Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Categoría: Relato

Microcuento – Ella

Etérea. Volátil como la bruma se movía grácil entre las flores. Reía. La alegría que desprendía era capaz de hacer latir con fuerza los corazones de piedra.

¿Qué fue de ella?

Desapareció sin más, como un sueño. Como un anhelo. Tal y como hiciste tú.

Microcuento – 22:22

Miro el reloj. ¿Cómo no? Las 22:22. Siempre que lo observo los mismos dígitos. ¿Estaré atrapado en un bucle temporal? ¿El cosmos querrá decirme algo? O… Quizá… ¿No se habrá agotado su batería?

Relato – La torre

Siempre, cuando el sol comienza a ocultarse en el horizonte, miro al cielo esperando vislumbrar de nuevo la torre. Una inmensa estructura de piedra blanca entre las nubes que reflejaba los últimos rayos de luz como trazos mágicos de plata. Una inalcanzable figura que se desvanecía como la niebla en las mañanas otoñales. Un sueño que anhelo repetir algún día, aunque en mi interior sé que se desvaneció para siempre al despertar aquella mañana del mes de mayo después de una noche de vanos intentos por traspasar sus oníricos muros.

Fue acompañante de mis solitarios paseos por el viejo camino que lleva al molino durante muchos años. Pasiva observadora de mis escarceos amorosos a la sombra de las encinas con aquellas mujeres que me enseñaron todo aquello que desconocía del amor. Silenciosa confidente a la que susurraba sinceros deseos de poder alcanzar sus muros. Un monumento a la soledad que hacía pensar que aguardaba imperturbable en su lecho de algodón blanco mi llegada. Una columna de marfil que incitaba a viajar a los años en que los cuentos para niños eran una bella y tangible realidad.

¿Podría alguien afirmar que estoy loco si digo que pasé buena parte de mi juventud mirando ensimismado esa torre que solo ante mis ojos era tangible? ¿Podría alguien reprochar mis vanos intentos por llegar a lo más alto, hasta las puertas del cielo para alcanzar mi único sueño?

Fueron horas de espera al ocaso que ahora se me antojan siglos, esperando a que sus majestuosas puertas se abrieran desplegando un puente de brillantes estrellas. Horas perdidas desde el momento en que dejando todo atrás, inicié el ascenso hacia lo desconocido. Hacia lo único que creía real en ese mundo interior que se había forjado bajo la atenta supervisión de la imperturbable torre.

Recuerdo con especial emoción, aunque con inmensa tristeza la tarde en que se disipó todo. Hilos de cálida luz se filtraban entre las verdes hojas de los árboles, mientras una suave brisa hacia bailar el manto de flores de mil colores desde el que observaba emocionado como todos los días a mi gloriosa acompañante. Al este, el cielo comenzaba a oscurecerse salpicado por unas pocas estrellas y el sol, lenta pero inexorablemente se ocultaba tras los lejanos riscos dejando en el ambiente un maravilloso contraste de luces y sombras.

Rememoro cómo un día más, me di por vencido y me dispuse a esperar impotente como los blancos muros se transformaban en filigranas de humo llevadas por el viento. Pero aquel día eso no ocurrió. El sol se ocultó dando paso a una noche de ensueño y pude ver como de las oscuras ventanas de la torre salía un resplandor de tenue coloración, acompañado del sonido de un sollozo que inundó el ambiente con un manto de profundo pesar. La luna llena hizo acto de presencia en la escena, desvelando con su brillo un puente de lágrimas que bien podrían haber sido perlas, que descendía desde el firmamento hasta escasos metros de la posición en que me encontraba.

Ante mí se abría el camino que había esperado durante tanto tiempo y mis músculos comenzaron a responder de manera acorde a la situación: temblando. Avancé tambaleante hacia el puente, temeroso de que su plateado firme no fuera más que una ilusión mostrada ante mis ojos por los deseos largamente macerados en mi interior. No fue así. El mero roce del pie con la perlada pasarela hizo que mi cuerpo comenzara a elevarse sujeto por invisibles filamentos en dirección al origen de mis más profundos sentimientos.

En unos instantes sobrevolaba la oscura extensión de tierra que era mi mundo, sabiendo que mi destino se hallaba cada vez más próximo. Me pareció sentir que las negras sombras de la realidad extendían sus oscuros miembros intentando atraparme, pero la fuerza de un sueño al borde de ser alcanzado logró imponerse, hasta depositar mi cuerpo ante los muros de la torre. Una sensación de júbilo recorrió todo mi cuerpo y corriendo entre el campo de sólidas nubes rodeé la torre buscando una puerta; el acceso al interior del nuevo mundo que me aguardaba. Finalmente la encontré, imponente como la boca de un titán clamando por su liberación, pero para decepción mía cerrada a cal y canto.

