Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Mes: enero, 2022

Relato – El mal interior

—Haría lo que sea por ti —dije arrodillado.

Un clásico, lo sé, pero pienso que para declarar el amor lo mejor siempre han sido las típicas acciones. No dan lugar a error de interpretación y presionan a la otra parte a dar una rápida respuesta. Es cierto que si la respuesta es negativa te deja en evidencia, pero a veces hay que arriesgar. Jugarse el todo por el todo sin temer el resultado.

En ese momento lo hice y salió bien.

Ella me miró con esos ojos grises e imperturbables que siempre me han vuelto loco y sonriendo dijo: — ¡Sí, quiero! — Se agachó y me abrazó con fuerza. Con más fuerza que nunca.

Esa fue la primera vez que me estremeció y no precisamente por la emoción de conseguir lo que siempre había deseado. Juro que justo en ese instante fue cuando percibí la maldad que habitaba en su interior. No fue un gesto ni una mirada, sino un presentimiento. Como ver una sombra escabullirse al filo de donde alcanza la mirada y al girarse hacia allí comprobar que no hay nada.

Me estremeció, sí, pero ese presentimiento me excitó aún más de lo que había podido excitarme hasta ahora ninguna mujer. Y eso ella lo notó. Esa noche follamos como endemoniados.

A partir de ese día pasé a ser su esclavo. Cualquier cosa que ella me pidiera tenía la imperiosa necesidad de realizarla. En muy poco tiempo ella supo sin lugar a duda que me tenía atrapado sin escapatoria y que a un simple silbido suyo acudiría como un perro fiel.

Fue en ese momento cuando sacó a relucir esa maldad suya que tanto me excitaba y que mantenía oculta bajo su apariencia de mujer elegante y educada.

—Vamos a asesinar a alguien —me dijo sin apenas inmutarse ni cambiar la modulación de su voz un día en que nos encontrábamos tumbados en la cama reposando después de una larga sesión de sexo: —No importa a quién ni cómo, pero quiero saber que se siente aplastando una vida.

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. ¿Matar a alguien? No se me había pasado algo así por la cabeza jamás, pero escucharlo saliendo de sus labios hizo que supiera que en lo más profundo de mis entrañas siempre lo había deseado. Y si encima era ella quien lo pedía…

¿Quién soy yo para negarme si no soy más que su fiel siervo?

La abracé fuerte y la besé salvajemente como queriendo devorar su boca, para indicar que mi respuesta era afirmativa. Un abrazo que se transformó en un nuevo amasijo de gemidos, sudor y fluidos.

—***—

No tardó muchos días en elegir una víctima. Se trataba de un joven de unos treinta años que vivía a pocas manzanas de nosotros. Soltero; con pocas amistades; sin mucho éxito con las mujeres; con un trabajo de mierda… Comprendí en un instante lo fácil que la resultaría atraparlo en su sutil tela de araña.

Esa mujer me volvía loco.

El plan era simple. Ella lo abordaría en el pub que frecuentaba los jueves. Lo hechizaría como solo ella sabe hacerlo y lo traería discretamente a casa. Aquí estaría yo esperando para atraparlo y hacer con él lo que nos viniera en gana con mortales resultados. Solo de pensarlo me hacía un amasijo de nervios por el ansia de poner el plan en marcha.

Llegó el jueves noche.

Ella se fue al pub y yo me quedé sentado en el sofá viendo «Reservoig dogs» tomando una copa de buen vino. Inspiración para el futuro inmediato. Por supuesto, la concentración se fue perdiendo según pasaban los minutos. ¿Qué estaría haciendo?

Por mi mente empezaron a desfilar imágenes de un oscuro antro con el triste hombre sentado en la barra tomando un copazo de garrafón con hielos. Ella se acerca y lo mira descaradamente. Apoya la mano en su pierna y le susurra algo al oído. Luego pide un «Gin tonic» y se dirige sensualmente hacia una oscura e íntima esquina del bar. Él la sigue. Hablan, pero no tardan mucho en empezar a acercar sus cuerpos. Algún beso. Él saca valor y comienza a acariciar sus curvas. Caricias cada vez más intensas que van tornándose descarado magreo. Ella se ríe y le para en seco. — ¿No será mejor que continuemos en un lugar más íntimo? Vivo muy cerca. — Le guiña un ojo. Ella ordena y él obedece. Siempre es así.

Vuelvo a la realidad. Suena la cerradura.

¡Están aquí!

