La casa del jardín de estrellas

por Bufón loco

Soñando universos

¿Recuerdas cómo llegamos a la casa del jardín de estrellas?

Noche tras noche, al cerrar los ojos, volábamos como golondrinas enamoradas siguiendo la estela de un astro olvidado. Dábamos piruetas acariciando la nada. Su materia oscura. El todo. Típica contradicción onírica que nos hacía repetir una y otra vez los encuentros.

Noche tras noche la misma senda.

Girábamos. Nos abrazábamos. Nos besábamos. Nos mareábamos viendo incontables y diminutos soles centrifugarse alrededor nuestro. Tú y yo éramos el epicentro del universo.

Y al finalizar una de las vueltas, y mientras las estrellas volvían a ocupar su descanso a millones de años luz de nuestra posición, nos dimos cuenta de que sin imaginarlo habíamos llegado a una nueva localización del vasto espacio.

En medio de la negrura, una preciosa casa de formas orgánicas nos daba la bienvenida con sus puertas abiertas. Un jardín de estrellas en flor en tal concentración a su alrededor que parecía la congregación de todas las luciérnagas del universo, invitaba a dirigir los pasos hacia el descanso que ofrecía su porche.

Y el sueño nos arrastró hacia allí como la traicionera corriente en las aguas profundas, y nos llenó de la misteriosa curiosidad que nace del descubrimiento de lo desconocido.

Y lo desconocido dejó de serlo cuando ella nos recibió con los brazos abiertos. La calidez de quien lo envuelve todo. La mismísima Diosa, que un día soñó todo y al despertar, su sueño se había materializado. Aunque luego se hundió en el olvido cuando descubrió que lo que había creado no tenía ningún interés y decidió seguir soñando otras realidades.

—Queridos, pasad y sentaos. Descansar del largo viaje que guía vuestro sueño —dijo señalando una mesa redonda de piedra labrada cubierta con un mantel de tupido musgo. A sus lados, había sillas de idéntico acabado. Las más cómodas en las que jamás nadie se había sentado.

Eso hicimos, y la mesa se llenó de las viandas más exóticas por cortesía de nuestra anfitriona. Platos procedentes de todos los rincones de un millón de universos llegaban sin interrupción para deleitarnos la vista, el olfato y el gusto, mientras el tiempo quedaba congelado en aquel refugio situado en el origen de la existencia.

Hablamos durante eternidades de todo tipo de temas y compartió con nosotros más conocimientos de los que podíamos soñar con asimilar. Su sola presencia nos hacía creer que disfrutaríamos para siempre de esa eternidad que parecía envolver todo. Sin embargo, todo terminó en un instante eones después con unas simples preguntas que la planteé:

—¿De verdad soñaste todo aquello que nos has contado?

¿Incluso este instante?

¿Esta misma pregunta?

Solo necesitaba un sí o un no por respuesta, y su respuesta fue el silencio. Un silencio que hizo que todo aquel universo de ensueño se desvaneciera, dejándome solo, flotando en el vacío.

Entonces lo comprendí.

¿De verdad soñé todo aquello que te he estado contando?

Contar historias. Hacerlas realidad. Soñar y hacer que se realice lo soñado. Crear universos. Poblarlos. Extinguirlos para moldear algo nuevo. Imaginar que lees esto. Que en realidad lo estés leyendo. Que te haga pensar y soñar. Que esos pensamientos y sueños se transformen en tus manos en otros universos e historias que repitan el ciclo.

Me miré a mí mismo en el espejo de la soledad y vi el único y verdadero Dios: uno mismo. Dispuesto a crear una nueva existencia. Un nuevo universo. Una nueva historia. Un nuevo sueño…

Y descansar.

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