Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Categoría: Cuento

Un trabajador eficaz

UN TRABAJADOR EFICAZ

Infierno

I

-Tic… Tac… Tic… Tac…- El viejo reloj que se encontraba sobre la puerta sonaba incesantemente a pesar de que las agujas no se movieran ni un ápice. Las tres personas que se hallaban sentadas en la oficina no eran capaces de recordar en que momento exacto se había producido aquel hecho tan trivial. No les importaba lo más absoluto, porque en sus mentes solo existía una palabra: Trabajar.

Sentados ante sus mesas cada uno dedicaba su tiempo a realizar su tarea sin mirar a sus compañeros y sin mostrar ningún interés en lo que pudiera ocurrir a su alrededor. Por no importarles, no les importaba siquiera cuanto tiempo llevaban trabajando sin cesar. ¿Minutos? ¿Horas? ¿Días? Eran la élite de los trabajadores, el sueño hecho realidad de cualquier empresa.

Curioso era también el hecho de que tan productivos trabajadores se pudieran encontrar a gusto en un lugar tan deprimente. Una estancia cuadrada que a duras penas podía albergar las tres mesas y los armarios archivadores. Dos puertas en caras enfrentadas de la estancia eran las únicas aberturas de la habitación. Una la de entrada, aunque de los presentes nadie recordaba que se hubiera abierto en mucho tiempo. La otra puerta daba acceso al despacho del jefe, eminente empresario que se hizo famoso tiempo atrás por su filosofía empresarial de dar completa autonomía a los trabajadores sin inmiscuirse en su trabajo. Filosofía que cumplía a rajatabla, de tal manera que rara vez ponía un pie en la oficina. Es quizás por eso que el único alboroto que se produjo aquel día en el interior de aquel recinto fue cuando se abrió la puerta de entrada y apareció el jefe acompañado de una preciosa mujer.

II

-¡Buenos días!- Saludó el jefe con una enorme sonrisa en sus labios. – Esta es la señorita Ester, y es posible que sea la nueva incorporación a la empresa.-

Un silencio sepulcral inundo la oficina. Los ojos de los tres trabajadores se apartaron de sus respectivas tareas y se clavaron como puñaladas en la mujer siguiéndola mientras avanzaba hacia el despacho contiguo. Finalmente la puerta del despacho se cerró con fuerza.

Los tres trabajadores comenzaron a mirarse nerviosos unos a otros. Sabían lo que se avecinaba, porque ellos en algún momento fueron también nuevas incorporaciones en la empresa. Dentro de la política de aquella oficina existía un punto especialmente particular referente a la contratación de nuevos empleados. Desde que alcanzaban sus recuerdos, el numero de empleados siempre había sido tres, dando lugar a un circulo en el que persona que entraba a trabajar, suplía a una que era inmediatamente despedida sin mas explicaciones. Nadie conocía que directrices se seguían a la hora de despedir a uno de los trabajadores, pero era un hecho que si finalmente la mujer pasaba la entrevista uno de ellos terminaría de manera tajante su contrato laboral.

Una vez pasado el “shock” inicial, todos se pusieron a trabajar a un ritmo frenético como intentando demostrar en poco su valía como trabajadores. Todos realizaban la misma labor, recibían faxes cada pocos minutos con interminables listas de gente y las iban pasando a ordenador cumplimentando una inabarcable base de datos. ¿Qué utilidad tenía aquello? Nadie lo sabía, lo importante era trabajar e ir vaciando la bandeja donde cada vez se acumulaban más y más folios llenos de nombres, mientras el sonido del reloj sin pilas seguía sonando acompañado del incesante teclear de los ordenadores.

III

Sonó un teléfono. – ¡Riiiiiiiiinnnnnnnnngggggggg!- Y todos al unísono sintieron como si su corazón fuese a salirse del pecho. Miraron rápidamente hacia cada uno de sus teléfonos personales y dos de ellos respiraron tranquilos y sin pensarlo se pusieron de nuevo a trabajar. El tercero de ellos, Andrew James Wharton cogió tímidamente el teléfono y contestó nervioso: – ¿Sí, dígame…? –

En unos segundos había colgado el teléfono, se levantó, se puso la chaqueta y se dirigió hacia el despacho de su superior. Justo al llegar a la puerta, la nueva integrante del equipo salió, y sin dedicarle ni una mirada se sentó en el puesto de trabajo vacío y se puso a teclear sin contemplación. Andrew pasó al despacho y cerró la puerta a sus espaldas.

