El hombre del islote de hielo

por Bufón loco

Desde que quería recordar siempre había vivido en aquel islote de hielo a la deriva en el Ártico.

Todas las mañanas a la salida del sol salía de su Iglú cubierto con un grueso anorak que ocultaba todo su cuerpo a excepción de las dos perlas negras brillantes que eran sus ojos.

Lo primero que hacia era dar una vuelta a la isla para recoger los restos de naufragios que hasta allí había arrastrado la marea. Hacia buen uso de todo lo utilizable, y lo que no, lo quemaba en la estufa para calentarse.

Después se pasaba la mañana sentado junto a un agujero con una caña de pescar para lograr su sustento diario. Como en realidad no necesitaba gran cantidad se podía pasar horas y horas perdido en el ir y venir de las olas, en las gaviotas que en lo alto volaban e incluso a veces en enormes ballenas que asomaban el lomo por encima del agua y expulsaban chorros de agua hacia el cielo.

Las tardes las pasaba revisando y clasificando los objetos curiosos que en la mañana había encontrado: Un reloj de pulsera de latón. Un medallón de oro grabado. Un marco de foto con una foto de boda casi borrada. Un muñeco de plástico. Una botella de buen vino tinto que había resistido. Un cofre de madera lleno de ropa. Cubiertos de plata. Un paraguas con la tela desgarrada … Tesoros y basura de un mundo ajeno a su pequeño paraíso.

Para cuándo la luz del sol comenzaba a debilitarse encendía una hoguera para calentar la noche y regresaba a exterior para contar una a una las estrellas que iban apareciendo hasta que la noche era cerrada y las auroras boreales con su hipnótico movimiento le invitaban a ir a la cama.

Una vida perfecta en la más absoluta soledad.

Un día se despertó y vio que en el suelo había un pequeño charco. Gota a gota se había formado resbalando desde el techo. Salió al exterior y no le pareció nada extraño así que no le dio importancia y comenzó su rutina diaria. Al terminar su vuelta sintió como si algo hubiese cambiado.

-¿No parece mi isla algo más pequeña?… No, seguro que lo estoy imaginando.-

Pero tenía razón.

A partir de ese día observó con preocupación como la isla iba encogíendo. Primero casi imperceptiblemente salvo para alguien que la conociese tan bien como el, pero a los pocos días era más que evidente. El mar cada día estaba más cerca de su refugio y apenas había superficie al borde del mar para que llegaran suficientes restos de naufragios. Además el grosor de su confortable iglú era cada vez más fino, y su interior más húmedo y menos confortable.

Fué una decisión difícil, pero finalmente eligió abandonar su isla. Lo hizo el día que al salir de su interior se encontró las olas a menos de dos metros de la entrada.

Demasiado tarde.

Construyó con sus humildes muebles una improvisada balsa y se lanzó a los caprichos del océano con la esperanza de iniciar una nueva vida en un islote que había conocido hacia muchos años como el qué hasta aquel día había habitado. Llevando consigo únicamente sus ropas de abrigo, algunos objetos que le traían buenos recuerdos y su caña de pescar.

Pero las mareas no perdonan y el hombre del islote de hielo finalmente no logro llevar su trayecto a buen puerto. Una enorme ola y la corriente oceánica en medio de la nada le arrastraron consigo hasta las ignotas profundidades donde serviría de alimento a los animales que viven allí ajenos al resto del universo. Fue durante la noche, mientras su mirada brillante y congelada reflejaba las galaxias que giraban.

A la mañana siguiente un chico de unos trece años caminando por la costa de un islote de hielo encontró los restos del naufragio. Regresó corriendo al iglú para contar a su madre su hallazgo. La madre fue hacia el lugar y tras rebuscar entre los restos no pudo hacer más que llorar, pues entre los restos encontró una alianza. La de aquel hombre que hacía trece años la había abandonado.

El chico cogió el anillo y lo arrojó al mar lo más lejos que pudo. Después arropó a su madre en un cálido abrazo hasta que quedó helado aquel doloroso pasado.