Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Categoría: Cuento

Primer viaje

– La primera vez siempre duele –

Dijiste acariciando mi cabello
Luego te tumbaste a mi lado
Nos besamos
Y todo alrededor se volvió bruma
Excepto tu y yo

En mitad de la neblina de ensueño
Vimos nuestros cuerpos dormidos
Respirando acompasados
Contenedores vacíos en suspensión

Creo que sujeté fuertemente tu mano
Y flotamos como golondrinas
Alrededor de nuestro nido
En la olvidada primavera del mundo

A nuestro alcance el infinito
Y aquella primera vez
No fuimos capaces
De alcanzar
La más lejana de las estrellas
La situada al borde del universo
Donde más allá no hay nada
Solo la eternidad
Esa eternidad que palpita dentro
Que parpadea al ritmo
De nuestros latidos
Tan intensos
Tan eternos

El regreso dolió
Tenías razón
Pero abrazados
En esta vacía realidad alternativa
Deseamos viajar de nuevo
Allí donde somos los únicos
Seres vivos del universo

Los únicos realmente vivos

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La cascada del fin del mundo

El crucero al fin zarpó
Surcando una mar en calma
Dejando atrás estelas de plata
Y el pasado despidiéndonos
Apesumbrado para siempre
Desde los muelles

Un navío cargado de sueños
De deseos olvidados
De creencias increíbles
De verdades engañosas
De ilusiones
Fe
Y falta de ella

Comenzó un viaje al más allá
Hacia horizontes perfilados
Viaje de ánimas con ánimo
Y locos buscando cordura
O nadar en ella
Libres
De querer demostrar
Lo indemostrable
De creer

Ochenta y un días de viaje
Y sus oníricas noches
Nubes oceánicas
Violentas tormentas
Salvaje oleaje
Prados de estrellas
Camaleónicas lunas
Auroras boreales
Amaneceres cristalizados
Por un viento cada vez más frío
Que nos dejaba helados

Una tarde comenzó
A escucharse el ruido
Al principio un murmullo
Después atronador lamento
Al final un infierno sonoro

El viaje llegaba a su fin
Enfrente congeladas aguas
Caían por el borde del mundo
Hacia el vacío del universo
Tan desconocido y bello

Y así arremolinados en cubierta
Nos precipitamos hacia el infinito
Conocedores de una realidad encubierta
Por otras fuerzas
Sin testigos
Pero con nuestros sueños cumplidos

___***___

Los conspiranoicos me resultan gente entrañable. Capaces de creer lo que sea con tal de no aceptar está realidad. La teoría de la tierra plana es tan absurda que partir en un viaje para demostrarlo requiere una fe inquebrantable. Y el acto un cierto romanticismo. ¿Y si se hace realidad su sueño? Creo que soy el tipo de persona que desearía que estuviésemos todos equivocados. ¡Se iban a enterar esas manos negras que mueven los hilos del mundo!

Típico despertar

Desperté.

Desperté como en tantas otras historias.

Rodeada de densa niebla.

Cipreses balanceándose al son de un suave viento.

Y silencio.

Eterno y doloroso silencio.

Filas de lápidas de piedra.

Reflejos de lo que fuimos en vida.

Mausoleos de ricos que no valen de nada en la muerte.

Lápidas y nichos para la gente corriente.

Y para el pobre,

arena y tierra

Compartiendo lecho con un montón de huesos sin nombre.

Desperté.

Y comenzó mi nueva vida.

Mi no-vida.

Que comienza mirando hacia atrás.

Un texto grabado en el granito de una lápida vestida con coronas de flores

Qué el tiempo borrará.

“Mi dulce ángel. Descansa en paz”

A la sombra del árbol del mundo

Te tomé de la mano y te llevé corriendo y riendo junto a la base del árbol del mundo. A nuestro alrededor el resto del universo se movía lentamente y yo únicamente pensaba en fundir nuestros cuerpos bajo sus gargantuescas ramas, sin inmutarnos de los temblores que se producían abajo, muy abajo en el subsuelo donde las raíces de Yggdrasil eran devoradas lenta pero irremediablemente.

