Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Categoría: música

Esperanza – 21 – Esperanza

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Queridos hijos.

Acabo de recibir los resultados de la prueba de embarazo y sexo. Acabo también de saber que seréis una preciosa parejita, mis hijos. Os escribo estas palabras a sabiendas de que jamás sabréis de ellas. Soy consciente de que el futuro que se presenta ante vosotros no será fácil. Recae al igual que cayó sobre mí, el enorme peso de una especie que lucha a la desesperada por permanecer existiendo. Con vosotros como últimos humanos se abre también la oportunidad de enmendar los errores que nos has llevado a esta absurda situación.

Sois hermanos, sí, y en el mundo del que provenimos se habría visto, debido a los valores morales que allí perduran, como una auténtica monstruosidad lo que estáis obligados a hacer si queréis perpetuar la raza humana. Aquí en el espacio ya no estamos atados a esa moralidad y solo debemos seguir la que nosotros originemos, si bien, me gustaría pensar que el concepto del bien y del mal sigue presente. Quiero creer que la maldad no está instaurada intrínsecamente en nosotros como una voz que intenta guiarnos a la menor oportunidad en la dirección errónea. Quiero creer que somos capaces de erradicarla; de dar autentico sentido a lo que teóricamente representa la humanidad. Dejar atrás la deshumanización que lleva a priorizar la vida de unos sobre otros siguiendo dogmas absurdos como la economía, razas o clases sociales. Utopía lo llaman, y si bien es una ilusión, es mejor vivir intentando alcanzar ese sueño que aceptar sin réplica una existencia basada en lo que impongan los poderosos para mantener sus privilegios. Si la vida es un instante, que al menos brille intensamente.

Cuando nos seleccionaron al hombre que por azar ha resultado ser vuestro padre y a mí para afrontar esta misión, además de cerciorarse de que éramos inmunes al virus que nos asolaba, comprobaron también que nuestra cadena genética era lo suficiente diferente como para que las mezclas entre nuestra descendencia no causasen estragos y deformaciones, al menos durante unas cuantas generaciones; las suficientes como para que sea tan grande nuestro número, que al final llegue a ser inapreciable la degeneración que sin duda en algún momento se producirá. Hay en la nave, nuestro hogar, un banco de semen y óvulos que servirá también para que esto no llegue a producirse.

Doloroso es también tener que renunciar, aunque sea en los primeros compases de esta campaña, al amor. Debemos hacer resurgir el animal salvaje que tenemos hibernando en el subconsciente para aumentar las escasas posibilidades de éxito. Para evitar que se generen lazos sentimentales. Aunque me duela tomar esta decisión, os trataré no como una madre, si no como una estricta tutora que os enseñará todo lo necesario para que podáis sobrevivir y ser felices en la larga búsqueda de un nuevo hogar donde quizás, el sol siempre asome entre las nubes tormentosas. Jamás sabréis del monstruo que fue vuestro padre, o del monstruo en que se transformó vuestro padre.

Se que va a ser un auténtico reto lograr apartar un concepto tan básico como es el amor de vuestras mentes, desgraciadamente es un sacrificio que debemos hacer si queremos que de alguna manera la esperanza se mantenga latente. El amor lleva en demasiadas ocasiones a tomar decisiones erróneas o mal enfocadas, y no quiero que vosotros os veáis abocados al sufrimiento que suele acarrear el desamor o la locura de un amor desenfrenado.

¿Tendré la fuerza de voluntad necesaria para ser capaz de hacer todo esto? ¿La tendréis? Puede que peque de ingenua, pero mantengo encendida esa diminuta esperanza, y esta, junto a lo que representáis vosotros, es mi última y más preciada posesión.

—***—

FIN

Esperanza – 20 – Llegó la mañana

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No llueve. Quizás muy lejos, en algún lugar desolado de la Tierra, si aún queda algún superviviente, alguien esté mirando a través de una ventana llover sobre las aceras mojadas; valorando si pegarse un tiro en la sien o colgarse con un cinturón de alguna viga del techo, pero aquí en el espacio, la lluvia no es más que un recuerdo lejano. Ni siquiera las románticas lluvias de asteroides son tan preciosas si no chocan con una atmósfera que las haga arder; son simples piedras. A través del ventanuco de esta capsula de salvamento que es mi ataúd, solo puedo seguir contemplando oscuridad. Esa oscuridad plagada de estrellas a incomprensibles distancias que siempre nos acompaña. He tardado en acostumbrar mis ojos y distinguirlas, pero no me reconforta su presencia. Están allí, imperturbables en algún lugar indefinido. Para ellas no soy nada. Los hijos de puta como yo para ellas no son nada, aunque también es cierto que la humanidad en sí tampoco lo es. El pasado tampoco es nada y el presente no es más que el heraldo de lo que está por desaparecer. Irónico que toda nuestra existencia se sostenga sobre la nada.

