sonaba incesantemente a pesar de que las agujas no se movieran ni un ápice. Las tres personas que se hallaban sentadas en la oficina no eran capaces de recordar en que momento exacto se había producido aquel hecho tan trivial. No les importaba lo más absoluto, porque en sus mentes solo existía una palabra: Trabajar.

Sentados ante sus mesas cada uno dedicaba su tiempo a realizar su tarea sin mirar a sus compañeros y sin mostrar ningún interés en lo que pudiera ocurrir a su alrededor. Por no importarles, no les importaba siquiera cuanto tiempo llevaban trabajando sin cesar. ¿Minutos? ¿Horas? ¿Días? Eran la élite de los trabajadores, el sueño hecho realidad de cualquier empresa.

Curioso era también el hecho de que tan productivos trabajadores se pudieran encontrar a gusto en un lugar tan deprimente. Una estancia cuadrada que a duras penas podía albergar las tres mesas y los armarios archivadores. Dos puertas en caras enfrentadas de la estancia eran las únicas aberturas de la habitación. Una la de entrada, aunque de los presentes nadie recordaba que se hubiera abierto en mucho tiempo. La otra puerta daba acceso al despacho del jefe, eminente empresario que se hizo famoso tiempo atrás por su filosofía empresarial de dar completa autonomía  a los trabajadores sin inmiscuirse en su trabajo. Filosofía que cumplía a rajatabla, de tal manera que rara vez ponía un pie en la oficina. Es quizás por eso que el único alboroto que se produjo aquel día en el interior de aquel recinto fue cuando se abrió la puerta de entrada y apareció el jefe acompañado de una preciosa mujer.

II

 

-¡Buenos días!- Saludó el jefe con una enorme sonrisa en sus labios. – Esta es la señorita Ester, y es posible que sea la nueva incorporación a la empresa.-

Un silencio sepulcral inundo la oficina. Los ojos de los tres trabajadores se apartaron de sus respectivas tareas y se clavaron como puñaladas en la mujer siguiéndola mientras avanzaba hacia el despacho contiguo. Finalmente la puerta del despacho se cerró con fuerza.

Los tres trabajadores comenzaron a mirarse nerviosos unos a otros. Sabían lo que se avecinaba, porque ellos en algún momento fueron también nuevas incorporaciones en la empresa. Dentro de la política de aquella oficina existía un punto especialmente particular referente a la contratación de nuevos empleados. Desde que alcanzaban sus recuerdos, el numero de empleados siempre había sido tres, dando lugar a un circulo en el que persona que entraba a trabajar, suplía a una que era inmediatamente despedida sin mas explicaciones. Nadie conocía que directrices se seguían a la hora de despedir a uno de los trabajadores, pero era un hecho que si finalmente la mujer pasaba la entrevista uno de ellos terminaría de manera tajante su contrato laboral.

Una vez pasado el “shock” inicial, todos se pusieron a trabajar a un ritmo frenético como intentando demostrar en poco su valía como trabajadores. Todos realizaban la misma labor, recibían faxes cada pocos minutos con interminables listas de gente y las iban pasando a ordenador cumplimentando una inabarcable base de datos. ¿Qué utilidad tenía aquello? Nadie lo sabía, lo importante era trabajar e ir vaciando la bandeja donde cada vez se acumulaban más y más folios llenos de nombres, mientras el sonido del reloj sin pilas seguía sonando acompañado del incesante teclear de los ordenadores.

III

Sonó un teléfono. – ¡Riiiiiiiiinnnnnnnnngggggggg!- Y todos al unísono sintieron como si su corazón fuese a salirse del pecho. Miraron rápidamente hacia cada uno de sus teléfonos personales y dos de ellos respiraron tranquilos y sin pensarlo se pusieron de nuevo a trabajar. El tercero de ellos, Andrew James Wharton cogió tímidamente el teléfono y contestó nervioso: – ¿Sí, dígame…? –

En unos segundos había colgado el teléfono, se levantó, se puso la chaqueta y se dirigió hacia el despacho de su superior. Justo al llegar a la puerta, la nueva integrante del equipo salió, y sin dedicarle ni una mirada se sentó en el puesto de trabajo vacío y se puso a teclear sin contemplación. Andrew pasó al despacho y cerró la puerta a sus espaldas.

Había olvidado la majestuosidad de aquel despacho. Amplio, con enormes estanterías repletas de gruesos volúmenes encuadernados en piel y llenos de nombres y más nombres. En el centro del despacho una mesa de caoba tan limpia y reluciente que se podía ver reflejada sobre su superficie la valiosa lámpara de araña que colgaba del techo. Tras ella una enorme vidriera de formas imposibles llenaba la habitación de destellos multicolor. Y sentado en un imponente sillón de estilo victoriano el gran gerente de aquella empresa.

Nadie en aquel lugar conocía su nombre (Tampoco les importaba), pero su sola presencia en aquel lugar imponía respeto y admiración. De rasgos duros, pelo engominado y peinado hacia atrás que dejaba mostrar algunas canas, ojos negros como la noche y una puntiaguda perilla, esperaba con las manos entrelazadas sobre la mesa al invitado.