Golpeé y grité con todas mis fuerzas, pero no hubo respuesta a mis continuas llamadas salvo aquel lamento que inundaba el ambiente y que por momentos parecía aumentar su volumen hasta casi parecer un vendaval de melancolía. Mi cabeza comenzó a dar vueltas y continué golpeando la puerta hasta que el cansancio hizo que de mis labios surgiera un sollozo desesperado que se unió al triste canto que ya imperaba en el ambiente.

«¿Por qué mis llamadas no obtenían respuesta?»

«¿Por qué quien fuera que habitara la torre no hacía caso a mis ruegos?»

«¿Por qué la espera que había sufrido durante años había quedado condenada a convertirse en una ilusión como tantas otras perdidas?»

«¿Por qué…?»

Al despertar supe que no vería nunca más la torre. Que no contemplaría nunca más sus muros de piedra blanca sostenidos por ilusorias nubes. Que no observaría nunca más los últimos rayos de sol reflejando destellos de oro y plata sobre su argentina superficie. Porque el último paso lo había dado sin llegar a alcanzar la cima de mis deseos. Porque he perdido la capacidad de soñar como sueña un niño perdido con viajar surcando los cielos al país de Nunca Jamás.

Pequeña fábula de Minerva

Minerva

Sentada sobre un tocón en un bosque olvidado,
descansa Minerva de su madrugador paseo.
Los pies descalzos sobre hierba con perlas de rocío.
El murmullo de un riachuelo manando.
Chispean hojas de cobre, plata y oro.
Se mecen.
Danzan un último vals ante la inminente llegada del frío.
Tocan el suelo y descansan.

Desde lo alto de una vieja rama
un mochuelo la observa, la llama.

«No te duermas Minerva,
pues se acerca el alba.
No te duermas Minerva,
vive la mañana.
Escucha Minerva, el silencio romperse.
No dejes que el despertar del nuevo día
se lleve consigo los sueños,
las alegrías,
el resplandor de las estrellas,
su reflejo en las calmas aguas,
las caricias de la brisa,
el canto de los grillos,
el bostezo de los niños…»

El sol se asoma tímido entre las ramas.
El mochuelo cierra los ojos y sueña.
Minerva se despereza,
se pone de pie
y camina,
abrazando un nuevo día.

B – Necesitamos guerra

Una simple chispa y comienzan a crepitar las incontrolables llamas de la guerra. Necesitamos guerra para vivir. Coger un fusil de asalto colgado y atado con telarañas a nuestro sombrerero y salir a disparar. Disparar indiscriminadamente. Al cielo o a tu vecino, lo mismo da. Sembrar de cuerpos inertes las calles, los bares, los parques y hacer que fluya la sangre. La sangre que alimente el nuevo renacer del hombre.

La solución a todos nuestros problemas es la guerra. Siempre lo ha sido y lo será. Fuente de nuestra evolución. Evolución forjada a fuego, sangre, acero, pólvora y lágrimas. Mares de lágrimas. Necesitamos guerra porque todo se acaba. Porqué sin guerra guerreamos y echamos bilis sobre todo lo que alguna vez construimos pensando en un futuro.

¿Quién quiere un futuro cuando se puede respirar y saborear la guerra?

___***___

Cada día que pasa crece en mi cabeza la idea de que inminentemente va a estallar una catastrófica guerra. Las piezas están ahí colocadas y solo falta ordenarlas. Terrorismo, desinformación, odio al vecino, crisis, trabajos precarios, descenso demográfico, egoísmo generalizado, indiferencia, cambio climático, aumento de la desigualdad…

Son tantos factores confluyendo en una única dirección que a la mínima puede saltar la chispa. Sobre todo porque la guerra siempre ha salido al paso para solventar todos los problemas. Todos los problemas del equipo vencedor.

¿Que opinas de esto?

Publicado el 10 de Octubre de 2020

Relato – La fuente

Buscando santuario en un paraje apartado de miradas ajenas, llegué a una plazuela olvidada por el tiempo, situada al final de una intransitada callejuela tras las irregulares líneas de viejas edificaciones en ruinas. Allí, inmutables, reposaban las aguas de la fuente.

Una fuente de piedra entre las sombras de enmarañadas hiedras y milenarias higueras, cuyas ramas enroscadas elevaban a la categoría de arte la caprichosa arquitectura de la naturaleza. Formando cúpulas y arcos de tonos verdes imposibles acompañadas de la orquestación de las hojas silbando al son del viento y el murmullo del fluir del agua.

Casi se podía palpar la tranquilidad que manaba de las cristalinas aguas reflejando aquel templo que invitaba al culto, al pensamiento contemplativo y la meditación. Invitación que acepté gustoso, saciando la sed con sus heladas aguas y quedándome sentado en su borde, respirando la espiritual ambientación de aquel lugar que parecía extraído de algún antiguo cuento o leyenda.