Ahora que sé que la muerte me acecha y hasta puedo sentir su gélido aliento en la nuca, me viene vagamente a la mente la letra de una antigua canción casi olvidada que escuché en los lejanos años ochenta. Su letra traducida, más o menos decía algo así:

“Llegó la mañana y me encontré a mí mismo en el funeral de la niñez que pensé estaba desaparecida. Miré por la ventana y vi una urraca surcando un arcoíris. La lluvia se ha ido y yo ya no estoy solo. Te veo a ti. El niño que una vez amé…”

Bonita canción en una situación así. Irónico su mensaje en un momento como este. El cerebro y sus triquiñuelas para intentar aliviar el sufrimiento y la desesperación; capaz de rescatar de algún rincón del olvido una canción que nadie recuerda y que no se escuchará nunca más; abocada al olvido al igual que yo.

Supongo que un monstruo como yo merece un final como este. Si todos los hijos de puta como yo lo hubiesen tenido, el mundo quizás habría ido en una dirección muy diferente. Quizás yo no estaría aquí, ni Afrodita habría sufrido mi castigo. Aunque ese idílico planteamiento sea una gran falacia. El encargado de condenar al olvido a los de mi condición tendría que ser sin duda otro hijo de puta con voces en la cabeza dictando y justificando sus cruentas acciones. ¿Dónde está la maldita voz ahora que me hace realmente falta? Los minutos se hacen interminables aquí, atado sin posibilidad de moverme mirando la oscuridad estrellada a través del ovalado ventanuco.

Comienzo a tener hambre y sed. Mi boca me trasmite sabor a sangre seca; saliva sin cesar. Lo más lógico es que la muerte me llegue por deshidratación. Las heridas y magulladuras que me ha causado Afrodita no son suficientes para acabar conmigo, aunque sin duda harán más dolorosa la agonía que me espera. ¿Cuánto durará el final? ¿Habrá algo cuando este llegue? Lo dejaré en suspenso, aunque presiento que dará igual. La existencia nunca ha importado nada en este universo imperturbable donde la vida no representa más que una infinitésima porción de su contenido. ¿Existirá alguna forma de acelerar mi inevitable muerte? No me reconforta la idea de morir de sed, haya lo que haya después.

“Arráncate la lengua de un mordisco.”

Mi voz interior; mi única amiga, regresa en el peor momento para auxiliarme.

¡Duele! He gritado de dolor, pero aquí en mitad del vacío nadie puede escuchar mis gritos. Ahora mi boca está llena de sangre que escapa a borbotones por mi boca y resbala por la garganta. Duele y es asqueroso. Noto como mis extremidades pierden fuerzas. El conocimiento de lo que habrá en la otra vida está cerca. La parca afila su guadaña y sonríe. Duele. Cierro los ojos y me abandono al silencio. Es lo único que puedo hacer en este último momento.

“And it was morning…”

** “Childhood End?” – Marillion (1985)

esperanza – 19 – La diosa de la guerra

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Poco a poco recupero el sentido. Intento moverme, pero mis brazos y piernas están fuertemente amarrados. Cuando logró enfocar la visión, Afrodita está ante mí, erguida como la marmórea estatua de una imponente diosa de la guerra. Con su rostro perfecto y severo; observándome con mirada indiferente. En estos momentos para ella no soy absolutamente nada. Seguramente jamás lo he sido y jamás iba a llegar a serlo a pesar de mis delirios de grandeza. Jugué a ser Dios y la realidad me ha devuelto a mi puesto vitalicio de simple mortal.  Duele darse de bruces con la realidad de saber que los sueños casi nunca se hacen realidad.

La miro suplicante, directamente a los ojos. Ella clava los suyos en los míos con una mirada helada y vacía de sentimientos que hace que un escalofrió recorra todo mí cuerpo. Unas casi inaudibles palabras se escapan de mis labios:

—Amor, siento mucho lo que te he estado haciendo…

Sin mediar palabra, ella me golpea el rostro con un puñetazo justo en mitad de la nariz. Duele. Noto como comienza a humedecerse la zona superior de la boca. El líquido sabe a sangre.

—Nunca debí haberte tratado de esa manera. Entiendo tu ira. Entiendo tu odio. Lo acepto. No volverá a ocurrir. Te demostraré que todo ha cambiado.