Había olvidado la majestuosidad de aquel despacho. Amplio, con enormes estanterías repletas de gruesos volúmenes encuadernados en piel y llenos de nombres y más nombres. En el centro del despacho una mesa de caoba tan limpia y reluciente que se podía ver reflejada sobre su superficie la valiosa lámpara de araña que colgaba del techo. Tras ella una enorme vidriera de formas imposibles llenaba la habitación de destellos multicolor. Y sentado en un imponente sillón de estilo victoriano el gran gerente de aquella empresa.

Nadie en aquel lugar conocía su nombre (Tampoco les importaba), pero su sola presencia en aquel lugar imponía respeto y admiración. De rasgos duros, pelo engominado y peinado hacia atrás que dejaba mostrar algunas canas, ojos negros como la noche y una puntiaguda perilla, esperaba con las manos entrelazadas sobre la mesa al invitado.

-Pase y siéntese, que no muerdo…- Dijo señalando una silla ante el, mientras con la otra mano alcanzaba una pequeña caja de madera exquisitamente labrada. Esperó a que el invitado se acomodara y abriendo la caja le ofreció un cigarro, el cual Andrew rechazó amablemente. Sonriendo continuó hablando: – Bueno, espero que no le importe que yo me encienda uno, es uno de esos pequeños placeres que merece la pena darse de vez en cuando.-

Encendió el cigarro con una cerilla, y tras dar un par de bocanadas acomodado en su sillón, miro fijamente a Andrew. – Supongo que ya sabe porque le he llamado a mi despacho señor… ¿Cómo se llamaba? ¡Ah si! ¡Andrew! ¡Andrew James Wharton!. Si no fuera así me sentiría muy decepcionado con usted.-

Andrew asintió con la cabeza, pero sin decir ni una palabra para dejar que su interlocutor continuara hablando.

Su contrato finaliza en este mismo instante, y bueno, tengo el deber moral de informarle de que encontrara usted una vez que cruce las puertas de salida de las instalaciones. No le miento si le digo que ha sido un trabajador ejemplar durante todo el tiempo que ha estado con nosotros, por eso estoy seguro de que cuando empiece en su nuevo puesto de trabajo…-

Andrew lo interrumpió inundado con una inmensa alegría y con las manos temblando de puro nervio: – ¿Entonces…? ¿No me quedo en el paro? Yo necesito trabajar ¿Sabe?-

¡Pues claro que no amigo mió! No se que clase de lugar piensa que es este, pero le doy mi palabra de que no se me ocurriría desperdiciar un trabajador como usted. Una de las cosas de las que me siento más orgulloso es que bajo mi mandato hay una tasa de paro nula, así que para no alargar mas la conversación y no aburrirle con palabras que no le aportan nada, me gustaría invitarle a salir y descubrir que le aguarda allí fuera.- Se levantó, se acercó a Andrew, le dio una amistosa palmada en la espalda y se despidió: – Me alegro de haber podido contar con usted. Le deseo mucha suerte. Adiós.- Y no volvió a decir nada más. Simplemente se quedó de pie esperando a que Andrew se levantara y saliera del despacho.

IV

Andrew dudó unos instantes antes de poner el primer pié fuera del despacho que le había aportado tantas satisfacciones, aunque una vez que lo hizo sintió que el largo y tenuemente iluminado pasillo que se encontraba ante el era el camino hacia una nueva y mas feliz vida. Un paso tras otro fue dejando atrás la puerta hasta que se desvaneció en la oscuridad.

No supo cuanto tiempo andó, pero contra más avanzaba, un resplandor rojizo como de un amanecer fue llenando el pasillo, hasta que al final vislumbro una puerta acristalada por la que se filtraba la mágica luz.

Llegó a la puerta, y momentos antes de empujarla para salir al exterior se colocó la chaqueta, respiro profundamente y dijo en voz alta: – ¡Vamos valiente! Ha llegado la hora…-

Sin que él hiciera nada, la puerta se abrió dejando pasar una cegadora luz roja y un sofocante aire. Fue en ese mismo instante, mientras sus ojos se acostumbraban a la claridad cuando comprendió donde estaba, y cual era su nuevo trabajo.