-Pase y siéntese, que no muerdo…- Dijo señalando una silla ante el, mientras con la otra mano alcanzaba una pequeña caja de madera exquisitamente labrada. Esperó a que el invitado se acomodara y abriendo la caja le ofreció un cigarro, el cual Andrew rechazó amablemente. Sonriendo continuó hablando: – Bueno, espero que no le importe que yo me encienda uno, es uno de esos pequeños placeres que merece la pena darse de vez en cuando.-

Encendió el cigarro con una cerilla, y tras dar un par de bocanadas acomodado en su sillón, miro fijamente a Andrew. – Supongo que ya sabe porque le he llamado a mi despacho señor… ¿Cómo se llamaba? ¡Ah si! ¡Andrew! ¡Andrew James Wharton!. Si no fuera así me sentiría muy decepcionado con usted.-

Andrew asintió con la cabeza, pero sin decir ni una palabra para dejar que su interlocutor continuara hablando.

Su contrato finaliza en este mismo instante, y bueno, tengo el deber moral de informarle de que encontrara usted una vez que cruce las puertas de salida de las instalaciones. No le miento si le digo que ha sido un trabajador ejemplar durante todo el tiempo que ha estado con nosotros, por eso estoy seguro de que cuando empiece en su nuevo puesto de trabajo…-

Andrew lo interrumpió inundado con una inmensa alegría y con las manos temblando de puro nervio: – ¿Entonces…? ¿No me quedo en el paro? Yo necesito trabajar ¿Sabe?-

¡Pues claro que no amigo mió! No se que clase de lugar piensa que es este, pero le doy mi palabra de que no se me ocurriría desperdiciar un trabajador como usted. Una de las cosas de las que me siento más orgulloso es que bajo mi mandato hay una tasa de paro nula, así que para no alargar mas la conversación y no aburrirle con palabras que no le aportan nada, me gustaría invitarle a salir y descubrir que le aguarda allí fuera.- Se levantó, se acercó a Andrew, le dio una amistosa palmada en la espalda y se despidió: – Me alegro de haber podido contar con usted. Le deseo mucha suerte. Adiós.- Y no volvió a decir nada más. Simplemente se quedó de pie esperando a que Andrew se levantara y saliera del despacho.

IV

 

Andrew dudó unos instantes antes de poner el primer pié fuera del despacho que le había aportado tantas satisfacciones, aunque una vez que lo hizo sintió que el largo y tenuemente iluminado pasillo que se encontraba ante el era el camino hacia una nueva y mas feliz vida. Un paso tras otro fue dejando atrás la puerta hasta que se desvaneció en la oscuridad.

No supo cuanto tiempo andó, pero contra más avanzaba, un resplandor rojizo como de un amanecer fue llenando el pasillo, hasta que al final vislumbro una puerta acristalada por la que se filtraba la mágica luz.

Llegó a la puerta, y momentos antes de empujarla para salir al exterior se colocó la chaqueta, respiro profundamente y dijo en voz alta: – ¡Vamos valiente! Ha llegado la hora…-

Sin que él hiciera nada, la puerta se abrió dejando pasar una cegadora luz roja y un sofocante aire. Fue en ese mismo instante, mientras sus ojos se acostumbraban a la claridad cuando comprendió donde estaba, y cual era su nuevo trabajo.

Un desolado erial lleno de lagos de fuego y nubes de ceniza se extendía hasta donde lograba alcanzar la vista, el cielo tenía un malsano color anaranjado y gris, un fuerte olor a azufre inundaba el ambiente, y en todas direcciones se podían ver grupos de desgraciados realizando las más dementes tareas que nadie podía llegar a imaginar. Unos se arrastraban por el suelo buscando quien sabe que, otros se golpeaban con látigos hasta hacer que la sangre manará por sus espaldas como cascadas carmesí, otros recogían ceniza ardiente de las orillas de los lagos de fuego y se la restregaban por los ojos mientras chillaban de dolor, otros…

Andrew sintió nauseas de la escena que se dibujaba ante sus ojos pero no hizo rogar a su destino. Eligió un grupo de dementes que se arrancaba entre ellos la carne a mordiscos e imitando su comportamiento oficialmente comenzó su nuevo puesto de trabajo, mientras en una pequeña oficina de tres trabajadores que había olvidado, entre las incontables hojas llenas de nombres, un eficaz trabajador escribía en la base de datos: Andrew James Wharton.

Viejas costumbres

OLD WAYS

The sea is calling me home, home to you.
the pounding sea is calling me home, home to you.

On a dark new year’s night
on the west coast of clare
i heard your voice singing.
your eyes danced the song,
your hands played the tune.
t’was a vision before me.

We left the music behind and the dance carried on
as we stole away to the seashore
and smelt the brine, felt the wind in our hair
and with sadness you paused.

Suddenly, i knew that you’d have to go.
your world was not mine, your eyes told me so.
yet it was there i felt the crossroads of time
and i wondered why.

As we cast our gaze on the tumbling sea,
a vision came o’er me,
of thundering hooves and beating wings
in the clouds above.

