Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

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Esperanza – 20 – Llegó la mañana

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No llueve. Quizás muy lejos, en algún lugar desolado de la Tierra, si aún queda algún superviviente, alguien esté mirando a través de una ventana llover sobre las aceras mojadas; valorando si pegarse un tiro en la sien o colgarse con un cinturón de alguna viga del techo, pero aquí en el espacio, la lluvia no es más que un recuerdo lejano. Ni siquiera las románticas lluvias de asteroides son tan preciosas si no chocan con una atmósfera que las haga arder; son simples piedras. A través del ventanuco de esta capsula de salvamento que es mi ataúd, solo puedo seguir contemplando oscuridad. Esa oscuridad plagada de estrellas a incomprensibles distancias que siempre nos acompaña. He tardado en acostumbrar mis ojos y distinguirlas, pero no me reconforta su presencia. Están allí, imperturbables en algún lugar indefinido. Para ellas no soy nada. Los hijos de puta como yo para ellas no son nada, aunque también es cierto que la humanidad en sí tampoco lo es. El pasado tampoco es nada y el presente no es más que el heraldo de lo que está por desaparecer. Irónico que toda nuestra existencia se sostenga sobre la nada.

Ahora que sé que la muerte me acecha y hasta puedo sentir su gélido aliento en la nuca, me viene vagamente a la mente la letra de una antigua canción casi olvidada que escuché en los lejanos años ochenta. Su letra traducida, más o menos decía algo así:

“Llegó la mañana y me encontré a mí mismo en el funeral de la niñez que pensé estaba desaparecida. Miré por la ventana y vi una urraca surcando un arcoíris. La lluvia se ha ido y yo ya no estoy solo. Te veo a ti. El niño que una vez amé…”

Bonita canción en una situación así. Irónico su mensaje en un momento como este. El cerebro y sus triquiñuelas para intentar aliviar el sufrimiento y la desesperación; capaz de rescatar de algún rincón del olvido una canción que nadie recuerda y que no se escuchará nunca más; abocada al olvido al igual que yo.

Supongo que un monstruo como yo merece un final como este. Si todos los hijos de puta como yo lo hubiesen tenido, el mundo quizás habría ido en una dirección muy diferente. Quizás yo no estaría aquí, ni Afrodita habría sufrido mi castigo. Aunque ese idílico planteamiento sea una gran falacia. El encargado de condenar al olvido a los de mi condición tendría que ser sin duda otro hijo de puta con voces en la cabeza dictando y justificando sus cruentas acciones. ¿Dónde está la maldita voz ahora que me hace realmente falta? Los minutos se hacen interminables aquí, atado sin posibilidad de moverme mirando la oscuridad estrellada a través del ovalado ventanuco.

Comienzo a tener hambre y sed. Mi boca me trasmite sabor a sangre seca; saliva sin cesar. Lo más lógico es que la muerte me llegue por deshidratación. Las heridas y magulladuras que me ha causado Afrodita no son suficientes para acabar conmigo, aunque sin duda harán más dolorosa la agonía que me espera. ¿Cuánto durará el final? ¿Habrá algo cuando este llegue? Lo dejaré en suspenso, aunque presiento que dará igual. La existencia nunca ha importado nada en este universo imperturbable donde la vida no representa más que una infinitésima porción de su contenido. ¿Existirá alguna forma de acelerar mi inevitable muerte? No me reconforta la idea de morir de sed, haya lo que haya después.

“Arráncate la lengua de un mordisco.”

Mi voz interior; mi única amiga, regresa en el peor momento para auxiliarme.

¡Duele! He gritado de dolor, pero aquí en mitad del vacío nadie puede escuchar mis gritos. Ahora mi boca está llena de sangre que escapa a borbotones por mi boca y resbala por la garganta. Duele y es asqueroso. Noto como mis extremidades pierden fuerzas. El conocimiento de lo que habrá en la otra vida está cerca. La parca afila su guadaña y sonríe. Duele. Cierro los ojos y me abandono al silencio. Es lo único que puedo hacer en este último momento.

“And it was morning…”

** “Childhood End?” – Marillion (1985)

Esperanza – 18 – Perdón

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¿Se ha ido para siempre esa maldita voz en mi cabeza?