Afrodita golpea de nuevo sin decir nada. Duele aún más que antes. Involuntariamente comienzo a llorar. Las lágrimas se mezclan con la sangre, el sabor me recuerda al sabor de una lata de cerveza que lleva demasiado tiempo al fondo del frigorífico. Miro hacia abajo y veo como mis atuendo blanco va tiñéndose de color carmín. Hasta ahora, debido a la tensión, no había reparado en qué situación me encuentro. Estoy atado al asiento de una de las capsulas de evacuación. Afrodita pretende arrojarme al vacío igual que hice yo con el cadáver del indeseable polizón. Condenado a muerte con uno de los hipotéticos finales posibles: solo en mitad de la estrellas.

“¡Gilipollas! Promete lo que sea para que esa grandísima puta te deje libre y cuando lo haga no permitas que algo así vuelva a ocurrir.”

—¡Cállate! No… ¡Por favor! ¡No volveré a tocarte! ¡Lo juro! —Lloro desconsoladamente. Desesperado. Con solo mirarla, de alguna manera sé que mis lagrimas no lograrán doblegar la voluntad de Afrodita. Aun así, las suelto. Quizás en lo más profundo de mi cerebro una pequeña chispa de esperanza aún brilla tenue. Quizás ella posea algo de la humanidad que yo perdí en algún momento por el camino y mis sollozos hagan que sienta compasión. Quizás…

Comienza a golpearme una vez más. No una, ni dos. Me golpea con rabia; sin temer represalias. Se está desahogando. En su cara puedo leer la auténtica expresión del odio. La comprendo y sé que lo merezco; llevo toda la vida mereciéndolo. No puedo verlo, pero sé que todo a mi alrededor está salpicado de sangre. Espesa sangre que se desliza despacio, pintando el blanco impoluto del mobiliario que nos rodea. Blanco y rojo en un contraste que se repite constantemente en la naturaleza. Duelen los golpes.

En algún momento cesa de golpearme. Respira rápido y mantiene los puños fuertemente apretados.

—¡Hasta nunca hijo de puta! ¡Lo que más odio de toda esta mierda es que la criatura que se está desarrollando en mi vientre tenga tus putos genes! —Afrodita se aparta y aprieta el pulsador de cierre de puertas. Todo ha terminado; no en este instante exactamente, pero en un futuro inmediato será una inevitable realidad. Noto el temblor del motor de la capsula. Produce dolor en mis heridas. ¿Duele realmente? En un rato, sean unas horas o unos minutos, dejará de importar. No sentiré nunca nada más. Seré una simple mota de polvo más flotando en el universo. Seré nada, por lo que no habrá variado absolutamente nada mi condición.

Ahora que el fin es una realidad tangible, esa perspectiva no parece demasiado halagüeña. ¿Cuándo lo ha sido?

Siento la inercia encoger mis entrañas. Puedo ver a través del pequeño cristal circular de la capsula de salvamento un negro profundo salpicado de pequeñas y titilantes estrellas. ¿Cuántas de ellas estarán apagadas? Por lo que yo sé, todas ellas podrían estar en realidad muertas. Datos sin importancia, al igual que mi vida ha dejado de tenerla. El tiempo que me resta es un simple trámite en el peaje al infierno. Casi preferiría no tenerlo, cerrar los ojos y dejar que todo termine.

“¿Ves cómo siempre he tenido razón?” Al menos no me dirijo al olvido solo.

Esperanza – 18 – Perdón

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¿Se ha ido para siempre esa maldita voz en mi cabeza?

Hace muchas horas que no la escucho. Es horrible el cómo cambia toda mi percepción de la realidad cuando aparece y comienza a hablar sin descanso, interfiriendo todos mis razonamientos. Me costó años desterrarla, pero siempre ha continuado allí, oculta; esperando pacientemente su oportunidad de reaparecer. Y ha aprovechado el más ínfimo instante de debilidad para emerger. Tengo que ir a ver cómo se encuentra Afrodita. ¿Estará bien? La última vez que la visité parecía un pelele sin voluntad. Hacia lo que fuese que pidiera sin rechistar… De alguna manera su actitud sumisa e indiferente sacó lo peor de mí y perdí los nervios de nuevo. No sé ni como ocurrió, pero la rompí tres costillas.

La he dejado sola el tiempo suficiente para que sus heridas hayan sanado. La pediré perdón. No volverá a ocurrir algo así. Se que la costará aceptar mi arrepentimiento, pero es sincero. Anteriormente nunca me había ocurrido algo así. Hasta ahora siempre había mantenido el control de la situación. Necesito que ella acepte esta faceta mía. Necesito que me perdone. Aquí en la soledad del universo no existe otra opción. Necesito que todo vuelva a su cauce, porque si no, acabaré mi existencia aquí en mitad del espacio, languideciendo en una espiral de locura y lamiendo mis heridas. Podría volverme completamente demente. Aún más loco de lo que creo que estoy o que siempre he estado.

