Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Mes: octubre, 2020

El grimorio

I

— Lunes, veintiocho de diciembre de mil novecientos noventa y nueve. Hora…— El inspector Sánchez sacó del bolsillo interior de su desgastada gabardina un antiguo reloj atado a una cadena y observó las manillas. Seguidamente continuó hablando a la obsoleta grabadora de cassette: — Diez y veintidós minutos de la noche. He llegado al escenario del crimen y todo, a excepción del muerto, se encuentra en aparente orden. El televisor está encendido. En la atmósfera se nota un fuerte olor a putrefacción. El cadáver se haya tumbado boca abajo al lado del sofá del salón sin aparentes signos de violencia. Varón, caucásico de unos treinta y nueve años. Debe llevar fallecido al menos un mes. Viste un pijama a rayas blancas y azules. En sus manos sujeta firmemente un grueso volumen encuadernado en piel oscura. El título grabado con filigranas doradas me resulta ilegible, como si se tratase de otro idioma. ¿Tal vez ruso? La vecina que dio el aviso, declara no haber notado nada reseñable, salvo ese olor insoportable en el descansillo de la escalera. Al parecer era un tipo algo solitario, aunque con familia y trabajo como funcionario en la biblioteca real. Nadie parece haber notado su ausencia; ni familiares ni compañeros de trabajo. A falta de diagnóstico forense, diría que la causa del fallecimiento fue algún tipo de fallo orgánico. No obstante y dado que es el único elemento distintivo de este caso, llevaré el libro a que lo eche un vistazo el mayor experto en idiomas, lenguas muertas y literatura del que he escuchado hablar: El Doctor Arroyo. —

II

Sobre las once y media de una noche sin luna que amenazaba tormenta, llegó el inspector Sánchez en su destartalado vehículo a algún lugar en mitad de ninguna parte. Había recorrido incontables kilómetros por sinuosas carreteras y serpenteantes caminos a través de los bosques que poblaban aquella región poco conocida al norte de Extremadura. Allí, en la ladera de una escarpada montaña cubierta de pinos y maleza, estaba la residencia del Doctor Arroyo.

Aparcó a un lado de la carretera, frente al portón de hierro fundido que daba paso a las propiedades de la eminencia en lenguas muertas y cultos innombrables.

El destello de un rayo iluminó el imponente caserón del siglo XIX que se erigía como aquel horripilante castillo de leyenda en las frondosas cordilleras de Rumanía. El inspector Sánchez sintió un escalofrío recorriendo su espalda al ver aquellos muros de piedra y los puntiagudos tejados contra aquel cielo impasible cubierto de nubes negras.

“¡Vamos! Cuanto antes hable con el Doctor, antes saldré de este lugar que parece sacado de las pesadillas de un autor desquiciado”

Empujó el pesado portón que no estaba cerrado y se abrió perezosamente con un chirrido. Sanchez echó la vista atrás y vio su coche envuelto en tinieblas.

“Espérame pequeño. En un rato estaré de regreso”

En ese preciso momento comenzó a diluviar.

III

— Pase. Pase y póngase cómodo en la salita de espera inspector Sánchez. El excelentísimo Doctor Arroyo le atenderá en unos minutos. ¿Le apetece tomar un café o un té? Tenemos una infusión que trajimos de nuestro último viaje para visitar unas antiguas ruinas antediluvianas de geometría no euclidiana que, si se me permite opinar, es de otra dimensión. — El que hablaba era un hombre de unos cuarenta años, corpulento y de aspecto descuidado. Se había presentado como Álvarez, el ayudante del Doctor.