Me preparo para recibirles irguiéndome con celeridad. Caigo al suelo con el mismo ímpetu que me he levantado. Todo el mundo gira a mí alrededor.

¿Qué ha pasado?

Ella por supuesto tiene la respuesta. La muy zorra lleva el mal en su interior. ¿Por qué iba a confiar en un gilipollas como yo?

Veo sus zapatos de tacón acercarse entre las brumas de mi mente dando vueltas; paran justo a mi lado. Sigo la línea de sus largas piernas hasta más allá de su ceñido vestido de fiesta rojo. En sus manos lleva un hacha de cocina que brilla a la luz de la lámpara de araña del salón. Me mira fijamente con sus imperturbables ojos grises. Sonríe.

Esa mujer me ha atrapado hasta las últimas consecuencias y mientras baja a toda velocidad el hacha, no puedo evitar pensar en lo mucho que me excita ese mal tan puro que palpita dentro de ella.

Relato – Llegó con la lluvia

Portada llego con la lluvia

I

La clásica historia. Un oscuro antro oculto en los suburbios que vivió épocas mejores. Paredes cubiertas de grafitis que ocultan otros grafitis. Una destartalada placa de metal con las letras medio borradas que dejan intuir de qué tipo de local se trata: «J. Detective privado».

El interior huele a humedad. A la humedad que cubre la agrietada pintura y la tiñe de malsano y verdoso moho. Una decaída planta de interior intenta dar ambiente a la improvisada sala de espera con desgastadas sillas de madera de tapicería pasada de moda que jamás hizo méritos para ganarse ese miserable título. La poca luz de la sala, la aportan unos perezosos rayos de sol otoñal que se infiltran por los huecos entre las lamas de aluminio de un «store» a medio subir.

Se encuentra en la habitación adyacente. Envuelto en las tenues sombras que proyectan los incontables archivadores con informes de casos ya olvidados que se apilan descolocados en las esquinas. Tiene los pies sobre la mesa. En la comisura de sus labios, un cigarrillo con un centímetro de ceniza que lucha encarnizadamente con las leyes de la gravedad emite un finísimo hilo de humo que forma una etérea neblina. En un perchero cercano a la puerta descansa su raída gabardina de paño coronada con un sombrero gris de aspecto anticuado. Suena en la radio el murmullo de una emisora de rock ochentero en exclusiva para su único oyente.

A J. no le importa nada. Se concentra en el Sudoku difícil de un diario gratuito de hace dos días. Frunce el ceño mientras realiza sus cábalas numéricas, lo que ocasiona que las arrugas se le marquen como surcos en la tierra. La edad comienza a hacerle mella, pero cuando te paras a observarlo puedes deducir que en su juventud debió haber sido un hombre muy atractivo.

Alto, de algo más de metro ochenta. Ojos claros de un color indeterminado situado entre el azul celeste y el gris plateado. Mandíbula prominente abrigada con barba de tres o cuatro días. El rostro salpicado con alguna que otra cicatriz que se hizo durante alguna reyerta de bar. Con pelo abundante color castaño claro, con corte de galán de manual sacado de alguna película de los años cincuenta, solo que treinta años desfasado.

Deducciones al fin y al cabo, pues en realidad se trata de un hombre hueco y roto por dentro. Al menos desde que hace un año perdió a la que pensaba que podría haber sido la mujer de su vida. Clásica equivocación producida por la ceguera de una explosión de pasión que llegó tal y como se marchó, de forma totalmente casual e imprevista.

II

Todo comenzó un lluvioso día de otoño.

Tintineó la campanilla de la puerta, chirriaron los goznes, sonó un portazo y la sala se llenó con el susurro de una respiración rápida y sin pausa.

—Buenos dí…

Enmudeció al ver a la visitante. Delicada y pálida como una flor de invierno en un recóndito valle cubierto de escarcha. Ataviada con un ceñido y elegante vestido color negro y zapatos a juego. En su cabeza, un gorro de lana con un pompón en su cima, alicaído por la fuerte lluvia que no cesaba de caer en el exterior. Ojos color miel. Infinitas pestañas. Labios carnosos y ligeramente rosados; casi blancos. Melena castaña que caía ondulada por su espalda como la cascada del borde del fin del mundo. Pechos pequeños pero insinuantes. Cintura de curvatura imposible a la que seguía la zona de obligada deceleración por peligro de accidente que eran sus caderas. Piernas infinitas. Parecía un ser de fantasía huido de un sueño.

