Relato – La vacuna

por Bufón loco

I

— ¡Por lo que más quiera estimado Álvarez, tenga extrema precaución al manejar ese recipiente y colóquelo de una vez en el contenedor hermético de seguridad! — Dijo el Doctor Arroyo claramente nervioso, con gruesos goterones de sudor resbalando perezosamente por su frente. — ¿Se da cuenta de lo que significa este hallazgo? El mundo aún no lo sabe, pero… ¡Somos héroes! ¡Hemos evitado que la mayor amenaza bioquímica de la historia hiciese estragos en la sociedad! ¡Usted y yo salvadores indiscutibles de la humanidad! Figuras legendarias en cuanto demos a conocer lo que tenemos ahí encerrado. —

—Lo que no llego a entender Doctor, es que pretendían lograr los que crearon este virus. Cada pocos segundos muta su estructura celular. Se propaga a velocidad endiablada; tierra, agua o aire, lo mismo da. Sus síntomas ya los hemos visto reflejados en la horripilante forma de morir de todos los que trabajaban en este laboratorio. ¿Ha visto sus rostros desencajados? ¿Esas llagas ensangrentadas hinchadas de pus? ¿La antinatural rigidez de sus deformados cuerpos?… Podríamos estar hablando de la plaga que haría volver a la Tierra a su estado original de astro inerte… —

—Estimado Álvarez, tiene usted toda la razón, pero dejémonos de monsergas. Ha sido el destino quien le hizo hallar a usted de manera totalmente casual la ubicación de este laboratorio clandestino. Debemos dar a conocer a la humanidad la amenaza a la que ha estado expuesta y el como usted y yo hemos acabado con ella. Tengo un conocido en la más importante cadena de televisión que estará encantado de hacer eco de esta noticia. ¡La gente está harta de tanta noticia nefasta! ¡La gente necesita esperanza! ¡La gente necesita héroes en los que creer! ¡La gente nos necesita! —

II

“¡Arroyo! ¡Arroyo!” “¡Álvarez! ¡Álvarez!”

Aquel eco incesante y monótono silenciaba cualquier otro sonido que pudiese producirse en aquel bellísimo paraje natural cercano a la plataforma de despegue donde se erigía el enorme cohete espacial bautizado como “Vacuna”.

— Probando, probando…— El Doctor dio un par de golpecitos al micrófono situado en lo alto de un lujoso escenario al aire libre. Frente a él, una multitud extasiada bailaba, saltaba, gritaba, cantaba y coreaba los nombres de los dos heroicos e ilustres personajes que habían descubierto el virus artificial conocido popularmente como “humanicida”, evitado su propagación y la aniquilación de todo ser humano en la tierra.

Por los datos que habían transcendido en las últimas semanas en todos los medios informativos, aquel terrible virus causaba una severa enfermedad que atacaba el sistema nervioso del portador e iba deformando los órganos hasta crear una indescriptible pasta de carne y sangre que acababa por inutilizar completamente el sistema digestivo y respiratorio, todo ello en un largo proceso de agónico dolor. La enfermedad era capaz de propagarse por cualquier medio conocido y la capacidad de mutación y multiplicación de su estructura de ADN hacía imposible encontrar una cura a tiempo. Si alguien resultaba infectado, el tiempo restante de vida que podía estimarse era de entre seis y nueve meses, dependiendo de las defensas del portador. Se pudo comprobar aquella horrorosa evolución casi en directo mediante ensayo humano involuntario en todo el personal de uno de los laboratorios encargados de evaluar el riesgo para la salud pública de aquella monstruosa creación, cuando un pequeño error en el protocolo de estanqueidad (Como seguramente ocurrió en el lugar donde fue descubierto), propagó en cuestión de minutos aquel letal e indeseado invitado. La Organización Mundial de la Salud actuó emitiendo alarma sanitaria y se impuso cuarentena en un radio de varios kilómetros a la redonda de aquel lugar. Cuando terminó toda aquella lenta agonía ante la atónita mirada de los espectadores, el lugar fue arrasado por una potente explosión nuclear que resultó ser la única solución fiable de erradicar la epidemia en la región. Finalmente se concluyó que era extremadamente arriesgado mantener ese virus cerca de la humanidad, dado que el más mínimo error podría resultar una pandemia capaz de extinguir a la especie humana.

Aquella impresionante congregación era precisamente para asistir como testigo a la solución adoptada: Alejar el virus lo máximo posible de la Tierra y aislarlo en algún lugar de los confines del sistema solar donde resultara inocuo.

Álvarez se acercó al doctor que parecía extasiado contemplando la multitud. Lo sacó del ensimismamiento tocando su hombro y dijo guiñando el ojo: — Doctor, ha llegado nuestro momento. El momento de hablar al mundo como salvadores. Sé que lleva la vida esperando una oportunidad como esta, así que salga al escenario y muestre el material de que está fabricado. Yo no tengo las suficientes tablas como para no sucumbir al llamado “miedo escénico”, pero usted… Dejará anonadado al público con su erudición y bien estar sin parangón. —

—Gracias querido Álvarez. No dude usted que le otorgaré el crédito que merece, aunque ante esta enaltecida congregación se mantenga en un discreto segundo plano. Es hora de alcanzar los cielos. — El doctor dio la vuelta, se acercó al micrófono y respiró profundamente llenando sus pulmones del aire limpio de aquel paradisíaco valle entre las montañas.