Me dejé arrastrar por las ensoñaciones que incitaba, y ante tanta calma en estado puro, me pareció sentir alrededor la inusual presencia de todas aquellas criaturas que sabiamente nos ocultan su existencia. Hadas y duendes observando tras el follaje. Bailando, cantando, saltando, haciendo cabriolas y el amor entre las ramas, como si este mágico refugio estuviese apartado del mundo y aquellos seres mitológicos no tuviesen nada que temer del despiadado ser humano.

Cuando desperté de aquel místico sueño estaba ya muerto. El ancestral veneno diluido en las aguas de aquella fuente me había arrebatado la vida sin dolor ni castigo. Dejando a su vera, un cuerpo que parece eternamente dormido y un espectro que intenta advertir al viajero sediento para que no sucumba al cautivador embrujo de este paraje de ensueño en el que han perecido tantos incautos como yo.

Relato – Un trabajador eficaz

UN TRABAJADOR EFICAZ

Infierno

I

«Tic… Tac… Tic… Tac…».

El viejo reloj que se encontraba sobre la puerta sonaba incesantemente a pesar de que las agujas no se movieran ni un ápice. Las tres personas que se hallaban sentadas en la oficina no eran capaces de recordar en qué momento exacto se había producido aquel hecho tan trivial. No les importaba lo más absoluto, porque en sus mentes solo existía una palabra: Trabajar.

Sentados ante sus mesas cada uno dedicaba su tiempo a realizar la tarea sin mirar a los compañeros y sin mostrar ningún interés en lo que pudiera ocurrir alrededor. Por no importarles, no les importaba siquiera cuanto tiempo llevaban trabajando sin cesar. ¿Minutos? ¿Horas? ¿Días? Eran la élite de los trabajadores, el sueño hecho realidad de cualquier empresa.

Curioso era también el hecho de que tan productivos trabajadores se pudieran encontrar a gusto en un lugar tan deprimente. Una estancia cuadrada que a duras penas podía albergar las tres mesas y los armarios archivadores. Dos puertas en caras enfrentadas de la estancia eran las únicas aberturas de la habitación. Una la de entrada, aunque de los presentes nadie recordaba que se hubiera abierto en mucho tiempo. La otra puerta daba acceso al despacho del jefe, eminente empresario que se hizo famoso tiempo atrás por su filosofía empresarial de dar completa autonomía a los trabajadores sin inmiscuirse en su trabajo. Filosofía que cumplía a rajatabla, de tal manera que rara vez ponía un pie en la oficina. Es quizás por eso que el único alboroto que se produjo aquel día en el interior de aquel recinto fue cuando se abrió la puerta de entrada y apareció el jefe acompañado de una preciosa mujer.

II

—¡Buenos días! —saludó el jefe con una enorme sonrisa en los labios. – Esta es la señorita Ester y es muy posible que sea la nueva incorporación a la empresa.

Un silencio sepulcral inundo la oficina. Los ojos de los tres trabajadores se apartaron de sus respectivas tareas y se clavaron como puñaladas en la mujer siguiéndola mientras avanzaba hacia el despacho contiguo. Finalmente, la puerta del despacho se cerró con fuerza.

Los tres trabajadores comenzaron a mirarse nerviosos unos a otros. Sabían lo que se avecinaba, porque ellos en algún momento fueron también nuevas incorporaciones en la empresa. Dentro de la política de aquella oficina existía un punto especialmente particular referente a la contratación de nuevos empleados. Desde que alcanzaban sus recuerdos, el número de empleados siempre había sido tres, dando lugar a un círculo en el que persona que entraba a trabajar, suplía a una que era inmediatamente despedida sin más explicaciones. Nadie conocía que directrices se seguían a la hora de despedir a uno de los trabajadores, pero era un hecho que si finalmente la mujer pasaba la entrevista uno de ellos terminaría de manera tajante su contrato laboral.

Una vez pasado el «shock» inicial, todos se pusieron a trabajar a un ritmo frenético como intentando demostrar en esa impredecible cuenta atrás su valía como trabajadores. Todos realizaban la misma labor, recibían faxes cada pocos minutos con interminables listas de gente y las iban pasando a ordenador cumplimentando una inabarcable base de datos. ¿Qué utilidad tenía aquello? Nadie lo sabía, lo importante era trabajar e ir vaciando la bandeja donde cada vez se acumulaban más y más folios llenos de nombres, mientras el reloj sin apena batería seguía sonando acompañado del incesante teclear de los ordenadores.

III

Sonó un teléfono. «¡Riiiiiiiiinnnnnnnnngggggggg!». Y todos al unísono sintieron como si su corazón fuese a salirse del pecho. Miraron rápidamente hacia cada uno de sus teléfonos personales y dos de ellos respiraron tranquilos y sin pensarlo se pusieron de nuevo a trabajar. El tercero de ellos, Andrew James Wharton, cogió con timidez el teléfono y contestó nervioso:

—¿Sí, dígame…?

