Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Mes: enero, 2021

Esperanza – 02 – Calles mojadas

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Que extraña resulta la sensación de pisar la calle nuevamente con cierta libertad. Estoy parado en mitad de la calzada de una gran avenida por la que antes circulaban al día miles de vehículos en todas direcciones sin ningún destino concreto. La llovizna cae sobre mí suavemente. Es de esa llovizna que parece insignificante, pero acaba calando hasta los huesos. Noto la ropa mojada y el agua empapando mi rostro. Había olvidado lo agradable de esa sensación. Supongo que en general, los que continuamos vivos hemos olvidado muchas cosas insignificantes que a la hora de la verdad, son las realmente importantes en esta puta época que nos ha tocado vivir; las que ayudan a tener la certeza de estar de alguna manera realmente vivo: un café sentado en la mesa de una cafetería mientras lees un diario gratuito; un litro de cerveza con los amigos en el césped de un parque; un paseo bajo el sol de la mañana entre los puestos de un concurrido y ruidoso mercadillo; hacerse una foto junto a un monumento cansado de hacerse fotos inútiles; los besos sobre una colina con la gris ciudad al fondo cubierta con una boina de polución… ¿Cuándo dejaron de importarnos estas invalorables nimiedades?

Camino lentamente por las calles mojadas. Disfruto de cada paso que estoy dando sobre el húmedo y resbaladizo asfalto. Existe a ras del suelo una finísima y casi inapreciable neblina que se aparta perezosamente a cada zancada que doy. Aprecio esta misteriosa neblina. Siempre me pareció que algunos elementos naturales desprenden un aura mágica irreal: La lluvia en el césped, la nieve cubriendo riscos, el granizo golpeando contra las lonas, los rayos de sol entre las hojas de los árboles, las auroras boreales serpenteando entre las estrellas, la niebla ocultando con su manto gris las calles mojadas… De alguna manera me siento como el primer hombre que pisa estas calles; como un valiente explorador descubriendo terreno virgen en tierras ignotas.

A veces, según voy avanzando, me parece sentir algún fugaz movimiento entre las sombras de alguna esquina o detrás de los cubos de basura. Miro hacia allí y no me parece distinguir nada inusual, aunque con la neblina podría perfectamente haber algo oculto; tal vez un gatillo buscándose la vida entre la basura o intentando cazar una de las ratas que se aventuran fuera del alcantarillado. También puede que se trate de uno de esos apestosos vagabundos enfermos que aún luchan por sobrevivir igual que los gatos callejeros. Instinto de supervivencia primario, como si eso sirviese de algo más que para prolongar la agonía.

“Qué más da esa escoria. Van a acabar muertos al igual que el resto del mundo.” Casi sin darme cuenta he llegado a mi destino. Ha comenzado a llover más fuerte y el agua resbala en cascadas por las paredes del enorme edificio gubernamental que se encuentra ante mí. Resulta realmente extraño que me llamaran precisamente ahora, con la situación que estamos viviendo, para la oferta de un puesto de trabajo confidencial al que postulé como candidato hace más de un año. Fue sin duda el proceso de selección más meticuloso e intrincado de cuantos he participado: pruebas de todo tipo, exámenes médicos, test psicológicos y físicos… “Ya te llamaremos” dijeron, y di por sentado que no lo harían. Nunca lo hacen. Y me equivoqué.

Esperanza – 01 – LLueve

Llueve. Lleva toda la noche lloviendo y ahora que comienza a clarear el cielo, puedo ver a través de mi ventana como las nubes grisáceas no han cesado de escupir gotas sobre las aceras que reflejan la mortecina luz de las farolas que aún continúan encendidas.

Llueve. En la calle no se ve ni un alma. Parece el fotograma sustraído de una de esas viejas películas postapocalípticas: coches aparcados desde quien sabe cuándo; inmensos charcos con la superficie plagada de ondulaciones circulares; un par de gorriones atusando su plumaje sobre la barandilla de una terraza; una suave brisa mece las ramas de los árboles, plagadas de brotes que asoman con la llegada de la primavera. El mundo parece sumido en un embriagador sueño del que no sabe cuándo despertará o querrá despertar.