— Muchísimas gracias Álvarez. Se ha puesto a llover como si el cielo se fuese a desplomar. Fíjese en como me he empapado estando tan solo unos pocos minutos bajo la cortina de agua. Estaré encantado de disfrutar de la infusión que me ofrece. ¡Justo lo que necesita el cuerpo para entrar en calor con un temporal como este! —

—Le traeré también una toalla. Espere unos minutos y el Doctor Arroyo y yo mismo le acompañaremos gustosos y trataremos con la importancia que merece lo que ha venido usted a hablar. —

Álvarez desapareció en un instante tras una de las muchas puertas de madera, dejando allí el eco de sus pasos resonando. Sánchez se acomodó en el sillón que había indicado el ayudante y se quedó maravillado descubriendo la ingente cantidad de estrafalarios cachivaches que decoraban la estancia: Una colección de figuritas bélicas de cristal encerradas en una vitrina, platos de cerámica pintados colgados aquí y allá por las paredes, una roída alfombra cuyo motivo parecía representar una onírica escena plagada de personajes y criaturas de fantasía, un ajedrez con piezas labradas en ónice y mármol blanco sobre una mesilla de retorcidas formas, un alto reloj de pared labrado en madera cuyas manecillas se mantenían paradas a las diez y veintidós, un enorme retrato al óleo de un siniestro personaje de mirada maliciosa con un grueso libro en sus manos y en cuya base rezaba la leyenda “Joseph Curwen” inscrita en una chapa de metal…

— Acepte mis disculpas. Espero no haberle hecho esperar demasiado. Estaba terminando un capítulo de mi próximo estudio y no podía permitirme dejarlo sin el punto final. Supongo que ya habrá conocido a mí fiel ayudante Álvarez. Ante usted el Doctor Arroyo. Encantado de conocerle. — El hombre estirado que sacó al Inspector Sánchez de su observación extendió una raquítica y pálida mano.

Sánchez se irguió sobresaltado y se acercó para estrechar la mano: — Inspector Sánchez para servirle Doctor Arroyo. Su ayudante fue por una toalla y una infusión… Miré ahí llega. En cuanto entre un poco en calor podremos tratar el asunto que me ha traído hasta aquí. —

IV

Después de un par de sorbos de la infusión que resultó deliciosa y haberse secado con la toalla, el inspector Sánchez colocó su grabadora sobre la mesilla. — Espero que no les importe, tengo como costumbre grabar las conversaciones para que no se pase por alto el más mínimo detalle que pueda dar alguna pista sobre las investigaciones que tengo entre manos. —

El Doctor y su ayudante, sentados en el sofá asintieron al unísono a la lógica petición.

— Como ya les adelanté en la conversación telefónica que mantuvimos, en mi último caso, un caso común de fallecimiento, hallé como única pista sospechosa lo siguiente. — Sánchez saco el grueso y enmohecido tomo de algún compartimento interior de la gabardina y lo posó sobre la mesa. Continuó hablando: — Todo parecía normal, algún tipo de ataque orgánico. Únicamente lo parecía. El examen del forense dictaminó que aquella muerte era de todo menos común. Al parecer, el interior del cuerpo se hallaba vacío. Y cuando digo vacío me refiero exactamente a eso. Sin huesos, músculos, órganos… Únicamente una carcasa hueca que no se deshinchaba como un globo sabe quién por qué maleficio. Ni un rasguño ni cicatriz. Únicamente este libro que apresaba su mano, permítanme el sarcasmo, “como si le fuese la vida en ello”. Si ya tenía intención de indagar acerca de este libro cuando examiné el lugar, comprenderá ahora que se ha vuelto de vital importancia. Cójalo, examínelo, estúdielo, haga lo que sea con el libro, pero por favor dígame si sus páginas pueden esclarecer algo de los hechos de este caso tan excepcional. —

V

Han pasado tres meses desde aquel encuentro entre el inspector Sánchez con el Doctor Arroyo y su fiel ayudante Álvarez. Tres meses en los que aquella inexplicable forma de morir se ha ido repitiendo cada vez con más frecuencia por todo el globo. En los noticiarios se comienza a hablar de “plaga” o “castigo divino”. El inspector Sánchez se dirige raudo a una segunda cita con la singular pareja de eruditos tras recibir una cuanto menos misteriosa llamada en mitad de la noche. Al parecer, tal y como había deducido el experimentado investigador, el secreto de aquella muerte se hallaba entre las páginas del libro.

¿Qué terrible secreto será, para que sea tan importante tratarlo sin demora?