En unos segundos había colgado el teléfono. Se levantó, se puso la chaqueta y se dirigió hacia el despacho de su superior. Justo al llegar a la puerta, la nueva integrante del equipo salió y sin dedicarle ni una mirada se sentó en el puesto de trabajo vacío y se puso a teclear sin contemplación. Andrew pasó al despacho y cerró la puerta a su espalda.

Había olvidado la majestuosidad de aquel despacho. Amplio, con enormes estanterías repletas de gruesos volúmenes encuadernados en piel y llenos de nombres y más nombres. En el centro del despacho una mesa de caoba tan limpia y reluciente que se podía ver reflejada sobre su superficie la fabulosa lámpara de araña que colgaba del techo; tras ella una enorme vidriera de formas imposibles llenaba la habitación de destellos multicolor y sentado en un imponente sillón de estilo victoriano el gran gerente de aquella empresa.

Nadie en aquel lugar conocía su nombre (Tampoco les importaba), pero su sola presencia en aquel lugar imponía respeto y admiración. De rasgos duros, pelo engominado y peinado hacia atrás que dejaba mostrar algunas canas, ojos negros como la noche y una puntiaguda perilla, esperaba con las manos entrelazadas sobre la mesa al invitado.

—Pase y siéntese, que no muerdo…—dijo señalando una silla ante él, mientras con la otra mano alcanzaba una pequeña caja de madera exquisitamente labrada. Esperó a que el invitado se acomodara y abriendo la caja le ofreció un puro habano, el cual Andrew rechazó amablemente. Sonriendo continuó hablando —. Bueno, espero que no le importe que yo me encienda uno, es uno de esos pequeños placeres que merece la pena darse de vez en cuando.

Encendió el cigarro con una cerilla y tras dar un par de bocanadas acomodado en su sillón, miró fijamente a Andrew a través de la espesa nube de humo —. Supongo que ya sabe porque le he llamado a mi despacho señor… ¿Como se llamaba? ¡Ah sí! ¡Andrew! ¡Andrew James Wharton! Si no fuese así me sentiría muy decepcionado con usted.

Andrew asintió con la cabeza, pero sin decir ni una palabra para permitir que su interlocutor continuara hablando.

—Su contrato finaliza en este mismo instante y bueno, tengo el deber moral de informarle de lo que encontrará usted una vez que cruce las puertas de salida de las instalaciones. No le miento si le digo que ha sido un trabajador ejemplar durante todo el tiempo que ha estado con nosotros, por eso estoy seguro de que cuando se incorpore a su nuevo puesto de trabajo…

Andrew lo interrumpió inundado con una inmensa alegría y con las manos temblando de puro nervio: — ¿Entonces…? ¿No me quedo en el paro? Yo necesito trabajar ¿Sabe?

¡Pues claro que no amigo mío! No sé qué clase de lugar piensa que es este, pero le doy mi palabra de que no se me ocurriría jamás desperdiciar un trabajador tan eficiente como usted. Una de las cosas de las que me siento más orgulloso es que bajo mi mandato hay una tasa de paro nula, así que para no alargar más la conversación y no aburrirle con palabras que no le aportan nada, me gustaría invitarle a salir y descubrir que le aguarda allí fuera —Se levantó, se acercó a Andrew, le dio una amistosa palmada en la espalda y se despidió —. Me alegro de haber podido contar con usted. Le deseo mucha suerte. Adiós.

Y no volvió a decir nada más. Simplemente se quedó de pie fumando y esperando a que Andrew se levantase y saliese del despacho.

IV

Andrew dudó unos instantes antes de poner el primer pie fuera del despacho que le había aportado tantas satisfacciones, aunque una vez que lo hizo sintió que el largo y tenuemente iluminado pasillo que se encontraba ante él era el camino hacia una nueva y feliz vida. Un paso tras otro fue dejando atrás la puerta hasta que se desvaneció en la oscuridad.

No supo cuánto tiempo anduvo, pero contra más avanzaba, un resplandor rojizo como de un amanecer iba iluminando el pasillo, hasta que al final vislumbró una puerta acristalada por la que se filtraba la mágica luz.

Llegó a la puerta y momentos antes de empujarla para lanzarse al exterior se colocó la chaqueta, respiró profundamente y dijo en voz alta: —¡Vamos valiente! Ha llegado la hora…

Sin que él hiciera nada, la puerta se abrió dejando pasar una cegadora luz roja y un sofocante aire. Fue en ese mismo instante, mientras sus ojos se acostumbraban a la claridad cuando comprendió donde estaba y cuál era su nuevo trabajo.

