Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Categoría: Blog-literario

Microrrelato – Quién ríe el último

Allí estaba él. Un anciano sobre una bicicleta de ruedas cuadradas, y a su alrededor unos chiquillos mofándose. El hombre dijo:
—¿Os creéis muy listos?
Y la bicicleta se elevó flotando sobre los incrédulos chavales, el anciano les dedicó una peineta y desapareció entre las nubes.

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La escusa – Microrrelato

Nos dijo sujetando un cuchillo ensangrentado:
—Juro que yo no maté a ese malnacido. Accedí al interior de su choza siguiendo la pista de los niños desaparecidos, y allí… ¡Dios! Presencié el horror: pequeños huesos, nauseabundo olor a putrefacción, y a él, descuartizado ¡Piedad!

El poema sin fin (Acróstico)

Encerrado en mí
Tomé papel y lápiz.
Empecé a escribir versos.
Rápidas palabras sin sentido.
Nadie puede descifrarlos.
Imaginar el significado
De un poema sin fin.
Acabará donde empezó,
Donde nacen y mueren los sueños.

666 versos desde el infierno – Micropoemas de terror

Que guapo salgo en la cubierta
«¿No has tenido alguna vez miedo de cerrar los ojos y soñar aquello que nadie querría jamás soñar?
Tal vez si te adentras en el corazón de las pesadillas aquí recogidas comiences a tenerlo…
Cierra los ojos y compruébalo.»

Tenía ya ganas de publicar un nuevo libro, y este terrorifico poemario es el resultado.
Este extraño volumen surge de una idea cuanto menos curiosa.

Mientras escribía Haikus y Senryus para mis anteriores poemarios (véase «Haikus estacionarios»«Entre el cielo y el mar» y «Siendo aún un niño me enamoró una estrella»), me di cuenta de que su escueta estructura era capaz de condensar ideas de tal forma que el lector al leerlas era capaz de percibir la idea general que quería trasmitir y a su vez generar en su interior una clara sensación de bienestar o de conexión con la naturaleza. Me pregunté: ¿Y si uso tal métrica (tres versos de cinco, siete y cinco sílabas) para crear espantosas escenas capaces de creer desasosiego o miedo al lector?

Quizá no pueda parecer algo lógico, pero para un autor que adora los microrrelatos con alma de ciencia ficción, fantasía y terror como yo, me pareció una idea estupenda, y decidí dar forma a un libro único: 222 micropoemas (Que al ser de 3 versos hacen del número de estos el conocido como «número de la bestia») cuya lectura fuese un no parar de escenas que atentaran directamente contra la psique del lector y que le provocase fugaces sentimientos relacionados con el terror, el miedo o la ansiedad (añade aquí cualquier otra sensación de malestar).

Este poemario es el resultado de tal idea. Cada micropoema es una historia única (Un microcuento de terror de esos que tanto me gusta escribir), y a su vez un conjunto que cualquiera puede pensar que ha surgido de una mente demente.

En esta ocasión la obra consta de treinta y dos imágenes que acompañan los textos. Las he creado utilizando generación de imágenes por IA (Inteligencia Artificial) introduciendo los textos de estos poemas. Y no puedo estar más contento con el resultado, pues todas las imágenes generadas son oscuras, terroríficas, demenciales y aterradoras (De hecho, creo que según avanza la creación el sistema lo hace más patente).

Solo espero que con la lectura de estos seiscientos sesenta y seis versos encuentres una terrorífica lectura…

En realidad, sé que la encontraras.

Link de compra: 666 VERSOS DESDE EL INFIERNO

El mar de hierba

Campo florido

Navegante de un mar de hierba.
Verde de la esperanza de la primavera
Salpicado de coloridos veleros
con pétalos desplegados
capeando armónicas olas
al son de la brisa de la mañana.

Navegante hasta que las luces se desvanezcan
y solo la estrella del norte brille como una inmóvil luz guía
a la que poder seguir hasta que despunte un nuevo día
en tu largo viaje hasta tu destino.
Desconocida y fascinante eternidad
u olvido.

Microcuento – Ella

Etérea. Volátil como la bruma se movía grácil entre las flores. Reía. La alegría que desprendía era capaz de hacer latir con fuerza los corazones de piedra.

¿Qué fue de ella?

Desapareció sin más, como un sueño. Como un anhelo. Tal y como hiciste tú.

Microcuento – 22:22

Miro el reloj. ¿Cómo no? Las 22:22. Siempre que lo observo los mismos dígitos. ¿Estaré atrapado en un bucle temporal? ¿El cosmos querrá decirme algo? O… Quizá… ¿No se habrá agotado su batería?

Amanecer – Acróstico

Amanece.
Muere la noche.
Avanzo.
No hay más que hacer.
En el camino hacia el «tajo».
Caen gotas de sudor
En las calles vacías
Rodeadas de grúas.

B – Poema – Aves en el paraíso

Alegría primaveral.
Brotes verdes y cielos azules,
campos espigados
y pájaros;
un millón de pájaros
capeando los vientos
y entonando himnos
a la pura libertad.

Sombras entretejidas
en las aceras vacías,
tórtolas en la calzada,
mirlos en las ramas,
gorriones en la baranda
y erigiendo nidos de barro
en el alfeizar de la ventana
unas golondrinas.

Las nubes se tornan grises,
se oscurece el día.
Rayos y centellas.
Redoble de truenos
y bajo la tormenta
las aves juegan
como antes los niños,
a sortear gotas de lluvia.