Me acerco a la puerta del observatorio donde se encuentra encerrada Afrodita. No me espera y sé que en cuanto abra la puerta correrá a esconderse como un ratón asustado. Lógico, aunque ya no tiene nada que temer; ya no tiene por qué tenerme miedo. Creo que he desterrado para siempre esa maldita voz que me lleva atormentando toda la vida. Tengo que cuidar mis formas y que vea que todo ha cambiado de verdad.

La puerta se abre y doy un paso al frente cruzando el umbral. Pronuncio con voz clara y firme:

—Afrodita, sal por favor. No he venido a hacerte daño. Solo he venido a suplicar tu perdón. Yo…

—¡Hijo de puta! ¡Nunca jamás tendrás la oportunidad de hacerme daño!

Noto un fuerte golpe en la cabeza y caigo desplomado al suelo. Todo se comienza a difuminar y a volverse negro.

“¿Ves cómo tenía yo razón? Te dije que no debías confiar jamás en esa zorra ¡Imbécil!”

Esperanza – 16 – Medidas desesperadas

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Salgo del observatorio con fuertes náuseas y ganas de vomitar. Observo mis nudillos doloridos y manchados de sangre; la sangre de una diosa.

“No te sientas mal por lo que has tenido que hacer; ha sido necesario. Es cierto que por ella sientes algo y por eso tomar medidas desesperadas no ha resultado tan agradable como lo era antaño. Ella podía haber aceptado su nueva realidad, pero no lo hizo. Sus heridas sin duda sanarán y la próxima vez se lo pensará dos veces antes de llevarte la contraria, ya lo verás.

¿Escuchaste como suplicaba?

¿Como lloraba esa putilla?

¡Cuanto he echado de menos momentos como este a tu lado!

Me entusiasma comprobar que a pesar de los años no has perdido el toque. Ese toque que siempre te caracterizó y que nadie ha podido igualar. El cómo te recreas con el sufrimiento es lo que más aprecio de ti. Podías perfectamente haber parado cuando ella se arrastraba buscando desesperadamente escapar, pero no lo hiciste. ¡Maravilloso! Esa forma de agarrarla del cuello contra la pared. Esos ojos suplicantes derramando lágrimas. Esos balbuceos sin sentido…

¡Ja, ja, ja! ¿Qué diría?

¿Por favor no me hagas daño?

Si ella te conociera como yo te conozco, sabría que esas triquiñuelas contigo no sirven de absolutamente nada.

Vamos a apostar, yo pienso que la próxima vez se arrojará a tus brazos sin necesidad de que hagas nada. Todas las mujeres son así. En realidad, desean un hombre capaz de someterlas y que las trate como trapos de usar y tirar. Estoy seguro de que incluso ha disfrutado con cada golpe, como siempre ha sido a lo largo de la historia.

Puede que al final te hayas excedido un poco, pero supongo que haber reprimido tus instintos primarios tanto tiempo es lo que tiene. Además… ¡Que te quiten lo bailado!

Ahora habrá que dejar que se recupere un tiempo.

¿Qué te parece si la dejamos encerrada en el observatorio?Allí podremos hacer uso de ella cuando se nos antoje.”

Llegó con la lluvia

Oficina detective privado

I

La clásica historia. Un oscuro antro en los suburbios que vivió épocas mejores. Paredes cubiertas de grafitis que ocultan grafitis. Una destartalada placa con las letras medio borradas que dejan intuir de qué tipo de local se trata: “J. Detective Privado”.

El interior huele a humedad. A la humedad que cubre la agrietada pintura y la tiñe de malsano y mohoso verdor. Una decaída planta de interior intenta dar ambiente a las desgastadas sillas de madera con tapicería pasada de moda que hacen las veces de improvisada sala de espera que jamás hizo méritos para ganarse ese miserable título. La poca luz de la sala la aportan los perezosos rayos de sol otoñal que se infiltran por los huecos entre lamas de aluminio de un “store” a medio subir.

Está en la habitación adyacente envuelto en las tenues sombras que proyectan los incontables archivadores de informes de casos ya olvidados que descolocados adornan las esquinas. Pies sobre la mesa. En la comisura de sus labios un cigarrillo con un centímetro de ceniza luchando encarnizadamente con las leyes de la gravedad emite un finísimo hilo de humo que forma una etérea neblina. En un perchero cercano a la puerta descansa una roída gabardina coronada con un sombrero gris de aspecto anticuado. Suena en la radio el murmullo de una emisora de rock ochentero en exclusiva para su único oyente.

