Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Mes: febrero, 2022

Relato – Un trabajador eficaz

UN TRABAJADOR EFICAZ

Infierno

I

«Tic… Tac… Tic… Tac…».

El viejo reloj que se encontraba sobre la puerta sonaba incesantemente a pesar de que las agujas no se movieran ni un ápice. Las tres personas que se hallaban sentadas en la oficina no eran capaces de recordar en qué momento exacto se había producido aquel hecho tan trivial. No les importaba lo más absoluto, porque en sus mentes solo existía una palabra: Trabajar.

Sentados ante sus mesas cada uno dedicaba su tiempo a realizar la tarea sin mirar a los compañeros y sin mostrar ningún interés en lo que pudiera ocurrir alrededor. Por no importarles, no les importaba siquiera cuanto tiempo llevaban trabajando sin cesar. ¿Minutos? ¿Horas? ¿Días? Eran la élite de los trabajadores, el sueño hecho realidad de cualquier empresa.

Curioso era también el hecho de que tan productivos trabajadores se pudieran encontrar a gusto en un lugar tan deprimente. Una estancia cuadrada que a duras penas podía albergar las tres mesas y los armarios archivadores. Dos puertas en caras enfrentadas de la estancia eran las únicas aberturas de la habitación. Una la de entrada, aunque de los presentes nadie recordaba que se hubiera abierto en mucho tiempo. La otra puerta daba acceso al despacho del jefe, eminente empresario que se hizo famoso tiempo atrás por su filosofía empresarial de dar completa autonomía a los trabajadores sin inmiscuirse en su trabajo. Filosofía que cumplía a rajatabla, de tal manera que rara vez ponía un pie en la oficina. Es quizás por eso que el único alboroto que se produjo aquel día en el interior de aquel recinto fue cuando se abrió la puerta de entrada y apareció el jefe acompañado de una preciosa mujer.

II

—¡Buenos días! —saludó el jefe con una enorme sonrisa en los labios. – Esta es la señorita Ester y es muy posible que sea la nueva incorporación a la empresa.

Un silencio sepulcral inundo la oficina. Los ojos de los tres trabajadores se apartaron de sus respectivas tareas y se clavaron como puñaladas en la mujer siguiéndola mientras avanzaba hacia el despacho contiguo. Finalmente, la puerta del despacho se cerró con fuerza.

Los tres trabajadores comenzaron a mirarse nerviosos unos a otros. Sabían lo que se avecinaba, porque ellos en algún momento fueron también nuevas incorporaciones en la empresa. Dentro de la política de aquella oficina existía un punto especialmente particular referente a la contratación de nuevos empleados. Desde que alcanzaban sus recuerdos, el número de empleados siempre había sido tres, dando lugar a un círculo en el que persona que entraba a trabajar, suplía a una que era inmediatamente despedida sin más explicaciones. Nadie conocía que directrices se seguían a la hora de despedir a uno de los trabajadores, pero era un hecho que si finalmente la mujer pasaba la entrevista uno de ellos terminaría de manera tajante su contrato laboral.

Una vez pasado el «shock» inicial, todos se pusieron a trabajar a un ritmo frenético como intentando demostrar en esa impredecible cuenta atrás su valía como trabajadores. Todos realizaban la misma labor, recibían faxes cada pocos minutos con interminables listas de gente y las iban pasando a ordenador cumplimentando una inabarcable base de datos. ¿Qué utilidad tenía aquello? Nadie lo sabía, lo importante era trabajar e ir vaciando la bandeja donde cada vez se acumulaban más y más folios llenos de nombres, mientras el reloj sin apena batería seguía sonando acompañado del incesante teclear de los ordenadores.

III

Sonó un teléfono. «¡Riiiiiiiiinnnnnnnnngggggggg!». Y todos al unísono sintieron como si su corazón fuese a salirse del pecho. Miraron rápidamente hacia cada uno de sus teléfonos personales y dos de ellos respiraron tranquilos y sin pensarlo se pusieron de nuevo a trabajar. El tercero de ellos, Andrew James Wharton, cogió con timidez el teléfono y contestó nervioso:

—¿Sí, dígame…?

En unos segundos había colgado el teléfono. Se levantó, se puso la chaqueta y se dirigió hacia el despacho de su superior. Justo al llegar a la puerta, la nueva integrante del equipo salió y sin dedicarle ni una mirada se sentó en el puesto de trabajo vacío y se puso a teclear sin contemplación. Andrew pasó al despacho y cerró la puerta a su espalda.

Había olvidado la majestuosidad de aquel despacho. Amplio, con enormes estanterías repletas de gruesos volúmenes encuadernados en piel y llenos de nombres y más nombres. En el centro del despacho una mesa de caoba tan limpia y reluciente que se podía ver reflejada sobre su superficie la fabulosa lámpara de araña que colgaba del techo; tras ella una enorme vidriera de formas imposibles llenaba la habitación de destellos multicolor y sentado en un imponente sillón de estilo victoriano el gran gerente de aquella empresa.