Un desolado erial lleno de lagos de fuego y nubes de ceniza se extendía hasta donde lograba alcanzar la vista, el cielo tenía un malsano color anaranjado y gris, un fuerte olor a azufre inundaba el ambiente y en todas direcciones se podían ver grupos de desgraciados realizando las más dementes tareas que nadie podía llegar a imaginar. Unos se arrastraban desesperados por el suelo buscando quien sabe que, otros se golpeaban con látigos hasta hacer que la sangre manará por sus espaldas como cascadas carmesíes, otros recogían ceniza ardiente de las orillas de los lagos de fuego y se la restregaban por los ojos mientras chillaban de dolor, otros…

Andrew sintió nauseas al contemplar la escena que se dibujaba ante sus ojos, pero no hizo rogar a su destino. Eligió un grupo de dementes que se arrancaba entre ellos la carne a mordiscos e imitando su comportamiento oficialmente comenzó su nuevo puesto de trabajo, mientras en una pequeña oficina de tres trabajadores que había olvidado, entre las incontables hojas llenas de nombres, un eficaz trabajador escribía en la base de datos: Andrew James Wharton.

Relato – El mal interior

—Haría lo que sea por ti —dije arrodillado.

Un clásico, lo sé, pero pienso que para declarar el amor lo mejor siempre han sido las típicas acciones. No dan lugar a error de interpretación y presionan a la otra parte a dar una rápida respuesta. Es cierto que si la respuesta es negativa te deja en evidencia, pero a veces hay que arriesgar. Jugarse el todo por el todo sin temer el resultado.

En ese momento lo hice y salió bien.

Ella me miró con esos ojos grises e imperturbables que siempre me han vuelto loco y sonriendo dijo: — ¡Sí, quiero! — Se agachó y me abrazó con fuerza. Con más fuerza que nunca.

Esa fue la primera vez que me estremeció y no precisamente por la emoción de conseguir lo que siempre había deseado. Juro que justo en ese instante fue cuando percibí la maldad que habitaba en su interior. No fue un gesto ni una mirada, sino un presentimiento. Como ver una sombra escabullirse al filo de donde alcanza la mirada y al girarse hacia allí comprobar que no hay nada.

Me estremeció, sí, pero ese presentimiento me excitó aún más de lo que había podido excitarme hasta ahora ninguna mujer. Y eso ella lo notó. Esa noche follamos como endemoniados.

A partir de ese día pasé a ser su esclavo. Cualquier cosa que ella me pidiera tenía la imperiosa necesidad de realizarla. En muy poco tiempo ella supo sin lugar a duda que me tenía atrapado sin escapatoria y que a un simple silbido suyo acudiría como un perro fiel.

Fue en ese momento cuando sacó a relucir esa maldad suya que tanto me excitaba y que mantenía oculta bajo su apariencia de mujer elegante y educada.

—Vamos a asesinar a alguien —me dijo sin apenas inmutarse ni cambiar la modulación de su voz un día en que nos encontrábamos tumbados en la cama reposando después de una larga sesión de sexo: —No importa a quién ni cómo, pero quiero saber que se siente aplastando una vida.

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. ¿Matar a alguien? No se me había pasado algo así por la cabeza jamás, pero escucharlo saliendo de sus labios hizo que supiera que en lo más profundo de mis entrañas siempre lo había deseado. Y si encima era ella quien lo pedía…

¿Quién soy yo para negarme si no soy más que su fiel siervo?

La abracé fuerte y la besé salvajemente como queriendo devorar su boca, para indicar que mi respuesta era afirmativa. Un abrazo que se transformó en un nuevo amasijo de gemidos, sudor y fluidos.

—***—

No tardó muchos días en elegir una víctima. Se trataba de un joven de unos treinta años que vivía a pocas manzanas de nosotros. Soltero; con pocas amistades; sin mucho éxito con las mujeres; con un trabajo de mierda… Comprendí en un instante lo fácil que la resultaría atraparlo en su sutil tela de araña.

Esa mujer me volvía loco.

El plan era simple. Ella lo abordaría en el pub que frecuentaba los jueves. Lo hechizaría como solo ella sabe hacerlo y lo traería discretamente a casa. Aquí estaría yo esperando para atraparlo y hacer con él lo que nos viniera en gana con mortales resultados. Solo de pensarlo me hacía un amasijo de nervios por el ansia de poner el plan en marcha.

Llegó el jueves noche.

Ella se fue al pub y yo me quedé sentado en el sofá viendo «Reservoig dogs» tomando una copa de buen vino. Inspiración para el futuro inmediato. Por supuesto, la concentración se fue perdiendo según pasaban los minutos. ¿Qué estaría haciendo?

