Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Mes: julio, 2021

La ventana

Todos los días al despertar me asomo a la ventana.

Paso las horas por ella asomado. Observando vidas ajenas y moldeando el cómo estas me verán. Viajando ensimismado entre las corrientes cambiantes sin rumbo fijo, girando y girando en un círculo reiterativo de imágenes inconexas, palabras ininteligibles y sonidos aleatorios.

Miles de mundos prefabricados al alcance de la mano que en realidad son inalcanzables.

Al cerrar los ojos en la oscuridad de la noche siempre me quedo pensando en la ventana. En todo aquello que dejaré de ver por no poder estar asomado mientras sueño.

Tal vez llegue el día en el que pueda apartar la mirada de esta ventana y descubrir que alrededor está girando mi propio mundo.

A cobijo del ángel caído

Recuerdo esa grotesca sombra cobijándonos bajo sus oscuras alas. Tu y yo agarrándonos en un ardiente abrazo en el que nuestras manos no parecían conocer límites a la hora de traspasar líneas rojas. Besos de lava fundiéndose mientras las sierpes que son nuestras lenguas jugaban a retorcerse en océanos de fuego. El brillo de las ventanas al infierno que eran tus ojos y lo cautivador de su canto de sirena que llamaban a recorrer el oscuro sendero hacia los abismos del círculo del infierno de la lujuria.

Creo que aquel día fue el que traspasé los umbrales del Averno, busqué cobijo entre los infranqueables muros que son tus piernas y me alojé allí por la eternidad.

En aquellos momentos la estatua de quien dicen sufre por haber sido expulsado del paraíso, me pareció que se burlaba de su juez por haberle permitido atrapar mi alma y yo acompañé su risa, dejándome arrastrar a sus cálidos dominios sin oponer resistencia.

El hombre de la eterna sonrisa

Nunca se paró a pensar en las consecuencias de una caída desde un piso cincuenta y dos el hombre de la eterna sonrisa.
Un hombre feliz.
Optimista hasta la médula.
Aferrado al marco de la ventana abierta miraba abajo,
donde la marabunta humana iba y venía
sin una secuencia concreta.
Sin lógica.

El viento allí arriba era fuerte.
Su corbata multicolor ondeaba espasmódica.
El cómo se encontraba en esa situación
no parecía importar.
El presente era una ventana, él y una simple elección:
«Saltar o no saltar, he ahí la cuestión».
Y saltó.

La gravedad tirando,
el viento frenando
y la velocidad como suele hacer en estos casos, llevándole de la mano.

Dos palomas en una cornisa lo observan pasar en su descenso.
Lo miran.
Se miran.
Continúan copulando.

El fin está cerca, más él sigue sonriendo.
El credo del optimismo:
«Algo ocurrirá que le saque del aprieto».
El suelo se ve más claro y detallado
según se va acercando
y se encuentra ya a muy pocos metros.

La clásica cuenta atrás para un tremendo impacto:

¡Diez!
¡Nueve!
¡Ocho!
¡Siete!
¡Seis!
¡Cinco!
¡Cuatro!
¡Tres!
¡Dos!
¡Uno!

El tiempo se detiene.
No como recurso literario.
Literal.

La ciudad queda congelada en la misma décima de segundo en la que el cuerpo iba a estamparse contra el asfalto.

Un par de milímetros más
y ese habría sido el resultado.
El hombre de la eterna sonrisa respiró aliviado.
Estiró los brazos y se ayudó con ellos para ponerse de pie,
a salvo.
Crujió sus dedos,
metió la camisa por el pantalón,
se colocó la corbata
y se fue andando, silbando una alegre canción.
A los pocos pasos el tiempo regresó,
el mundo siguió girando
y el hombre de la eterna sonrisa sonrió.