Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Mes: marzo, 2020

Microcuento – Latente

Cuchillo

Silencioso y dormido aguarda en lo más profundo y oscuro del alma. Grito sordo que extiende sus intangibles tentáculos entre células, fluidos, carne y piel. Se arrastra reptando en tu interior y ni siquiera te das cuenta de como guía todas tus acciones con los finos hilos que maneja como apéndices de su propia existencia. Recorre como un cosquilleo tu cuerpo erizando el pelo a su paso. Es aquello que mas temes. La voluntad inconsciente que te obliga a agarrar con fuerza el cuchillo. Arrojarlo con fuerza. Con rabia, hasta que las paredes se tiñen de húmedo carmesí.

Llega la calma.

¿Puedes sentir ahora su latente presencia?

Microcuento – Ayuda en la carretera

El coche se detuvo en mitad de aquella carretera a ninguna parte. Llovía a cántaros y las sombras del bosque alrededor eran siniestras. Me acerqué, di un toque al cristal y la pareja del interior se puso a gritar. Supongo que mi máscara de piel humana no inspira demasiada confianza.

Esas motas de polvo

Jugábamos en el suelo como siempre que no era posible salir al parque.

En la calle soplaba fuerte el aire e iba arrastrando consigo las doradas hojas que comenzaban caer.

Durante todo el día una tenue e incesante llovizna había estado cubriendo el gris paisaje otoñal de la calle.

Llegó la tarde. Justo la hora en que la luz del sol se suele tornar ardiente e intensa antes de desvanecerse y dejar paso a la noche.

Un casual claro entre las nubes nos hizo partícipes de la magia de ese momento cuando por las cristaleras del salón comenzaron a entrar inclinados e intensos rayos de luz que contrastaban con las sombras que nos envolvían.

Minerva se quedó mirando el haz de luz y con su alegre voz me preguntó: -¿Qué es eso que vuela?.

Miré hacia donde señalaba y estuve a un paso de responder lo obvio: “La luz del sol en la ventana”. Pero caí en que ella no se refería a eso.

Se refería a las motas de polvo en suspensión que parecen cobrar vida en esos rayos de luz.

Cualquiera que se haya molestado en observarlos coincidirá conmigo en lo hipnótico de su movimiento, sus irregulares formas y sus brillos como sacados de un sueño.

Es solo polvo.

-Polvo de hadas mi niña.- Respondí mientras la arrimé a mí en un abrazo.-Lo dejan tras de sí para dejar constancia de su existencia, ya que son invisibles para nosotros.

Minerva no preguntó más. Se quedó mirando en silencio buscando hadas hasta que finalmente se oscureció todo. Todo ese tiempo con la preciosa sonrisa de una niña con la convicción de que lo que había respondido era real.

¿Y quién soy yo para decir que no lo es?

El grito

¿Cuánta angustia puede almacenar un cuerpo?

Se preguntaba cada día.

Y cada día la angustia iba aumentando.

Acrecentándose hasta doler.

Llenando cada espacio entre células que lo conformaban.

Angustia solidificada corriendo por sus venas y arterias

Hasta casi supurar por todos los poros y orificios de su cuerpo.

Es posible que no creas lo que entonces ocurrió.

Abrió todo lo que pudo la boca y gritó.

Ondas sonoras de angustia condensadas

Expandiéndose en un arco incapaz de reducir su potencia en la distancia.

Un sonido tan potente que hizo que saltarán las alarmas de todos los autos.

Qué estallaran todos los vasos y platos.

Ni un cristal quedó intacto a su paso.

Los perros aullaron.

Reventó muchos tímpanos.

Finalmente aquella tormenta perfecta sonora se alejó hacia el espacio.

Dejando atrás calma y destrucción.

En el espacio nadie puede escuchar tus gritos

Qué equivocados.

Continúo su viaje sin descanso hacia el infinito,

Apartando el vacío a un lado.

Eones más tarde causaría estragos en mundos y civilizaciones que aún no han florecido.

Tan lejanos.

No importaba el futuro de lo en ese momento inexistente.

Respiró tranquilo.

La angustia con el grito se había ido.

El remedio contra el estado de alarma – "Autorretratos de un bufón loco" gratis sábado 21 y domingo 22

Tal y como reza el título de la entrada, pongo gratis de nuevo a vuestra completa disposición hoy sábado 21 y mañana domingo 22 la edición digital de “Autorretratos de un bufón loco”.

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Relato – Llueve

Llueve eternamente

Llueve. Lleva toda la noche lloviendo y ahora que comienza a clarear el día veo a través de mi ventana como las nubes grisáceas no cesan de escupir perezosas gotas sobre las aceras que reflejan la mortecina luz de las farolas que aún no se han apagado.