Un desolado erial lleno de lagos de fuego y nubes de ceniza se extendía hasta donde lograba alcanzar la vista, el cielo tenía un malsano color anaranjado y gris, un fuerte olor a azufre inundaba el ambiente, y en todas direcciones se podían ver grupos de desgraciados realizando las más dementes tareas que nadie podía llegar a imaginar. Unos se arrastraban por el suelo buscando quien sabe que, otros se golpeaban con látigos hasta hacer que la sangre manará por sus espaldas como cascadas carmesí, otros recogían ceniza ardiente de las orillas de los lagos de fuego y se la restregaban por los ojos mientras chillaban de dolor, otros…

Andrew sintió nauseas de la escena que se dibujaba ante sus ojos pero no hizo rogar a su destino. Eligió un grupo de dementes que se arrancaba entre ellos la carne a mordiscos e imitando su comportamiento oficialmente comenzó su nuevo puesto de trabajo, mientras en una pequeña oficina de tres trabajadores que había olvidado, entre las incontables hojas llenas de nombres, un eficaz trabajador escribía en la base de datos: Andrew James Wharton.

___***___

Re-subo este relato sobre el infierno del paro, que no es más que una extensión del infierno del propio trabajo. (Lo escribí en la crisis del 2008 cuando nos avisaron de que estábamos “nominados” para abandonar la empresa.) ¡ Espero que os guste!

¡Nos leemos!

Microrrelato – Tardes de Whisky barato y besos

Llegaron para quedarse las tardes de Whisky barato y besos. Acompañadas de noches de pasión y sexo. Su otra cara eran las mañanas de jaqueca y mareos pero con risas y sonrisas. Llegaron tiempos felices que quise atesorar hasta que un día sin previo aviso la cama amaneció completamente desierta.

B – Lo que perdimos

A veces me pregunto porque estamos fabricados de pasado. De vivencias que nuestras mentes manipulan para acomodar nuestras acciones del presente y moldear un futuro siempre incierto.

¿Por qué pasamos la vida añorando lo que perdimos?

Nuestro juguete favorito.

Nuestro mejor amigo del colegio.

Nuestras vacaciones en el pueblo.

Nuestra inocencia.

Nuestras tardes en la calle simplemente conversando.

Nuestro valor hacia el mundo.

Nuestros temores nocturnos.

Nuestro primer amor.

Nuestro primer desengaño.

Nuestra infancia.

Nuestros abuelos.

Nuestros santuarios.

Nuestros padres.

Nuestros hijos.

Nuestro hogar.

Nuestros aciertos y éxitos.

Nuestra imaginación.

Nuestros fracasos y errores.

Nuestra felicidad.

Nuestra pasión.

Nuestras esperanzas y sueños.

Cada vez que leo un “Vive el presente” no puedo hacer más que sonreír. Pues su significado en realidad es “Recupera lo que perdiste”.

¿Dónde lo habremos perdido?

B – Mensaje en una botella

Hasta estas blancas costas en ocasiones llegan botellas de vidrio con un mensaje en su interior. En muchas ocasiones la sal los hace ilegibles tras filtrarse a través del corcho, pero a veces el papel está intacto y permite leer su contenido. Este breve escrito apareció esta mañana semi enterrado entre la arena tras bajar la marea:

“No puedo parar de recordar la noche de pasión y posterior separación que disfrutamos juntos. Si tan sólo pudiera escuchar de tu boca estas mismas palabras podría saber que sientes como yo. Que sea el destino quién decida si este mensaje llega a tus manos, y que seas tú quien decida si merezco una segunda oportunidad.”

Ni un solo nombre, ni destino.

¿Podrías ser tú?

Cantos de rana

-¡Croac!-

Canta una rana entre los juncos a la orilla de un estanque con la luna como un queso reflejada en la quietud de sus aguas.

-¡Croac! ¡Croac!-

Una de sus hermanas acude a la llamada y juntas comienzan un dueto.

-¡Croac! ¡Croac! ¡Croac!-

Una pareja más de batracios escucha el recital y decide qué tal vez unos coros no vendrían mal.

-¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac!-

En algún lugar en mitad del estanque en una preciosa agrupación de nenúfares cuatro ranitas jovencitas se animan con el croar que se escucha desde la orilla y comienzan a replicar los cantos como un eco en la distancia.

-¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac!-

Al otro lado del estanque, junto a un viejo y llorón sauce una reunión de ranas se ve interrumpida por el canto, sus coros y su eco. Deciden por unanimidad no ser menos y cantar con energía su propia melodía.

-¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac!-

El caos sonoro agita las aguas. Corre el rumor por el bosque y ranas que cazan moscas en el río abandonan su tarea para unirse a aquella serenata nocturna.

-¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac!-

Se aglomeran los cantos en una algarabía difícil de describir. Y más aún cuando el sonido comienza a traspasar las lindes del bosque, donde una enorme charca acoge una inmensa congregación de ranas de todas formas, tamaños y colores.

-¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac!-

Cada segundo que pasa una rana se une a la gran fiesta del croar hasta que no existe en el mundo otro sonido, ni una sola rana sin colaborar con su canto al singular concierto.

