Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Categoría: arte

La mayor desventaja de ser su único hijo

Se despertó emocionado antes de que el sol asomara sus rayos en el horizonte y que los gallos se limpiarán las legañas. Se calzó y corrió hacia el salón donde estaba plantado el árbol de Navidad y colgaban los calcetines. En el breve camino que separaba la habitación de su destino se preguntó si estaría todo lo que había pedido. Había hecho todo lo posible por ser un niño bueno durante el año así que sus expectativas eran grandes.

Al llegar su decepción fué enorme. Bajo las ramas del árbol no aguardaba ni un solo paquete, mientras a lo largo y ancho del mundo millones de niños hacían realidad sus ilusiones. Su padre aún no había regresado de trabajar. Esa era la mayor desventaja de ser el único hijo de Papá Noel.

Pequeños cuentos para grandes soñadores – Work In Progress

Conozco otros mundos, pero están en mi cabeza

Puede ser que el blog parezca dormido, pero este bufón loco no para de crear locuras… Y mi próxima locura será un libro que contenga historias e ilustraciones como estas… (Todo obras mías :D)

La idea es publicarlo antes del 6 de marzo y hará las veces de regalo para mis hijos Minerva y Héctor…

Aún queda trabajo pero está muy avanzado el manuscrito (Después corregiré errores en los textos, pero eso es ya “postproducción”)

¡Espero que os guste lo que muestro!

Un trabajador eficaz

UN TRABAJADOR EFICAZ

Infierno

I

-Tic… Tac… Tic… Tac…- El viejo reloj que se encontraba sobre la puerta sonaba incesantemente a pesar de que las agujas no se movieran ni un ápice. Las tres personas que se hallaban sentadas en la oficina no eran capaces de recordar en que momento exacto se había producido aquel hecho tan trivial. No les importaba lo más absoluto, porque en sus mentes solo existía una palabra: Trabajar.

Sentados ante sus mesas cada uno dedicaba su tiempo a realizar su tarea sin mirar a sus compañeros y sin mostrar ningún interés en lo que pudiera ocurrir a su alrededor. Por no importarles, no les importaba siquiera cuanto tiempo llevaban trabajando sin cesar. ¿Minutos? ¿Horas? ¿Días? Eran la élite de los trabajadores, el sueño hecho realidad de cualquier empresa.

Curioso era también el hecho de que tan productivos trabajadores se pudieran encontrar a gusto en un lugar tan deprimente. Una estancia cuadrada que a duras penas podía albergar las tres mesas y los armarios archivadores. Dos puertas en caras enfrentadas de la estancia eran las únicas aberturas de la habitación. Una la de entrada, aunque de los presentes nadie recordaba que se hubiera abierto en mucho tiempo. La otra puerta daba acceso al despacho del jefe, eminente empresario que se hizo famoso tiempo atrás por su filosofía empresarial de dar completa autonomía a los trabajadores sin inmiscuirse en su trabajo. Filosofía que cumplía a rajatabla, de tal manera que rara vez ponía un pie en la oficina. Es quizás por eso que el único alboroto que se produjo aquel día en el interior de aquel recinto fue cuando se abrió la puerta de entrada y apareció el jefe acompañado de una preciosa mujer.

II

-¡Buenos días!- Saludó el jefe con una enorme sonrisa en sus labios. – Esta es la señorita Ester, y es posible que sea la nueva incorporación a la empresa.-

Un silencio sepulcral inundo la oficina. Los ojos de los tres trabajadores se apartaron de sus respectivas tareas y se clavaron como puñaladas en la mujer siguiéndola mientras avanzaba hacia el despacho contiguo. Finalmente la puerta del despacho se cerró con fuerza.

Los tres trabajadores comenzaron a mirarse nerviosos unos a otros. Sabían lo que se avecinaba, porque ellos en algún momento fueron también nuevas incorporaciones en la empresa. Dentro de la política de aquella oficina existía un punto especialmente particular referente a la contratación de nuevos empleados. Desde que alcanzaban sus recuerdos, el numero de empleados siempre había sido tres, dando lugar a un circulo en el que persona que entraba a trabajar, suplía a una que era inmediatamente despedida sin mas explicaciones. Nadie conocía que directrices se seguían a la hora de despedir a uno de los trabajadores, pero era un hecho que si finalmente la mujer pasaba la entrevista uno de ellos terminaría de manera tajante su contrato laboral.