VI

“Estimado inspector Sánchez, entienda lo horrible de la situación en la que nos encontramos. Una posición de clara desventaja contra fuerzas que no somos capaces de comprender. Cuando usted nos trajo aquel libro para que lo examinásemos no podía imaginar lo que tenía entre manos. Durante mi carrera profesional he tratado con todo tipo de libros y pergaminos de todas las épocas y lugares que pueda usted imaginar o incluso más. Fíjese que hay alguno de ellos que evito nombrar, dado lo peligroso del conocimiento encerrado entre sus páginas. Este que tratamos, sin lugar a duda pertenece a ese grupo. Deje que le explique el contexto y después iré directo al grano. De entre todos los tipos de volúmenes arcanos, este entra en la categoría de grimorio.

Un grimorio es un libro que contiene hechizos. Se que esto le sonará a fábula, pero si algo me ha demostrado la experiencia, es la existencia de un tipo de magia que la inmensa mayoría de los mortales desconoce y los que lo hacen, manejan los designios del mundo. ¿Le suenan los Iluminati? ¿Masones? ¿Grupo Binderberg? Todos ellos tienen en posesión grimorios como este que usted nos trajo. Por lo que he podido dilucidar con un exhaustivo examen, nuestro volumen no está catalogado en la lista de los conocidos, pero podríamos estar hablando de uno de los más letales.

Encuadernado con piel humana. ¿No notó su espeluznante suavidad? Y escrito con una mezcla de sangre, masa cerebral y pigmentos ya olvidados. Esta mezcla era utilizada únicamente para grabar los conjuros más poderosos. Y aquí sin duda está grabado uno que muchos matarían por poseer.

En cuanto a la fecha y lugar en que se escribió, en realidad no hablamos de un libro tan antiguo. Hablamos de Venecia, siglo XVI. En aquella época, en las galerías y catacumbas ocultas entre los canales, se movía un olvidado culto que de no haber desaparecido podía haber traído la desgracia a la civilización. Mi conocimiento acerca de ellos viene dado por la figura de un crítico de arte de la época. ¿Ha oído hablar de “Lodovico Dolce”? Se trataba de un miembro destacado de la organización y se propuso sacar a la venta un tratado sobre la obra de Tiziano que en realidad ocultaba un peligrosísimo hechizo capaz de causar el coma cerebral al lector. “Il Aretino o dialogo della pittura” fue su título y yo mismo publiqué una traducción intentando eliminar todo rastro del hechizo, pero este era tan poderoso que aún es capaz de provocar el sueño leyendo unas pocas líneas. ¡Sin quererlo publiqué el mejor remedio contra el insomnio! Pero no pretendo desviarme más del tema. El extraño alfabeto en que está escrito delata dicho origen. Por lo que una vez resuelto esto, tocaba en la investigación conocer que ocultaba el grimorio. Aquí viene lo terrible.

El libro escrito en extraños caracteres está escrito en realidad en italiano. La simbología utilizada trataba de ocultar sus secretos a ojos indiscretos. El titulo lo dice todo: “Il libro della morte vuota”, o en castellano “El libro de la muerte hueca”. Como podrá sacar en conclusión, esclarece completamente la muerte que investiga y la ola de sucesos similares que se ha desencadenado. Por suerte, todos los conjuros tienen un contra conjuro y el de este tan letal viene incluido en el propio volumen. Entienda que debemos realizar el ritual con la mayor celeridad posible para eliminar la maldición que se cierne sobre todos nosotros…”

Sanchez no dice nada. No le es posible, atado y amordazado sobre una mesa de madera como se encuentra. Al traspasar el umbral de aquel caserón que habitaban el Doctor Arroyo y su fiel ayudante Alvarez, había sido recibido con un fuerte golpe en la cabeza que le dejó inconsciente. Al recobrar el sentido se encontró en una suerte de sala de tortura de estilo medieval iluminada únicamente con la luz de unas antorchas ancladas a las paredes de piedra cubiertas de polvo y telarañas. Allí se encontraban también el Doctor y su ayudante, mirándolo fijamente.