Desde el hueco de un árbol seco una pequeña sombra escucha el estruendo con semblante preocupado –Creo que está no es una buena noche para salir a cenar, es el momento para comenzar a cuidar la figura. ¡Hoy comenzaré el ayuno y descanso!- Se da la vuelta y se vuelve a meter en su reconfortante cama. A los pocos minutos y a pesar del insoportable ruido el mosquito se queda dormido.

Esta noche soñará con terroríficas ranas de ojos saltones e insoportable canto.

¡CROAC!

El grimorio

I

— Lunes, veintiocho de diciembre de mil novecientos noventa y nueve. Hora…— El inspector Sánchez sacó del bolsillo interior de su desgastada gabardina un antiguo reloj atado a una cadena y observó las manillas. Seguidamente continuó hablando a la obsoleta grabadora de cassette: — Diez y veintidós minutos de la noche. He llegado al escenario del crimen y todo, a excepción del muerto, se encuentra en aparente orden. El televisor está encendido. En la atmósfera se nota un fuerte olor a putrefacción. El cadáver se haya tumbado boca abajo al lado del sofá del salón sin aparentes signos de violencia. Varón, caucásico de unos treinta y nueve años. Debe llevar fallecido al menos un mes. Viste un pijama a rayas blancas y azules. En sus manos sujeta firmemente un grueso volumen encuadernado en piel oscura. El título grabado con filigranas doradas me resulta ilegible, como si se tratase de otro idioma. ¿Tal vez ruso? La vecina que dio el aviso, declara no haber notado nada reseñable, salvo ese olor insoportable en el descansillo de la escalera. Al parecer era un tipo algo solitario, aunque con familia y trabajo como funcionario en la biblioteca real. Nadie parece haber notado su ausencia; ni familiares ni compañeros de trabajo. A falta de diagnóstico forense, diría que la causa del fallecimiento fue algún tipo de fallo orgánico. No obstante y dado que es el único elemento distintivo de este caso, llevaré el libro a que lo eche un vistazo el mayor experto en idiomas, lenguas muertas y literatura del que he escuchado hablar: El Doctor Arroyo. —

II

Sobre las once y media de una noche sin luna que amenazaba tormenta, llegó el inspector Sánchez en su destartalado vehículo a algún lugar en mitad de ninguna parte. Había recorrido incontables kilómetros por sinuosas carreteras y serpenteantes caminos a través de los bosques que poblaban aquella región poco conocida al norte de Extremadura. Allí, en la ladera de una escarpada montaña cubierta de pinos y maleza, estaba la residencia del Doctor Arroyo.

Aparcó a un lado de la carretera, frente al portón de hierro fundido que daba paso a las propiedades de la eminencia en lenguas muertas y cultos innombrables.

El destello de un rayo iluminó el imponente caserón del siglo XIX que se erigía como aquel horripilante castillo de leyenda en las frondosas cordilleras de Rumanía. El inspector Sánchez sintió un escalofrío recorriendo su espalda al ver aquellos muros de piedra y los puntiagudos tejados contra aquel cielo impasible cubierto de nubes negras.

“¡Vamos! Cuanto antes hable con el Doctor, antes saldré de este lugar que parece sacado de las pesadillas de un autor desquiciado”

Empujó el pesado portón que no estaba cerrado y se abrió perezosamente con un chirrido. Sanchez echó la vista atrás y vio su coche envuelto en tinieblas.

“Espérame pequeño. En un rato estaré de regreso”

En ese preciso momento comenzó a diluviar.

III

— Pase. Pase y póngase cómodo en la salita de espera inspector Sánchez. El excelentísimo Doctor Arroyo le atenderá en unos minutos. ¿Le apetece tomar un café o un té? Tenemos una infusión que trajimos de nuestro último viaje para visitar unas antiguas ruinas antediluvianas de geometría no euclidiana que, si se me permite opinar, es de otra dimensión. — El que hablaba era un hombre de unos cuarenta años, corpulento y de aspecto descuidado. Se había presentado como Álvarez, el ayudante del Doctor.