Hace muchas horas que no la escucho. Es horrible el cómo cambia toda mi percepción de la realidad cuando aparece y comienza a hablar sin descanso, interfiriendo todos mis razonamientos. Me costó años desterrarla, pero siempre ha continuado allí, oculta; esperando pacientemente su oportunidad de reaparecer. Y ha aprovechado el más ínfimo instante de debilidad para emerger. Tengo que ir a ver cómo se encuentra Afrodita. ¿Estará bien? La última vez que la visité parecía un pelele sin voluntad. Hacia lo que fuese que pidiera sin rechistar… De alguna manera su actitud sumisa e indiferente sacó lo peor de mí y perdí los nervios de nuevo. No sé ni como ocurrió, pero la rompí tres costillas.

La he dejado sola el tiempo suficiente para que sus heridas hayan sanado. La pediré perdón. No volverá a ocurrir algo así. Se que la costará aceptar mi arrepentimiento, pero es sincero. Anteriormente nunca me había ocurrido algo así. Hasta ahora siempre había mantenido el control de la situación. Necesito que ella acepte esta faceta mía. Necesito que me perdone. Aquí en la soledad del universo no existe otra opción. Necesito que todo vuelva a su cauce, porque si no, acabaré mi existencia aquí en mitad del espacio, languideciendo en una espiral de locura y lamiendo mis heridas. Podría volverme completamente demente. Aún más loco de lo que creo que estoy o que siempre he estado.

Me acerco a la puerta del observatorio donde se encuentra encerrada Afrodita. No me espera y sé que en cuanto abra la puerta correrá a esconderse como un ratón asustado. Lógico, aunque ya no tiene nada que temer; ya no tiene por qué tenerme miedo. Creo que he desterrado para siempre esa maldita voz que me lleva atormentando toda la vida. Tengo que cuidar mis formas y que vea que todo ha cambiado de verdad.

La puerta se abre y doy un paso al frente cruzando el umbral. Pronuncio con voz clara y firme:

—Afrodita, sal por favor. No he venido a hacerte daño. Solo he venido a suplicar tu perdón. Yo…

—¡Hijo de puta! ¡Nunca jamás tendrás la oportunidad de hacerme daño!

Noto un fuerte golpe en la cabeza y caigo desplomado al suelo. Todo se comienza a difuminar y a volverse negro.

“¿Ves cómo tenía yo razón? Te dije que no debías confiar jamás en esa zorra ¡Imbécil!”

Esperanza – 17 – El sueño

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Esta noche tuve un sueño húmedo. Uno de esos sueños que parecen más reales que la realidad que nos rodea. Un sueño de esos de los que no quieres despertar. Ocurría en la Tierra, en algún momento indeterminado antes de la pandemia.

Afrodita está a mi lado. Viste con ropa ajustada y está realmente sexi.

Me da un pequeño beso en el cuello cerca del nacimiento de la oreja.

—Esto era un juego que tenía con mis amigos —dice susurrando.

—No sé cómo serian tus amigos, pero yo no soy de piedra, y desde que despertaste, mi ansia de ti ha ido creciendo… —La digo mientras observo sus carnosos y brillantes labios; tan pícaros.

—Ji, ji, ji.

Repite la jugada y a su contacto me estremezco. Reacciono besando sus labios. Un fugaz beso con la única intención de demostrar que voy en serio.

—¿A eso le llamas beso? —me dice con tono burlón. Ataca mi ego y yo que no soy de piedra agarro su cara y fusiono mis labios con los suyos. Su respuesta es tan clara como mi reacción. Nuestras lenguas se enlazan y comienzan a jugar mientras mis brazos por iniciativa acomodan a la diosa sobre mi regazo, su hábitat natural.

Dejan de existir las palabras. Existen únicamente besos y magreos. Mis manos acarician y agarran sus glúteos y no se detienen ahí; incursionan su cintura y sus perfectos pechos como realizando un ritual sagrado.

Ella en sintonía se amarra a mi cuello y entre profundas respiraciones y jadeos, sus oscilantes caderas otorgan vida a lo que no debía ser despertado.

Para el resto del universo este mágico momento no está ocurriendo; ni siquiera es relevante en su eterno vaivén. En silencio me arrastra a su cuarto. Cierra la puerta y de un empujón me tumba sobre su colchón. Se tumba sobre mí y continúa el segundo acto de la función.

En este punto cruzamos la frontera que va más allá de los simples besos. Ella sobre mí cabalgando y yo, sintiendo su cálida humedad fluyendo y resbalando. Los dedos de mi diestra horadando sus rincones secretos mientras la otra mano, silenciosa, no detiene las alabanzas a la divinidad de su tacto.

Finalmente estallamos.