Llueve. Me quedo ensimismado viendo los gruesos goterones que resbalan por el cristal; sus reflejos, distorsiones y refracciones; sus hipnóticos recorridos verticales hacia el suelo; son el prisma de este nuevo amanecer que llora desconsoladamente. Desde esta perspectiva parece como si afuera se moviera un universo extraño; una dimensión paralela con su propia física y su propio tiempo, ajena completamente a nuestra realidad. Sin prisas; sin nada que hacer más que descargar el lloro acumulado durante milenios de aguantarse. ¿Dejará algún día de lamentarse?

Llueve. Escucho el lejano sonido de una puerta cerrarse entre el repiqueteo de las incesantes gotas de lluvia. Seguramente se trate de algún vecino sacando a pasear a su mascota. Un fugaz y discreto paseo a los jardines de enfrente de casa para que haga sus necesidades y vuelta al encierro, no vaya a ser que pase una patrulla policial, le pare y le comience a hacer preguntas incomodas. Las preguntas siempre son incomodas en una situación como esta. ¿Lleva usted la documentación del animal encima? ¿Está en regla? ¿Cuántas veces lo saca usted al día? ¿Cuál es su dirección? ¿Tiene usted síntomas? Las preguntas generan miedo, impotencia y ansiedad. La historia de siempre desde que comenzó este interminable tormento.

Llueve ¿Cuánto tiempo llevamos encerrados ya en casa? Tengo la amarga sensación de que las paredes se encogen día a día; hora a hora; minuto a minuto. Recuerdo con profunda tristeza aquellos primeros días en que pensábamos que pronto podríamos disfrutar de nuevo de libertad, pero el tiempo fue pasando y las medidas para paliar la pandemia se hacían cada vez más contundentes. No parece haber un fin en el horizonte ¿Dónde quedaron aquellos primeros atisbos de solidaridad en la población? Salíamos en masa a aplaudir desde las ventanas y terrazas a todos aquellos que luchaban incansables por contener la enfermedad; los que se exponían a la infección por todo el resto de nosotros: médicos, enfermeros, trabajadores de la limpieza, cajeros y reponedores de supermercado… Era algo realmente bello el salir y escuchar el eco de los miles de aplausos en la distancia. Esa sensación de ánimo; de formar parte de algo grande; inmenso; inútil. Todos murieron. Poco a poco enfermaban y la enfermedad iba haciendo estragos en su organismo debilitado por la continua exposición a nuevos casos.

Llueve. Me vienen a la cabeza una y otra vez las escalofriantes imágenes que no dejaban de emitir los telediarios y los programas sensacionalistas. Esos fríos pasillos de hospital atestados de gente enferma por todas partes. Sentados en sillas, de pie, tumbados en el suelo tapándose con una manta. La enfermedad no hacía distinciones de color, religión u origen. Gente desesperada llorando, convulsionando y observando impotentes como cada rato iban llevándose en camillas a gente por la que no se podía hacer ya nada; directas al crematorio en bolsas opacas y negras.

Llueve. Las nubes grises que cubren el cielo no permiten que olvide los nubarrones negros saliendo de las chimeneas continuamente. Al menos es agua; preciosa agua; fuente de vida. Gotas de lluvia y no la ceniza que caía silenciosa aquellos días. Era como nieve grisácea que se acumulaba sobre todo lo que estuviese en la calle. Hacía que todo se viera con un filtro granulado de tonos grises apagados. Y aquel olor ¿Quién es capaz de olvidar el olor a muerte? Ese olor capaz de impregnar todo. Salías a la calle y regresabas oliendo a muerte. Ni duchándote y restregando el cuerpo con jabón y perfume eras capaz de eliminar ese olor de las fosas nasales. Era como si quedara incrustado en el hemisferio cerebral que procesa los olores. Aquel que olía la muerte ya no era capaz de olvidar jamás su nauseabundo pestazo. Aún hoy, meses después de que aquellas medidas se suspendieran por su ineficacia, soy capaz de rememorar ese olor. ¿Quién no es capaz?