Por mi mente empezaron a desfilar imágenes de un oscuro antro con el triste hombre sentado en la barra tomando un copazo de garrafón con hielos. Ella se acerca y lo mira descaradamente. Apoya la mano en su pierna y le susurra algo al oído. Luego pide un «Gin tonic» y se dirige sensualmente hacia una oscura e íntima esquina del bar. Él la sigue. Hablan, pero no tardan mucho en empezar a acercar sus cuerpos. Algún beso. Él saca valor y comienza a acariciar sus curvas. Caricias cada vez más intensas que van tornándose descarado magreo. Ella se ríe y le para en seco. — ¿No será mejor que continuemos en un lugar más íntimo? Vivo muy cerca. — Le guiña un ojo. Ella ordena y él obedece. Siempre es así.

Vuelvo a la realidad. Suena la cerradura.

¡Están aquí!

Me preparo para recibirles irguiéndome con celeridad. Caigo al suelo con el mismo ímpetu que me he levantado. Todo el mundo gira a mí alrededor.

¿Qué ha pasado?

Ella por supuesto tiene la respuesta. La muy zorra lleva el mal en su interior. ¿Por qué iba a confiar en un gilipollas como yo?

Veo sus zapatos de tacón acercarse entre las brumas de mi mente dando vueltas; paran justo a mi lado. Sigo la línea de sus largas piernas hasta más allá de su ceñido vestido de fiesta rojo. En sus manos lleva un hacha de cocina que brilla a la luz de la lámpara de araña del salón. Me mira fijamente con sus imperturbables ojos grises. Sonríe.

Esa mujer me ha atrapado hasta las últimas consecuencias y mientras baja a toda velocidad el hacha, no puedo evitar pensar en lo mucho que me excita ese mal tan puro que palpita dentro de ella.

Relato – Llegó con la lluvia

Portada llego con la lluvia

I

La clásica historia. Un oscuro antro oculto en los suburbios que vivió épocas mejores. Paredes cubiertas de grafitis que ocultan otros grafitis. Una destartalada placa de metal con las letras medio borradas que dejan intuir de qué tipo de local se trata: «J. Detective privado».

El interior huele a humedad. A la humedad que cubre la agrietada pintura y la tiñe de malsano y verdoso moho. Una decaída planta de interior intenta dar ambiente a la improvisada sala de espera con desgastadas sillas de madera de tapicería pasada de moda que jamás hizo méritos para ganarse ese miserable título. La poca luz de la sala, la aportan unos perezosos rayos de sol otoñal que se infiltran por los huecos entre las lamas de aluminio de un «store» a medio subir.

Se encuentra en la habitación adyacente. Envuelto en las tenues sombras que proyectan los incontables archivadores con informes de casos ya olvidados que se apilan descolocados en las esquinas. Tiene los pies sobre la mesa. En la comisura de sus labios, un cigarrillo con un centímetro de ceniza que lucha encarnizadamente con las leyes de la gravedad emite un finísimo hilo de humo que forma una etérea neblina. En un perchero cercano a la puerta descansa su raída gabardina de paño coronada con un sombrero gris de aspecto anticuado. Suena en la radio el murmullo de una emisora de rock ochentero en exclusiva para su único oyente.

A J. no le importa nada. Se concentra en el Sudoku difícil de un diario gratuito de hace dos días. Frunce el ceño mientras realiza sus cábalas numéricas, lo que ocasiona que las arrugas se le marquen como surcos en la tierra. La edad comienza a hacerle mella, pero cuando te paras a observarlo puedes deducir que en su juventud debió haber sido un hombre muy atractivo.

Alto, de algo más de metro ochenta. Ojos claros de un color indeterminado situado entre el azul celeste y el gris plateado. Mandíbula prominente abrigada con barba de tres o cuatro días. El rostro salpicado con alguna que otra cicatriz que se hizo durante alguna reyerta de bar. Con pelo abundante color castaño claro, con corte de galán de manual sacado de alguna película de los años cincuenta, solo que treinta años desfasado.

Deducciones al fin y al cabo, pues en realidad se trata de un hombre hueco y roto por dentro. Al menos desde que hace un año perdió a la que pensaba que podría haber sido la mujer de su vida. Clásica equivocación producida por la ceguera de una explosión de pasión que llegó tal y como se marchó, de forma totalmente casual e imprevista.

II

Todo comenzó un lluvioso día de otoño.

Tintineó la campanilla de la puerta, chirriaron los goznes, sonó un portazo y la sala se llenó con el susurro de una respiración rápida y sin pausa.

—Buenos dí…

Enmudeció al ver a la visitante. Delicada y pálida como una flor de invierno en un recóndito valle cubierto de escarcha. Ataviada con un ceñido y elegante vestido color negro y zapatos a juego. En su cabeza, un gorro de lana con un pompón en su cima, alicaído por la fuerte lluvia que no cesaba de caer en el exterior. Ojos color miel. Infinitas pestañas. Labios carnosos y ligeramente rosados; casi blancos. Melena castaña que caía ondulada por su espalda como la cascada del borde del fin del mundo. Pechos pequeños pero insinuantes. Cintura de curvatura imposible a la que seguía la zona de obligada deceleración por peligro de accidente que eran sus caderas. Piernas infinitas. Parecía un ser de fantasía huido de un sueño.