— Compréndalo. El contra conjuro necesita un sacrificio. El poder siempre exige sacrificio y mi fiel ayudante y yo hemos llegado a la conclusión que usted es la mejor elección para este cometido. No se preocupe, cuando termine el ritual la pesadilla habrá abandonado la tierra. Destruiremos el grimorio y su conocimiento no llegara jamás a malas manos. Le prometo que no le dolerá; Al menos, no demasiado. Estimado Álvarez… ¡Bisturí! —

La última visión del inspector Sanchez antes de caer desmayado fue el Doctor Arroyo acercando el bisturí a su torso desnudo y realizando una profunda y precisa incisión.

El mal interior

—Haría lo que sea por ti— Dije arrodillado.

Un clásico, lo sé, pero pienso que para declarar el amor lo mejor siempre han sido las típicas acciones. No dan lugar a error de interpretación y presionan a la otra parte a dar una rápida respuesta. Es cierto que si la respuesta es negativa te deja en evidencia, pero a veces hay que arriesgar. Jugarse el todo por el todo sin temer el resultado.

En ese momento lo hice y salió bien.

Ella me miró con esos ojos grises e imperturbables que siempre me han vuelto loco y sonriendo dijo: — ¡Sí, quiero! — Se agachó y me abrazó con fuerza. Con más fuerza que nunca.

Esa fue la primera vez que me estremeció y no precisamente por la emoción de conseguir lo que siempre había deseado. Juro que justo en ese instante fue cuando percibí la maldad que habitaba en su interior. No fue un gesto ni una mirada, sino un presentimiento. Como ver una sombra escabullirse al filo de donde alcanza la mirada y al girarse hacia allí comprobar que no hay nada.

Me estremeció, sí, pero ese presentimiento me excitó aún más de lo que había podido excitarme hasta ahora ninguna mujer. Y eso ella lo notó. Esa noche follamos como endemoniados.

A partir de ese día pasé a ser su esclavo. Cualquier cosa que ella me pidiera tenía la imperiosa necesidad de realizarla. En muy poco tiempo ella supo sin lugar a duda que me tenía atrapado sin escapatoria y que a un simple silbido suyo acudiría como un perro fiel.

Fue en ese momento cuando sacó a relucir esa maldad suya que tanto me excitaba y que mantenía oculta bajo su apariencia de mujer elegante y educada.

— Vamos a asesinar a alguien. — Me dijo sin apenas inmutarse ni cambiar la modulación de su voz un día en que nos encontrábamos tumbados en la cama reposando después de una larga sesión de sexo: —No importa a quién ni cómo, pero quiero saber que se siente aplastando una vida. —

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. ¿Matar a alguien? No se me había pasado algo así por la cabeza jamás, pero escucharlo saliendo de sus labios hizo que supiera que en lo más profundo de mis entrañas siempre lo había deseado. Y si encima era ella quien lo pedía…

¿Quién soy yo para negarme si no soy más que su fiel siervo?

La abracé fuerte y la besé salvajemente como queriendo devorar su boca, para indicar que mi respuesta era afirmativa. Un abrazo que se transformó en un nuevo amasijo de gemidos, sudor y fluidos.

—***—

No tardó muchos días en elegir una víctima. Se trataba de un joven de unos treinta años que vivía a pocas manzanas de nosotros. Soltero; con pocas amistades; sin mucho éxito con las mujeres; con un trabajo de mierda… Comprendí en un instante lo fácil que la resultaría atraparlo en su sutil tela de araña.

Esa mujer me volvía loco.

El plan era simple. Ella lo abordaría en el pub que frecuentaba los jueves. Lo hechizaría como solo ella sabe hacerlo y lo traería discretamente a casa. Aquí estaría yo esperando para atraparlo y hacer con él lo que nos viniera en gana con mortales resultados. Solo de pensarlo me hacía un amasijo de nervios por el ansia de poner el plan en marcha.

Llegó el jueves noche.

