Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Categoría: mini relato

666 versos desde el infierno – Micropoemas de terror

Que guapo salgo en la cubierta
«¿No has tenido alguna vez miedo de cerrar los ojos y soñar aquello que nadie querría jamás soñar?
Tal vez si te adentras en el corazón de las pesadillas aquí recogidas comiences a tenerlo…
Cierra los ojos y compruébalo.»

Tenía ya ganas de publicar un nuevo libro, y este terrorifico poemario es el resultado.
Este extraño volumen surge de una idea cuanto menos curiosa.

Mientras escribía Haikus y Senryus para mis anteriores poemarios (véase «Haikus estacionarios»«Entre el cielo y el mar» y «Siendo aún un niño me enamoró una estrella»), me di cuenta de que su escueta estructura era capaz de condensar ideas de tal forma que el lector al leerlas era capaz de percibir la idea general que quería trasmitir y a su vez generar en su interior una clara sensación de bienestar o de conexión con la naturaleza. Me pregunté: ¿Y si uso tal métrica (tres versos de cinco, siete y cinco sílabas) para crear espantosas escenas capaces de creer desasosiego o miedo al lector?

Quizá no pueda parecer algo lógico, pero para un autor que adora los microrrelatos con alma de ciencia ficción, fantasía y terror como yo, me pareció una idea estupenda, y decidí dar forma a un libro único: 222 micropoemas (Que al ser de 3 versos hacen del número de estos el conocido como «número de la bestia») cuya lectura fuese un no parar de escenas que atentaran directamente contra la psique del lector y que le provocase fugaces sentimientos relacionados con el terror, el miedo o la ansiedad (añade aquí cualquier otra sensación de malestar).

Este poemario es el resultado de tal idea. Cada micropoema es una historia única (Un microcuento de terror de esos que tanto me gusta escribir), y a su vez un conjunto que cualquiera puede pensar que ha surgido de una mente demente.

En esta ocasión la obra consta de treinta y dos imágenes que acompañan los textos. Las he creado utilizando generación de imágenes por IA (Inteligencia Artificial) introduciendo los textos de estos poemas. Y no puedo estar más contento con el resultado, pues todas las imágenes generadas son oscuras, terroríficas, demenciales y aterradoras (De hecho, creo que según avanza la creación el sistema lo hace más patente).

Solo espero que con la lectura de estos seiscientos sesenta y seis versos encuentres una terrorífica lectura…

En realidad, sé que la encontraras.

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El mar de hierba

Campo florido

Navegante de un mar de hierba.
Verde de la esperanza de la primavera
Salpicado de coloridos veleros
con pétalos desplegados
capeando armónicas olas
al son de la brisa de la mañana.

Navegante hasta que las luces se desvanezcan
y solo la estrella del norte brille como una inmóvil luz guía
a la que poder seguir hasta que despunte un nuevo día
en tu largo viaje hasta tu destino.
Desconocida y fascinante eternidad
u olvido.

Microcuento – Ella

Etérea. Volátil como la bruma se movía grácil entre las flores. Reía. La alegría que desprendía era capaz de hacer latir con fuerza los corazones de piedra.

¿Qué fue de ella?

Desapareció sin más, como un sueño. Como un anhelo. Tal y como hiciste tú.

Relato – La fuente

Buscando santuario en un paraje apartado de miradas ajenas, llegué a una plazuela olvidada por el tiempo, situada al final de una intransitada callejuela tras las irregulares líneas de viejas edificaciones en ruinas. Allí, inmutables, reposaban las aguas de la fuente.

Una fuente de piedra entre las sombras de enmarañadas hiedras y milenarias higueras, cuyas ramas enroscadas elevaban a la categoría de arte la caprichosa arquitectura de la naturaleza. Formando cúpulas y arcos de tonos verdes imposibles acompañadas de la orquestación de las hojas silbando al son del viento y el murmullo del fluir del agua.

Casi se podía palpar la tranquilidad que manaba de las cristalinas aguas reflejando aquel templo que invitaba al culto, al pensamiento contemplativo y la meditación. Invitación que acepté gustoso, saciando la sed con sus heladas aguas y quedándome sentado en su borde, respirando la espiritual ambientación de aquel lugar que parecía extraído de algún antiguo cuento o leyenda.

Me dejé arrastrar por las ensoñaciones que incitaba, y ante tanta calma en estado puro, me pareció sentir alrededor la inusual presencia de todas aquellas criaturas que sabiamente nos ocultan su existencia. Hadas y duendes observando tras el follaje. Bailando, cantando, saltando, haciendo cabriolas y el amor entre las ramas, como si este mágico refugio estuviese apartado del mundo y aquellos seres mitológicos no tuviesen nada que temer del despiadado ser humano.

Cuando desperté de aquel místico sueño estaba ya muerto. El ancestral veneno diluido en las aguas de aquella fuente me había arrebatado la vida sin dolor ni castigo. Dejando a su vera, un cuerpo que parece eternamente dormido y un espectro que intenta advertir al viajero sediento para que no sucumba al cautivador embrujo de este paraje de ensueño en el que han perecido tantos incautos como yo.