Una vez pasado el “shock” inicial, todos se pusieron a trabajar a un ritmo frenético como intentando demostrar en poco su valía como trabajadores. Todos realizaban la misma labor, recibían faxes cada pocos minutos con interminables listas de gente y las iban pasando a ordenador cumplimentando una inabarcable base de datos. ¿Qué utilidad tenía aquello? Nadie lo sabía, lo importante era trabajar e ir vaciando la bandeja donde cada vez se acumulaban más y más folios llenos de nombres, mientras el sonido del reloj sin pilas seguía sonando acompañado del incesante teclear de los ordenadores.

III

Sonó un teléfono. – ¡Riiiiiiiiinnnnnnnnngggggggg!- Y todos al unísono sintieron como si su corazón fuese a salirse del pecho. Miraron rápidamente hacia cada uno de sus teléfonos personales y dos de ellos respiraron tranquilos y sin pensarlo se pusieron de nuevo a trabajar. El tercero de ellos, Andrew James Wharton cogió tímidamente el teléfono y contestó nervioso: – ¿Sí, dígame…? –

En unos segundos había colgado el teléfono, se levantó, se puso la chaqueta y se dirigió hacia el despacho de su superior. Justo al llegar a la puerta, la nueva integrante del equipo salió, y sin dedicarle ni una mirada se sentó en el puesto de trabajo vacío y se puso a teclear sin contemplación. Andrew pasó al despacho y cerró la puerta a sus espaldas.

Había olvidado la majestuosidad de aquel despacho. Amplio, con enormes estanterías repletas de gruesos volúmenes encuadernados en piel y llenos de nombres y más nombres. En el centro del despacho una mesa de caoba tan limpia y reluciente que se podía ver reflejada sobre su superficie la valiosa lámpara de araña que colgaba del techo. Tras ella una enorme vidriera de formas imposibles llenaba la habitación de destellos multicolor. Y sentado en un imponente sillón de estilo victoriano el gran gerente de aquella empresa.

Nadie en aquel lugar conocía su nombre (Tampoco les importaba), pero su sola presencia en aquel lugar imponía respeto y admiración. De rasgos duros, pelo engominado y peinado hacia atrás que dejaba mostrar algunas canas, ojos negros como la noche y una puntiaguda perilla, esperaba con las manos entrelazadas sobre la mesa al invitado.

-Pase y siéntese, que no muerdo…- Dijo señalando una silla ante el, mientras con la otra mano alcanzaba una pequeña caja de madera exquisitamente labrada. Esperó a que el invitado se acomodara y abriendo la caja le ofreció un cigarro, el cual Andrew rechazó amablemente. Sonriendo continuó hablando: – Bueno, espero que no le importe que yo me encienda uno, es uno de esos pequeños placeres que merece la pena darse de vez en cuando.-

Encendió el cigarro con una cerilla, y tras dar un par de bocanadas acomodado en su sillón, miro fijamente a Andrew. – Supongo que ya sabe porque le he llamado a mi despacho señor… ¿Cómo se llamaba? ¡Ah si! ¡Andrew! ¡Andrew James Wharton!. Si no fuera así me sentiría muy decepcionado con usted.-

Andrew asintió con la cabeza, pero sin decir ni una palabra para dejar que su interlocutor continuara hablando.

Su contrato finaliza en este mismo instante, y bueno, tengo el deber moral de informarle de que encontrara usted una vez que cruce las puertas de salida de las instalaciones. No le miento si le digo que ha sido un trabajador ejemplar durante todo el tiempo que ha estado con nosotros, por eso estoy seguro de que cuando empiece en su nuevo puesto de trabajo…-

Andrew lo interrumpió inundado con una inmensa alegría y con las manos temblando de puro nervio: – ¿Entonces…? ¿No me quedo en el paro? Yo necesito trabajar ¿Sabe?-

¡Pues claro que no amigo mió! No se que clase de lugar piensa que es este, pero le doy mi palabra de que no se me ocurriría desperdiciar un trabajador como usted. Una de las cosas de las que me siento más orgulloso es que bajo mi mandato hay una tasa de paro nula, así que para no alargar mas la conversación y no aburrirle con palabras que no le aportan nada, me gustaría invitarle a salir y descubrir que le aguarda allí fuera.- Se levantó, se acercó a Andrew, le dio una amistosa palmada en la espalda y se despidió: – Me alegro de haber podido contar con usted. Le deseo mucha suerte. Adiós.- Y no volvió a decir nada más. Simplemente se quedó de pie esperando a que Andrew se levantara y saliera del despacho.

