Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Mes: septiembre, 2021

La soledad de Jonás

CIUDAD FANTASMA

“Jonás abrió los ojos y a su alrededor solo vislumbró oscuridad. Intentó levantarse después de frotarse los ojos para eliminar los restos de legañas y sintió como sus extremidades respondían de mala manera por la falta de alimento de los últimos días. Se apoyó en una pared próxima con las manos y con un enorme esfuerzo logró ponerse en pie. Sintió un pinchazo en la sien tan potente que apretó los dientes y emitió un gruñido tan fuerte como sus escasas fuerzas le permitieron. Mientras el creciente dolor de cabeza le taladraba el cerebro, recordó entre brumas mentales el como había llegado a aquella situación.

Recordó como había encontrado abierto aquel escondido almacén en la vieja zona industrial al otro lado de una calle residencial al intentar huir del abrasador sol. Como había recorrido las desmoronadas estancias lenta y minuciosamente en busca de algo de alimento que llevarse a la boca. Como finalmente encontró en uno de los abandonados despachos, tras unas pilas de cajas, un pequeño armario minibar lleno de viejas botellas de bourbon, la mayoría de ellas con el precinto de garantía todavía puesto. ¡Aquella había sido una buena noche para emborracharse, recordar los buenos momentos y olvidar todo lo malo en la más absoluta soledad!

Avanzó lentamente y con mucho cuidado por la habitación, palpando todo a su alrededor para no tropezar con alguno de los destrozados muebles que lo rodeaban, aunque restos de escombros desperdigados por el suelo le hacían presentir que de un momento a otro caería golpeándose contra el suelo y no podría volver a levantarse. Esto último no ocurrió y finalmente localizó la puerta del despacho. Estaba abierta. Intentó recordar si al final con la borrachera la había cerrado, pero esa parte de la noche anterior había abandonado definitivamente su cabeza. En cualquier caso, poco importaba, ya que hacía semanas que no veía a nadie por la ciudad. Se paró en el umbral y notó la desagradable sensación de que todo a su alrededor giraba sin ningún control alrededor de su estómago. Instantes después se encontró agachado en una esquina vomitando bilis y los restos de alcohol que su cuerpo no había podido aun asimilar. Cuando se incorporó, se alejó trastabillando sin importarle haber dejado el suelo lleno del espeso fluido. Nadie acudiría para reprocharle nada, pues se encontraba solo en aquel lugar infernal.

Encontró la cinta que abría la persiana de una ventana próxima. Y durante unos instantes dudó si era conveniente dejar pasar la luz que probablemente le cegaría e incrementaría el ya de por sí horrible dolor que palpitaba en el interior del cráneo. Finalmente, agarró con fuerza la deshilachada cinta y tiró hacia abajo, dejando pasar una ingente cantidad de luz solar a través del cristal. El haz de luz dejaba ver el polvo que flotaba en el ambiente y alguna de sus partículas reflejaban la luz de tal manera que parecían aquel mágico “polvo de hadas” que hacía volar a los niños perdidos hacia Nunca Jamás. Observó a su alrededor y vio las botellas de whisky vacías amontonadas al lado de la chaqueta que había utilizado como lecho aquella noche, así como el vómito que había depositado segundos antes sobre la descolorida pared y suelo extendiéndose como una implacable marea. Sintió como se le revolvía el estómago de nuevo al ver la escena y antes de volver a vomitar, se alejó de aquel lugar que se le antojó que olía a alcohol, bilis y sudor.

La puerta que daba al exterior estaba cerrada. Jonás agarro el pomo metálico y sintió cómo se quemaba la palma de su mano debido al mortal calor que despedía el sol. Giró el pomo y miró el exterior. Contempló cómo los edificios de aquel pequeño barrio obrero antes ocupados por innumerables familias, despedían una triste sensación de abandono y decadencia, mientras el vengador sol consumía cualquier resto de vida en las solitarias calles. Contempló el bulevar comercial que ya no tenía las colas de clientes que lo abarrotaban en los viejos tiempos. Levantó su vista hacia el cielo azul profundo, comprobando que estaba igualmente abandonado por las aves que antaño lo habían surcado sin ningún límite de espacio y que ninguna nube tapaba, aunque solo fuera por breves instantes la fulgurante estrella que lo alumbraba. “¿Cómo hemos llegado a esta situación?” se preguntó Jonás, aunque sabía sobradamente la respuesta. Se sabía desde hacía demasiado tiempo. Tanto, que si la humanidad hubiese querido se habrían podido tomar medidas para evitarla, el problema estuvo en que no se quiso. Regresó al interior del edificio para recoger la chaqueta que había utilizado esos últimos días para evitar que el sol le quemara. Y se lanzó al exterior en busca de algo de alimento.

