Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Mes: abril, 2021

Tremenda tormenta

Cariño ten cuidado que dicen qué va a caer una tremenda tormenta – Me dijo secándose las manos con un viejo paño de cocina.

Me acerqué y planté un sonoro beso en su mejilla: – No te preocupes, estaré únicamente un rato fuera

Me puse una chaqueta y cerré la puerta tras de mí. Afuera reinaba la oscuridad, y no se sentían ni movimientos ni sonidos. La calma antes de la tormenta.

Caminé en dirección a ninguna parte y sin previo aviso comenzaron a caer “chuzos de punta”. Me quedé maravillado viendo aquel espectáculo. En el cielo nocturno la más inmensa lluvia de estrellas había estallado llenando el universo de deslumbrantes trazos y destellos. No pude hacer más que abrir los ojos y los brazos y mirar el firmamento empapándome en aquel baño de luz.

Por caridad

Hace ya una hora que se despidió la anciana pordiosera llevándose el par de cartones de leche que doné cuando llamó a la puerta suplicando caridad. Miro a través de la mirilla y allí continua ella. Inmóvil en mitad de la penumbra del descansillo mirando fijamente la puerta con esos ojos oscuros y brillantes.

“¿Y si la ha ocurrido algo? ¿Algún tipo de ataque cerebral?”

Me saca de las elucubraciones el sonido de la puerta del portal. Seguramente es mi vecino Luis que regresa de trabajar; la encontrará ahí, paralizada en mitad del descansillo. Me quedo observando la escena.

Se escuchan pasos y tintineo de llaves. Parpadea la lámpara. La puerta del ascensor comienza a abrirse.

“¿Señora? ¿Le pasa algo?”

Luis pronuncia sus últimas palabras. Un afilado cuchillo de cocina surge de entre los harapos que viste la anciana y rebana su yugular. Una fuente de sangre comienza a salpicar todas direcciones. Luis trata desesperadamente detener la hemorragia con sus manos; de evitar lo inevitable. Cuando deja de gorgotear y convulsionarse, los paramentos chorrean el viscoso y rojo fluido. La sangre comienza a colarse por debajo de la puerta de mi apartamento, mientras la señora parece congelada e inmutable como si no hubiese ocurrido nada.

Quedo petrificado con todo mi cuerpo temblando y con violentas náuseas que trato de controlar.

“Calma… Mantén la mente fría… Aléjate de la puerta silenciosamente y llama a la policía…”

Mis músculos parecen reaccionar. Me dirijo al salón, no enciendo la luz y agarro el teléfono.

“En este momento todos nuestros operadores están ocupados… Manténgase a la espera…”

Como una escultura mantengo el auricular pegado al oído.

“Hijito… Se que continuas ahí…”

Me sobresalta la voz de la anciana. Demasiado fuerte y clara para continuar en el descansillo. Escucho el fuerte ruido de una puerta cerrándose; un paso; otro paso. Puedo distinguir la silueta de la anciana en el umbral de la puerta. Brillan sus ojos con el reflejo de la luz de farolas de la calle que entra a través de la terraza. Brilla también el cuchillo con tonos carmesí en su mano. Mira directamente hacia mi posición.

“Ha contactado usted con la policía. Agente José al habla ¿En qué puedo ayudarle?

Trato de responder y no me es posible. Apenas logro dejar escapar un suspiro por el tajo que súbitamente se ha abierto en mi garganta. Trato en vano de evitar que la sangre se derrame. Intento gritar y caigo al suelo a los pies de la anciana que me observa impasible desde las tinieblas con esos ojos brillantes desangrarme.

La chica de ojos alegres

Un simple reflejo en un cristal era la chica anónima de ojos alegres y linda sonrisa cada mañana en el vagón. Mirando las estaciones pasar difuminándose en el brillo de sus pupilas. Dejándolas pasar una tras otras con la maraña de la humanidad yendo y viniendo como pollos sin cabeza.

La música sonaba con un volumen tal vez demasiado alto en los grandes auriculares de color azul de marca blanca que siempre llevaba. Movía la cabeza al ritmo mientras con los labios iba recitando silenciosos versos que debían desconocer el resto del mundo, y no la importaba. Viajaba aislada en su burbuja. Mientras tanto afuera millones de luces recorrían repetitivos caminos sin origen ni destino.

Una estación antes del final de la línea siempre se bajaba. Pedía perdón al pasar a quien aquel día había sido su desconocido e inseparable compañero de viaje y se dirigía como flotando hacia las puertas de salida entre la aglomeración de gente de rostros indiferentes y cansados.

Al salir siempre la veía mirar el tren alejarse por la vía. Por el túnel. Triste metáfora de la vida que se repite sin opción de cambio día a día. Y casi podría decir que al perderla de vista ella desaparecía con su vivaz mirada. Abría un portal secreto e invisible a su espalda que la transportaba a la dimensión paralela ajena a este mundo donde seguramente debía tener su residencia.

