Esperanza – 18 – Perdón

por Bufón loco

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¿Se ha ido para siempre esa maldita voz en mi cabeza?

Hace muchas horas que no la escucho. Es horrible el cómo cambia toda mi percepción de la realidad cuando aparece y comienza a hablar sin descanso, interfiriendo todos mis razonamientos. Me costó años desterrarla, pero siempre ha continuado allí, oculta; esperando pacientemente su oportunidad de reaparecer. Y ha aprovechado el más ínfimo instante de debilidad para emerger. Tengo que ir a ver cómo se encuentra Afrodita. ¿Estará bien? La última vez que la visité parecía un pelele sin voluntad. Hacia lo que fuese que pidiera sin rechistar… De alguna manera su actitud sumisa e indiferente sacó lo peor de mí y perdí los nervios de nuevo. No sé ni como ocurrió, pero la rompí tres costillas.

La he dejado sola el tiempo suficiente para que sus heridas hayan sanado. La pediré perdón. No volverá a ocurrir algo así. Se que la costará aceptar mi arrepentimiento, pero es sincero. Anteriormente nunca me había ocurrido algo así. Hasta ahora siempre había mantenido el control de la situación. Necesito que ella acepte esta faceta mía. Necesito que me perdone. Aquí en la soledad del universo no existe otra opción. Necesito que todo vuelva a su cauce, porque si no, acabaré mi existencia aquí en mitad del espacio, languideciendo en una espiral de locura y lamiendo mis heridas. Podría volverme completamente demente. Aún más loco de lo que creo que estoy o que siempre he estado.

Me acerco a la puerta del observatorio donde se encuentra encerrada Afrodita. No me espera y sé que en cuanto abra la puerta correrá a esconderse como un ratón asustado. Lógico, aunque ya no tiene nada que temer; ya no tiene por qué tenerme miedo. Creo que he desterrado para siempre esa maldita voz que me lleva atormentando toda la vida. Tengo que cuidar mis formas y que vea que todo ha cambiado de verdad.

La puerta se abre y doy un paso al frente cruzando el umbral. Pronuncio con voz clara y firme:

—Afrodita, sal por favor. No he venido a hacerte daño. Solo he venido a suplicar tu perdón. Yo…

—¡Hijo de puta! ¡Nunca jamás tendrás la oportunidad de hacerme daño!

Noto un fuerte golpe en la cabeza y caigo desplomado al suelo. Todo se comienza a difuminar y a volverse negro.

“¿Ves cómo tenía yo razón? Te dije que no debías confiar jamás en esa zorra ¡Imbécil!”