Relato – Llueve

por Bufón loco

Llueve eternamente

Llueve. Lleva toda la noche lloviendo y ahora que comienza a clarear el día veo a través de mi ventana como las nubes grisáceas no cesan de escupir perezosas gotas sobre las aceras que reflejan la mortecina luz de las farolas que aún no se han apagado.

Llueve. En la calle no se ve ni un alma. Parece un fotograma de una de esas viejas películas postapocalípticas. Coches aparcados desde quien sabe cuándo; inmensos charcos emitiendo continuas ondulaciones; un par de gorriones atusando su plumaje sobre la barandilla de una terraza; una suave brisa mueve las ramas de los árboles que comienzan a mostrar los primeros brotes de la nueva estación. El mundo parece sumido en un embriagador sueño del que no sabe cuándo despertará o querrá despertar.

Llueve. Me quedo ensimismado viendo los gruesos goterones que resbalan por el cristal; sus reflejos, distorsiones y refracciones; sus hipnóticos recorridos verticales hacia el suelo; son el prisma de este nuevo amanecer que llora desconsoladamente. Desde esta perspectiva parece que afuera se moviese un universo extraño; con su propia física y su propio tiempo ajeno completamente al nuestro. Sin prisas; sin nada que hacer mas que descargar el lloro acumulado durante milenios de aguantarse. ¿Dejará algún día de lamentarse?

Llueve. Escucho el lejano sonido de una puerta cerrándose entre el repiqueteo de las incesantes gotas de lluvia. Seguramente se trate de algún vecino sacando a pasear a su mascota bajo la lluvia. Un fugaz paseo al parque de enfrente de casa para que haga sus necesidades y vuelta a casa no vaya a ser que pase una de las patrullas policiales y le pare. Le haga preguntas. Las preguntas siempre son incomodas en una situación como esta. ¿Lleva usted la documentación del animal encima? ¿Esta en regla? ¿Cuántas veces lo saca usted al día? ¿Cuál es su dirección? ¿tiene usted síntomas? Las preguntas generan miedo, impotencia y ansiedad. La historia de siempre desde que comenzó este interminable tormento.

Llueve. ¿Cuánto tiempo llevamos encerrados ya en casa? Tengo la amarga sensación de que las paredes se encogen día a día; hora a hora; minuto a minuto. Recuerdo aquellos primeros días en que pensábamos que pronto podríamos disfrutar de nuevo de libertad, pero el tiempo fue pasando y las medidas para paliar la plaga se hacían cada vez más contundentes. No parece haber un fin en el horizonte. ¿Dónde quedaron aquellos primeros atisbos de solidaridad en la población? Salíamos en masa a aplaudir desde las ventanas y terrazas a todos aquellos que luchaban incansables por contener la enfermedad; los que se exponían a la infección por todo el resto de nosotros. Médicos, enfermeros, trabajadores de la limpieza, cajeros y reponedores de supermercado… Era algo realmente bello el salir y escuchar el eco de los miles de aplausos en la distancia. Esa sensación de ánimo; de formar parte de algo grande; inmenso; inútil. Todos murieron. Poco a poco. Enfermaban y la enfermedad iba haciendo estragos en su organismo debilitado por la continua exposición a nuevos casos.

Llueve. Me vienen a la cabeza una y otra vez las escalofriantes imágenes que no dejaban de emitir los telediarios y los programas sensacionalistas. Esos fríos pasillos de hospital atestados de gente enferma por todos lados. Sentados en sillas, de pie, tumbados en el suelo tapándose con una manta. La enfermedad no hacía distinciones de color, religión u origen. Gente desesperada llorando, convulsionando y observando impotentes como cada rato iban llevándose en camillas a gente por la que no se podía hacer nada; directas al crematorio en bolsas opacas y negras.

Llueve. Las nubes grises que cubren el cielo no permiten que olvide los nubarrones negros saliendo de las chimeneas continuamente. Al menos es agua. Preciosa agua. Fuente de vida y no la ceniza que caía silenciosa aquellos días. Era como nieve grisácea que se acumulaba sobre todo lo que estuviese en la calle. Todo se veía como un filtro granulado de tonos grises apagados. Y aquel olor. ¿Quién es capaz de olvidar el olor a muerte? Ese olor capaz de impregnar todo. Salías a la calle y regresabas oliendo a muerte. Ni duchándote y restregando el cuerpo con jabón y perfume eras capaz de eliminar ese olor de las fosas nasales. Era como si quedara incrustado al hemisferio cerebral que procesa los olores. Aquel que olía la muerte ya no era capaz de olvidarla. Aún hoy, meses después de que aquellas medidas se suspendieran, soy capaz de rememorar ese olor. ¿Quién no es capaz?

Llueve y seguirá lloviendo sobre nuestra tumba. ¿Cuántos quedamos vivos? Hace tiempo que dejaron de dar datos oficiales. Supongo que ya ha dejado de importar. Los que vivimos o creemos que vivimos, salimos de casa únicamente para ir a recoger los víveres que nos suministra el ejercito cuando nos llega el turno asignado o a pasear al perro aquellos que tienen la suerte de tenerlo y cada vez es más absurdo, pues día a día desertan los militares; o mueren; nadie dice nada y a nadie importa. Asistimos en directo al ocaso de la humanidad mientras llueve. Llueve eternamente sin atisbos de que valla a escampar alguna vez, y si alguna vez lo hace seguramente no lo veremos.

Llueve. Al menos mientras espero el final puedo ver llover. Después de todo esta lluvia es lo único tangible que nos queda en este planeta que no nos echará de menos cuando la naturaleza siga su curso y conquiste lo que creímos haber conquistado en nuestros delirios de grandeza. Siempre me gustó el sonido de lluvia en ventana y hoy su melodía suena melancólica. Melancólica y perfecta para estos días decadentes en los que los muertos en vida solo podemos mirar a través de la ventana la lluvia caer.