Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Mes: octubre, 2020

El destructor del mundo

«Lo primero que haré hoy después de desayunar es destruir el mundo.»

Pensó evitando salir de la confortable y cálida cama. Afuera el crudo invierno había cubierto los valles de blanco impoluto y apenas había comenzado a asomar el sol en el horizonte. Cuando veinte minutos más tarde sacó valor para incorporarse, se estiró y bostezó perezosamente. Se acercó lentamente a la ventana y levantó con un chirrido la descolorida persiana. Se maravilló con aquel paisaje capaz de dejar sin aliento. Que exhalaba calma. En los helados caminos no se veía ni un alma. Ni un pájaro surcando los cielos o imprimiendo sus huellas en la nieve. Ni siquiera parecía soplar pizca de viento que bamboleara los árboles pelados. Sonrió.

«Así debe ser un mundo sin vida.»

Se dirigió tambaleante a la sucia y anticuada cocina, donde preparó una gran taza de café solo humeante en una vieja cafetera de hierro fundido. Agarró el recipiente y dejó que el calor se transmitiera a través del tacto hasta los débiles músculos de sus envejecidas manos. Inhaló el aroma y se regocijó con la hirviente bebida fluyendo por la garganta. Insuflando renovada vida a su anciano cuerpo. Al finalizar sintió que estaba rebosante de fuerzas. Fuerzas para llevar al fin su propósito a buen puerto.

«Si Marga siguiese viva habría querido que lo hiciese.»

El recuerdo de su esposa fallecida hacía ya cinco años regresó a su mente como un fantasma. El como lo apoyó siempre hasta en el más absurdo de sus proyectos. El como con su maravillosa sonrisa lograba que todo respirase magia. Que todo pudiese lograrse. Como aquella vez que «bajó» la luna y las estrellas, y se las entregó en el interior de un paquete por su cumpleaños.

Unas lágrimas involuntarias resbalaron por sus mejillas, y no pararon de brotar hasta que su respiración se calmó y logró alejar de la mente a su fallecida compañera.

«Tengo que terminar lo que empecé. Cuando ella se marchó todo se fue al traste. El sueño de mi vida sepultado entre recuerdos que jamás regresarán. Hoy es el día. Hoy lo desenterraré.»

Se quedó ensimismado con el rítmico movimiento de las manillas del antiguo reloj de pared de su padre colgado sobre el polvoriento papel pintado pasado de moda. Con cada «tic tac» un segundo menos de aquella solitaria vida. No permitiría que la manilla girara un grado más.

«¿Seré capaz de hacerlo? Ha pasado tanto tiempo… Tengo miedo de no ser capaz…»

No dejó que la duda siguiese socavando su voluntad. Golpeó con furia la mesa y lo hizo. Cogió su vieja pluma y un folio en blanco de un cajón del escritorio. Leyó con ansia la última hoja de un montón que reposaba a un lado. Continuó escribiendo justo donde lo había dejado hacía tantos años. Escribió y escribió sin descanso hasta que concluyó su novela inconclusa:

«…Chasqueó los dedos y la vida de aquél maldito mundo sin sentido se extinguió.

FIN»

Microcuento – La hoguera

-Ya no te quiero, lo nuestro no funciona desde hace mucho tiempo-

Según iban saliendo esas palabras de sus labios su corazón se fragmentaba en mil pedazos. Al terminar solo quedaba una pequeña montaña de cenizas aún humeantes a sus pies.

Cerró la puerta trás de sí y se fué a caminar solo bajo la lluvia para apagar con sus lágrimas los rescoldos que aún ardieran de esa hoguera que había intentado avivar durante tanto tiempo.

La otra niña

niña

Ella y yo somos como almas gemelas.
Siempre coincidimos en los mismos sitios.
No tenemos necesidad de hablar para pensar lo mismo, como si nuestras mentes estuvieran conectadas de alguna mágica manera.
Si yo sonrío, ella sonríe.
Si llora, lloro.
Si me escondo, se esconde.
Si sale para sorprenderme, salgo y la sorprendo.
A veces intentamos darnos la mano, acariciarnos, abrazarnos, besarnos…
Ahora que nos hemos ido pienso en ella, como seguramente ella esté en mi pensando.
La otra niña.
La niña que vive en el otro lado del espejo.

Otro espejo roto en el pais de los sueños

Espejo roto

Fragmentos de cristal que saltan.
Afiladas esquirlas que seccionan la carne.
Finas líneas de sangre carmesí que cuentan
los minutos y los segundos que faltan
para que la vida del otro lado del espejo
quede relegada al oscuro abismo
de los cuentos olvidados
en el lejano pozo de los recuerdos.

¿Otro héroe caído?
¿Otro camino cortado?
¿Otro rey destronado?
¿Otro gran amor acabado?
¿Otro reflejo distorsionado?
¿Otro sueño olvidado?
Simplemente
otro espejo roto en el país de los sueños.

