La llave

por Bufón loco

Siendo niño encontré una vieja y oxidada llave de extraños bajorrelieves escondida en un hueco bajo un madero carcomido en el desván.

Año tras año busqué obsesivamente la cerradura que guardaba los secretos que la llave me servía en bandeja de plata. Recorrí hasta la extenuación los emplazamientos más olvidados, las ruinas más ocultas y los templos más impíos, pero la búsqueda parecía ser en vano hasta qué una noche de luna nueva me tope de bruces con el portón.

Fué recorriendo la más oscura galería de unas criptas ancestrales devoradas por el tiempo a la tenue luz de una antorcha. Al final de un corredor tapizado de telarañas una pesada puerta de piedra labrada con retorcidas figuras de otras eras. Las mismas figuras retorcidas que daban forma a la preciada llave que me acompañaba siempre encadenada a mi cuello.

La llave encajaba perfectamente en el ojo de la cerradura. Giró con el crujir y el temblor de unos pesados engranajes, y la puerta se abrió ceremoniosamente con el chirrido de sus goznes y levantando una nube de polvo. Cuándo el polvo se disipó, el descubrimiento de lo que se hallaba al otro lado me horripiló.

Me horripiló y me enamoró. Por eso mis últimos actos conscientes fueron cerrar la puerta con llave a mis espaldas, desnudarme y entregarme al gélido abrazo de la palpitante y obscena oscuridad que allí había estado encerrada durante eones esperando mi llegada.

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