Ella se fue al pub y yo me quedé sentado en el sofá viendo “Reservoig dogs” tomando una copa de buen vino. Inspiración para el futuro inmediato. Por supuesto, la concentración se fue perdiendo según pasaban los minutos. ¿Qué estaría haciendo?

Por mi mente empezaron a desfilar imágenes de un oscuro antro con el triste hombre sentado en la barra tomando un copazo de garrafón con hielos. Ella se acerca y lo mira descaradamente. Apoya la mano en su pierna y le susurra algo al oído. Luego pide un “Gin tonic” y se dirige sensualmente hacia una oscura e íntima esquina del bar. Él la sigue. Hablan, pero no tardan mucho en empezar a acercar sus cuerpos. Algún beso. Él saca valor y comienza a acariciar sus curvas. Caricias cada vez más intensas que van tornándose descarado magreo. Ella se ríe y le para en seco. — ¿No será mejor que continuemos en un lugar más íntimo? Vivo muy cerca. — Le guiña un ojo. Ella ordena y él obedece. Siempre es así.

Vuelvo a la realidad. Suena la cerradura.

¡Están aquí!

Me preparo para recibirles irguiéndome con celeridad. Caigo al suelo con el mismo ímpetu que me he levantado. Todo el mundo gira a mí alrededor.

¿Qué ha pasado?

Ella por supuesto tiene la respuesta. La muy zorra lleva el mal en su interior. ¿Por qué iba a confiar en un gilipollas como yo?

Veo sus zapatos de tacón acercarse entre las brumas de mi mente dando vueltas; paran justo a mi lado. Sigo la línea de sus largas piernas hasta más allá de su ceñido vestido de fiesta rojo. En sus manos lleva un hacha de cocina que brilla a la luz de la lámpara de araña del salón. Me mira fijamente con sus imperturbables ojos grises. Sonríe.

Esa mujer me ha atrapado hasta las últimas consecuencias y mientras baja a toda velocidad el hacha, no puedo evitar pensar en lo mucho que me excita ese mal tan puro que palpita dentro de ella.

El destructor del mundo

“Lo primero que haré hoy después de desayunar es destruir el mundo.”

Pensó evitando salir de la confortable y cálida cama. Afuera el crudo invierno había cubierto los valles de blanco impoluto y apenas había comenzado a asomar el sol en el horizonte. Cuando veinte minutos más tarde sacó valor para incorporarse, se estiró y bostezó perezosamente. Se acercó lentamente a la ventana y levantó con un chirrido la descolorida persiana. Se maravilló con aquel paisaje capaz de dejar sin aliento. Que exhalaba calma. En los helados caminos no se veía ni un alma. Ni un pájaro surcando los cielos o imprimiendo sus huellas en la nieve. Ni siquiera parecía soplar pizca de viento que bamboleara los árboles pelados. Sonrió.

“Así debe ser un mundo sin vida.”

Se dirigió tambaleante a la sucia y anticuada cocina, donde preparó una gran taza de café solo humeante en una vieja cafetera de hierro fundido. Agarró el recipiente y dejó que el calor se transmitiera a través del tacto hasta los débiles músculos de sus envejecidas manos. Inhaló el aroma y se regocijó con la hirviente bebida fluyendo por la garganta. Insuflando renovada vida a su anciano cuerpo. Al finalizar sintió que estaba rebosante de fuerzas. Fuerzas para llevar al fin su propósito a buen puerto.

“Si Marga siguiese viva habría querido que lo hiciese.”

El recuerdo de su esposa fallecida hacía ya cinco años regresó a su mente como un fantasma. El como lo apoyó siempre hasta en el más absurdo de sus proyectos. El como con su maravillosa sonrisa lograba que todo respirase magia. Que todo pudiese lograrse. Como aquella vez que “bajó” la luna y las estrellas, y se las entregó en el interior de un paquete por su cumpleaños.

Unas lágrimas involuntarias resbalaron por sus mejillas, y no pararon de brotar hasta que su respiración se calmó y logró alejar de la mente a su fallecida compañera.

“Tengo que terminar lo que empecé. Cuando ella se marchó todo se fue al traste. El sueño de mi vida sepultado entre recuerdos que jamás regresarán. Hoy es el día. Hoy lo desenterraré.”