Paralizada ante la puerta, cogió aliento y poco a poco se comenzó a calmar su respiración. Escaneó a J. con la mirada. Lo atrapó sin haber pronunciado aún ni una palabra. Y la pronunció.

Buenas tardes, señor. Perdone que haya hecho una entrada tan abrupta, pero fuera hace un tiempo de perros y desde que he llegado a este barrio me ha dado la sensación de que un grupo de matones iba siguiéndome… —Su voz, como un canto celestial, iluminó lo lúgubre de aquel lugar, y J. Se quedó unos segundos sin palabras. Los segundos que tomó su corazón en acelerar y superar el límite establecido.

Pasa chiquilla, no te quedes ahí parada, que estás empapada y vas a pillar una pulmonía —dijo J. mientras a toda prisa se dirigió al aseo para coger una toalla—. Siéntate donde quieras y dime: ¿Qué te trae hasta este lugar?

III

Sin saber muy bien como ocurrió, ella acabó durmiendo en su cama, mientras él intentaba acomodarse en un sofá monoplaza dentro del pequeño y destartalado apartamento céntrico que tenía alquilado.

El nombre de la ninfa era Iris, y apenas llegaba a los veinticuatro años de edad. Sobre su pasado, J. solo pudo sacar en claro que había llegado a Madrid desde un origen desconocido el mismo día en que sus caminos se cruzaron. Al parecer buscaba a alguien, pero tras su fortuito encuentro parecía haberlo olvidado, o quizás ya no la importaba. No tenía dónde alojarse, así que él se vio en la obligación de otorgar refugio a aquel ángel surgido de la nada. Lo que estaba claro es que haberse conocido había sido fruto de la más absoluta casualidad. El azaroso destino a veces tiene esos caprichos.

Habían pasado ya dos semanas desde que Iris se había instalado en su habitación, y cada vez que compartía algún instante con ella, su presencia iba conquistando un poquito más de terreno dentro del marchito reino de los pensamientos de J., quien, de forma inconsciente, se veía dejando pasar el tiempo en su lúgubre despacho mientras miraba ensimismado el lento avance de las agujas de un viejo reloj de pared, y deseando que llegase la hora de echar el cierre para regresar a casa y poder verla de nuevo.

Cuando al fin llegaba el ansiado momento, J. se levantaba de su escritorio, salía corriendo del despacho como arrastrado por una fuerza invisible y todo a su alrededor se desenfocaba, a excepción del punto de fuga que era la puerta del apartamento.

Al llegar, la encontraba sentada leyendo alguna revista, viendo algún programa televisivo acurrucada en el sofá o encerrada en la habitación escuchando música y cantando por encima con una pésima pronunciación del inglés, que en su voz sonaba encantadora. Un día, la sorprendió dormida en el sofá. Parecía la viva imagen de una princesa de cuento de hadas y al sentir como se cerraba la puerta, Iris se despertó y J. pudo verla desperezarse y sonrojarse al verle, algo que a él le resultó encantador.

Cuando coincidían, ella siempre le saludaba y dedicaba una preciosa sonrisa capaz de alegrar el día más triste. Le decía:

—¡Holis J.! —Dándole un beso en la mejilla, y en ese instante él moría y renacía. Pero a pesar del amor que crecía en su interior, J. no era capaz de sacar el valor para decirle a Iris lo que realmente sentía.

Después, ella solía encerrarse en su habitación, canturreando entre dientes siempre una canción cuya letra decía:

«I can hear your heart. Can hear your heart…».

IV

Un día, casi sin darse cuenta, la vida de J. dejó de pertenecerle. Llegó como todos los días desde que se había mudado Iris, flotando hasta el apartamento, y al sacar el llavero, escuchó en el interior la música sonando a un volumen superior al habitual.

«The sky was bible black in Lyon». *

Ella, vestida con un short vaquero y un top, bailaba en mitad del salón iluminada por la tenue luz de unas velas.

«When I met the Magdalene». *

Sobre la mesa reposaba una botella de vino tinto abierta con dos copas a su lado: una de ellas llena y la otra a medio beber.

«She was paralyzed in a streetlight». *

Ella se acercó a J. con caminar insinuante, lo saludó con un húmedo beso en la mejilla y le agarró las manos.

«She refused to give her name». *

Lo arrastró despacio hacia el sofá, balanceando sus caderas como el caer de una pluma.

«And a ring of violet bruises». *

Lo invitó a sentarse con un guiño y le tendió la copa que estaba llena de vino. Él aceptó el ofrecimiento, ella elevó la suya y sin mediar palabra las tintineó.