A J. no le importa nada. Se concentra en el Sudoku difícil de un diario de hace dos días. Frunce el ceño haciendo sus cábalas numéricas haciendo que las arrugas se le marquen como surcos en la tierra. La edad empezaba a hacerle mella, pero cuando parabas a observarlo podías deducir que en su juventud había sido un hombre muy atractivo.

Alto, de algo más de metro ochenta. Ojos claros de un color indeterminado situado entre el azul cielo y gris plata. Mandíbula prominente abrigada con barba de tres o cuatro días. El rostro salpicado con alguna cicatriz de reyertas de juventud. Con pelo abundante y castaño claro con corte de galán de manual sacado de alguna película de los años cincuenta solo que treinta años desfasado.

Deducciones al fin de al cabo, ya que en realidad se trataba de un hombre hueco y roto por dentro. Al menos desde que hacía un año perdió a la que pensaba podría ser la mujer de su vida. Clásica equivocación por la ceguera de una explosión de pasión que llegó como se marchó, de forma totalmente casual e imprevista.

II

Fue un lluvioso día de otoño.

Tintineo de la campana de la puerta. Chirrían los goznes y son seguidos por el golpe seco de la puerta al cerrarse. Respiración rápida y sin pausas.

—Buenos dí… —

Enmudece al ver a la visitante. Delicada y pálida como flor de invierno en un recóndito valle cubierto de escarcha. Un ceñido y elegante vestido de color negro y zapatos a juego. En su cabeza un gorro de lana con un pompón alicaído en su cima por la fuerte lluvia que no cesa de caer en el exterior. Ojos color miel; infinitas pestañas; labios carnosos, ligeramente rosados; casi blancos. Melena castaña que cae ondulada por su espalda como la cascada del borde del mundo. Pechos pequeños pero insinuantes. Cintura de curvatura imposible seguida de la zona de obligada deceleración por peligro de accidente que eran sus caderas. Piernas infinitas. Parecía una imagen arrancada de un sueño.

Cogió aliento y comenzó a calmar la respiración. Lo escaneó con la mirada. Lo atrapó sin haber pronunciado aún palabra. Y la pronunció.

—Buenas tardes. Perdone la entrada tan abrupta pero fuera hace un tiempo de perros y tenía la sensación de que un grupo de matones iba siguiéndome…— Su voz como un canto iluminó lo lúgubre de aquel lugar. J. Se quedó unos segundos sin palabras. Los segundos que tomó su corazón en acelerar y superar el límite establecido.

—Pasa, no te quedes ahí parada que estás empapada. — dijo mientras a toda prisa se acercó al aseo para coger una toalla. — Siéntate donde quieras y dime, ¿Que te trae a este lugar?… —

III

Sin saber como, ella acabo durmiendo en su cama mientras el intentaba acomodarse en el sofá monoplaza dentro del pequeño apartamento céntrico que J tenía alquilado.

El nombre de la ninfa era Iris y apenas llegaba a los veinticuatro años. Sobre su pasado J. solo pudo sacar en claro que había llegado a Madrid el mismo día que sus caminos se cruzaron. Buscaba a alguien, pero parecía haberlo olvidado o ya no importaba. No tenía dónde quedarse y él se sintió obligado a otorgar refugio a aquel ángel surgido de la nada. Lo que estaba claro es que su encuentro había sido fruto de la más absoluta casualidad. El destino a veces tiene esas gracias.

Habían pasado dos semanas y cada vez su imagen iba conquistando un poquito más de terreno dentro del marchito reino de sus pensamientos. Se veía pasando las horas en la oficina vacía observando el lento avanzar de las agujas del viejo reloj de pared deseando que llegara la hora de regresar a casa y verla.

Cuando finalmente llegaba la hora se movía como impulsado por una fuerza invisible. Su alrededor se desenfocaba a excepción del punto de fuga que era la puerta del apartamento.

La encontraba leyendo alguna revista. O viendo la tele acurrucada en el sofá. O escuchando música en la habitación cantando por encima con una pésima pronunciación del inglés que en su voz sonaba encantadora. Un día la encontró dormida en el sofá como una imagen de cuento y al sentir la puerta pudo verla desperezarse.

Siempre le dedicaba una sonrisa que alegraba el día más triste y le saludaba.

— ¡Holis J.! — dándole un beso en la mejilla. En ese instante el moría y revivía. Pero no sacaba el valor para mostrar lo que realmente deseaba.

Después solía encerrarse en la habitación canturreando entre susurros siempre la misma letra…

“I can hear your heart. Can hear your heart…”

IV

Un día casi sin darse cuenta la vida de J. dejó de pertenecerle. Llegó flotando al apartamento y al sacar el llavero escuchó en el interior la música a un volumen superior al habitual.