Llueve. En la calle no se ve ni un alma. Parece un fotograma de una de esas viejas películas postapocalípticas. Coches aparcados desde quien sabe cuándo; inmensos charcos emitiendo continuas ondulaciones; un par de gorriones atusando su plumaje sobre la barandilla de una terraza; una suave brisa mueve las ramas de los árboles que comienzan a mostrar los primeros brotes de la nueva estación. El mundo parece sumido en un embriagador sueño del que no sabe cuándo despertará o querrá despertar.

Llueve. Me quedo ensimismado viendo los gruesos goterones que resbalan por el cristal; sus reflejos, distorsiones y refracciones; sus hipnóticos recorridos verticales hacia el suelo; son el prisma de este nuevo amanecer que llora desconsoladamente. Desde esta perspectiva parece que afuera se moviese un universo extraño; con su propia física y su propio tiempo ajeno completamente al nuestro. Sin prisas; sin nada que hacer mas que descargar el lloro acumulado durante milenios de aguantarse. ¿Dejará algún día de lamentarse?

Llueve. Escucho el lejano sonido de una puerta cerrándose entre el repiqueteo de las incesantes gotas de lluvia. Seguramente se trate de algún vecino sacando a pasear a su mascota bajo la lluvia. Un fugaz paseo al parque de enfrente de casa para que haga sus necesidades y vuelta a casa no vaya a ser que pase una de las patrullas policiales y le pare. Le haga preguntas. Las preguntas siempre son incomodas en una situación como esta. ¿Lleva usted la documentación del animal encima? ¿Esta en regla? ¿Cuántas veces lo saca usted al día? ¿Cuál es su dirección? ¿tiene usted síntomas? Las preguntas generan miedo, impotencia y ansiedad. La historia de siempre desde que comenzó este interminable tormento.

Llueve. ¿Cuánto tiempo llevamos encerrados ya en casa? Tengo la amarga sensación de que las paredes se encogen día a día; hora a hora; minuto a minuto. Recuerdo aquellos primeros días en que pensábamos que pronto podríamos disfrutar de nuevo de libertad, pero el tiempo fue pasando y las medidas para paliar la plaga se hacían cada vez más contundentes. No parece haber un fin en el horizonte. ¿Dónde quedaron aquellos primeros atisbos de solidaridad en la población? Salíamos en masa a aplaudir desde las ventanas y terrazas a todos aquellos que luchaban incansables por contener la enfermedad; los que se exponían a la infección por todo el resto de nosotros. Médicos, enfermeros, trabajadores de la limpieza, cajeros y reponedores de supermercado… Era algo realmente bello el salir y escuchar el eco de los miles de aplausos en la distancia. Esa sensación de ánimo; de formar parte de algo grande; inmenso; inútil. Todos murieron. Poco a poco. Enfermaban y la enfermedad iba haciendo estragos en su organismo debilitado por la continua exposición a nuevos casos.

Llueve. Me vienen a la cabeza una y otra vez las escalofriantes imágenes que no dejaban de emitir los telediarios y los programas sensacionalistas. Esos fríos pasillos de hospital atestados de gente enferma por todos lados. Sentados en sillas, de pie, tumbados en el suelo tapándose con una manta. La enfermedad no hacía distinciones de color, religión u origen. Gente desesperada llorando, convulsionando y observando impotentes como cada rato iban llevándose en camillas a gente por la que no se podía hacer nada; directas al crematorio en bolsas opacas y negras.

Llueve. Las nubes grises que cubren el cielo no permiten que olvide los nubarrones negros saliendo de las chimeneas continuamente. Al menos es agua. Preciosa agua. Fuente de vida y no la ceniza que caía silenciosa aquellos días. Era como nieve grisácea que se acumulaba sobre todo lo que estuviese en la calle. Todo se veía como un filtro granulado de tonos grises apagados. Y aquel olor. ¿Quién es capaz de olvidar el olor a muerte? Ese olor capaz de impregnar todo. Salías a la calle y regresabas oliendo a muerte. Ni duchándote y restregando el cuerpo con jabón y perfume eras capaz de eliminar ese olor de las fosas nasales. Era como si quedara incrustado al hemisferio cerebral que procesa los olores. Aquel que olía la muerte ya no era capaz de olvidarla. Aún hoy, meses después de que aquellas medidas se suspendieran, soy capaz de rememorar ese olor. ¿Quién no es capaz?

Llueve y seguirá lloviendo sobre nuestra tumba. ¿Cuántos quedamos vivos? Hace tiempo que dejaron de dar datos oficiales. Supongo que ya ha dejado de importar. Los que vivimos o creemos que vivimos, salimos de casa únicamente para ir a recoger los víveres que nos suministra el ejercito cuando nos llega el turno asignado o a pasear al perro aquellos que tienen la suerte de tenerlo y cada vez es más absurdo, pues día a día desertan los militares; o mueren; nadie dice nada y a nadie importa. Asistimos en directo al ocaso de la humanidad mientras llueve. Llueve eternamente sin atisbos de que valla a escampar alguna vez, y si alguna vez lo hace seguramente no lo veremos.