Andrómeda

Se abre la persiana metálica
Cuando sus ojos se acostumbran a la oscuridad
A través de los gruesos cristales
Es capaz de reconocer la inmensidad

El infinito océano de constelaciones
Sigue inmutable
Sin apenas variación.

Apoya la mano en el vidrio
Siente el frío tacto del vacío
Se empaña la visión
Las lágrimas comienzan a resbalar
Involuntarias por sus mejillas
La respiración se entrecorta
Suspira
Llora desconsolada en la soledad del infinito.

Año: 2754 D.C.
Lugar: Galaxia de Andrómeda

Han pasado ya tres años
Desde que el último pasajero falleció
Hay víveres y oxígeno para una eternidad
No así manera de mover el transbordador
Desde que el motor principal estalló
Estoy paralizada
Encadenada por siempre a Andrómeda
Nadie responde mis llamadas
Estoy sola en mitad de la nada
No quiero estar sola

Este mensaje es el mismo que ayer
Este mensaje será el mismo mañana

¿Hay alguien ahí fuera que diga al menos hola?

¿Hay alguien ahí?»

«Intentando recuperar conexión con red interestelar…»

El monstruo

Tenía dos cabezas con siete ojos surcados de venas en cada una. Grandes bocas con cinco hileras de dientes que babeaban ácido sobre su gruesa barriga de piel transparente que dejaba ver la maraña de sus intestinos. Piel escamosa y brillante, y donde deberían estar los brazos y piernas incontables y viscosos tentáculos se retorcían en un repulsivo caos.

Bajo el monstruo se veía una enorme mancha de sangre mezclada con lo que parecían restos de carne, y frente a él un niño con ojos como platos asustado.

Es horrible – Dijo la psicóloga de servicios sociales guardando el dibujo a ceras en una gruesa carpeta, con lágrimas en los ojos y golpeando la mesa con impotencia: – Un niño no debería ver nunca a su padre de esa manera

El náufrago

Zarandeado por las olas llega hasta la blanca arena donde es depositado por la marea como un niño dormido.
Un cuerpo inconsciente que a duras penas logra que el oxígeno entre en sus pulmones.
Pero lo logra.
Expulsa instintivamente el agua salada que tapona el sistema respiratorio.
El pecho sube y baja acompasado.
Al principio sin freno.
Necesita respirar lo no respirado.
Se va calmando.
Sus hálitos son los de un niño plácidamente soñando.

El sol de mediodía calienta sus entumecidos brazos.
Sus piernas.
Sus manos.
Sus dedos reaccionan.
Se flexionan.

Sus pupilas se asoman por la rendija que dejan los párpados.
El mundo se va enfocando.
Un cielo azul.
Unas nubes blancas.
Gaviotas contra el cielo planeando en la distancia.
Y el incesante susurrar de las olas acariciando la arena.

Despierta

Los harapos empapados pegados a la piel hacen que sus movimientos sean calmados.
Le duelen los músculos por la violencia con la que las aguas le arrastraron.
Logra sentarse sobre la arena.
Mira su alrededor mareado.

¿Qué ha pasado?

Está en el paraíso.
No recuerda cómo ha llegado.
No recuerda la tormenta.
Ni la furia del mar golpeando.

No recuerda esa pequeña patera,
Ni el intento de cruzar un océano.
No recuerda a su familia,
Ni los gritos desesperados.

No recuerda sus cuerpos sin vida sobre las aguas flotando.

¿A cuál se agarró para ponerse a salvo?

Mira un horizonte que se oscurece en tonos rosas y anaranjados cuando el sol se va ocultando.
Sentado sobre la arena con la cúpula de estrellas allá arriba girando.
Pobre niño que soñó una nueva vida en un país lejano.

¿Esa es la vida que había soñado?

En cualquier caso…
Esa nueva vida ha comenzado.

Microcuento – El cerrojo

—Estimado Álvarez ¿Ve como tenía razón? Le dije que un simple cerrojo no lo mantendría encerrado demasiado tiempo. Ahora sólo podemos esperar a que mate de nuevo para recuperar su rastro— reprochó el doctor Arroyo a su inseparable compañero de aventuras.

B – Nanorelato – El final del camino

Y al final del camino, esa cegadora luz…

B – Destino

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«En algún lugar sentado sobre su trono enjoyado, aquel que decide el destino de los hombres ríe y ríe sin cesar, reparte suerte al azar y se recrea con los resultados caóticos de su eterno juego. Cada día tengo más claro que me tocó en esa lotería ser golpeado por la vida una y otra vez, mientras él se recrea entre carcajadas, pero no estoy seguro de que conozca al destinatario de esa elección. Seguiré mirando fijamente a sus ojos y también reiré…

Como dijo aquél: quien ríe el último…»

Anónimo