No nos importaba. El Ragnarok llegaría pronto y todo lo conocido sería arrasado por cruentas batallas y desolación, pero como estaba escrito en las estrellas, quedaríamos tu y yo solos para repoblar el mundo de entre las cenizas.

Y así, bajo la sombra del árbol del mundo, follamos sin preocupaciones ni descanso hasta que llegó el ocaso y la mismísima existencia se estremeció ante los compases de lejanos tambores de guerra.

El juicio final había comenzado y yo solo podía pensar en yacer junto a ti por toda la eternidad.

Microcuento – En la ciudad de las cien lunas

Un día dejó de soñar, pero se siguió acostando cada noche a la misma hora con la esperanza de regresar a la ciudad de las Cien Lunas y de nuevo mirar el horizonte junto a ella desde su habitación acristalada.

¡Hágase la luz!

-¡Hágase la luz!- Y la luz se hizo entrando como una lluvia de flechas a través de las rendijas de la persiana recien levantada, bañando con su resplandor el cuerpo desnudo cubierto con sábanas de la mujer más bella y ardiente que jamás conocí.

Ella agarró la almohada y se tapó la cabeza riendo. -¡Maldito cabrón! ¿No tuviste suficiente con lo de anoche? Baja de nuevo eso-

Salté a su lado, aparte la almohada y la ligera sábana que la cubría. Antes de que se perfilaran sus rasgos ya había besado sus labios y abrazado su pálida piel.

Un último y terrorífico beso cuando contemplé atónito como su blanca piel se hacía jirones y su carne burbujeaba y se derretía como cera fundida al contacto con la luz directa del sol de mediodía.

Bajada a los trasteros

La fuente de mis terrores se haya en los trasteros.

El típico miedo a lo desconocido.

A lo que puedan ocultar trás sus puertas el resto de vecinos. Esos largos y laberínticos pasillos recorridos por tuberías cubiertas de polvo y telarañas. Esas hileras de puertas metálicas corroídas por el óxido. Esas parpadeantes y ténues luminarias fluorescentes con temporizador que te dejan vendido a la oscuridad cuando menos lo esperas. Ese sepulcral silencio que magnífica el sonido de las goteras o el eco de mis pasos. Cualquier paso. El horror de sentirte observado. De no saber que habrá tras cada recodo de estas criptas de trastos inútiles.

Pero mi mayor temor en estos sótanos es que alguna vez se descubra la demencial criatura informe y tentacular que alimento y cuido con cariño trás la puerta oxidada de mi propio trastero.

Microrrelato – Séptimo día trás el solsticio de invierno

Amaneció soleado. Brillante. Un día que sonaba a coros de aves y zumbidos de abejas. A saltos de agua entre las rocas rodeados por almendros en flor.

Un triste veintiocho de diciembre, séptimo día trás el solsticio de invierno. El clima estaba gastando una broma pesada y esperé sentado en un banco al sol que llegará la helada y las nubes salieran de sus escondrijos riendo a carcajadas.

Cruce de caminos

Ocurrió en el breve lapso de tiempo
Qué sucede en el cruce de caminos
De dos perfectos desconocidos
En direcciones opuestas

Le miraste a los ojos
El té devolvió la mirada
Ambos sonreísteis
Se sonrojaron vuestras mejillas

Hay quien lo llamará magia
y quién dirá que fue química
Destinos cruzados
Tonterías al fin de al cabo

Después de todo
Continuasteis vuestro camino
Como si nada hubiese pasado

El contrato

Firme aquí, aquí y aquí
Todo listo

Ya es de usted la mansión
El lujoso vehículo nuevo
Aquel yate amarrado
Y el Jet privado

A partir de ahora
No le faltarán mujeres
De generosos senos
Y traseros desproporcionados

Podrá viajar donde quiera
Comer los mejores platos
Drogarse, beber o jugar
Jamás le faltará saldo en el banco

Créame ha firmado usted
El mejor de los contratos
Se lo dice el comercial más experimentado
No por nada me llaman
Diablo