Cae rendida sobré mí y apoya su cabeza sobre mi pecho. La arropo con un abrazo. Sincronizamos latidos y respiraciones mientras no ceso de besar sus cabellos.

Me mira a los ojos; su sonrisa continua ahí, tan linda y preciosa.

—Necesito más de ti —dice susurrando Afrodita. Me arqueo con avaricia para continuar bebiendo insaciable de su boca; tan rica y sabrosa.

Rodamos en la cama. Tiemblan las sábanas. Su suave piel es ahora la mía. Dejan de existir las caricias para dar paso al cuerpo a cuerpo; sin reglas; de mutuo acuerdo.

—Te quiero —dice, y yo en ese momento despierto en la realidad donde nada está saliendo según lo planeado.

“Hagamos que tus sueños sean realidad” —¡Déjame en paz! ¡Si no existieses esto no se estaría yendo a la mierda!

Esperanza – 16 – Medidas desesperadas

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Salgo del observatorio con fuertes náuseas y ganas de vomitar. Observo mis nudillos doloridos y manchados de sangre; la sangre de una diosa.

“No te sientas mal por lo que has tenido que hacer; ha sido necesario. Es cierto que por ella sientes algo y por eso tomar medidas desesperadas no ha resultado tan agradable como lo era antaño. Ella podía haber aceptado su nueva realidad, pero no lo hizo. Sus heridas sin duda sanarán y la próxima vez se lo pensará dos veces antes de llevarte la contraria, ya lo verás.

¿Escuchaste como suplicaba?

¿Como lloraba esa putilla?

¡Cuanto he echado de menos momentos como este a tu lado!

Me entusiasma comprobar que a pesar de los años no has perdido el toque. Ese toque que siempre te caracterizó y que nadie ha podido igualar. El cómo te recreas con el sufrimiento es lo que más aprecio de ti. Podías perfectamente haber parado cuando ella se arrastraba buscando desesperadamente escapar, pero no lo hiciste. ¡Maravilloso! Esa forma de agarrarla del cuello contra la pared. Esos ojos suplicantes derramando lágrimas. Esos balbuceos sin sentido…

¡Ja, ja, ja! ¿Qué diría?

¿Por favor no me hagas daño?

Si ella te conociera como yo te conozco, sabría que esas triquiñuelas contigo no sirven de absolutamente nada.

Vamos a apostar, yo pienso que la próxima vez se arrojará a tus brazos sin necesidad de que hagas nada. Todas las mujeres son así. En realidad, desean un hombre capaz de someterlas y que las trate como trapos de usar y tirar. Estoy seguro de que incluso ha disfrutado con cada golpe, como siempre ha sido a lo largo de la historia.

Puede que al final te hayas excedido un poco, pero supongo que haber reprimido tus instintos primarios tanto tiempo es lo que tiene. Además… ¡Que te quiten lo bailado!

Ahora habrá que dejar que se recupere un tiempo.

¿Qué te parece si la dejamos encerrada en el observatorio?Allí podremos hacer uso de ella cuando se nos antoje.”

Esperanza – 15 – La voz interior

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“Cuanto tiempo sin poder hablar abiertamente contigo. ¿Cuántos años han pasado? ¿Veinte? ¿Veintiuno? Me dolió que dejarás de hacerme caso después de todo lo que hice por ti. Dolió de verdad esa indiferencia. No he olvidado mi uno solo de los momentos a tu lado.

¿Recuerdas como cuando eras niño bajábamos al río a atrapar ranas?

Era tronchante ver como se retorcían con los rayos de sol concentrados con nuestra lupa. Ese fino hilo de humo y el olor a quemado. Es imposible olvidar el olor a muerto.

¿Y con los gatos callejeros?

¿Lo recuerdas?

Sus lastimosos maullidos cuando los despellejábamos vivos; lo tronchante que era cercenar sus cabezas y dejarlas empaladas en mitad de cualquier rotonda ¿Entendería quienquiera que lo viese nuestras obras de arte? Imagino sus caras de horror y repulsa; el arte, en su faceta más pura y visceral, a veces provoca ese tipo de reacciones.

¿Y quién se mantuvo a tu lado cuando te quedaste solo?

¿Quién te apoyó en aquellos momentos tan duros?

Tu familia no era capaz de comprenderte y yo te di las alas que necesitabas para emprender el vuelo. Bastó un simple empujón para animarte a rebanarles el cuello mientras dormían plácidamente. No emitieron ni un simple grito mientras tú reías a carcajadas ¿Existe algo más maravilloso que la risa que provoca la auténtica felicidad? Todavía hoy no se han hallado los restos, y en cuanto a ti… ¿Quién podía sospechar de un inocente niño de nueve años?