— Muchísimas gracias Álvarez. Se ha puesto a llover como si el cielo se fuese a desplomar. Fíjese en como me he empapado estando tan solo unos pocos minutos bajo la cortina de agua. Estaré encantado de disfrutar de la infusión que me ofrece. ¡Justo lo que necesita el cuerpo para entrar en calor con un temporal como este! —

—Le traeré también una toalla. Espere unos minutos y el Doctor Arroyo y yo mismo le acompañaremos gustosos y trataremos con la importancia que merece lo que ha venido usted a hablar. —

Álvarez desapareció en un instante tras una de las muchas puertas de madera, dejando allí el eco de sus pasos resonando. Sánchez se acomodó en el sillón que había indicado el ayudante y se quedó maravillado descubriendo la ingente cantidad de estrafalarios cachivaches que decoraban la estancia: Una colección de figuritas bélicas de cristal encerradas en una vitrina, platos de cerámica pintados colgados aquí y allá por las paredes, una roída alfombra cuyo motivo parecía representar una onírica escena plagada de personajes y criaturas de fantasía, un ajedrez con piezas labradas en ónice y mármol blanco sobre una mesilla de retorcidas formas, un alto reloj de pared labrado en madera cuyas manecillas se mantenían paradas a las diez y veintidós, un enorme retrato al óleo de un siniestro personaje de mirada maliciosa con un grueso libro en sus manos y en cuya base rezaba la leyenda “Joseph Curwen” inscrita en una chapa de metal…

— Acepte mis disculpas. Espero no haberle hecho esperar demasiado. Estaba terminando un capítulo de mi próximo estudio y no podía permitirme dejarlo sin el punto final. Supongo que ya habrá conocido a mí fiel ayudante Álvarez. Ante usted el Doctor Arroyo. Encantado de conocerle. — El hombre estirado que sacó al Inspector Sánchez de su observación extendió una raquítica y pálida mano.

Sánchez se irguió sobresaltado y se acercó para estrechar la mano: — Inspector Sánchez para servirle Doctor Arroyo. Su ayudante fue por una toalla y una infusión… Miré ahí llega. En cuanto entre un poco en calor podremos tratar el asunto que me ha traído hasta aquí. —

IV

Después de un par de sorbos de la infusión que resultó deliciosa y haberse secado con la toalla, el inspector Sánchez colocó su grabadora sobre la mesilla. — Espero que no les importe, tengo como costumbre grabar las conversaciones para que no se pase por alto el más mínimo detalle que pueda dar alguna pista sobre las investigaciones que tengo entre manos. —

El Doctor y su ayudante, sentados en el sofá asintieron al unísono a la lógica petición.

— Como ya les adelanté en la conversación telefónica que mantuvimos, en mi último caso, un caso común de fallecimiento, hallé como única pista sospechosa lo siguiente. — Sánchez saco el grueso y enmohecido tomo de algún compartimento interior de la gabardina y lo posó sobre la mesa. Continuó hablando: — Todo parecía normal, algún tipo de ataque orgánico. Únicamente lo parecía. El examen del forense dictaminó que aquella muerte era de todo menos común. Al parecer, el interior del cuerpo se hallaba vacío. Y cuando digo vacío me refiero exactamente a eso. Sin huesos, músculos, órganos… Únicamente una carcasa hueca que no se deshinchaba como un globo sabe quién por qué maleficio. Ni un rasguño ni cicatriz. Únicamente este libro que apresaba su mano, permítanme el sarcasmo, “como si le fuese la vida en ello”. Si ya tenía intención de indagar acerca de este libro cuando examiné el lugar, comprenderá ahora que se ha vuelto de vital importancia. Cójalo, examínelo, estúdielo, haga lo que sea con el libro, pero por favor dígame si sus páginas pueden esclarecer algo de los hechos de este caso tan excepcional. —

V

Han pasado tres meses desde aquel encuentro entre el inspector Sánchez con el Doctor Arroyo y su fiel ayudante Álvarez. Tres meses en los que aquella inexplicable forma de morir se ha ido repitiendo cada vez con más frecuencia por todo el globo. En los noticiarios se comienza a hablar de “plaga” o “castigo divino”. El inspector Sánchez se dirige raudo a una segunda cita con la singular pareja de eruditos tras recibir una cuanto menos misteriosa llamada en mitad de la noche. Al parecer, tal y como había deducido el experimentado investigador, el secreto de aquella muerte se hallaba entre las páginas del libro.

¿Qué terrible secreto será, para que sea tan importante tratarlo sin demora?

VI

“Estimado inspector Sánchez, entienda lo horrible de la situación en la que nos encontramos. Una posición de clara desventaja contra fuerzas que no somos capaces de comprender. Cuando usted nos trajo aquel libro para que lo examinásemos no podía imaginar lo que tenía entre manos. Durante mi carrera profesional he tratado con todo tipo de libros y pergaminos de todas las épocas y lugares que pueda usted imaginar o incluso más. Fíjese que hay alguno de ellos que evito nombrar, dado lo peligroso del conocimiento encerrado entre sus páginas. Este que tratamos, sin lugar a duda pertenece a ese grupo. Deje que le explique el contexto y después iré directo al grano. De entre todos los tipos de volúmenes arcanos, este entra en la categoría de grimorio.