As you turned to go, i heard you call my name.
you were like a bird in a cage, spreading its
wings to fly.
‘the old ways are lost’, you sang as you flew
and i wondered why.

The thundering waves are calling me home, home to you.
the pounding sea is calling me home, home to you.
The pounding waves are calling me home, home to you.
the pounding sea is calling me home, home to you.
The pounding waves are calling me home, home to you.
the pounding sea is calling me home, home to you.

VIEJAS COSTUMBRES

El mar golpeando me está llamando a tu casa,
El mar golpeando me está llamando dentro de tí.

En la noche oscura de un año nuevo,
En la costa del oeste de Clare,
Oí tu voz cantando,
Tus ojos bailaban la canción,
Tus manos tocaban la melodía,
Fue una visión anterior a la mía…

Salimos detrás de la música, y del baile realizado,
A medida que nos robaron a la orilla del mar,
Y que olía a salmuera, sentía el viento en el pelo,
Y con tristeza se detuvo.

De repente supe que se tendría que ir,
Su mundo no era el mío, tus ojos me lo dijeron,
Sin embargo, fui allí donde me sentí encrucijada en el tiempo,
Y me pregunté por qué…

Cuando hechamos nuestra mirada al mar cayendo,
Una visión vino a mí,
De los poderosos cascos y batir de alas,
En las nubes de arriba.

En cuanto pude oír tú estabas gritando mi nombre,
Como un pájaro en una jaula que despliega sus alas para volar,
“Las viejas costumbres se pierden” cantaba a medida que volaba.
Y me pregunté por qué…

El mar golpeando me está llamando a tu casa,
El mar golpeando me está llamando dentro de tí.

El mar golpeando me está llamando a tu casa,
El mar golpeando me está llamando dentro de tí.

El mar golpeando me está llamando a tu casa,
El mar golpeando me está llamando dentro de tí.

Que Dios?

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Si Dios es una creación del hombre, no existe dios más castigador y cruel que nosotros mismos… Como aplacar su ira?

Por el Bufón

Fugaz recuerdo I

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Sentados en el banco situado al final del paseo marítimo pasábamos las tardes de verano mientras Sally corría de un lado a otro jugando con las olas, con la arena, con los pájaros. El agradable sol nos cegaba mientras poco a poco desaparecía en el horizonte creando su eterno incendio en las nubes, y nosotros hablábamos sin preocupaciones de nuestra realidad: música, películas, libros, cómics, juegos…  Cantábamos, gritábamos, subíamos y bajábamos corriendo las largas escaleras mientras emulabamos “Eye of the Tiger”, reíamos…

Éramos jóvenes y felices.

Por el Bufón

La montaña

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A través de la ventana se puede ver la montaña

Inmensa, solitaria, inmóvil, serena.

Con sus grises riscos cubiertos de un manto blanco

Con sus ocultos y polvorientos senderos olvidados.

Amaneceres, ocasos, lluvias de estrellas, cielos nublados

Lluvias, tormentas, el sol destellando,

y rompiendo el silencio el viento silbando.

En algún lugar cercano bajo la sombra de su falda

Ríe un niño jugando, cierra los ojos un anciano expirando

Sobre las ramas de un ciprés un jilguero cantando

Y en una oficina un hombre observa impasible, pensando.

Leyendas oscuras de Providencia: Triple asesinato en el cerro

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De entre todos los crímenes sin resolver acaecidos en Santiago, del que menos se suele hablar por lo macabro de los hechos es del triple asesinato ocurrido entre la silenciosa arboleda que cubre el cerro que se haya al norte del curso del rio Mapocho.

Los cuerpos descuartizados hallados en la mañana el 24 de Abril del año 1997 causaron un gran revuelo entre los paseantes que se congregaron alrededor de la anciana que gritando y con un ataque de histeria hayo los cuerpos. Gabriela tras visualizar un reguero de sangre que goteaba entre las escaleras encontró entre los matorrales cercanos una cabeza de hombre decapitada y a la que le faltaba el ojo derecho. En la cuenca del ojo sobresalía un dedo de mujer con pintauñas y un anillo de oro. Cuando los primeros curiosos comenzaron a llegar empezaron a descubrir el resto de miembros de los tres cadáveres que serían el recuento final.

El examen forense certifico la muerte de las tres víctimas entre las 4 y las 6 de la madrugada de aquel día. Los cuerpos pertenecían a 2 hombres y una mujer caucásicos de edad comprendida entre los 27 y 38 años indocumentados. Las amputaciones habían sido realizadas con un objeto cortante de gran tamaño no localizado, y debido a la congregación de gente que hayo los cuerpos, resulto imposible dar con ninguna prueba que sirviera para resolver el terrible suceso ya que habian removido todo alrededor.

A pesar de los años transcurridos, se sigue recomendando a aquellos que acceden a la zona que presten atención cuando visiten el lugar y que se cuiden acudir a la zona en las horas que preceden al alba, porque aunque Providencia es posiblemente de los lugares más acogedores de nuestra gran ciudad, hay historias que es mejor no repetir jamás.