¡Que agradable es la sensación de saber que no se han perdido todos esos maravillosos recuerdos!

Aún no sé porque me echaste a un lado, pero ahora que volvemos a estar juntos dejemos a un lado las tontas rencillas del pasado y hagamos las paces. En estos difíciles momentos, tú me necesitas más que nunca, y yo estoy deseando ser de nuevo tu inseparable compañero de fatigas.

¿Solos en el espacio?

Sabes que a esa zorra no la necesitas más que para lo obvio. Un entretenimiento y como mucho, el receptáculo de tu progenie. Es un pelele movido por hilos atados a tus dedos que debería besar tus pies y hacer cuanto solicites.

¿Es ese desdén con que te ha hablado la forma de tratar a su nuevo dueño y señor?Tenemos que hacerla comprender que, en esta nave, o acepta nuestras normas o irremediablemente su vida pasará a ser un coctel de angustia y sufrimiento. Esa ramera tiene que aceptar su nueva condición de esclava… Eso, tu y yo sabemos perfectamente como hacerlo ¿Verdad?”

Esperanza – 14 – Dudas

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—¿Dónde has estado? —me dice Afrodita en cuanto siente que entro en el jardín-observatorio. Noto nerviosismo en su tono de voz —. Han estado retumbando las paredes de metal como si todo se estuviese yendo a la mierda. Por un momento he sentido auténtico pavor imaginando que un asteroide podía haber colisionado con la nave. Después se notó un fogonazo en el exterior y vi a través de la cristalera salir despedida una de las cápsulas de salvamento. Dime. ¿Qué cojones hacías?

Medito cuidadosamente las palabras. Ella no debe saber jamás que viajábamos con un tercer elegido cuyo cuerpo muerto ahora flota en el vacío. Debo evitar a toda costa que descubra que he cortado las comunicaciones con la Tierra, aunque estas fuesen ya anecdóticas. Estamos completamente aislados ella y yo en el inmenso universo. Solo nos tenemos el uno al otro y nos necesitamos mutuamente, tanto para perpetuar la especie humana, que es la misión que nos encomendaron, como para vivir una vida plena allí donde jamás el hombre ha estado. Afrodita está realmente nerviosa. Tengo que hacer lo que esté en mi mano para calmarla.

—Tranquilízate. No ha ocurrido nada. Se estropeó uno de los asientos de la sala de control y se me fue de las manos el arreglo por utilizar unas herramientas mal dimensionadas. La cápsula de salvamento salió despedida por error. Menos mal que quedan operativas dos más. Me temo que no será la última vez que tengamos que hacer algo así durante este viaje sin retorno. Comprendo que te hayas llevado un buen susto con los golpes; estos muros de metal y el silencio absoluto que nos envuelve tienden a amplificar cualquier sonido por mínimo que este sea y muy a mi pesar, me he visto obligado a causarlo. Lo siento.

—¡Joder! ¡La próxima vez avisa de que te vas a poner a hacer reparaciones al menos! Creo que mi cabeza está a punto de estallar por los nervios que he pasado…

Ha sufrido un ataque de pánico. Se por experiencia propia que no es nada sencillo adaptarse a esta nueva situación. No sería la primera astronauta que sufre un brote psicótico al asimilar que estará durante meses en el espacio y su particular física, y a nosotros nos aguarda una existencia completa entre las estrellas.

Afrodita se derrumba sobre uno de los bancos. Su tórax sube y baja a gran velocidad, se agarra la cabeza con ambas manos y aprieta fuertemente la mandíbula. De sus ojos comienzan a manar lágrimas que resbalan por sus mejillas. Llora como si estuviese perdiendo la respiración.

Me acerco para intentar calmarla. Me siento a su lado y la atraigo hacia mí con un abrazo. Me mira con ojos relampagueantes. Una mirada asesina que me hiela la sangre.

—¡Déjame en paz! Necesito estar sola —me dice con tono amenazador y los ojos entornados. Me aparta de su lado con un violento empujón.

Me alejo en silencio de la sala, dejándola allí completamente a solas. Regreso a mi cuarto y me tumbo sobre las blancas sabanas. Justo en ese momento, cuando vuelvo a sentirme en calma entre las cuatro paredes de mí habitación, me parece escuchar alto y claro una voz que creía olvidada en el interior de mi cabeza.

