La boda

por Bufón loco



Gusta el poeta versar que el amor todo lo puede. Que no tiene barreras ni límites. Que puede aprisionar a cualquiera sin importar edad, estatus o raza. Que ciega y a la vez hace contemplar el mundo con otros sentidos.

Todo eso dice el poeta y puedo dar fe de que no pueden ser más ciertas sus proclamas.

Él y yo. Dos mundos contrarios. Alejados. Dos existencias opuestas. Dos caras de una misma moneda. Dos locos enamorados que cometieron la locura de mantenerse juntos soñando con hacer posible lo imposible. De darse la mano algún día y avanzar contracorriente hacia el manantial de los prejuicios que nublan la mente de este mundo sordo, mudo y ciego. Vacío.

Ha llegado el momento. El día más largo. El instante que siempre he soñado. El que llevamos incontables años esperando. Conocernos, y ante un altar pronunciar alto y claro: «sí, quiero», y dar paso a una nueva realidad en la que estamos eternamente juntos.

Ahora que una corona de flores blancas y rosas abraza mi pelo reseco y encanecido por el pasar de los años, lustros o siglos de soledad, insoportable soledad.

Ahora que visto de blanco inmaculado cubriendo la pálida piel con ese tenue azul tintado. Con el velo cubriendo mis rasgos, mis labios y el irresistible deseo de cubrir a mi futuro esposo de besos y sentir su corazón latir por los dos, desbocado.

Llega la hora. Como es tradición, el novio espera en el altar a la novia. Su fiel compañera en la vida o en la muerte. Para siempre.

Agarro la cola del traje y bajo solemne la empedrada escalinata. El carruaje me aguarda. Oscuro como el ébano tirado por lustrosos corceles negros. En sus cojines de seda roja me acomodo y al chasquido de un furioso látigo comienza el trayecto hacia el anhelado futuro. El viaje más largo.

Afuera, los nevados caminos y bosques se emborronan, mientras sobre las sombrías siluetas de las copas de los pinos una enorme luna llena sangrienta sonríe. Las ruedas giran. Giran y giran como la cíclica vida que nos aguarda juntos. Si mi corazón pudiese latir, hace tiempo habría estallado, haciendo fluir por mis venas un cálido soplo que templaria mi gélida piel, haciéndome sentir de nuevo viva.

Y así, después de una eternidad, el carro se detiene a las puertas de una imponente y olvidada catedral de retorcidas formas, indescriptibles cristaleras de mil colores y macabras efigies adornando sus pétreos muros. Gárgolas suspendidas en cada esquina sosteniendo carámbanos con sus grotescas lenguas bajo los puntiagudos tejados de pizarra cubiertos de nieve. Y la puerta, como una enorme boca abierta de par en par dejando que la ventisca haga de testigo de mi triunfal entrada.

El largo pasillo escoltado por hileras de bancos de madera carcomidos está adelante, vacío. Una única figura erguida ante el altar, entre las sombras, espera con paciencia a su amada. Su idealizado amor. Acelero el paso y el eco de mis tacones resuena entre las vigas de madera y antiguas cúpulas de piedra.

Al fin puedo contemplar su rostro. Después de tantos años de correspondencia. De espera.

Un hombre cultivado, de unos cuarenta años. De rasgos afilados. Noble sin duda. Enamorado de mis cartas. Mis confesiones e historias de amor verdadero. Poemas de amores de ensueño. Puedo leer su rostro. Reflejo del alma. Desencajado. Mezcla de miedo, horror y repulsa. Más todo se acaba aceptando si es el amor quien ha preparado la cita. Con el repicar de las campanas en las montañas y un beso, en unos instantes estará al igual que yo: muerto. Viviendo la eternidad junto a su auténtico amor. Aquel que carta tras carta le escribía versos como estos:

«Amor mío.
Mi sueño eterno.
Bajo una fría luna de invierno
unamos al fin nuestros cuerpos
por siempre
y que jamás
echemos en falta ese deseo
que busca arder dentro,
muy adentro».