“The sky was bible black in Lyon” *

Ella vestida con un pantalón vaquero corto ajustado y un top, bailaba en medio del salón iluminada por la tenue luz de velas.

“When I met the Magdalene” *

Sobre la mesa una botella de vino tinto abierta con dos copas: una de ellas llena y la otra a medio beber.

“She was paralyzed in a streetlight” *

Ella se acerca con caminar insinuante. Lo saluda con un beso en la mejilla y agarra las manos.

“She refused to give her name” *

Lo arrastra despacio hacia el sofá. Sus caderas se balancean como el caer de una pluma.

“And a ring of violet bruises” *

Lo invita a sentarse con un guiño y le tiende la copa de vino. Ella coge la suya y las tintinea.

“They were pinned upon her arm” *

Se moja los labios tintados de rojo mientras le clava la mirada no tan inocente en los ojos.

“Two hundred francs for sanctuary” *

Se gira y se aleja lentamente hacia el centro del salón donde continúa su hipnótica y sensual danza.

“And she led me by the hand” *

Se vuelve hacia J. Levanta la Copa y vacía de un trago el contenido. Lo señala con el índice y ordena sin palabras que se acerque.

“To a room of dancing shadows” *

La marioneta sin voluntad obedece. Se acerca con baile torpe y ella extiende sus brazos alrededor de su cuello.

“Where all the heartache disappears” *

No hay espacio entre los dos cuerpos que se mueven como uno solo. Ella apoya la cabeza en su hombro. El nota la húmeda respiración en su cuello.

“And from glowing tongues of candles” *

Se aferra con fuerza a su cintura y suavemente comienza a deslizar hacia abajo sus fuertes manos. Los carnosos labios de Iris entran en contacto con su piel. Los cuerpos se estremecen.

“I heard her whisper in my ear” *

Los brazos de J. elevan a Iris buscando la colisión entre labios. Se produce como un estallido. Ambos se aprietan como si buscarán fundirse en un único elemento. Aleación de pasión.

“‘J’entend ton coeur'” *

Es un punto de no retorno. Sexo. Pasión. Atracción animal. Puro instinto primario. La tarima acoge dos cuerpos que se entrelazan. Se retuercen. Se enmarañan.

“‘J’entend ton coeur'” *

Respiración profunda. Jadeos. Sudor. Saliva. Flujos. Semen. Gritos. Silencio.

“I can hear your heart” *

Dos cuerpos desnudos abrazados. Ella se acomoda sobre el tórax de J. Susurra: —”Puedo escuchar tu corazón. Escuchar tu corazón. Escuchar…”.

“Can hear your heart” *

Fundido a negro cuando se extingue la llama de la última vela.

“I hear your heart…” *

 * Letra de “Blue Angel” de Marillion

V

Al despertar, Iris había desaparecido igual que apareció en su vida un mes atrás. La cabeza de J. gustaba de revivir aquella última noche como un sueño recurrente. Una y otra vez agudizaba el oído deseando escuchar otra vez el tintineo de la campana anunciando su regreso, aunque este fuese imposible. La oficina y su apartamento se habían convertido en los lugares más lúgubres y grises del mundo. Pozos de miseria que absorbían la luz y la vida.

La radio seguía sonando. J. apoyó el diario sobre el escritorio. Se vio a si mismo llorando. Inevitables lágrimas al recordar el día que siguió a su noche de ensueño.

Un puente sobre el río Manzanares.

Un ángel cae con las alas rotas y sin arnés.

El último pétalo de la flor más hermosa flotando río abajo.

Nadie la conocía. Apareció. Dejo un suceso en los telediarios y un corazón destrozado. Se marchó dejando atrás un mundo aún más triste. Un mundo que seguiría girando, aunque imperceptiblemente más lento.

Esperanza – 14 – Dudas

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—¿Dónde has estado? —me dice Afrodita en cuanto siente que entro en el jardín-observatorio. Noto nerviosismo en su tono de voz —. Han estado retumbando las paredes de metal como si todo se estuviese yendo a la mierda. Por un momento he sentido auténtico pavor imaginando que un asteroide podía haber colisionado con la nave. Después se notó un fogonazo en el exterior y vi a través de la cristalera salir despedida una de las cápsulas de salvamento. Dime. ¿Qué cojones hacías?

Medito cuidadosamente las palabras. Ella no debe saber jamás que viajábamos con un tercer elegido cuyo cuerpo muerto ahora flota en el vacío. Debo evitar a toda costa que descubra que he cortado las comunicaciones con la Tierra, aunque estas fuesen ya anecdóticas. Estamos completamente aislados ella y yo en el inmenso universo. Solo nos tenemos el uno al otro y nos necesitamos mutuamente, tanto para perpetuar la especie humana, que es la misión que nos encomendaron, como para vivir una vida plena allí donde jamás el hombre ha estado. Afrodita está realmente nerviosa. Tengo que hacer lo que esté en mi mano para calmarla.