“¿Vas a dejar que esa furcia te hable y trate de esa manera?”

Esperanza – 13 – El otro lado del silencio

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Una vida suspendida y un simple gesto para darla por finalizada. Por unos instantes juego a ser Dios frente a la cápsula letárgica del que debe ser el sujeto “Delta” o vete usted a saber que estúpida denominación. Un cuerpo humano de proporciones perfectas; soñando; con el líquido conservador fluyendo por cada uno de sus poros y huecos; esperando despertar algún día, siglo o milenio y perpetuar la especie humana en algún lugar del universo inexplorado. Supongo que sus instrucciones serian similares a las mías. Un sueño al fin de al cabo, pues en pocos instantes, yo mismo firmaré su pena de muerte y haré realidad su ejecución sin posibilidad de réplica. Añadiré a mi currículo la ocupación de verdugo. Le daré en compensación el conocimiento de aquello que nos pasamos la existencia buscando; de aquello que existe al otro lado del silencio. Seguramente la nada, pero…

¿Quién puede afirmarlo?

El cuerpo se convulsiona solo unos instantes antes de quedar completamente inerte cuando paralizo el aporte de oxígeno de su cápsula. Su piel va amoratándose y por su boca entreabierta deja escapar unas últimas burbujas de aire que se acumulan en la zona superior. Me deshago del cuerpo con un último adiós, lanzándolo al vacío en una de las tres cápsulas de evacuación de emergencia que hay preparadas y el viaje continua como si no hubiese ocurrido nada. Como si siempre hubiese sido el plan tal y como había imaginado en mi mente.

Afrodita no sabrá jamás lo que ha ocurrido con este indeseable viajero y con el tiempo me acabará amando como yo la amo a ella. Solo es cuestión de tiempo y aquí, en el infinito universo, disponemos de todo el que deseemos y más.

“Tiempo…Solo tiempo…”

Esperanza – 12 – Silencio

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—¡Transbordador “Esperanza” Llamando a la Tierra! ¡Respondan por favor! ¡Aquí Transbordador “Esperanza” Llamando a la Tierra! ¡Respondan por favor!

—Equipo terráqueo al habla. Perdone el retraso, aquí quedamos ya pocos trabajando ¿Qué ocurre sujeto “Alpha”?

—¡¿Puede alguien explicarme que mierda es esta?! ¡Se supone que yo era el elegido para esta misión! ¡El puto elegido! El encargado de perpetuar la especie humana en algún lugar olvidado del universo; yo y mi acompañante de género femenino. Los Adán y Eva de una nueva era tras el Armagedón ¿Alguien puede explicarme por qué cojones hay en una segunda sala de criogenización oculta, otro hombre en estado de hibernación?

—¡Cálmese sujeto “Alpha”! Claro que tiene una explicación y de peso ¿Ha contemplado usted la posibilidad de que algo saliese mal en la misión? ¿Que usted sufriera un desafortunado accidente en sus labores de mantenimiento de la nave antes de llegar a su destino? ¿Piensa que no hemos contemplado esa opción? Ese hombre es el As en la manga en el caso de que el plan se tuerza. En unos días, si usted sigue las instrucciones que le dimos, en cuanto estemos seguros de que la nave sigue la trayectoria correcta, podrá criogenizarse también para despertar algún día cerca de “Tierra II”.

—¿Me toman por gilipollas? ¿Y una vez allí? ¿Lo dejamos ahí dormido para siempre? ¿Nos lo comemos? ¿Que se supone que debemos hacer los tres? ¿Un trío? ¡No han confiado en mí! ¡Y una mierda! Esta es una misión para dos ¡Ese individuo sobra completamente en la ecuación! Es un cero a la izquierda ¡Un puto cero a la izquierda!

—¡Sujeto “Alpha” cálmese y no haga ninguna locur…!

Se hace el silencio después de arrancar la silla y golpear con ella el panel de comunicaciones hasta que comienzan a saltar chispas y pedazos de plástico. No les debo nada a estos inútiles. No volveré a ver ni escuchar a esos malditos enfermos que no aportan nada.

A partir de este momento tengo que ponerme a pensar en que hacer en esta nueva situación que se plantea ante mí.

“Piensa. Sabes perfectamente como solucionar esto. Haz memoria.”

Esperanza – 11 – Pasión en el infinito océano estrellado

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Bajo mis atentos cuidados, Afrodita se recuperó rápido de su largo sueño de hibernación y antes de darnos cuenta convivíamos en la nave como si siempre lo hubiésemos hecho. Olvidé cualquier cosa que no fuese ella.

