Llegó con la lluvia

por Bufón loco

Oficina detective privado

I

La clásica historia. Un oscuro antro en los suburbios que vivió épocas mejores. Paredes cubiertas de grafitis que ocultan grafitis. Una destartalada placa con las letras medio borradas que dejan intuir de qué tipo de local se trata: “J. Detective Privado”.

El interior huele a humedad. A la humedad que cubre la agrietada pintura y la tiñe de malsano y mohoso verdor. Una decaída planta de interior intenta dar ambiente a las desgastadas sillas de madera con tapicería pasada de moda que hacen las veces de improvisada sala de espera que jamás hizo méritos para ganarse ese miserable título. La poca luz de la sala la aportan los perezosos rayos de sol otoñal que se infiltran por los huecos entre lamas de aluminio de un “store” a medio subir.

Está en la habitación adyacente envuelto en las tenues sombras que proyectan los incontables archivadores de informes de casos ya olvidados que descolocados adornan las esquinas. Pies sobre la mesa. En la comisura de sus labios un cigarrillo con un centímetro de ceniza luchando encarnizadamente con las leyes de la gravedad emite un finísimo hilo de humo que forma una etérea neblina. En un perchero cercano a la puerta descansa una roída gabardina coronada con un sombrero gris de aspecto anticuado. Suena en la radio el murmullo de una emisora de rock ochentero en exclusiva para su único oyente.

A J. no le importa nada. Se concentra en el Sudoku difícil de un diario de hace dos días. Frunce el ceño haciendo sus cábalas numéricas haciendo que las arrugas se le marquen como surcos en la tierra. La edad empezaba a hacerle mella, pero cuando parabas a observarlo podías deducir que en su juventud había sido un hombre muy atractivo.

Alto, de algo más de metro ochenta. Ojos claros de un color indeterminado situado entre el azul cielo y gris plata. Mandíbula prominente abrigada con barba de tres o cuatro días. El rostro salpicado con alguna cicatriz de reyertas de juventud. Con pelo abundante y castaño claro con corte de galán de manual sacado de alguna película de los años cincuenta solo que treinta años desfasado.

Deducciones al fin de al cabo, ya que en realidad se trataba de un hombre hueco y roto por dentro. Al menos desde que hacía un año perdió a la que pensaba podría ser la mujer de su vida. Clásica equivocación por la ceguera de una explosión de pasión que llegó como se marchó, de forma totalmente casual e imprevista.

II

Fue un lluvioso día de otoño.

Tintineo de la campana de la puerta. Chirrían los goznes y son seguidos por el golpe seco de la puerta al cerrarse. Respiración rápida y sin pausas.

—Buenos dí… —

Enmudece al ver a la visitante. Delicada y pálida como flor de invierno en un recóndito valle cubierto de escarcha. Un ceñido y elegante vestido de color negro y zapatos a juego. En su cabeza un gorro de lana con un pompón alicaído en su cima por la fuerte lluvia que no cesa de caer en el exterior. Ojos color miel; infinitas pestañas; labios carnosos, ligeramente rosados; casi blancos. Melena castaña que cae ondulada por su espalda como la cascada del borde del mundo. Pechos pequeños pero insinuantes. Cintura de curvatura imposible seguida de la zona de obligada deceleración por peligro de accidente que eran sus caderas. Piernas infinitas. Parecía una imagen arrancada de un sueño.

Cogió aliento y comenzó a calmar la respiración. Lo escaneó con la mirada. Lo atrapó sin haber pronunciado aún palabra. Y la pronunció.

—Buenas tardes. Perdone la entrada tan abrupta pero fuera hace un tiempo de perros y tenía la sensación de que un grupo de matones iba siguiéndome…— Su voz como un canto iluminó lo lúgubre de aquel lugar. J. Se quedó unos segundos sin palabras. Los segundos que tomó su corazón en acelerar y superar el límite establecido.

—Pasa, no te quedes ahí parada que estás empapada. — dijo mientras a toda prisa se acercó al aseo para coger una toalla. — Siéntate donde quieras y dime, ¿Que te trae a este lugar?… —

III

Sin saber como, ella acabo durmiendo en su cama mientras el intentaba acomodarse en el sofá monoplaza dentro del pequeño apartamento céntrico que J tenía alquilado.

El nombre de la ninfa era Iris y apenas llegaba a los veinticuatro años. Sobre su pasado J. solo pudo sacar en claro que había llegado a Madrid el mismo día que sus caminos se cruzaron. Buscaba a alguien, pero parecía haberlo olvidado o ya no importaba. No tenía dónde quedarse y él se sintió obligado a otorgar refugio a aquel ángel surgido de la nada. Lo que estaba claro es que su encuentro había sido fruto de la más absoluta casualidad. El destino a veces tiene esas gracias.

Habían pasado dos semanas y cada vez su imagen iba conquistando un poquito más de terreno dentro del marchito reino de sus pensamientos. Se veía pasando las horas en la oficina vacía observando el lento avanzar de las agujas del viejo reloj de pared deseando que llegara la hora de regresar a casa y verla.