—Tranquilízate. No ha ocurrido nada. Se estropeó uno de los asientos de la sala de control y se me fue de las manos el arreglo por utilizar unas herramientas mal dimensionadas. La cápsula de salvamento salió despedida por error. Menos mal que quedan operativas dos más. Me temo que no será la última vez que tengamos que hacer algo así durante este viaje sin retorno. Comprendo que te hayas llevado un buen susto con los golpes; estos muros de metal y el silencio absoluto que nos envuelve tienden a amplificar cualquier sonido por mínimo que este sea y muy a mi pesar, me he visto obligado a causarlo. Lo siento.

—¡Joder! ¡La próxima vez avisa de que te vas a poner a hacer reparaciones al menos! Creo que mi cabeza está a punto de estallar por los nervios que he pasado…

Ha sufrido un ataque de pánico. Se por experiencia propia que no es nada sencillo adaptarse a esta nueva situación. No sería la primera astronauta que sufre un brote psicótico al asimilar que estará durante meses en el espacio y su particular física, y a nosotros nos aguarda una existencia completa entre las estrellas.

Afrodita se derrumba sobre uno de los bancos. Su tórax sube y baja a gran velocidad, se agarra la cabeza con ambas manos y aprieta fuertemente la mandíbula. De sus ojos comienzan a manar lágrimas que resbalan por sus mejillas. Llora como si estuviese perdiendo la respiración.

Me acerco para intentar calmarla. Me siento a su lado y la atraigo hacia mí con un abrazo. Me mira con ojos relampagueantes. Una mirada asesina que me hiela la sangre.

—¡Déjame en paz! Necesito estar sola —me dice con tono amenazador y los ojos entornados. Me aparta de su lado con un violento empujón.

Me alejo en silencio de la sala, dejándola allí completamente a solas. Regreso a mi cuarto y me tumbo sobre las blancas sabanas. Justo en ese momento, cuando vuelvo a sentirme en calma entre las cuatro paredes de mí habitación, me parece escuchar alto y claro una voz que creía olvidada en el interior de mi cabeza.

“¿Vas a dejar que esa furcia te hable y trate de esa manera?”

Esperanza – 13 – El otro lado del silencio

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Una vida suspendida y un simple gesto para darla por finalizada. Por unos instantes juego a ser Dios frente a la cápsula letárgica del que debe ser el sujeto “Delta” o vete usted a saber que estúpida denominación. Un cuerpo humano de proporciones perfectas; soñando; con el líquido conservador fluyendo por cada uno de sus poros y huecos; esperando despertar algún día, siglo o milenio y perpetuar la especie humana en algún lugar del universo inexplorado. Supongo que sus instrucciones serian similares a las mías. Un sueño al fin de al cabo, pues en pocos instantes, yo mismo firmaré su pena de muerte y haré realidad su ejecución sin posibilidad de réplica. Añadiré a mi currículo la ocupación de verdugo. Le daré en compensación el conocimiento de aquello que nos pasamos la existencia buscando; de aquello que existe al otro lado del silencio. Seguramente la nada, pero…

¿Quién puede afirmarlo?

El cuerpo se convulsiona solo unos instantes antes de quedar completamente inerte cuando paralizo el aporte de oxígeno de su cápsula. Su piel va amoratándose y por su boca entreabierta deja escapar unas últimas burbujas de aire que se acumulan en la zona superior. Me deshago del cuerpo con un último adiós, lanzándolo al vacío en una de las tres cápsulas de evacuación de emergencia que hay preparadas y el viaje continua como si no hubiese ocurrido nada. Como si siempre hubiese sido el plan tal y como había imaginado en mi mente.

Afrodita no sabrá jamás lo que ha ocurrido con este indeseable viajero y con el tiempo me acabará amando como yo la amo a ella. Solo es cuestión de tiempo y aquí, en el infinito universo, disponemos de todo el que deseemos y más.

“Tiempo…Solo tiempo…”

Esperanza – 12 – Silencio

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—¡Transbordador “Esperanza” Llamando a la Tierra! ¡Respondan por favor! ¡Aquí Transbordador “Esperanza” Llamando a la Tierra! ¡Respondan por favor!

—Equipo terráqueo al habla. Perdone el retraso, aquí quedamos ya pocos trabajando ¿Qué ocurre sujeto “Alpha”?