— Damas y Caballeros; espectadores del mundo entero; me dirijo a ustedes para darles una excelente noticia. — ‘Pausa dramática’ — Pueden seguir viviendo en la comodidad de sus hogares sin el temor a este horrible virus del que han estado escuchando hablar día y noche sin pausa los últimos meses. Desde que mi fiel ayudante Álvarez y yo mismo halláramos esta creación, hemos estado buscando sin descanso una solución a la amenaza global que representaba y esta, al fin ha llegado. A su derecha pueden ver erigirse el cohete espacial que alejará el “humanicida” para siempre de nuestras vidas y pensamientos. Lo hemos querido bautizar con cierta ironía “Vacuna” y su función ya está fijada. En unos minutos comenzará la cuenta atrás y asistiremos en directo a un nuevo hito en la historia de la humanidad. Diremos adiós a un punto de inflexión de nuestra existencia y comenzaremos una nueva era, esperanzados con el camino que el destino ha querido brindarnos poniéndonos a Álvarez y a mí en el epicentro de esta historia.

Si bien es cierto, que aún queda la incógnita de quien es la mano negra detrás de la creación de este patógeno, no dudo de la eficiencia de los servicios de inteligencia de este planeta y que darán con ella sin demora.

Con todo esto, les dejo disfrutar del momento. Demos paso a la cuenta atrás.

¡Salud! —

Un muro sonoro de aplausos y vítores se erigió ahuyentando el silencio. El Doctor se posicionó al lado de su fiel ayudante y miró dirección a la plataforma de lanzamiento mientras gritaba para sus adentros: “¡Ha sido una experiencia increíble!”

III

“¡Silencio! ¡Silencio! ¡Comienza la cuenta atrás!”

El mundo entero parecía enmudecido mientras las pasarelas y personal de aquel complejo se alejaban de la plataforma de despegue. Cuando no quedó ni un alma, los eternos segundos de silencio comenzaron a correr hasta que alguien de rango indeterminado frente al panel de mando de la torre de control, activó el sistema de megafonía.

Los altavoces comenzaron a escupir la cuenta atrás y un último aviso. Mientras las palabras iban sucediéndose, el Doctor debido a los nervios y emoción del momento tuvo una fugaz y horrenda ensoñación en la que la muchedumbre que allí se encontraba festejando la victoria era calcinada por las llamas del cohete que estaba a punto de despegar. Cuerpos retorciéndose, llorando, gritando, humeando, ardiendo… Sacudió la cabeza y miró a su fiel ayudante Álvarez, que tenía la vista enfocada en la imponente aeronave. Sonrió.

¿Qué podía salir mal?

“Cuatro… Tres… Dos… Uno… ¡Ignición!”

El motor del armatoste rugió mientras los componentes inflamables se mezclaban y emitían los gases que impulsarían aquel amasijo de plástico y metal donde jamás había alcanzado el ser humano. Una chispa en el interior saltó y la nave comenzó a elevarse vomitando fuego como un Tiamat o Smaug cualquiera de leyenda.

Como no podía ser menos, a lo largo y ancho del globo miles de millones de miradas permanecían clavadas en las pantallas, ya fueran de televisión, ordenador o smartphone, visionando en riguroso directo como aquella amenaza se hacía por instantes diminuta en la distancia.

Así fue como ante la mayor audiencia de la historia de la humanidad, se televisó el mayor desastre jamás acontecido.

A unos quince mil metros del suelo la nave simplemente estalló, esparciendo el letal virus por toda la atmósfera.

El Doctor ojiplático sintió como un terror que nunca antes había sentido comenzó a adueñarse de sus músculos, que involuntariamente comenzaron a temblar. Él y su fiel ayudante Alvarez habían traído el desastre a la humanidad aún con la mejor de las intenciones. Al final, de nada había servido encontrar aquel virus; el resultado había sido el que habría deseado la mano negra que había creado aquella monstruosidad. Seguramente sabían el resultado, o… ¿Y si habían saboteado el cohete?

—Mi fiel ayudante Álvarez, tengo una pregunta que hacerle. ¿Ha visto entrar o salir a alguien sospechoso de la zona de seguridad? Creo que… Sabotearon la aeronave… Aunque… Ya nada importa. Estamos condenados. La especie humana está condenada…— Sin darse cuenta se puso a llorar desconsoladamente y se vio obligado a callar. Se secó las lágrimas con la manga de la camisa y miró a su silencioso e inmóvil ayudante Álvarez.

En ese momento lo comprendió todo.

La demente sonrisa de su fiel acompañante mirando la nube de humo difuminándose en la atmósfera lo delató.

El último pensamiento del Dr. Arroyo antes de colapsar, sufrir un irremediable ataque de ansiedad y caer en redondo al suelo fue:

“¿Como pude ser tan idiota de pensar que únicamente la casualidad o la suerte nos llevó a aquel laboratorio?”

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Aquí recupero el relato “La vacuna”, que publiqué en el blog el 15 Octubre del año pasado (2019) y que va incluido en mi libro “Autorretratos de un bufón loco”

¿Porqué lo recupero?

Porque la noveleta que publico el próximo viernes 17 de Abril parte de los hechos que aquí se describen.

Una noveleta que dada la situación de cuarentena en la que estamos la he puesto a un precio casi rídiculo (4,95 € la edición impresa y 1,95 € la digital aunque aún la podeis reservar por solo 0,99€ aquí) . ¡Ojalá os guste! (Os adelanto que mas de una sorpresa guarda en su interior, ya que este relato es solo la premisa inicial y despues parte en dirección muy diferente.)