Un grimorio es un libro que contiene hechizos. Se que esto le sonará a fábula, pero si algo me ha demostrado la experiencia, es la existencia de un tipo de magia que la inmensa mayoría de los mortales desconoce y los que lo hacen, manejan los designios del mundo. ¿Le suenan los Iluminati? ¿Masones? ¿Grupo Binderberg? Todos ellos tienen en posesión grimorios como este que usted nos trajo. Por lo que he podido dilucidar con un exhaustivo examen, nuestro volumen no está catalogado en la lista de los conocidos, pero podríamos estar hablando de uno de los más letales.

Encuadernado con piel humana. ¿No notó su espeluznante suavidad? Y escrito con una mezcla de sangre, masa cerebral y pigmentos ya olvidados. Esta mezcla era utilizada únicamente para grabar los conjuros más poderosos. Y aquí sin duda está grabado uno que muchos matarían por poseer.

En cuanto a la fecha y lugar en que se escribió, en realidad no hablamos de un libro tan antiguo. Hablamos de Venecia, siglo XVI. En aquella época, en las galerías y catacumbas ocultas entre los canales, se movía un olvidado culto que de no haber desaparecido podía haber traído la desgracia a la civilización. Mi conocimiento acerca de ellos viene dado por la figura de un crítico de arte de la época. ¿Ha oído hablar de “Lodovico Dolce”? Se trataba de un miembro destacado de la organización y se propuso sacar a la venta un tratado sobre la obra de Tiziano que en realidad ocultaba un peligrosísimo hechizo capaz de causar el coma cerebral al lector. “Il Aretino o dialogo della pittura” fue su título y yo mismo publiqué una traducción intentando eliminar todo rastro del hechizo, pero este era tan poderoso que aún es capaz de provocar el sueño leyendo unas pocas líneas. ¡Sin quererlo publiqué el mejor remedio contra el insomnio! Pero no pretendo desviarme más del tema. El extraño alfabeto en que está escrito delata dicho origen. Por lo que una vez resuelto esto, tocaba en la investigación conocer que ocultaba el grimorio. Aquí viene lo terrible.

El libro escrito en extraños caracteres está escrito en realidad en italiano. La simbología utilizada trataba de ocultar sus secretos a ojos indiscretos. El titulo lo dice todo: “Il libro della morte vuota”, o en castellano “El libro de la muerte hueca”. Como podrá sacar en conclusión, esclarece completamente la muerte que investiga y la ola de sucesos similares que se ha desencadenado. Por suerte, todos los conjuros tienen un contra conjuro y el de este tan letal viene incluido en el propio volumen. Entienda que debemos realizar el ritual con la mayor celeridad posible para eliminar la maldición que se cierne sobre todos nosotros…”

Sanchez no dice nada. No le es posible, atado y amordazado sobre una mesa de madera como se encuentra. Al traspasar el umbral de aquel caserón que habitaban el Doctor Arroyo y su fiel ayudante Alvarez, había sido recibido con un fuerte golpe en la cabeza que le dejó inconsciente. Al recobrar el sentido se encontró en una suerte de sala de tortura de estilo medieval iluminada únicamente con la luz de unas antorchas ancladas a las paredes de piedra cubiertas de polvo y telarañas. Allí se encontraban también el Doctor y su ayudante, mirándolo fijamente.

— Compréndalo. El contra conjuro necesita un sacrificio. El poder siempre exige sacrificio y mi fiel ayudante y yo hemos llegado a la conclusión que usted es la mejor elección para este cometido. No se preocupe, cuando termine el ritual la pesadilla habrá abandonado la tierra. Destruiremos el grimorio y su conocimiento no llegara jamás a malas manos. Le prometo que no le dolerá; Al menos, no demasiado. Estimado Álvarez… ¡Bisturí! —

La última visión del inspector Sanchez antes de caer desmayado fue el Doctor Arroyo acercando el bisturí a su torso desnudo y realizando una profunda y precisa incisión.

El mal interior

—Haría lo que sea por ti— Dije arrodillado.

Un clásico, lo sé, pero pienso que para declarar el amor lo mejor siempre han sido las típicas acciones. No dan lugar a error de interpretación y presionan a la otra parte a dar una rápida respuesta. Es cierto que si la respuesta es negativa te deja en evidencia, pero a veces hay que arriesgar. Jugarse el todo por el todo sin temer el resultado.