Llueve. Al menos mientras espero el final puedo ver llover. Después de todo esta lluvia es lo único tangible que nos queda en este planeta que no nos echará de menos cuando la naturaleza siga su curso y conquiste lo que creímos haber conquistado en nuestros delirios de grandeza. Siempre me gustó el sonido de lluvia en ventana y hoy su melodía suena melancólica. Melancólica y perfecta para estos días decadentes en los que los muertos en vida solo podemos mirar a través de la ventana la lluvia caer.

Microcuento – Teletrabajo

¿Quien nos podría decir que nos mandaban a teletrabajar y no saldríamos a la calle nunca más?

—***—

Basado en hechos reales

El día que muera el amor

YO

Puedes escucharlo todos los días.

Se trata de un argumentario reiterativo. Una suerte de auto proclamación y reivindicación del YO como centro del universo. Reproducciones de discursos genéricos que ensalzan y transforman la persona que llevamos dentro en un producto de mercado más. Falsa libertad guiada como un rebaño.

¿Por cuanto te vendes?

“YO visto de manera diferente al resto. Soy mi marca personal.”

“YO soy especial. Me valgo por mi mismo y no necesito a nadie que me ayude.”

“YO recorro mi propio camino y no me ato a nadie.”

“YO no comprendo a la gente que vive en pareja. Se casa. Tiene hijos.”

“YO vivo mi propia vida.”

“YO valgo más que esas personas”

El YO como estandarte. El YO como escudo. El YO como espada. El YO como enemigo del TU, EL, NOSOTROS, VOSOTROS y ELLOS.

Llámalo como quieras.

Amor propio.

Onanismo.

Egoísmo.

YO = YO

Eliminar de la ecuación de la vida los factores ajenos al YO Lleva irremediablemente al patíbulo a aquello que implica algo más que el YO.

La muerte del amor.

“Por eso YO necesito de TI.”

___***___

El Tubo

Todos los días maldigo al que nos engañó con el tópico “el trabajo dignifica”. Un ser perverso y cruel que aplastó una existencia como animales en la búsqueda de la supervivencia sin más preocupaciones que acostarse con algo que llevarse al estómago. O vivíamos o moríamos según nuestras fortalezas. Un trato justo. Pero alguien decidió que era más digno levantarse cada día en una rutina interminable para hacer que unos pocos vivan como Reyes y otros supliquemos las migajas. El fuerte toca la campanilla y el débil se desvive para lamer sus botas por si se deja caer alguna moneda de hojalata de forma completamente casual. La muerte sin duda es más digna.

Esa cruel maquinaria esta tan bien engrasada que cualquiera que se desvíe de la ruta trazada es tratado como un paria. El sistema se ha interiorizado de tal forma que hasta el colectivo más inteligente, la mujer, que siempre se mantuvo al margen de esa vorágine que devora nuestras vidas poco a poco llegó a pensar que era un privilegio y luchó por unirse para tirar del arado. Lo consiguió y ahora ya no hay vuelta atrás. Son otros engranajes que giran tirados por los dientes de engranajes más poderosos y ya no existe el tiempo para hacer de lo natural algo normal.

Ya no se recuerda el día en que todos los niños se empezaron a fabricar en laboratorios.

¿Quieres un hijo?

Firmas una hipoteca y lo tienes de catálogo. Nosotros elegimos un niño rubio de pelo rizado y ojos grises. 49% genética mía y 51% de mi pareja. La quiero mucho e hice esa pequeña concesión. Ahora los dos nos vemos abocados a trabajar al menos cuarenta años sin descanso. La moratoria de pago en los préstamos de natalidad implican además de una enorme caida del estatus social, la retirada del retoño y traslado a una cadena de separación de residuos de por vida. Ellos te dan vida, ellos te la quitan, o al menos disponen de ella.

Todos los días me pierdo en estos triviales pensamientos cuando llego al Tubo. El medio de transporte del trabajador mundano de la central de energía solar de la luna, donde por turnos de veinticuatro horas se trabaja sin descanso.

Pero hoy al llegar algo era diferente. Una enorme congregación de trabajadores abarrotaba paralizada el acceso. Se veían en sus rostros reflejada la la sorpresa y la desesperación.

¡El Tubo había sufrido un problema técnico de difícil reparación!