Llueve y seguirá lloviendo sobre nuestra tumba ¿Cuántos quedamos vivos? Hace tiempo que dejaron de dar datos oficiales. Supongo que ya ha dejado de importar. Los que vivimos o seguimos creyendo que vivimos, salimos de casa solo para ir a recoger los víveres que nos suministra el ejercito cuando nos llega el turno asignado (o a pasear al perro aquellos que tienen la suerte de tenerlo) y cada vez es menos frecuente, pues día a día desertan más militares; o mueren; nadie dice nada y a nadie parece importarle. Asistimos en directo al ocaso de la humanidad mientras llueve. Llueve eternamente sin atisbos de que vaya a escampar alguna vez, y si alguna vez lo hace, seguramente no estaremos aquí para verlo.

Llueve. Al menos mientras espero el final puedo ver llover. Después de todo, esta lluvia es lo único tangible que nos queda en este planeta que no nos echará de menos cuando la naturaleza siga su curso y conquiste lo que creímos haber conquistado en nuestros delirios de grandeza. Siempre me gustó el sonido de la lluvia en la ventana y hoy su melodía suena melancólica; melancólica y perfecta para estos días decadentes en los que los muertos en vida solo podemos mirar a través de la ventana la lluvia caer.

¿Qué es ese sonido? Parece que han pasado siglos desde la última vez que lo escuché ¿Para que alguien iba a perder su preciado y escaso tiempo llamándome? Llevo tanto tiempo solo sin contacto con absolutamente nadie… Ni familia; ni amigos; ni pareja. Creo que me he acabado acostumbrando a la soledad; me gusta la soledad; adoro la soledad, aunque a veces no sea capaz de aceptarlo. Suena el teléfono insistentemente.

“Corre y coge el teléfono”

Microcuento – Los amantes

—Los dos cuerpos yacían tumbados en mitad del bloque de hielo. Abrazados como si no fuese haber un mañana; irónico que realmente no lo hubiese. Es posible que la tormenta les pillara desprevenidos y decidieran darse calor mutuo. Dicen que la muerte por frio extremo es dulce; como un sueño. De alguna manera, tuvieron un bonito final. El que muchas parejas habrían deseado…

—En todo este tiempo no has cambiado nada. Sigues siendo el mismo romántico sin remedio… Dime ¿Como encajas en tu idílica historia el hacha incrustada en la cabeza de uno de ellos?

La teoría de la nada

Allí estaba. El trabajo de una vida ante sus ojos. Terminado tras poner el punto final y una vaga fecha al pie de la última página. Incontables páginas de literatura en su estado más esencial. Con sus abstractas ideas e inigualable retórica. Con sus sutiles metáforas cargadas de sentido y sentimiento. La mismísima esencia de lo que debe considerarse obra de arte. Eterno.

El día de su publicación el mundo se paralizó. Aquí y allá la atrayente imagen de portada aparecía como si siempre hubiese estado allí y la muchedumbre se paraba frente a los carteles, señalaba y recitaba el eslogan que a simple vista había quedado inscrito en sus pupilas. Se habló de tal magna obra incluso en los telediarios justo después de los deportes.

Al día siguiente nadie recordaba tal evento. El mundo seguía girando y el autor. El artista. Comenzó a escribir para sus adentros una nueva historia repleta de contenido. Bella por definición. Que nadie recordaría. La teoría del todo. La teoría de la nada. Su título escrito en armónicos trazos de vacío lo decía todo:

“Efímero”

B – Poema – Aves en el paraíso

Alegría primaveral.
Brotes verdes y cielos azules,
campos espigados
y pájaros;
un millón de pájaros
capeando los vientos
y entonando himnos
a la pura libertad.

Sombras entretejidas
en las aceras vacías,
tórtolas en la calzada,
mirlos en las ramas,
gorriones en la baranda
y erigiendo nidos de barro
en el alfeizar de la ventana
unas golondrinas.

Las nubes se tornan grises,
se oscurece el día.
Rayos y centellas.
Redoble de truenos
y bajo la tormenta
las aves juegan
como antes los niños,
a sortear gotas de lluvia.