En ese momento lo hice y salió bien.

Ella me miró con esos ojos grises e imperturbables que siempre me han vuelto loco y sonriendo dijo: — ¡Sí, quiero! — Se agachó y me abrazó con fuerza. Con más fuerza que nunca.

Esa fue la primera vez que me estremeció y no precisamente por la emoción de conseguir lo que siempre había deseado. Juro que justo en ese instante fue cuando percibí la maldad que habitaba en su interior. No fue un gesto ni una mirada, sino un presentimiento. Como ver una sombra escabullirse al filo de donde alcanza la mirada y al girarse hacia allí comprobar que no hay nada.

Me estremeció, sí, pero ese presentimiento me excitó aún más de lo que había podido excitarme hasta ahora ninguna mujer. Y eso ella lo notó. Esa noche follamos como endemoniados.

A partir de ese día pasé a ser su esclavo. Cualquier cosa que ella me pidiera tenía la imperiosa necesidad de realizarla. En muy poco tiempo ella supo sin lugar a duda que me tenía atrapado sin escapatoria y que a un simple silbido suyo acudiría como un perro fiel.

Fue en ese momento cuando sacó a relucir esa maldad suya que tanto me excitaba y que mantenía oculta bajo su apariencia de mujer elegante y educada.

— Vamos a asesinar a alguien. — Me dijo sin apenas inmutarse ni cambiar la modulación de su voz un día en que nos encontrábamos tumbados en la cama reposando después de una larga sesión de sexo: —No importa a quién ni cómo, pero quiero saber que se siente aplastando una vida. —

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. ¿Matar a alguien? No se me había pasado algo así por la cabeza jamás, pero escucharlo saliendo de sus labios hizo que supiera que en lo más profundo de mis entrañas siempre lo había deseado. Y si encima era ella quien lo pedía…

¿Quién soy yo para negarme si no soy más que su fiel siervo?

La abracé fuerte y la besé salvajemente como queriendo devorar su boca, para indicar que mi respuesta era afirmativa. Un abrazo que se transformó en un nuevo amasijo de gemidos, sudor y fluidos.

—***—

No tardó muchos días en elegir una víctima. Se trataba de un joven de unos treinta años que vivía a pocas manzanas de nosotros. Soltero; con pocas amistades; sin mucho éxito con las mujeres; con un trabajo de mierda… Comprendí en un instante lo fácil que la resultaría atraparlo en su sutil tela de araña.

Esa mujer me volvía loco.

El plan era simple. Ella lo abordaría en el pub que frecuentaba los jueves. Lo hechizaría como solo ella sabe hacerlo y lo traería discretamente a casa. Aquí estaría yo esperando para atraparlo y hacer con él lo que nos viniera en gana con mortales resultados. Solo de pensarlo me hacía un amasijo de nervios por el ansia de poner el plan en marcha.

Llegó el jueves noche.

Ella se fue al pub y yo me quedé sentado en el sofá viendo “Reservoig dogs” tomando una copa de buen vino. Inspiración para el futuro inmediato. Por supuesto, la concentración se fue perdiendo según pasaban los minutos. ¿Qué estaría haciendo?

Por mi mente empezaron a desfilar imágenes de un oscuro antro con el triste hombre sentado en la barra tomando un copazo de garrafón con hielos. Ella se acerca y lo mira descaradamente. Apoya la mano en su pierna y le susurra algo al oído. Luego pide un “Gin tonic” y se dirige sensualmente hacia una oscura e íntima esquina del bar. Él la sigue. Hablan, pero no tardan mucho en empezar a acercar sus cuerpos. Algún beso. Él saca valor y comienza a acariciar sus curvas. Caricias cada vez más intensas que van tornándose descarado magreo. Ella se ríe y le para en seco. — ¿No será mejor que continuemos en un lugar más íntimo? Vivo muy cerca. — Le guiña un ojo. Ella ordena y él obedece. Siempre es así.

Vuelvo a la realidad. Suena la cerradura.

¡Están aquí!

Me preparo para recibirles irguiéndome con celeridad. Caigo al suelo con el mismo ímpetu que me he levantado. Todo el mundo gira a mí alrededor.

¿Qué ha pasado?

Ella por supuesto tiene la respuesta. La muy zorra lleva el mal en su interior. ¿Por qué iba a confiar en un gilipollas como yo?

Veo sus zapatos de tacón acercarse entre las brumas de mi mente dando vueltas; paran justo a mi lado. Sigo la línea de sus largas piernas hasta más allá de su ceñido vestido de fiesta rojo. En sus manos lleva un hacha de cocina que brilla a la luz de la lámpara de araña del salón. Me mira fijamente con sus imperturbables ojos grises. Sonríe.