IV

Andrew dudó unos instantes antes de poner el primer pié fuera del despacho que le había aportado tantas satisfacciones, aunque una vez que lo hizo sintió que el largo y tenuemente iluminado pasillo que se encontraba ante el era el camino hacia una nueva y mas feliz vida. Un paso tras otro fue dejando atrás la puerta hasta que se desvaneció en la oscuridad.

No supo cuanto tiempo andó, pero contra más avanzaba, un resplandor rojizo como de un amanecer fue llenando el pasillo, hasta que al final vislumbro una puerta acristalada por la que se filtraba la mágica luz.

Llegó a la puerta, y momentos antes de empujarla para salir al exterior se colocó la chaqueta, respiro profundamente y dijo en voz alta: – ¡Vamos valiente! Ha llegado la hora…-

Sin que él hiciera nada, la puerta se abrió dejando pasar una cegadora luz roja y un sofocante aire. Fue en ese mismo instante, mientras sus ojos se acostumbraban a la claridad cuando comprendió donde estaba, y cual era su nuevo trabajo.

Un desolado erial lleno de lagos de fuego y nubes de ceniza se extendía hasta donde lograba alcanzar la vista, el cielo tenía un malsano color anaranjado y gris, un fuerte olor a azufre inundaba el ambiente, y en todas direcciones se podían ver grupos de desgraciados realizando las más dementes tareas que nadie podía llegar a imaginar. Unos se arrastraban por el suelo buscando quien sabe que, otros se golpeaban con látigos hasta hacer que la sangre manará por sus espaldas como cascadas carmesí, otros recogían ceniza ardiente de las orillas de los lagos de fuego y se la restregaban por los ojos mientras chillaban de dolor, otros…

Andrew sintió nauseas de la escena que se dibujaba ante sus ojos pero no hizo rogar a su destino. Eligió un grupo de dementes que se arrancaba entre ellos la carne a mordiscos e imitando su comportamiento oficialmente comenzó su nuevo puesto de trabajo, mientras en una pequeña oficina de tres trabajadores que había olvidado, entre las incontables hojas llenas de nombres, un eficaz trabajador escribía en la base de datos: Andrew James Wharton.

___***___

Re-subo este relato sobre el infierno del paro, que no es más que una extensión del infierno del propio trabajo. (Lo escribí en la crisis del 2008 cuando nos avisaron de que estábamos “nominados” para abandonar la empresa.) ¡ Espero que os guste!

¡Nos leemos!

Microrrelato – Tardes de Whisky barato y besos

Llegaron para quedarse las tardes de Whisky barato y besos. Acompañadas de noches de pasión y sexo. Su otra cara eran las mañanas de jaqueca y mareos pero con risas y sonrisas. Llegaron tiempos felices que quise atesorar hasta que un día sin previo aviso la cama amaneció completamente desierta.

B – Lo que perdimos

A veces me pregunto porque estamos fabricados de pasado. De vivencias que nuestras mentes manipulan para acomodar nuestras acciones del presente y moldear un futuro siempre incierto.

¿Por qué pasamos la vida añorando lo que perdimos?

Nuestro juguete favorito.

Nuestro mejor amigo del colegio.

Nuestras vacaciones en el pueblo.

Nuestra inocencia.

Nuestras tardes en la calle simplemente conversando.

Nuestro valor hacia el mundo.

Nuestros temores nocturnos.

Nuestro primer amor.

Nuestro primer desengaño.

Nuestra infancia.

Nuestros abuelos.

Nuestros santuarios.

Nuestros padres.

Nuestros hijos.

Nuestro hogar.

Nuestros aciertos y éxitos.

Nuestra imaginación.

Nuestros fracasos y errores.

Nuestra felicidad.

Nuestra pasión.

Nuestras esperanzas y sueños.

Cada vez que leo un “Vive el presente” no puedo hacer más que sonreír. Pues su significado en realidad es “Recupera lo que perdiste”.

¿Dónde lo habremos perdido?

Cantos de rana

-¡Croac!-

Canta una rana entre los juncos a la orilla de un estanque con la luna como un queso reflejada en la quietud de sus aguas.

-¡Croac! ¡Croac!-

Una de sus hermanas acude a la llamada y juntas comienzan un dueto.

-¡Croac! ¡Croac! ¡Croac!-

Una pareja más de batracios escucha el recital y decide qué tal vez unos coros no vendrían mal.

-¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac!-

En algún lugar en mitad del estanque en una preciosa agrupación de nenúfares cuatro ranitas jovencitas se animan con el croar que se escucha desde la orilla y comienzan a replicar los cantos como un eco en la distancia.

-¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac!-

Al otro lado del estanque, junto a un viejo y llorón sauce una reunión de ranas se ve interrumpida por el canto, sus coros y su eco. Deciden por unanimidad no ser menos y cantar con energía su propia melodía.

-¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac!-

El caos sonoro agita las aguas. Corre el rumor por el bosque y ranas que cazan moscas en el río abandonan su tarea para unirse a aquella serenata nocturna.

-¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac!-

Se aglomeran los cantos en una algarabía difícil de describir. Y más aún cuando el sonido comienza a traspasar las lindes del bosque, donde una enorme charca acoge una inmensa congregación de ranas de todas formas, tamaños y colores.

-¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! ¡Croac!-

Cada segundo que pasa una rana se une a la gran fiesta del croar hasta que no existe en el mundo otro sonido, ni una sola rana sin colaborar con su canto al singular concierto.

Desde el hueco de un árbol seco una pequeña sombra escucha el estruendo con semblante preocupado –Creo que está no es una buena noche para salir a cenar, es el momento para comenzar a cuidar la figura. ¡Hoy comenzaré el ayuno y descanso!- Se da la vuelta y se vuelve a meter en su reconfortante cama. A los pocos minutos y a pesar del insoportable ruido el mosquito se queda dormido.

Esta noche soñará con terroríficas ranas de ojos saltones e insoportable canto.

¡CROAC!

El mal interior

—Haría lo que sea por ti— Dije arrodillado.

Un clásico, lo sé, pero pienso que para declarar el amor lo mejor siempre han sido las típicas acciones. No dan lugar a error de interpretación y presionan a la otra parte a dar una rápida respuesta. Es cierto que si la respuesta es negativa te deja en evidencia, pero a veces hay que arriesgar. Jugarse el todo por el todo sin temer el resultado.

En ese momento lo hice y salió bien.

Ella me miró con esos ojos grises e imperturbables que siempre me han vuelto loco y sonriendo dijo: — ¡Sí, quiero! — Se agachó y me abrazó con fuerza. Con más fuerza que nunca.

Esa fue la primera vez que me estremeció y no precisamente por la emoción de conseguir lo que siempre había deseado. Juro que justo en ese instante fue cuando percibí la maldad que habitaba en su interior. No fue un gesto ni una mirada, sino un presentimiento. Como ver una sombra escabullirse al filo de donde alcanza la mirada y al girarse hacia allí comprobar que no hay nada.

Me estremeció, sí, pero ese presentimiento me excitó aún más de lo que había podido excitarme hasta ahora ninguna mujer. Y eso ella lo notó. Esa noche follamos como endemoniados.

A partir de ese día pasé a ser su esclavo. Cualquier cosa que ella me pidiera tenía la imperiosa necesidad de realizarla. En muy poco tiempo ella supo sin lugar a duda que me tenía atrapado sin escapatoria y que a un simple silbido suyo acudiría como un perro fiel.

Fue en ese momento cuando sacó a relucir esa maldad suya que tanto me excitaba y que mantenía oculta bajo su apariencia de mujer elegante y educada.

— Vamos a asesinar a alguien. — Me dijo sin apenas inmutarse ni cambiar la modulación de su voz un día en que nos encontrábamos tumbados en la cama reposando después de una larga sesión de sexo: —No importa a quién ni cómo, pero quiero saber que se siente aplastando una vida. —

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. ¿Matar a alguien? No se me había pasado algo así por la cabeza jamás, pero escucharlo saliendo de sus labios hizo que supiera que en lo más profundo de mis entrañas siempre lo había deseado. Y si encima era ella quien lo pedía…

¿Quién soy yo para negarme si no soy más que su fiel siervo?

La abracé fuerte y la besé salvajemente como queriendo devorar su boca, para indicar que mi respuesta era afirmativa. Un abrazo que se transformó en un nuevo amasijo de gemidos, sudor y fluidos.

—***—

No tardó muchos días en elegir una víctima. Se trataba de un joven de unos treinta años que vivía a pocas manzanas de nosotros. Soltero; con pocas amistades; sin mucho éxito con las mujeres; con un trabajo de mierda… Comprendí en un instante lo fácil que la resultaría atraparlo en su sutil tela de araña.

Esa mujer me volvía loco.

El plan era simple. Ella lo abordaría en el pub que frecuentaba los jueves. Lo hechizaría como solo ella sabe hacerlo y lo traería discretamente a casa. Aquí estaría yo esperando para atraparlo y hacer con él lo que nos viniera en gana con mortales resultados. Solo de pensarlo me hacía un amasijo de nervios por el ansia de poner el plan en marcha.