Caminó despacio por las calles, para no echar a perder inútilmente las pocas fuerzas que le quedaban. Miró con añoranza las calles de aquel lugar que hasta hacía unos pocos meses había llamado hogar. Las jardineras vacías de plantas, las paradas de autobús y las bocas de metro sin ningún viajero y no pudo reprimir que unas lágrimas resbalaran por la mejilla al pasar por delante de la casa que tan buenos momentos le había hecho pasar con su amada Lucía.

Habían pasado tres días desde la última vez que había estado con ella. Encerrados en casa día y noche haciendo el amor, recordando los buenos tiempos y esperando el final que habían sufrido todos sus vecinos al acabarse la reserva de alimentos de la ciudad. Por suerte Jonás y Lucía tenían almacenadas una buena cantidad de latas de conserva en la despensa. Y dado que ambos eran conscientes de que aquello no duraría para siempre, habían decidido pasar los últimos momentos de su vida haciendo lo que mejor sabían hacer desde que se conocieron quince años atrás: Amarse. Pero ahora… Ahora Lucía yacía muerta sobre la herrumbrosa cama, alimentando a las ratas y cucarachas que seguramente sobrevivirían a aquella catástrofe que asolaba al planeta. ¿Por qué a escondidas Lucía había dejado de comer? Jonás ahora comprendía el sacrificio que su amor había realizado en pos de mantenerle a él con vida, aunque solo fuesen un par de días más. Pero él no lograba recuperarse del duro golpe que le había dado el destino, dejándolo abandonado a su suerte, completamente solo en un mundo en plena decadencia.

Mientras lloraba mirando su antigua vivienda, Jonás tomó una última decisión. “¿Merecía realmente la pena prolongar la existencia en un lugar donde la vida había sido condenada desde hacía tiempo? Tal vez las religiones no estaban tan equivocadas al proponer una alternativa a la desaparición total de cuerpo y alma. Tal vez un paraíso nos aguarda cuando la lógica nos dice que una vez muertos solo queda la existencia eterna como polvo inerte. Tal vez el profetizado Armagedón había llegado para llevar a todos a un nuevo lugar donde nuestro afán creador y autodestructivo no tuviese límites. Tal vez los sueños de los hombres continúen vagando en el espacio infinito por siempre, buscando el momento de reencarnarse en existencia terrenal. Tal vez…”

La hoja arrugada de un viejo diario pasó volando arrastrada por el viento y se detuvo a los pies de Jonás, interrumpiendo sus cavilaciones existenciales. Jonás se agachó, recogió y leyó el texto amarilleado y casi borrado por el sol. Se trataba de la portada del diario que daba la noticia de que todo había terminado y que los errores acumulados por el ser humano en los últimos años habían finalmente dado el fruto que todos conocían, pero nadie quería creer. La capa de ozono había sido finalmente destruida por los gases tóxicos, dejando pasar toda la potencia calorífica de la estrella que nos alumbraba y daba vida, en forma de destructores rayos ultravioletas. Jonás notó un fuerte dolor en el pecho al releer aquella terrible noticia y evocar las imágenes que habían dejado ver las pantallas de televisión en los últimos programas que se emitieron. Y su mano instintivamente apretó el papel hasta hacerlo una bola y lo arrojó lo más lejos que pudo hasta que golpeó contra la acera y rodó por el suelo llevado por el viento.

Jonás se quitó la camiseta, zapatos, calcetines, pantalón y ropa interior. Apartó la ropa a un lado y tumbó su cuerpo desnudo en las ascuas que ahora formaban la calzada. Sintió cómo a velocidad de vértigo el calor del astro formaba llagas en todo su cuerpo y como el agua que lo formaba se evaporaba convirtiéndose en pequeñas volutas de vapor. Y a pesar de que el dolor y la tortura se le hacían insoportables, se prometió que no dejaría escapar ni un grito de dolor pues el mayor dolor ya lo había sufrido días antes, cuando Lucía lo abandonó para toda la eternidad. Miró al sol y notó como todo se volvía de un blanco intenso para tornarse instantes más tarde la más absoluta negrura. El último hombre sobre la tierra había muerto tal y como el primer hombre había llegado al mundo. Y con él, murió también el sueño de la humanidad, que se había prolongado ya muchos siglos.