El árbol sin estrella

Como cada año en estas fechas llegó el día de montar el árbol de Navidad. Bajamos al trastero a rebuscar las cajas con los adornos entre los cachivaches sin utilidad que almacenamos para reutilizar algún día que nunca llegará. Finalmente nos pusimos a colocar en familia bolas plateadas y cintas doradas sobre las ramas de plástico.

¿Alguien ha visto la estrella?

La caja estaba vacía y la vieja estrella de madera pintada de blanco era lo único que faltaba para coronar el colorido y brillante árbol de Navidad.

Nos miramos unos a otros con cara de interrogante, pero nadie parecía saber el posible paradero de la estrella.

-No os preocupéis por eso. ¡Aquí está mamá! Os traeré una estrella en menos de un minuto- Dijo mi madre colocándose unos guantes y dirigiéndose a la puerta del jardín con prisa.

Efectivamente en menos de un minuto estaba de vuelta con una cegadora estrella entre sus manos. Había dejado la escalera apoyada en la fachada y en la estrellada bóveda nocturna un hueco oscuro justo en mitad de la nebulosa bola de nieve azul.

—***—

¡Feliz Navidad a todos!

Esa voz sin sentido

Donde quiera que esté siempre escucho esa voz.

Un susurro suave y armonioso que me acompaña aún donde impera el silencio.

Agudo y a su vez tan grave como la violencia que oculta tras su aparente calma.

Fundiéndose con el viento entre los árboles.

Con el repicar de la lluvia.

Con los truenos que retumban en la distancia.

Con el cantar de los pájaros al atardecer.

Y con esos sonidos que no parecen existir que provienen de ti y de mi como un lenguaje desconocido que intuimos al cruzar nuestras miradas.

Manando de nuestro interior.

De nuestros corazones cuando laten pausados, en ese instante previo a bombear sangre con la energía que otorga el estar excitado.

Tan excitados.

Quisiera poder definirlo como una esperada llamada.

Como un grito mudo que nos hace mirar el lienzo del firmamento y sus estrellas esbozadas.

Siempre tan lejanas.

Buscando un origen incierto.

Un destino que irremediablemente nos aguarda.

Quisiera que lo entendieras.

Que pudieras explicarme el sentido de esa voz que resuena en mi cabeza.

Qué parece repetir una y otra vez:

«Haz lo que quieras».

Entradas al abismo

Recuerdo como miraba esos dos pozos oscuros esforzándome en vislumbrar algo en el fondo, donde las tinieblas son más densas y la luz desconocida.

Recuerdo caminar por el borde de los abismos. Aventurarme hasta donde la claridad del día se ensombrecía. Siempre imaginando lo qué se escondía allá donde no alcanzaba la vista.

Recuerdo no poder pensar en otra cosa. Consecuencia de la juventud y su inconsciente valentía. Llegar demasiado lejos, donde otros antes que yo cayeron, y caer y seguir cayendo a plomo en esos pozos negros sin fondo en un ciclo eterno.

Poema – Con ojos de górgona

Mira que me lo advirtieron
y aquí estoy perdido para siempre.
Por perseguir un sueño,
una utopía
de cabellos arremolinados
latentes de vida
y formas orgánicas
de movimientos serpenteantes.

Mira que fui advertido
por los oráculos,
y los viejos sabios,
y los parroquianos de taberna,
y los cuentos de niños
qué quitan el sueño
en las noches más oscuras
cuando las llamas se desvanecen
en volátiles hilos de humo.

Mira que fui ingenuo
por creer que esa magia no existía.
Por pensar que
esos cuerpos desgastados
y petrificados
serían cosa de algún pasado
lejano.

Tan lejano…

Y ahora aquí estoy
viendo tornarse mis huesos,
órganos, músculos y piel,
fría piedra inerte.
Y todo por mirar directamente
los ojos de la «Gorgona»
e intentar decir sin palabras
qué escapen de mis paralizados labios
un simple:

«Te necesito».

La casa del jardín de estrellas

Soñando universos

¿Recuerdas cómo llegamos a la casa del jardín de estrellas?

Noche tras noche, al cerrar los ojos, volábamos como golondrinas enamoradas siguiendo la estela de un astro olvidado. Dábamos piruetas acariciando la nada. Su materia oscura. El todo. Típica contradicción onírica que nos hacía repetir una y otra vez los encuentros.

Noche tras noche la misma senda.

Girábamos. Nos abrazábamos. Nos besábamos. Nos mareábamos viendo incontables y diminutos soles centrifugarse alrededor nuestro. Tú y yo éramos el epicentro del universo.

Y al finalizar una de las vueltas, y mientras las estrellas volvían a ocupar su descanso a millones de años luz de nuestra posición, nos dimos cuenta de que sin imaginarlo habíamos llegado a una nueva localización del vasto espacio.