Paralizada ante la puerta, cogió aliento y poco a poco se comenzó a calmar su respiración. Escaneó a J. con la mirada. Lo atrapó sin haber pronunciado aún ni una palabra. Y la pronunció.

Buenas tardes, señor. Perdone que haya hecho una entrada tan abrupta, pero fuera hace un tiempo de perros y desde que he llegado a este barrio me ha dado la sensación de que un grupo de matones iba siguiéndome… —Su voz, como un canto celestial, iluminó lo lúgubre de aquel lugar, y J. Se quedó unos segundos sin palabras. Los segundos que tomó su corazón en acelerar y superar el límite establecido.

Pasa chiquilla, no te quedes ahí parada, que estás empapada y vas a pillar una pulmonía —dijo J. mientras a toda prisa se dirigió al aseo para coger una toalla—. Siéntate donde quieras y dime: ¿Qué te trae hasta este lugar?

III

Sin saber muy bien como ocurrió, ella acabó durmiendo en su cama, mientras él intentaba acomodarse en un sofá monoplaza dentro del pequeño y destartalado apartamento céntrico que tenía alquilado.

El nombre de la ninfa era Iris, y apenas llegaba a los veinticuatro años de edad. Sobre su pasado, J. solo pudo sacar en claro que había llegado a Madrid desde un origen desconocido el mismo día en que sus caminos se cruzaron. Al parecer buscaba a alguien, pero tras su fortuito encuentro parecía haberlo olvidado, o quizás ya no la importaba. No tenía dónde alojarse, así que él se vio en la obligación de otorgar refugio a aquel ángel surgido de la nada. Lo que estaba claro es que haberse conocido había sido fruto de la más absoluta casualidad. El azaroso destino a veces tiene esos caprichos.

Habían pasado ya dos semanas desde que Iris se había instalado en su habitación, y cada vez que compartía algún instante con ella, su presencia iba conquistando un poquito más de terreno dentro del marchito reino de los pensamientos de J., quien, de forma inconsciente, se veía dejando pasar el tiempo en su lúgubre despacho mientras miraba ensimismado el lento avance de las agujas de un viejo reloj de pared, y deseando que llegase la hora de echar el cierre para regresar a casa y poder verla de nuevo.

Cuando al fin llegaba el ansiado momento, J. se levantaba de su escritorio, salía corriendo del despacho como arrastrado por una fuerza invisible y todo a su alrededor se desenfocaba, a excepción del punto de fuga que era la puerta del apartamento.

Al llegar, la encontraba sentada leyendo alguna revista, viendo algún programa televisivo acurrucada en el sofá o encerrada en la habitación escuchando música y cantando por encima con una pésima pronunciación del inglés, que en su voz sonaba encantadora. Un día, la sorprendió dormida en el sofá. Parecía la viva imagen de una princesa de cuento de hadas y al sentir como se cerraba la puerta, Iris se despertó y J. pudo verla desperezarse y sonrojarse al verle, algo que a él le resultó encantador.

Cuando coincidían, ella siempre le saludaba y dedicaba una preciosa sonrisa capaz de alegrar el día más triste. Le decía:

—¡Holis J.! —Dándole un beso en la mejilla, y en ese instante él moría y renacía. Pero a pesar del amor que crecía en su interior, J. no era capaz de sacar el valor para decirle a Iris lo que realmente sentía.

Después, ella solía encerrarse en su habitación, canturreando entre dientes siempre una canción cuya letra decía:

«I can hear your heart. Can hear your heart…».

IV

Un día, casi sin darse cuenta, la vida de J. dejó de pertenecerle. Llegó como todos los días desde que se había mudado Iris, flotando hasta el apartamento, y al sacar el llavero, escuchó en el interior la música sonando a un volumen superior al habitual.

«The sky was bible black in Lyon». *

Ella, vestida con un short vaquero y un top, bailaba en mitad del salón iluminada por la tenue luz de unas velas.

«When I met the Magdalene». *

Sobre la mesa reposaba una botella de vino tinto abierta con dos copas a su lado: una de ellas llena y la otra a medio beber.

«She was paralyzed in a streetlight». *

Ella se acercó a J. con caminar insinuante, lo saludó con un húmedo beso en la mejilla y le agarró las manos.

«She refused to give her name». *

Lo arrastró despacio hacia el sofá, balanceando sus caderas como el caer de una pluma.

«And a ring of violet bruises». *

Lo invitó a sentarse con un guiño y le tendió la copa que estaba llena de vino. Él aceptó el ofrecimiento, ella elevó la suya y sin mediar palabra las tintineó.