Cuando finalmente llegaba la hora se movía como impulsado por una fuerza invisible. Su alrededor se desenfocaba a excepción del punto de fuga que era la puerta del apartamento.

La encontraba leyendo alguna revista. O viendo la tele acurrucada en el sofá. O escuchando música en la habitación cantando por encima con una pésima pronunciación del inglés que en su voz sonaba encantadora. Un día la encontró dormida en el sofá como una imagen de cuento y al sentir la puerta pudo verla desperezarse.

Siempre le dedicaba una sonrisa que alegraba el día más triste y le saludaba.

— ¡Holis J.! — dándole un beso en la mejilla. En ese instante el moría y revivía. Pero no sacaba el valor para mostrar lo que realmente deseaba.

Después solía encerrarse en la habitación canturreando entre susurros siempre la misma letra…

“I can hear your heart. Can hear your heart…”

IV

Un día casi sin darse cuenta la vida de J. dejó de pertenecerle. Llegó flotando al apartamento y al sacar el llavero escuchó en el interior la música a un volumen superior al habitual.

“The sky was bible black in Lyon” *

Ella vestida con un pantalón vaquero corto ajustado y un top, bailaba en medio del salón iluminada por la tenue luz de velas.

“When I met the Magdalene” *

Sobre la mesa una botella de vino tinto abierta con dos copas: una de ellas llena y la otra a medio beber.

“She was paralyzed in a streetlight” *

Ella se acerca con caminar insinuante. Lo saluda con un beso en la mejilla y agarra las manos.

“She refused to give her name” *

Lo arrastra despacio hacia el sofá. Sus caderas se balancean como el caer de una pluma.

“And a ring of violet bruises” *

Lo invita a sentarse con un guiño y le tiende la copa de vino. Ella coge la suya y las tintinea.

“They were pinned upon her arm” *

Se moja los labios tintados de rojo mientras le clava la mirada no tan inocente en los ojos.

“Two hundred francs for sanctuary” *

Se gira y se aleja lentamente hacia el centro del salón donde continúa su hipnótica y sensual danza.

“And she led me by the hand” *

Se vuelve hacia J. Levanta la Copa y vacía de un trago el contenido. Lo señala con el índice y ordena sin palabras que se acerque.

“To a room of dancing shadows” *

La marioneta sin voluntad obedece. Se acerca con baile torpe y ella extiende sus brazos alrededor de su cuello.

“Where all the heartache disappears” *

No hay espacio entre los dos cuerpos que se mueven como uno solo. Ella apoya la cabeza en su hombro. El nota la húmeda respiración en su cuello.

“And from glowing tongues of candles” *

Se aferra con fuerza a su cintura y suavemente comienza a deslizar hacia abajo sus fuertes manos. Los carnosos labios de Iris entran en contacto con su piel. Los cuerpos se estremecen.

“I heard her whisper in my ear” *

Los brazos de J. elevan a Iris buscando la colisión entre labios. Se produce como un estallido. Ambos se aprietan como si buscarán fundirse en un único elemento. Aleación de pasión.

“‘J’entend ton coeur'” *

Es un punto de no retorno. Sexo. Pasión. Atracción animal. Puro instinto primario. La tarima acoge dos cuerpos que se entrelazan. Se retuercen. Se enmarañan.

“‘J’entend ton coeur'” *

Respiración profunda. Jadeos. Sudor. Saliva. Flujos. Semen. Gritos. Silencio.

“I can hear your heart” *

Dos cuerpos desnudos abrazados. Ella se acomoda sobre el tórax de J. Susurra: —”Puedo escuchar tu corazón. Escuchar tu corazón. Escuchar…”.

“Can hear your heart” *

Fundido a negro cuando se extingue la llama de la última vela.

“I hear your heart…” *

 * Letra de “Blue Angel” de Marillion

V

Al despertar, Iris había desaparecido igual que apareció en su vida un mes atrás. La cabeza de J. gustaba de revivir aquella última noche como un sueño recurrente. Una y otra vez agudizaba el oído deseando escuchar otra vez el tintineo de la campana anunciando su regreso, aunque este fuese imposible. La oficina y su apartamento se habían convertido en los lugares más lúgubres y grises del mundo. Pozos de miseria que absorbían la luz y la vida.

La radio seguía sonando. J. apoyó el diario sobre el escritorio. Se vio a si mismo llorando. Inevitables lágrimas al recordar el día que siguió a su noche de ensueño.

Un puente sobre el río Manzanares.

Un ángel cae con las alas rotas y sin arnés.

El último pétalo de la flor más hermosa flotando río abajo.

Nadie la conocía. Apareció. Dejo un suceso en los telediarios y un corazón destrozado. Se marchó dejando atrás un mundo aún más triste. Un mundo que seguiría girando, aunque imperceptiblemente más lento.