Los altavoces en lugar de dar instrucciones para mantener el orden de entrada al transporte repetían sin cesar un mensaje insólito:

“Estimados trabajadores, se están realizando unas reparaciones en el Tubo que se estima se prolongarán por más de una semana. La compañía les otorga este periodo de vacaciones. Regresen a sus hogares y disfruten del tiempo libre. Muchísimas gracias por su comprensión.”

Aún resuenan esas palabras en mi cabeza como un eco.

“Regresen a sus hogares y disfruten del tiempo libre.”

“Regresen a sus hogares y disfruten del tiempo libre.”

“Regresen a sus hogares y disfruten del tiempo libre.”

¿Y que coño pretenden que hagamos en el tiempo libre?

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Este relato, tiempo al tiempo, será (o es) tan terriblemente realista que acojona. Por suerte podéis tenerlo para siempre junto a doscientas bufonadas más en:

Autorretratos de un bufón loco

Además de conseguir un pedazo de libro por menos de lo que piensas, mis beneficios los donaré a la ONG Reforesta. Creo que es un buen trato 😉

La noche de las cuatro estaciones

Como en un enorme lienzo de colores pastel ella miraba inmóvil a través de la cristalera la silenciosa lluvia caer. Observaba cómo las doradas hojas se desprendían de las ramas mecidas por un suave viento e iban descendiendo en un tranquilo planeo que finalizaba al contacto con el suelo. Sus ojos color miel eran un espejo del otoño impasible que hacía su trabajo en el exterior. Albergaban lágrimas que no se decidian a comenzar su descenso mientras que sus ojos húmedos parecían dos bolas de cristal que guardaban en su interior la dolorosa tristeza de quién ha amado ciegamente, pero el destino ha hecho que todo termine, abriéndole los ojos a la cruel realidad.

El sol oculto tras las grises nubes que cubrían el cielo comenzó a retirarse en el invisible horizonte, dejando paso a una blanca y brillante luna y millones de estrellas que tampoco se dejarían ver esa noche en aquel lugar perdido en algún lugar de Providencia. El mundo se sumió en la más absoluta oscuridad y como conscientes de que la negrura las protegería de ser descubiertas, las lágrimas comenzaron a brotar iniciando así su furtivo descenso por sus blancas y suaves mejillas. Mientras lloraba como la lluvia incesante del exterior poco a poco su corazón se fue congelando como sumido en un aparente eterno invierno. Una lágrima sin rumbo llegó por azar a sus perfectos y carnosos labios pero estos detenidos en el tiempo dejaron que la salada encarnación de la tristeza se alojara en su boca hasta desaparecer dejando su amargo sabor.

El suelo tembló y en algún lugar del departamento una ventana mal cerrada se abrió, dejando entrar una fuerte ráfaga de viento que recorrió los pasillos, descendió las escaleras, atravesó el living e hizo que los oscuros y largos cabellos de la reina de hielo se acudieran como una pequeña barca en el centro de una tempestad. De entre los hilos de brillante azabache, un blanco espía que se ocultaba, casualmente se separó del grupo y se quedó cruzado ante su rostro, rozando suavemente su nariz como intentando dar consuelo a aquel bello ser qué le daba cobijo. Ella alzó su delicada mano adornada únicamente con un anillo de plata y lapislázuli con la intención de apartarla y seguir perdida en el infinito de la soledad, pero al ver el reflejo plateado de una cana fuera de su tiempo algo cambió en su interior. Las fuentes de sus ojos se secaron y como si repentinamente hubiera llegado la primavera, dos margaritas florecieron en la comisura de sus labios.

estaba en plena oscuridad pero en un instante una pequeña llama había comenzado a arder en su interior y su suave calor fue llenando poco a poco su cuerpo, haciendo que los recientes suspiros se fuesen tornando tranquila respiración. El Fénix renacia una vez más de su letargo entre las cenizas de un corazón roto. Y de esta manera sus ojos que habían comenzado a recuperar el brillo, se cerraron lentamente dando paso al reparador sueño.

La despertó el alegre cantar de un ave posado sobre la baranda de la terraza. El sol asomaba en el horizonte dejando escapar rayos de intensa luz por entre las pocas nubes que aún no habían sido arrastradas lejos por el viento otoñal. Un arco iris nacía de un charco cercano llenando de color una maravillosa mañana. la noche y el pasado habían quedado atrás dejando paso al día y el presente. El futuro se veía en ese instante colorido cómo ha de verse siempre.

Ella se despertó emitiendo un suave bostezo y al observar la escena que el nuevo amanecer había pintado tras la ventana sonrió radiante como queriendo competir con el alba. Y aquél día fue feliz.

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Resubo la que oficialmente fué la primera entrada de este blog el 4 de Mayo del 2014, cuando aún estaba trabajando en Chile. Este texto revisado es uno de los incluidos en “Autorretratos de un bufón loco” (Junto a 200 más) ¡Espero que os guste!

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