«They were pinned upon her arm». *

Se mojó los labios tintándolos de rojo purpúreo mientras le clavó una mirada nada inocente en los ojos.

«Two hundred francs for sanctuary». *

Ella se levantó y se dirigió despacio hacia el centro del salón, donde continuó su hipnótica y sensual danza.

«And she led me by the hand». *

Iris se volvió hacia J., levantó de nuevo la copa y vació de un solo trago el contenido. Perfiló con la lengua sus labios y le señaló con el dedo índice, ordenando sin pronunciar palabras que se acercara hasta ella.

«To a room of dancing shadows». *

La marioneta sin voluntad que era J. en ese instante obedeció. Se aproximó a Iris con baile torpe y ella le correspondió extendiendo los brazos alrededor de su cuello.

«Where all the heartache disappears». *

Dejó de haber espacio entre los dos cuerpos que comenzaron a moverse acompasados como una sola entidad. Ella apoyó la cabeza en su hombro, y él vibró al sentir la cálida respiración recorriendo su cuello.

«And from glowing tongues of candles». *

Se aferró a la cintura de ella y sus manos comenzaron a deslizarse hacia abajo, anhelando el tacto de nuevos territorios inexplorados. Los delicados labios de Iris entraron en contacto con su piel, y los dos cuerpos se estremecieron al unísono.

«I heard her whisper in my ear». *

Los brazos de J. elevaron a Iris con la pretensión de que se produjera la colisión entre sus labios, y esta se sucedió como un estallido. Una explosión que hizo que ambos se apretaran buscando fundirse en un único elemento: aleación de pasión.

«‘J’entend ton coeur’». *

Habían llegado a un punto de no retorno. Sexo. Pasión. Atracción animal. Puro instinto primario, y la tarima acogió dos cuerpos entrelazándose. Retorciéndose. Enmarañándose.

«‘J’entend ton coeur’». *

Respiraciones profundas. Jadeos. Sudor. Saliva. Flujos. Semen. Gemidos. Gritos. Silencio.

«I can hear your heart». *

Los dos cuerpos desnudos se quedaron abrazados como si no hubiese un mañana. Ella acomodó su cabeza sobre el tórax de J. y susurró canturreando: «Puedo escuchar tu corazón. Escuchar tu corazón. Escuchar…».

«Can hear your heart». *

La escena finalizó con un fundido a negro cuando se extinguió la llama de la última vela.

«I hear your heart…». *

 

* Letra de la canción «Blue Angel», de Marillion.

V

Al despertar a la mañana siguiente, Iris había desaparecido de igual forma que se había cruzado en su vida un mes atrás: sin previo aviso. La cabeza de J. gustaba de revivir aquella última noche como un sueño recurrente. Una y otra vez agudizaba el oído deseando escuchar otra vez el tintineo de la campana anunciando su regreso, aunque este fuese imposible. La oficina y su apartamento se habían convertido en los lugares más lúgubres y grises del mundo. Pozos de miseria que absorbían cualquier resquicio de luz y vida.

La radio sigue sonando, aunque nadie presta atención a su emisión. J. apoya el diario sobre el escritorio y se ve a sí mismo llorando. Inevitables lágrimas al recordar el día que siguió a su noche de ensueño.

Un puente sobre el río Manzanares.

Un ángel cayendo al agua con las alas rotas y sin arnés.

El último pétalo de la flor más hermosa del universo flotando río abajo arrastrado por la corriente.

Nadie más parecía saber de su existencia. Apareció. Dejó un suceso entre tantos otros en los telediarios y un corazón destrozado. Se marchó dejando atrás un mundo aún más triste. Un mundo que seguiría girando, aunque imperceptiblemente más lento.

Bajo un frío sol de invierno

Lo miraba en la distancia
al otro lado del camino
hiciera sol o nevara.
Día y noche
por su imagen suspiraba.

Triste vida de enamorados
qué ven en sus anhelos
un utópico imposible
pues por designios del destino
sus cuerpos son inmóviles
y están separados
a merced de los caprichos
de cíclicas estaciones
y un polvoriento camino.

Más las raíces son profundas
y su deseo imparable,
y se extienden hasta acariciarse
y entrelazarse.

Vientos helados soplan,
zarandean sus esbeltos tallos
y al son de su incesante silbido
bajo un frío sol de invierno
extienden hasta agarrarse
sus esqueléticas ramas
para formar cuando el tiempo temple
anudados a sus cuerpos y almas
nuevos brotes verdes,
flores de delicados colores
y frutos de mil sabores.