Un día cualquiera dejó de ocupar el asiento. Su asiento. Y nunca más la volví a ver. Seguramente cambió de trabajo, se mudó de ciudad o emigró a otro país, aunque me gusta pensar que simplemente decidió no regresar jamás desde su mundo a esté qué día a día se marchita.

La Diosa

Bailando con la Diosa

Una blanca silueta femenina perfilada entre la tenue bruma de la madrugada con el pelo de plata cayendo suavemente como una cascada.

Libre y salvaje.

Un negro profundo salpicado de moribundas estrellas como telón de fondo.

Y en la distancia el sonido del mar golpeando las rocas.

Un halo de mágica luz blanquecina parecía envolver su cuerpo desnudo como la sombra adherida a sus gráciles y lentos movimientos.

Paralizado por el hechizo de la belleza, observé durante horas su armoniosa danza bajo las estrellas.

Horas que probablemente fueron segundos.

Segundos grabados a fuego en mi memoria que se repiten constantemente para recordarme que una vez pude estar en contacto con lo divino.

A solo unos metros.

Si hubiese podido caminar habría podido acercarme y estrechar su mano.

Sumergirme en sus profundas pupilas de otro mundo.

Besar espontáneamente sus labios.

Y bailar.

Estrechando su cuerpo contra el mio en un baile eterno hasta que nuestras respiraciones, latidos y deseos se fundieran en una única entidad.

Hija de la luna o de alguna estrella.

¿Volveré a verte?

¿Podré sentirte?

¿Acariciarte?

¿Al menos soñarte?

___***___

Uno de los escritos incluidos en “Crónicas de un bufón loco”, mi primera antología, la cual puedes conseguir aquí.

¡Espero que os guste!

Gotas de lluvia

Siempre adoré el sonido de las gotas de lluvia golpeando en la ventana.

“Plik, plik plik, plik, plik…”

Maravillosamente arrítmico y a su vez, en esencia musical.

Sinfonía de partitura errática e irrepetible cada vez que es interpretada durante un temporal.

Cuando suena el mundo se silencia, se desvanece.

Nada lo perturba.

Incluso la jungla del asfalto queda en el más completo abandono al compás de esa inigualable oda a la soledad.

Ocupo mi butaca.

Me relajo.

Se atenúa la luz.

Cierro los ojos y me abandono al sueño de la eterna sonata de la lluvia en la ventana.

Un final cualquiera

El día que nos dimos cuenta que el mundo se iba a la mierda era ya demasiado tarde. Fue una triste tarde otoñal con hojas doradas cayendo entre la suave llovizna, cuándo los hongos nucleares comenzaron a crecer en todas direcciones arrasando ciudades, pueblos, campos y bosques.

Los que quedamos vivos en aquel primer momento solo podíamos imaginar ante el desolador y silencioso paisaje que quedó, los gritos desesperados de los millones de personas que murieron sin remedio en esos fatídicos e interminables minutos.

Qué suerte tuvieron.

Hoy ví impotente morir a mi hija pequeña. Su carne se pudrió mientras su frágil organismo alimentaba tumores que no paraban de extenderse y crecer en el interior. El próximo seré yo, mañana tú y pronto este planeta volverá a ser una inmensa roca inerte flotando en el vacío por obra y gracia de la especie más estúpida que jamás hábito el universo.

¿Por qué no me hablas?

Golpeo tu pecho con todas las fuerzas

¿Por que no me hablas?

Mis ojos no dejan de manar mares
Qué se derraman en cascadas de frustración

¡Despierta joder!¡Despierta!

Apoyo mi cabeza sobre tu helado tórax
Mientras suplico sentir
Qué algo se mueve en tu interior
Silencio inerte
Sin latidos ni respiración

¡Dime algo por favor!

Tu cristalina pupila me devuelve
Un decadente reflejo
El de un hombre desesperado
Por sentir vida
En un cuerpo que siempre estuvo muerto.

¿Por qué se tuvo que agotar tu batería?

Tierra

Arden bosques milenarios.
Los mares son vertederos.
La Tierra se está muriendo.
Y mientras… dormimos.

Microcuento – El primer tren III

En algún momento sonó una tonadilla y una voz surgida de los abismos dijo con tono gutural:

“Última estación. Abandonen el tren en orden y diríjanse a la ventanilla de admisión”

Formamos una larga fila y comenzó a avanzar lentamente. Siglos después llegó mi turno. Al Atro lado del cristal me sonreía una despampanante mujer.

-Lo siento mucho no constas en nuestra base de datos-

No dijo nada más y yo me quedé paralizado hasta que me empujaron a un lado. Tenían prisa por ocupar su parcela en el infierno.

Y así es como acabé malviviendo entre cartones a las puertas del averno. Suplicando las migajas de las legiones de condenados y aguantando su eterna indiferencia.

Microcuento – El primer tren II

En aquel viaje interminable veía pasar estación trás estación. En cada una de ellas tristes reflejos de decadencia y desesperación se agolpaban a las puertas para ocupar los asientos vacíos.

El viaje continuaba siempre con los vagones repletos y el incesante traqueteo interpretando una siniestra marcha fúnebre.