—¡¿Puede alguien explicarme que mierda es esta?! ¡Se supone que yo era el elegido para esta misión! ¡El puto elegido! El encargado de perpetuar la especie humana en algún lugar olvidado del universo; yo y mi acompañante de género femenino. Los Adán y Eva de una nueva era tras el Armagedón ¿Alguien puede explicarme por qué cojones hay en una segunda sala de criogenización oculta, otro hombre en estado de hibernación?

—¡Cálmese sujeto “Alpha”! Claro que tiene una explicación y de peso ¿Ha contemplado usted la posibilidad de que algo saliese mal en la misión? ¿Que usted sufriera un desafortunado accidente en sus labores de mantenimiento de la nave antes de llegar a su destino? ¿Piensa que no hemos contemplado esa opción? Ese hombre es el As en la manga en el caso de que el plan se tuerza. En unos días, si usted sigue las instrucciones que le dimos, en cuanto estemos seguros de que la nave sigue la trayectoria correcta, podrá criogenizarse también para despertar algún día cerca de “Tierra II”.

—¿Me toman por gilipollas? ¿Y una vez allí? ¿Lo dejamos ahí dormido para siempre? ¿Nos lo comemos? ¿Que se supone que debemos hacer los tres? ¿Un trío? ¡No han confiado en mí! ¡Y una mierda! Esta es una misión para dos ¡Ese individuo sobra completamente en la ecuación! Es un cero a la izquierda ¡Un puto cero a la izquierda!

—¡Sujeto “Alpha” cálmese y no haga ninguna locur…!

Se hace el silencio después de arrancar la silla y golpear con ella el panel de comunicaciones hasta que comienzan a saltar chispas y pedazos de plástico. No les debo nada a estos inútiles. No volveré a ver ni escuchar a esos malditos enfermos que no aportan nada.

A partir de este momento tengo que ponerme a pensar en que hacer en esta nueva situación que se plantea ante mí.

“Piensa. Sabes perfectamente como solucionar esto. Haz memoria.”

Esperanza – 11 – Pasión en el infinito océano estrellado

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Bajo mis atentos cuidados, Afrodita se recuperó rápido de su largo sueño de hibernación y antes de darnos cuenta convivíamos en la nave como si siempre lo hubiésemos hecho. Olvidé cualquier cosa que no fuese ella.

Pasábamos casi todo el tiempo juntos, conversando sobre lo que había sido nuestra vida antes de embarcarnos en esta aventura sin posibilidad de vuelta atrás; sobre nuestros antiguos trabajos y familia; sobre el incierto pero prometedor futuro que nos aguardaba; sobre inolvidables amores y dolorosos desamores; sobre todo, de esto último. Y cada vez que Afrodita relataba alguno de los fragmentos de su corazón roto, yo sentía en mi interior una chispa de rabia incipiente. Como queriendo atravesar mi pecho y gritar:

“¡Olvídalo ya!”

Un día, estando los dos recostados en los sillones del observatorio; bañándonos en la penumbra del infinito océano estrellado únicamente iluminados por la tenue luz de un sol que hacía días dejamos atrás; mientras los dos agujeros negros que son sus pupilas me arrastraban irremediablemente hacia su inevitable e irresistible oscuridad; Mientras miraba embelesado el movimiento de sus perfectos labios hablando sobre temas transcendentales que caían en el olvido al instante de salir a la luz; mientras mis músculos y neuronas entablaban contienda por no aprisionarla, sucumbí al deseo. Ese día la quise silenciar con un beso y ella me petrificó respondiendo con su lengua y sus brazos anudándose a mi cuello.

Ese fue el inicio de la noche, o día (Aquí, en el espacio esos conceptos no presentan validez) que hizo que todo cambiara. La piel fusionada con la piel. Caricias. Besos, tantos como estrellas. Profanación de los más íntimos secretos de dos cuerpos movidos por el deseo. Por el deseo y la eterna soledad que nos acompañará de por vida. Desde que gritas y lloras al emerger del vientre de tu madre y sentir por primera vez la luz, hasta el instante en que tu voz y aliento se apagan en una triste habitación de hospital o en una cuneta. Jadeos desde nuestro particular pequeño mundo flotando en el vacío. Uñas arando los fértiles campos que son nuestras húmedas espaldas. Gemidos de placer y dolor. El ir y venir de nuestros cuerpos buscando nuevos encuentros; descubrir nuevos lugares secretos. Silencio y temblores involuntarios y el eco de la pasión resonando para nadie más en los corredores vacíos. Ese día amé a Afrodita como quien ama una diosa que ofrece sus manzanas doradas al hambriento y da de beber néctar de ambrosía al sediento.

—Te quiero —dije sin pensar en algún momento y solo tuve por respuesta silencio; doloroso y persistente silencio.

“¿Por qué no responde?”