Se quedó ensimismado con el rítmico movimiento de las manillas del antiguo reloj de pared de su padre colgado sobre el polvoriento papel pintado pasado de moda. Con cada “tic tac” un segundo menos de aquella solitaria vida. No permitiría que la manilla girara un grado más.

“¿Seré capaz de hacerlo? Ha pasado tanto tiempo… Tengo miedo de no ser capaz…”

No dejó que la duda siguiese socavando su voluntad. Golpeó con furia la mesa y lo hizo. Cogió su vieja pluma y un folio en blanco de un cajón del escritorio. Leyó con ansia la última hoja de un montón que reposaba a un lado. Continuó escribiendo justo donde lo había dejado hacía tantos años. Escribió y escribió sin descanso hasta que concluyó su novela inconclusa:

“…Chasqueó los dedos y la vida de aquél maldito mundo sin sentido se extinguió.

FIN”

Microcuento – La hoguera

-Ya no te quiero, lo nuestro no funciona desde hace mucho tiempo-

Según iban saliendo esas palabras de sus labios su corazón se fragmentaba en mil pedazos. Al terminar solo quedaba una pequeña montaña de cenizas aún humeantes a sus pies.

Cerró la puerta trás de sí y se fué a caminar solo bajo la lluvia para apagar con sus lágrimas los rescoldos que aún ardieran de esa hoguera que había intentado avivar durante tanto tiempo.

La otra niña

niña

Ella y yo somos como almas gemelas.
Siempre coincidimos en los mismos sitios.
No tenemos necesidad de hablar para pensar lo mismo, como si nuestras mentes estuvieran conectadas de alguna mágica manera.
Si yo sonrío, ella sonríe.
Si llora, lloro.
Si me escondo, se esconde.
Si sale para sorprenderme, salgo y la sorprendo.
A veces intentamos darnos la mano, acariciarnos, abrazarnos, besarnos…
Ahora que nos hemos ido pienso en ella, como seguramente ella esté en mi pensando.
La otra niña.
La niña que vive en el otro lado del espejo.

Otro espejo roto en el pais de los sueños

Espejo roto

Fragmentos de cristal que saltan.
Afiladas esquirlas que seccionan la carne.
Finas líneas de sangre carmesí que cuentan
los minutos y los segundos que faltan
para que la vida del otro lado del espejo
quede relegada al oscuro abismo
de los cuentos olvidados
en el lejano pozo de los recuerdos.

¿Otro héroe caído?
¿Otro camino cortado?
¿Otro rey destronado?
¿Otro gran amor acabado?
¿Otro reflejo distorsionado?
¿Otro sueño olvidado?
Simplemente
otro espejo roto en el país de los sueños.

Andrómeda

Se abre la persiana metálica
Cuando sus ojos se acostumbran a la oscuridad
A través de los gruesos cristales
Es capaz de reconocer la inmensidad

El infinito océano de constelaciones
Sigue inmutable
Sin apenas variación.

Apoya la mano en el vidrio
Siente el frío tacto del vacío
Se empaña la visión
Las lágrimas comienzan a resbalar
Involuntarias por sus mejillas
La respiración se entrecorta
Suspira
Llora desconsolada en la soledad del infinito.

Año: 2754 D.C.
Lugar: Galaxia de Andrómeda

Han pasado ya tres años
Desde que el último pasajero falleció
Hay víveres y oxígeno para una eternidad
No así manera de mover el transbordador
Desde que el motor principal estalló
Estoy paralizada
Encadenada por siempre a Andrómeda
Nadie responde mis llamadas
Estoy sola en mitad de la nada
No quiero estar sola

Este mensaje es el mismo que ayer
Este mensaje será el mismo mañana

¿Hay alguien ahí fuera que diga al menos hola?

¿Hay alguien ahí?”