Ahora sobre la marchita tierra solo existen resquicios de lo que había sido su especie dominante. Derruidos edificios que se tornarán polvo con el paso de los milenios. Oxidados vehículos de metal que se volverán polvo por la corrosión. Restos de papel provenientes de periódicos, libros y panfletos publicitarios que serán arrastrados por el viento hasta hacerse polvo por la implacable erosión. Ahora solo queda un recuerdo que se tornará polvo cuando nada de lo creado por el hombre en su existencia quede en pie…”

Jonás dejó de escribir y se levantó del escritorio. Echó una mirada hacia la cama donde dormía plácidamente Lucía y sin hacer ningún ruido se acercó y la dio un suave beso en la frente. Jonás volvió a la mesa, apagó la lamparita y enfiló hacia la cocina para comer algo. Las largas horas escribiendo con la tenue luz de la lamparita le habían dejado los ojos agotados. Abrió la nevera y sintió el suave frescor que emanaba de ella. Cogió un yogurt y se dirigió al sofá. — ¿Cómo puede mi amor dormir con el calor que hace? – se preguntó mientras encendía el televisor y ponía el canal internacional de noticias. Las noticias eran las de siempre. Guerra en Oriente Medio, hambre en África, pobreza y conflictos en Suramérica, ultra violencia en Norteamérica e indiferencia y atisbos del renacer del fascismo en Europa. Accidentes en la carretera. Estúpidas discusiones entre políticos. Violencia machista. Fútbol para mantenernos contentos y alejados de los problemas que nos rodean. Y para terminar una noticia que le hizo esbozar una sarcástica sonrisa – “Científicos estadounidenses confirman que este año el hielo de los polos se ha derretido al doble de velocidad que el año anterior por el efecto invernadero…”

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Re-subo este relato  que quedó finalista en el «I Certamen literario monstruos de la razón» en la categoría de ciencia ficción y se publicó en una antología con finalistas y ganadores. Lo divertido del asunto es que por mi apellido, figuro el primero de los autores.

¡Disfrutarlo!

La estrella solitaria

Era difícil reparar en ella y ahora imposible encontrarla. Una estrella solitaria alejada de las demás constelaciones.

Justo en mitad de la nada.

Titilante en la distancia como haciendo una llamada a quien pudiese responderla. Cada día más tenue, hasta que esta noche su leve resplandor se extinguió. El minúsculo espacio del firmamento que ocupaba se tiñó de tinieblas.

Hoy, hace varios millones de años, un sol se apagó al otro lado del universo y nadie respondió a los rezos desesperados de aquellos a quienes bañaba con su luz y calor.

Las ruinas del paraíso


Llegamos al planeta y comenzamos a sobrevolar sus verdes campos, profundos bosques y tupidas selvas. Vimos desiertos sin vida bañados por la luz del alba. Montañas brumosas perfilarse ante océanos de estrellas. Planicies heladas asoladas por silbantes vientos. Ondulantes mares reflejando la luna llena. Violentas tormentas de agua, hielo y arena arrasando la tierra y su posterior calma. Aves en formación migrando hacia donde la temperatura permitía mejor vida.

Vimos el paraíso y vimos sus ruinas. Restos aquí y allá de alguna civilización olvidada.

Pequeños pueblos, monstruosas ciudades, estructuras imposibles e interminables carreteras devorados por la maleza y la propia naturaleza desencadenada. De cómo llegó la extinción de esa especie alienígena no encontramos ni rastro, pero nos fuimos de aquel fantástico lugar con la amarga sensación de que aquel fatídico destino podría habernos ocurrido alguna vez a nosotros.

Cápsula temporal

Este verano viajé a la vieja casa de mi abuelo y en un cajón me encontré a mí mismo con cinco o seis años.

En un cajón,
un libro de ciencia ficción
y en su final,
en una hoja amarilleada
por el tiempo o la humedad,
el dibujo de un niño
de cinco o seis años.

Un robot
que flota en el espacio
como la imaginación
de este niño
de cuarenta inviernos.

Regreso

llave

Abro la puerta y ahí estas tu.

Corriendo y riendo.

Te levanto y te beso.

Te miro y veo tus ojos brillar.

Giramos hasta casi marearnos.

Te miro.

Me río.

Te veo reír.

¿No es esa la risa más bonita del mundo?

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