Esa mujer me ha atrapado hasta las últimas consecuencias y mientras baja a toda velocidad el hacha, no puedo evitar pensar en lo mucho que me excita ese mal tan puro que palpita dentro de ella.

El destructor del mundo

“Lo primero que haré hoy después de desayunar es destruir el mundo.”

Pensó evitando salir de la confortable y cálida cama. Afuera el crudo invierno había cubierto los valles de blanco impoluto y apenas había comenzado a asomar el sol en el horizonte. Cuando veinte minutos más tarde sacó valor para incorporarse, se estiró y bostezó perezosamente. Se acercó lentamente a la ventana y levantó con un chirrido la descolorida persiana. Se maravilló con aquel paisaje capaz de dejar sin aliento. Que exhalaba calma. En los helados caminos no se veía ni un alma. Ni un pájaro surcando los cielos o imprimiendo sus huellas en la nieve. Ni siquiera parecía soplar pizca de viento que bamboleara los árboles pelados. Sonrió.

“Así debe ser un mundo sin vida.”

Se dirigió tambaleante a la sucia y anticuada cocina, donde preparó una gran taza de café solo humeante en una vieja cafetera de hierro fundido. Agarró el recipiente y dejó que el calor se transmitiera a través del tacto hasta los débiles músculos de sus envejecidas manos. Inhaló el aroma y se regocijó con la hirviente bebida fluyendo por la garganta. Insuflando renovada vida a su anciano cuerpo. Al finalizar sintió que estaba rebosante de fuerzas. Fuerzas para llevar al fin su propósito a buen puerto.

“Si Marga siguiese viva habría querido que lo hiciese.”

El recuerdo de su esposa fallecida hacía ya cinco años regresó a su mente como un fantasma. El como lo apoyó siempre hasta en el más absurdo de sus proyectos. El como con su maravillosa sonrisa lograba que todo respirase magia. Que todo pudiese lograrse. Como aquella vez que “bajó” la luna y las estrellas, y se las entregó en el interior de un paquete por su cumpleaños.

Unas lágrimas involuntarias resbalaron por sus mejillas, y no pararon de brotar hasta que su respiración se calmó y logró alejar de la mente a su fallecida compañera.

“Tengo que terminar lo que empecé. Cuando ella se marchó todo se fue al traste. El sueño de mi vida sepultado entre recuerdos que jamás regresarán. Hoy es el día. Hoy lo desenterraré.”

Se quedó ensimismado con el rítmico movimiento de las manillas del antiguo reloj de pared de su padre colgado sobre el polvoriento papel pintado pasado de moda. Con cada “tic tac” un segundo menos de aquella solitaria vida. No permitiría que la manilla girara un grado más.

“¿Seré capaz de hacerlo? Ha pasado tanto tiempo… Tengo miedo de no ser capaz…”

No dejó que la duda siguiese socavando su voluntad. Golpeó con furia la mesa y lo hizo. Cogió su vieja pluma y un folio en blanco de un cajón del escritorio. Leyó con ansia la última hoja de un montón que reposaba a un lado. Continuó escribiendo justo donde lo había dejado hacía tantos años. Escribió y escribió sin descanso hasta que concluyó su novela inconclusa:

“…Chasqueó los dedos y la vida de aquél maldito mundo sin sentido se extinguió.

FIN”

Microcuento – La hoguera

-Ya no te quiero, lo nuestro no funciona desde hace mucho tiempo-

Según iban saliendo esas palabras de sus labios su corazón se fragmentaba en mil pedazos. Al terminar solo quedaba una pequeña montaña de cenizas aún humeantes a sus pies.

Cerró la puerta trás de sí y se fué a caminar solo bajo la lluvia para apagar con sus lágrimas los rescoldos que aún ardieran de esa hoguera que había intentado avivar durante tanto tiempo.

La otra niña

niña

Ella y yo somos como almas gemelas.
Siempre coincidimos en los mismos sitios.
No tenemos necesidad de hablar para pensar lo mismo, como si nuestras mentes estuvieran conectadas de alguna mágica manera.
Si yo sonrío, ella sonríe.
Si llora, lloro.
Si me escondo, se esconde.
Si sale para sorprenderme, salgo y la sorprendo.
A veces intentamos darnos la mano, acariciarnos, abrazarnos, besarnos…
Ahora que nos hemos ido pienso en ella, como seguramente ella esté en mi pensando.
La otra niña.
La niña que vive en el otro lado del espejo.