«They were pinned upon her arm». *

Se mojó los labios tintándolos de rojo purpúreo mientras le clavó una mirada nada inocente en los ojos.

«Two hundred francs for sanctuary». *

Ella se levantó y se dirigió despacio hacia el centro del salón, donde continuó su hipnótica y sensual danza.

«And she led me by the hand». *

Iris se volvió hacia J., levantó de nuevo la copa y vació de un solo trago el contenido. Perfiló con la lengua sus labios y le señaló con el dedo índice, ordenando sin pronunciar palabras que se acercara hasta ella.

«To a room of dancing shadows». *

La marioneta sin voluntad que era J. en ese instante obedeció. Se aproximó a Iris con baile torpe y ella le correspondió extendiendo los brazos alrededor de su cuello.

«Where all the heartache disappears». *

Dejó de haber espacio entre los dos cuerpos que comenzaron a moverse acompasados como una sola entidad. Ella apoyó la cabeza en su hombro, y él vibró al sentir la cálida respiración recorriendo su cuello.

«And from glowing tongues of candles». *

Se aferró a la cintura de ella y sus manos comenzaron a deslizarse hacia abajo, anhelando el tacto de nuevos territorios inexplorados. Los delicados labios de Iris entraron en contacto con su piel, y los dos cuerpos se estremecieron al unísono.

«I heard her whisper in my ear». *

Los brazos de J. elevaron a Iris con la pretensión de que se produjera la colisión entre sus labios, y esta se sucedió como un estallido. Una explosión que hizo que ambos se apretaran buscando fundirse en un único elemento: aleación de pasión.

«‘J’entend ton coeur’». *

Habían llegado a un punto de no retorno. Sexo. Pasión. Atracción animal. Puro instinto primario, y la tarima acogió dos cuerpos entrelazándose. Retorciéndose. Enmarañándose.

«‘J’entend ton coeur’». *

Respiraciones profundas. Jadeos. Sudor. Saliva. Flujos. Semen. Gemidos. Gritos. Silencio.

«I can hear your heart». *

Los dos cuerpos desnudos se quedaron abrazados como si no hubiese un mañana. Ella acomodó su cabeza sobre el tórax de J. y susurró canturreando: «Puedo escuchar tu corazón. Escuchar tu corazón. Escuchar…».

«Can hear your heart». *

La escena finalizó con un fundido a negro cuando se extinguió la llama de la última vela.

«I hear your heart…». *

 

* Letra de la canción «Blue Angel», de Marillion.

V

Al despertar a la mañana siguiente, Iris había desaparecido de igual forma que se había cruzado en su vida un mes atrás: sin previo aviso. La cabeza de J. gustaba de revivir aquella última noche como un sueño recurrente. Una y otra vez agudizaba el oído deseando escuchar otra vez el tintineo de la campana anunciando su regreso, aunque este fuese imposible. La oficina y su apartamento se habían convertido en los lugares más lúgubres y grises del mundo. Pozos de miseria que absorbían cualquier resquicio de luz y vida.

La radio sigue sonando, aunque nadie presta atención a su emisión. J. apoya el diario sobre el escritorio y se ve a sí mismo llorando. Inevitables lágrimas al recordar el día que siguió a su noche de ensueño.

Un puente sobre el río Manzanares.

Un ángel cayendo al agua con las alas rotas y sin arnés.

El último pétalo de la flor más hermosa del universo flotando río abajo arrastrado por la corriente.

Nadie más parecía saber de su existencia. Apareció. Dejó un suceso entre tantos otros en los telediarios y un corazón destrozado. Se marchó dejando atrás un mundo aún más triste. Un mundo que seguiría girando, aunque imperceptiblemente más lento.

El árbol sin estrella

Como cada año en estas fechas llegó el día de montar el árbol de Navidad. Bajamos al trastero a rebuscar las cajas con los adornos entre los cachivaches sin utilidad que almacenamos para reutilizar algún día que nunca llegará. Finalmente nos pusimos a colocar en familia bolas plateadas y cintas doradas sobre las ramas de plástico.

¿Alguien ha visto la estrella?

La caja estaba vacía y la vieja estrella de madera pintada de blanco era lo único que faltaba para coronar el colorido y brillante árbol de Navidad.

Nos miramos unos a otros con cara de interrogante, pero nadie parecía saber el posible paradero de la estrella.

-No os preocupéis por eso. ¡Aquí está mamá! Os traeré una estrella en menos de un minuto- Dijo mi madre colocándose unos guantes y dirigiéndose a la puerta del jardín con prisa.

Efectivamente en menos de un minuto estaba de vuelta con una cegadora estrella entre sus manos. Había dejado la escalera apoyada en la fachada y en la estrellada bóveda nocturna un hueco oscuro justo en mitad de la nebulosa bola de nieve azul.

—***—

¡Feliz Navidad a todos!