Relato – La torre

Siempre, cuando el sol comienza a ocultarse en el horizonte, miro al cielo esperando vislumbrar de nuevo la torre. Una inmensa estructura de piedra blanca entre las nubes que reflejaba los últimos rayos de luz como trazos mágicos de plata. Una inalcanzable figura que se desvanecía como la niebla en las mañanas otoñales. Un sueño que anhelo repetir algún día, aunque en mi interior sé que se desvaneció para siempre al despertar aquella mañana del mes de mayo después de una noche de vanos intentos por traspasar sus oníricos muros.

Fue acompañante de mis solitarios paseos por el viejo camino que lleva al molino durante muchos años. Pasiva observadora de mis escarceos amorosos a la sombra de las encinas con aquellas mujeres que me enseñaron todo aquello que desconocía del amor. Silenciosa confidente a la que susurraba sinceros deseos de poder alcanzar sus muros. Un monumento a la soledad que hacía pensar que aguardaba imperturbable en su lecho de algodón blanco mi llegada. Una columna de marfil que incitaba a viajar a los años en que los cuentos para niños eran una bella y tangible realidad.

¿Podría alguien afirmar que estoy loco si digo que pasé buena parte de mi juventud mirando ensimismado esa torre que solo ante mis ojos era tangible? ¿Podría alguien reprochar mis vanos intentos por llegar a lo más alto, hasta las puertas del cielo para alcanzar mi único sueño?

Fueron horas de espera al ocaso que ahora se me antojan siglos, esperando a que sus majestuosas puertas se abrieran desplegando un puente de brillantes estrellas. Horas perdidas desde el momento en que dejando todo atrás, inicié el ascenso hacia lo desconocido. Hacia lo único que creía real en ese mundo interior que se había forjado bajo la atenta supervisión de la imperturbable torre.

Recuerdo con especial emoción, aunque con inmensa tristeza la tarde en que se disipó todo. Hilos de cálida luz se filtraban entre las verdes hojas de los árboles, mientras una suave brisa hacia bailar el manto de flores de mil colores desde el que observaba emocionado como todos los días a mi gloriosa acompañante. Al este, el cielo comenzaba a oscurecerse salpicado por unas pocas estrellas y el sol, lenta pero inexorablemente se ocultaba tras los lejanos riscos dejando en el ambiente un maravilloso contraste de luces y sombras.

Rememoro cómo un día más, me di por vencido y me dispuse a esperar impotente como los blancos muros se transformaban en filigranas de humo llevadas por el viento. Pero aquel día eso no ocurrió. El sol se ocultó dando paso a una noche de ensueño y pude ver como de las oscuras ventanas de la torre salía un resplandor de tenue coloración, acompañado del sonido de un sollozo que inundó el ambiente con un manto de profundo pesar. La luna llena hizo acto de presencia en la escena, desvelando con su brillo un puente de lágrimas que bien podrían haber sido perlas, que descendía desde el firmamento hasta escasos metros de la posición en que me encontraba.

Ante mí se abría el camino que había esperado durante tanto tiempo y mis músculos comenzaron a responder de manera acorde a la situación: temblando. Avancé tambaleante hacia el puente, temeroso de que su plateado firme no fuera más que una ilusión mostrada ante mis ojos por los deseos largamente macerados en mi interior. No fue así. El mero roce del pie con la perlada pasarela hizo que mi cuerpo comenzara a elevarse sujeto por invisibles filamentos en dirección al origen de mis más profundos sentimientos.

En unos instantes sobrevolaba la oscura extensión de tierra que era mi mundo, sabiendo que mi destino se hallaba cada vez más próximo. Me pareció sentir que las negras sombras de la realidad extendían sus oscuros miembros intentando atraparme, pero la fuerza de un sueño al borde de ser alcanzado logró imponerse, hasta depositar mi cuerpo ante los muros de la torre. Una sensación de júbilo recorrió todo mi cuerpo y corriendo entre el campo de sólidas nubes rodeé la torre buscando una puerta; el acceso al interior del nuevo mundo que me aguardaba. Finalmente la encontré, imponente como la boca de un titán clamando por su liberación, pero para decepción mía cerrada a cal y canto.

Golpeé y grité con todas mis fuerzas, pero no hubo respuesta a mis continuas llamadas salvo aquel lamento que inundaba el ambiente y que por momentos parecía aumentar su volumen hasta casi parecer un vendaval de melancolía. Mi cabeza comenzó a dar vueltas y continué golpeando la puerta hasta que el cansancio hizo que de mis labios surgiera un sollozo desesperado que se unió al triste canto que ya imperaba en el ambiente.

«¿Por qué mis llamadas no obtenían respuesta?»

«¿Por qué quien fuera que habitara la torre no hacía caso a mis ruegos?»

«¿Por qué la espera que había sufrido durante años había quedado condenada a convertirse en una ilusión como tantas otras perdidas?»

«¿Por qué…?»

Al despertar supe que no vería nunca más la torre. Que no contemplaría nunca más sus muros de piedra blanca sostenidos por ilusorias nubes. Que no observaría nunca más los últimos rayos de sol reflejando destellos de oro y plata sobre su argentina superficie. Porque el último paso lo había dado sin llegar a alcanzar la cima de mis deseos. Porque he perdido la capacidad de soñar como sueña un niño perdido con viajar surcando los cielos al país de Nunca Jamás.