B – Una historia

«Amigo, deja que te cuente una historia, mi historia. Aunque es posible que al terminar desees nos haberla escuchado nunca. Que al igual que yo he hecho,  valores la posibilidad de agarrar un revolver, pegarte un tiro en la sien y olvidar toda esta pesadilla que no rodea. Que nos ha rodeado siempre.

¿Te has parado a pensar si todo lo que ves o sientes es tal y como lo ves y sientes?

No me refiero a una distopia de ficción al estilo “Matrix”, en la que lo que se ve y siente es una mentira creada en nuestras mentes, si no a algo real y horrible. Una realidad en la que yo soy un monstruo y tú eres otro monstruo que vivimos rodeados de una deforme e indescriptible oscuridad que devora todo intento de vida y se alimenta del miedo y el odio para seguir creciendo. Cierra los ojos y afina el oído  ¿Escuchas ahora su inquietante palpitar? Olvida todo lo que sabes o crees saber. Ahora mismo, en este lugar apartado solo existimos tú, yo y esa perenne tiniebla que llena cada pequeño espacio entre nosotros. Entre los átomos de este afilado cuchillo que mantengo paralizado en tu yugular y las partículas que forman el tejido de tu piel. Si presionara un poco más, esa oscuridad se mezclaría con tu sangre y se retorcería de ansia de más sangre fresca, por eso me niego a hacerlo, aunque en en lo más profundo de mis anhelos, esa tentadora idea se esté repitiendo desde el primer instante que tuvimos el encontronazo.

¿Cómo hemos podido llegar a esta situación?

Te juro que esta misma mañana, al levantarme de la cama yo era alguien normal. Alguien igual que tú. Alguien sin más sueños y preocupaciones que las cotidianas. De esas personas que al despertar se dan una cálida ducha, se visten apresuradamente y se toman un café de pie, para salir corriendo y no llegar tarde al trabajó. De esos que van de pie en el metro abarrotado como si allí no existiese nadie más. Todo esto que te estoy contando ha ocurrido hoy, igual que ocurrió ayer o habría ocurrido mañana si esa chica anónima que no le importa a nadie no hubiese decidido tirarse desde lo alto del acueducto y estamparse contra el suelo justo a mis pies.

No sé exactamente cómo ocurrió, pero en ese momento, en la calle estaba solamente yo. Piensa esto, vivimos en una gran ciudad de millones de habitantes… ¿Un individuo caminando completamente solo por una calle a plena luz del día? ¿Cómo puede ser posible? El sonido de todos sus huesos quebrándose silenció el de mis pasos y la imagen de su frágil cuerpo con todas sus articulaciones en ángulos imposibles ha quedado grabada en mi retina, al igual que mi reflejo en el brillo sus ojos completamente en blanco . En menos de un segundo, una gran mancha de sangre se había formado bajo el cuerpo como una pincelada, y en ese momento lo vi. De su cráneo abierto en dos, fluían lo que parecían ser sus sesos, pero lo hacían de forma antinatural, como si se tratase de un ser vivo arrastrándose. Me quedé paralizado al ver como esa masa viscosa crecía, mezclándose con la sangre de la acera y empezaba a tomar la forma de un sanguinolento ser de furiosa mirada, deformes extremidades y boca plagada de hileras de afilados colmillos. Intenté gritar, pero mi garganta no emitió ni el mas leve sonido. Silencio acompañado del vaho de mi respiración que comenzó a acelerarse descontrolada. Esa monstruosidad giró, fijó su mirada en mí y abrió de par en par su babeante mandíbula dejando al descubierto las vísceras supurantes de su interior.

Lo siguiente que recuerdo es a mi corriendo jadeante por la calzada de una gran avenida vacía. A mi espalda escuchaba gorgoteantes sonidos, pero en esos momentos no era capaz de echar la vista atrás. Sabia que esa cosa pisaba mis talones y que solo era cuestión de tiempo terminar descuartizado entre sus fauces. Frente a mí, el reloj de una torre envuelta en tinieblas daba las nueve y cuarto de la mañana y una espiral de espeso humo negro giraba en lo alto descontrolado. Extendiéndose en todas direcciones como un remolino de pura oscuridad.