En medio de la negrura, una preciosa casa de formas orgánicas nos daba la bienvenida con sus puertas abiertas. Un jardín de estrellas en flor en tal concentración a su alrededor que parecía la congregación de todas las luciérnagas del universo, invitaba a dirigir los pasos hacia el descanso que ofrecía su porche.

Y el sueño nos arrastró hacia allí como la traicionera corriente en las aguas profundas, y nos llenó de la misteriosa curiosidad que nace del descubrimiento de lo desconocido.

Y lo desconocido dejó de serlo cuando ella nos recibió con los brazos abiertos. La calidez de quien lo envuelve todo. La mismísima Diosa, que un día soñó todo y al despertar, su sueño se había materializado. Aunque luego se hundió en el olvido cuando descubrió que lo que había creado no tenía ningún interés y decidió seguir soñando otras realidades.

—Queridos, pasad y sentaos. Descansar del largo viaje que guía vuestro sueño —dijo señalando una mesa redonda de piedra labrada cubierta con un mantel de tupido musgo. A sus lados, había sillas de idéntico acabado. Las más cómodas en las que jamás nadie se había sentado.

Eso hicimos, y la mesa se llenó de las viandas más exóticas por cortesía de nuestra anfitriona. Platos procedentes de todos los rincones de un millón de universos llegaban sin interrupción para deleitarnos la vista, el olfato y el gusto, mientras el tiempo quedaba congelado en aquel refugio situado en el origen de la existencia.

Hablamos durante eternidades de todo tipo de temas y compartió con nosotros más conocimientos de los que podíamos soñar con asimilar. Su sola presencia nos hacía creer que disfrutaríamos para siempre de esa eternidad que parecía envolver todo. Sin embargo, todo terminó en un instante eones después con unas simples preguntas que la planteé:

—¿De verdad soñaste todo aquello que nos has contado?

¿Incluso este instante?

¿Esta misma pregunta?

Solo necesitaba un sí o un no por respuesta, y su respuesta fue el silencio. Un silencio que hizo que todo aquel universo de ensueño se desvaneciera, dejándome solo, flotando en el vacío.

Entonces lo comprendí.

¿De verdad soñé todo aquello que te he estado contando?

Contar historias. Hacerlas realidad. Soñar y hacer que se realice lo soñado. Crear universos. Poblarlos. Extinguirlos para moldear algo nuevo. Imaginar que lees esto. Que en realidad lo estés leyendo. Que te haga pensar y soñar. Que esos pensamientos y sueños se transformen en tus manos en otros universos e historias que repitan el ciclo.

Me miré a mí mismo en el espejo de la soledad y vi el único y verdadero Dios: uno mismo. Dispuesto a crear una nueva existencia. Un nuevo universo. Una nueva historia. Un nuevo sueño…

Y descansar.

Descubridor de un nuevo mundo

Agujero negro

I

Huí.
Sé muy bien que huí.
Escapé una mañana para no regresar.
Con las manos amarradas en el volante.
El pie anclado en el acelerador.
El corazón atrás destrozado en medio de la calzada.
Despegue rumbo a lo desconocido.
Autopista de estrellas en el horizonte.
Y mi antiguo diminuto mundo detrás.
Haciéndose cada vez más pequeño en la distancia.

II

¿Cuánto tiempo puede alguien estar huyendo de su pasado?
¿Alguna vez los recuerdos se desvanecen para siempre?
Noche tras noche no dejaba de atormentarme arropado en pesadillas.
Despertaba empapado de sudor.
Gritando en la soledad de la enorme distancia recorrida.
No creía que tuviera otro futuro que empacho a base de lamerme las heridas que no iban a cicatrizar jamás.
Entonces lo vi.
Un enorme túnel negro que se retorcía como un gusano.
Un gusano que se alimentaba de personas como yo.
Sin nada que perder.

III

¿Que puedo perder?
El cosquilleo que ofrece lo desconocido se instaló en el interior de mi cerebro.
La neurona que dicta los impulsos se desperezó y grito.
Hazlo!
Y lo hice.

IV

El viaje fue un suspiro.
En un momento estaba en un lugar indeterminado del universo y en un pestañeo en otro exactamente igual.
¿El vacío parecía más cálido?
Tal vez aquí pueda iniciar una vida nueva.
Volver a los orígenes.
Aterricé en un campo infinito de hierba que se mecía con el viento como un mar.
Me bañé en sus olas.
Me quedé embobado viendo los dos soles que en el cielo jugaban con las nubes.
Cerré los ojos y dormí.
Aquella noche después de muchos años soñé.

V

Lo primero que vi al despertar fue a ti.
Tu rostro mirándome fijamente con el reflejo de la curiosidad.
Tan claro.
Eras diferente y a la vez igual.
No te entendí pero tus ojos me dijeron todo.
Me ofreciste la mano.
La tomé.
Y juntos de la mano nos alejamos sin prisa a descubrir este nuevo mundo.

___***___

Re-subo este viaje de no retorno.

¡Espero qué lo disfrutéis!