Pasábamos casi todo el tiempo juntos, conversando sobre lo que había sido nuestra vida antes de embarcarnos en esta aventura sin posibilidad de vuelta atrás; sobre nuestros antiguos trabajos y familia; sobre el incierto pero prometedor futuro que nos aguardaba; sobre inolvidables amores y dolorosos desamores; sobre todo, de esto último. Y cada vez que Afrodita relataba alguno de los fragmentos de su corazón roto, yo sentía en mi interior una chispa de rabia incipiente. Como queriendo atravesar mi pecho y gritar:

“¡Olvídalo ya!”

Un día, estando los dos recostados en los sillones del observatorio; bañándonos en la penumbra del infinito océano estrellado únicamente iluminados por la tenue luz de un sol que hacía días dejamos atrás; mientras los dos agujeros negros que son sus pupilas me arrastraban irremediablemente hacia su inevitable e irresistible oscuridad; Mientras miraba embelesado el movimiento de sus perfectos labios hablando sobre temas transcendentales que caían en el olvido al instante de salir a la luz; mientras mis músculos y neuronas entablaban contienda por no aprisionarla, sucumbí al deseo. Ese día la quise silenciar con un beso y ella me petrificó respondiendo con su lengua y sus brazos anudándose a mi cuello.

Ese fue el inicio de la noche, o día (Aquí, en el espacio esos conceptos no presentan validez) que hizo que todo cambiara. La piel fusionada con la piel. Caricias. Besos, tantos como estrellas. Profanación de los más íntimos secretos de dos cuerpos movidos por el deseo. Por el deseo y la eterna soledad que nos acompañará de por vida. Desde que gritas y lloras al emerger del vientre de tu madre y sentir por primera vez la luz, hasta el instante en que tu voz y aliento se apagan en una triste habitación de hospital o en una cuneta. Jadeos desde nuestro particular pequeño mundo flotando en el vacío. Uñas arando los fértiles campos que son nuestras húmedas espaldas. Gemidos de placer y dolor. El ir y venir de nuestros cuerpos buscando nuevos encuentros; descubrir nuevos lugares secretos. Silencio y temblores involuntarios y el eco de la pasión resonando para nadie más en los corredores vacíos. Ese día amé a Afrodita como quien ama una diosa que ofrece sus manzanas doradas al hambriento y da de beber néctar de ambrosía al sediento.

—Te quiero —dije sin pensar en algún momento y solo tuve por respuesta silencio; doloroso y persistente silencio.

“¿Por qué no responde?”

Esperanza – 10 – El despertar de Afrodita

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No recuerdo exactamente el tiempo que llevo viviendo en soledad en mitad del vacío, recorriendo como pollo sin cabeza los laberínticos corredores y estancias de la nave, ni cuánto tiempo sin contemplar una mujer real, más allá de los irreales cuerpos de las grabaciones pornográficas incluidas en la inabarcable videoteca que dispone la nave, pero en cuando se han abierto los ojos de mi compañera de viaje y he podido sumergirme en esos profundos e insondables pozos verdes, sin necesidad de preguntar su nombre he decidido bautizarla Afrodita, ya que en mi mente ha quedado fijada como la imagen de una incuestionable diosa de la belleza.

Esa mirada de sorpresa; de no saber dónde está; de animal desvalido; de niño perdido… Y yo me encuentro justo delante. Su único acompañante; su guardián y protector; su padre y su madre; su amante; su carcelero…

Agarro cariñosamente su brazo y la ayudo a incorporarse y abandonar la cápsula. Comienzo a retirar cuidadosamente las ventosas que aquí y allá miden su estado y constantes vitales, y cada vez que rozo su piel o noto como se estremece al acostumbrar su cuerpo a la nueva temperatura, imagino el cómo debe ser estrechar su cuerpo perfecto entre mis brazos y pasar la eternidad junto a ella. Cuando retiro la última ventosa, una pantalla deja de mostrar la regular línea escabrosa y se allana emitiendo un pitido plano y continuo.

Justo en este momento, a la espalda de Afrodita la apertura a una sala que hasta el momento había permanecido oculta y no aparece en el listado de localizaciones, se abre silenciosa y solemne. La intentaré explorar más tarde, cuando ella descanse. Ahora, la prioridad es llevar a mi nueva compañera a la sala médica para que comience la recuperación de su gran sueño.

Presiento que ha llegado el momento de que dé comienzo el mío.

“¿Esperabas algo así de increíble?”