“Intentando recuperar conexión con red interestelar…”

El monstruo

Tenía dos cabezas con siete ojos surcados de venas en cada una. Grandes bocas con cinco hileras de dientes que babeaban ácido sobre su gruesa barriga de piel transparente que dejaba ver la maraña de sus intestinos. Piel escamosa y brillante, y donde deberían estar los brazos y piernas incontables y viscosos tentáculos se retorcían en un repulsivo caos.

Bajo el monstruo se veía una enorme mancha de sangre mezclada con lo que parecían restos de carne, y frente a él un niño con ojos como platos asustado.

Es horrible – Dijo la psicóloga de servicios sociales guardando el dibujo a ceras en una gruesa carpeta, con lágrimas en los ojos y golpeando la mesa con impotencia: – Un niño no debería ver nunca a su padre de esa manera

B – Necesitamos guerra

Una simple chispa y comienzan a crepitar las incontrolables llamas de la guerra. Necesitamos guerra para vivir. Coger un fusil de asalto colgado y atado con telarañas a nuestro sombrerero y salir a disparar. Disparar indiscriminadamente. Al cielo o a tu vecino, lo mismo da. Sembrar de cuerpos inertes las calles, los bares, los parques y hacer que fluya la sangre. La sangre que alimente el nuevo renacer del hombre.

La solución a todos nuestros problemas es la guerra. Siempre lo ha sido y lo será. Fuente de nuestra evolución. Evolución forjada a fuego, sangre, acero, pólvora y lágrimas. Mares de lágrimas. Necesitamos guerra porque todo se acaba. Porqué sin guerra guerreamos y echamos bilis sobre todo lo que alguna vez construimos pensando en un futuro.

¿Quien quiere un futuro cuando se puede respirar y saborear la guerra?

___***___

Cada día que pasa crece en mi cabeza la idea de que inminentemente va a estallar una catastrófica guerra. Las piezas están ahí colocadas y solo falta ordenarlas. Terrorismo, desinformación, odio al vecino, crisis, trabajos precarios, descenso demográfico, egoísmo generalizado, indiferencia, cambio climático, aumento de la desigualdad…

Son tantos factores confluyendo en una única dirección que a la mínima puede saltar la chispa. Sobre todo porque la guerra siempre ha salido al paso para solventar todos los problemas. Todos los problemas del equipo vencedor.

¿Que opinas de esto?

El náufrago

Zarandeado por las olas llega hasta la blanca arena donde es depositado por la marea como un niño dormido.
Un cuerpo inconsciente que a duras penas logra que el oxígeno entre en sus pulmones.
Pero lo logra.
Expulsa instintivamente el agua salada que tapona el sistema respiratorio.
El pecho sube y baja acompasado.
Al principio sin freno.
Necesita respirar lo no respirado.
Se va calmando.
Sus hálitos son los de un niño plácidamente soñando.

El sol de mediodía calienta sus entumecidos brazos.
Sus piernas.
Sus manos.
Sus dedos reaccionan.
Se flexionan.

Sus pupilas se asoman por la rendija que dejan los párpados.
El mundo se va enfocando.
Un cielo azul.
Unas nubes blancas.
Gaviotas contra el cielo planeando en la distancia.
Y el incesante susurrar de las olas acariciando la arena.

Despierta

Los harapos empapados pegados a la piel hacen que sus movimientos sean calmados.
Le duelen los músculos por la violencia con la que las aguas le arrastraron.
Logra sentarse sobre la arena.
Mira su alrededor mareado.

¿Qué ha pasado?

Está en el paraíso.
No recuerda cómo ha llegado.
No recuerda la tormenta.
Ni la furia del mar golpeando.

No recuerda esa pequeña patera,
Ni el intento de cruzar un océano.
No recuerda a su familia,
Ni los gritos desesperados.

No recuerda sus cuerpos sin vida sobre las aguas flotando.

¿A cuál se agarró para ponerse a salvo?

Mira un horizonte que se oscurece en tonos rosas y anaranjados cuando el sol se va ocultando.
Sentado sobre la arena con la cúpula de estrellas allá arriba girando.
Pobre niño que soñó una nueva vida en un país lejano.

¿Esa es la vida que había soñado?

En cualquier caso…
Esa nueva vida ha comenzado.