Nadie en aquel lugar conocía su nombre (Tampoco les importaba), pero su sola presencia en aquel lugar imponía respeto y admiración. De rasgos duros, pelo engominado y peinado hacia atrás que dejaba mostrar algunas canas, ojos negros como la noche y una puntiaguda perilla, esperaba con las manos entrelazadas sobre la mesa al invitado.

—Pase y siéntese, que no muerdo…—dijo señalando una silla ante él, mientras con la otra mano alcanzaba una pequeña caja de madera exquisitamente labrada. Esperó a que el invitado se acomodara y abriendo la caja le ofreció un puro habano, el cual Andrew rechazó amablemente. Sonriendo continuó hablando —. Bueno, espero que no le importe que yo me encienda uno, es uno de esos pequeños placeres que merece la pena darse de vez en cuando.

Encendió el cigarro con una cerilla y tras dar un par de bocanadas acomodado en su sillón, miró fijamente a Andrew a través de la espesa nube de humo —. Supongo que ya sabe porque le he llamado a mi despacho señor… ¿Como se llamaba? ¡Ah sí! ¡Andrew! ¡Andrew James Wharton! Si no fuese así me sentiría muy decepcionado con usted.

Andrew asintió con la cabeza, pero sin decir ni una palabra para permitir que su interlocutor continuara hablando.

—Su contrato finaliza en este mismo instante y bueno, tengo el deber moral de informarle de lo que encontrará usted una vez que cruce las puertas de salida de las instalaciones. No le miento si le digo que ha sido un trabajador ejemplar durante todo el tiempo que ha estado con nosotros, por eso estoy seguro de que cuando se incorpore a su nuevo puesto de trabajo…

Andrew lo interrumpió inundado con una inmensa alegría y con las manos temblando de puro nervio: — ¿Entonces…? ¿No me quedo en el paro? Yo necesito trabajar ¿Sabe?

¡Pues claro que no amigo mío! No sé qué clase de lugar piensa que es este, pero le doy mi palabra de que no se me ocurriría jamás desperdiciar un trabajador tan eficiente como usted. Una de las cosas de las que me siento más orgulloso es que bajo mi mandato hay una tasa de paro nula, así que para no alargar más la conversación y no aburrirle con palabras que no le aportan nada, me gustaría invitarle a salir y descubrir que le aguarda allí fuera —Se levantó, se acercó a Andrew, le dio una amistosa palmada en la espalda y se despidió —. Me alegro de haber podido contar con usted. Le deseo mucha suerte. Adiós.

Y no volvió a decir nada más. Simplemente se quedó de pie fumando y esperando a que Andrew se levantase y saliese del despacho.

IV

Andrew dudó unos instantes antes de poner el primer pie fuera del despacho que le había aportado tantas satisfacciones, aunque una vez que lo hizo sintió que el largo y tenuemente iluminado pasillo que se encontraba ante él era el camino hacia una nueva y feliz vida. Un paso tras otro fue dejando atrás la puerta hasta que se desvaneció en la oscuridad.

No supo cuánto tiempo anduvo, pero contra más avanzaba, un resplandor rojizo como de un amanecer iba iluminando el pasillo, hasta que al final vislumbró una puerta acristalada por la que se filtraba la mágica luz.

Llegó a la puerta y momentos antes de empujarla para lanzarse al exterior se colocó la chaqueta, respiró profundamente y dijo en voz alta: —¡Vamos valiente! Ha llegado la hora…

Sin que él hiciera nada, la puerta se abrió dejando pasar una cegadora luz roja y un sofocante aire. Fue en ese mismo instante, mientras sus ojos se acostumbraban a la claridad cuando comprendió donde estaba y cuál era su nuevo trabajo.

Un desolado erial lleno de lagos de fuego y nubes de ceniza se extendía hasta donde lograba alcanzar la vista, el cielo tenía un malsano color anaranjado y gris, un fuerte olor a azufre inundaba el ambiente y en todas direcciones se podían ver grupos de desgraciados realizando las más dementes tareas que nadie podía llegar a imaginar. Unos se arrastraban desesperados por el suelo buscando quien sabe que, otros se golpeaban con látigos hasta hacer que la sangre manará por sus espaldas como cascadas carmesíes, otros recogían ceniza ardiente de las orillas de los lagos de fuego y se la restregaban por los ojos mientras chillaban de dolor, otros…

Andrew sintió nauseas al contemplar la escena que se dibujaba ante sus ojos, pero no hizo rogar a su destino. Eligió un grupo de dementes que se arrancaba entre ellos la carne a mordiscos e imitando su comportamiento oficialmente comenzó su nuevo puesto de trabajo, mientras en una pequeña oficina de tres trabajadores que había olvidado, entre las incontables hojas llenas de nombres, un eficaz trabajador escribía en la base de datos: Andrew James Wharton.

Bailabas entre la niebla

Cuentan que te vieron
bailando entre la niebla.
Una negra y fugaz silueta
enrollándose con ese gris velo
girando y riendo.

¿Puedes creerlo?

Yo que yacía a tu lado
puedo asegurar que dormías.
Con tu pecho subiendo
y bajando plácido.
Subiendo y bajando.
Tal vez soñando
que danzabas rodeada de niebla
girando y riendo.
Enrollándote en su gélido velo
en un húmedo abrazo.