Entonces apareciste de la nada, colisioné contigo, caíste al suelo y tu cabeza se golpeó contra él bordillo dejándote inconsciente. Con la presencia del monstruo cada vez mas cerca no había tiempo para auxiliarte, así que te cargué a hombros y continúe corriendo hasta que mis piernas dejaron de responder. Paré un segundo para tomar aliento, y en ese momento reparé en que todo alrededor había regresado a la normalidad. El mundo volvía a ser tal y como lo recordaba, con vehículos y gentes de rostros grises yendo de una lado a otro sin un destino claro. Sin reparar en nuestra presencia. Te arrastré hasta aquí y absolutamente nadie se preguntó que hacia alguien arrastrando el cuerpo inerte de una persona por la calle. Nadie apartó la mirada del móvil para comprobar que estaba ocurriendo a su alrededor. Al fin de al cabo,  la normalidad resulta tanto o más monstruosa que la pesadilla que había vivido.

¿Comprendes lo que quiero decirte?

Ahora estas aquí frente a mí. Dos completos desconocidos cara a cara, unidos por la misma pesadilla. La vida de uno está en manos de quien sustenta la espada que juzga que es lo que está bien o lo que está mal.

¿Qué piensas al respecto?

Amigo, ahora con mucho cuidado voy a liberarte, te dejaré marchar y nunca más volveremos a vernos las caras. Piensa en todo lo que te he contado y vive la breve vida que te queda, pues en un instante esta puede dar un volantazo y variar su dirección de forma drástica. Adiós».

Aparto lentamente el cuchillo de tu garganta. Parece que te has recuperado de la conmoción y te yergues cauto. Miras directamente mis ojos y no me parece detectar miedo alguno en tu mirada. Das un paso atrás y después otro. Espero que esta sea nuestra despedida.

¿Por qué me haces esto? – alcanzo a preguntar mientras veo tu espinosa y nauseabunda maraña de carne y hueso atravesando de lado a lado mi pecho, mientras continúas observándome con mirada indiferente. Normal. Ya nada importa, ni siquiera tu respuesta, aunque las ultimas palabras que alcanzo a entender mientras me derrumbo muerto, son una lógica explicación.

Sabes demasiado.

Microcuento – Road movie

Foto tomada en Rivas Vaciamadrid

Allí, por las carreteras del último círculo del infierno, no transitaban ni las almas.

Entre el cielo y el mar – 366 Haikus y Senryus

Ya está lista la edición Kindle de mi poemario

Hace casi tres meses que publiqué este poemario en papel en Amazón, y ahora he sacado tiempo para preparar la edición en e-book. Por si no lo sabeis, se trata de una colección de micropoemas de origen japones divididos entre las cuatro estaciones (primavera, verano, otoño e invierno) aunque me he permitido en ocasiones incluir microcuentos con sus mismas reglas (3 Versos de 5-7-5 sílabas respectivamente).

Como siempre, lo he puesto al precio minimo que permite (0,99€). Además lo he incluido en Kindle Unlimited, servicio que si teneis activado (Creo que el primer mes es gratis) os permitirá leerlo gratis.

¡Espero de corazón que os guste! (Y ya si lo leeis y dejais reseña, os estaria eternamente agradecido.)

Podeis conseguirlo en los siguientes enlaces:

España – Entre el cielo y el mar
Resto del mundo – Entre el cielo y el mar

Microcuento – Mano negra

–¡Jefe! Póngame un vaso del mejor wiski que tengas con un par de hielos. Pero no de ese que pones a los pardillos. Del bueno. Del que tienes escondido bajo la barra.

—Cuantos años sin verte por aquí. Incluso llegué a pensar que habías dejado la bebida ¿Que celebramos?

—La dejé. En serio. Llevo siglos sin probar un puto trago. Pero hoy no celebro nada. Es más bien una despedida… “Mano negra” ha regresado a la ciudad. Lo vi llegar con su montura por el camino principal.

–¡Que Dios nos pille confesados! Creí que la pesadilla había terminado. Permite que te acompañe con un buen trago. Creo que todos vamos a necesitarlo.