Llegó el jueves noche.

Ella se fue al pub y yo me quedé sentado en el sofá viendo “Reservoig dogs” tomando una copa de buen vino. Inspiración para el futuro inmediato. Por supuesto, la concentración se fue perdiendo según pasaban los minutos. ¿Qué estaría haciendo?

Por mi mente empezaron a desfilar imágenes de un oscuro antro con el triste hombre sentado en la barra tomando un copazo de garrafón con hielos. Ella se acerca y lo mira descaradamente. Apoya la mano en su pierna y le susurra algo al oído. Luego pide un “Gin tonic” y se dirige sensualmente hacia una oscura e íntima esquina del bar. Él la sigue. Hablan, pero no tardan mucho en empezar a acercar sus cuerpos. Algún beso. Él saca valor y comienza a acariciar sus curvas. Caricias cada vez más intensas que van tornándose descarado magreo. Ella se ríe y le para en seco. — ¿No será mejor que continuemos en un lugar más íntimo? Vivo muy cerca. — Le guiña un ojo. Ella ordena y él obedece. Siempre es así.

Vuelvo a la realidad. Suena la cerradura.

¡Están aquí!

Me preparo para recibirles irguiéndome con celeridad. Caigo al suelo con el mismo ímpetu que me he levantado. Todo el mundo gira a mí alrededor.

¿Qué ha pasado?

Ella por supuesto tiene la respuesta. La muy zorra lleva el mal en su interior. ¿Por qué iba a confiar en un gilipollas como yo?

Veo sus zapatos de tacón acercarse entre las brumas de mi mente dando vueltas; paran justo a mi lado. Sigo la línea de sus largas piernas hasta más allá de su ceñido vestido de fiesta rojo. En sus manos lleva un hacha de cocina que brilla a la luz de la lámpara de araña del salón. Me mira fijamente con sus imperturbables ojos grises. Sonríe.

Esa mujer me ha atrapado hasta las últimas consecuencias y mientras baja a toda velocidad el hacha, no puedo evitar pensar en lo mucho que me excita ese mal tan puro que palpita dentro de ella.

Microcuento – La hoguera

-Ya no te quiero, lo nuestro no funciona desde hace mucho tiempo-

Según iban saliendo esas palabras de sus labios su corazón se fragmentaba en mil pedazos. Al terminar solo quedaba una pequeña montaña de cenizas aún humeantes a sus pies.

Cerró la puerta trás de sí y se fué a caminar solo bajo la lluvia para apagar con sus lágrimas los rescoldos que aún ardieran de esa hoguera que había intentado avivar durante tanto tiempo.

Andrómeda

Se abre la persiana metálica
Cuando sus ojos se acostumbran a la oscuridad
A través de los gruesos cristales
Es capaz de reconocer la inmensidad

El infinito océano de constelaciones
Sigue inmutable
Sin apenas variación.

Apoya la mano en el vidrio
Siente el frío tacto del vacío
Se empaña la visión
Las lágrimas comienzan a resbalar
Involuntarias por sus mejillas
La respiración se entrecorta
Suspira
Llora desconsolada en la soledad del infinito.

Año: 2754 D.C.
Lugar: Galaxia de Andrómeda

Han pasado ya tres años
Desde que el último pasajero falleció
Hay víveres y oxígeno para una eternidad
No así manera de mover el transbordador
Desde que el motor principal estalló
Estoy paralizada
Encadenada por siempre a Andrómeda
Nadie responde mis llamadas
Estoy sola en mitad de la nada
No quiero estar sola

Este mensaje es el mismo que ayer
Este mensaje será el mismo mañana

¿Hay alguien ahí fuera que diga al menos hola?

¿Hay alguien ahí?”

“Intentando recuperar conexión con red interestelar…”

El monstruo

Tenía dos cabezas con siete ojos surcados de venas en cada una. Grandes bocas con cinco hileras de dientes que babeaban ácido sobre su gruesa barriga de piel transparente que dejaba ver la maraña de sus intestinos. Piel escamosa y brillante, y donde deberían estar los brazos y piernas incontables y viscosos tentáculos se retorcían en un repulsivo caos.

Bajo el monstruo se veía una enorme mancha de sangre mezclada con lo que parecían restos de carne, y frente a él un niño con ojos como platos asustado.

Es horrible – Dijo la psicóloga de servicios sociales guardando el dibujo a ceras en una gruesa carpeta, con lágrimas en los ojos y golpeando la mesa con impotencia: – Un niño no debería ver nunca a su padre de esa manera