Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Mes: septiembre, 2019

Llegó con la lluvia

Oficina detective privado

I

La clásica historia. Un oscuro antro en los suburbios que vivió épocas mejores. Paredes cubiertas de grafitis que ocultan grafitis. Una destartalada placa con las letras medio borradas que dejan intuir de qué tipo de local se trata: “J. Detective Privado”.

El interior huele a humedad. A la humedad que cubre la agrietada pintura y la tiñe de malsano y mohoso verdor. Una decaída planta de interior intenta dar ambiente a las desgastadas sillas de madera con tapicería pasada de moda que hacen las veces de improvisada sala de espera que jamás hizo méritos para ganarse ese miserable título. La poca luz de la sala la aportan los perezosos rayos de sol otoñal que se infiltran por los huecos entre lamas de aluminio de un estore a medio subir.

J. está en la habitación adyacente. Envuelto en las tenues sombras que proyectan los incontables archivadores de informes de casos ya olvidados que descolocados adornan las esquinas. Pies sobre la mesa. En la comisura de sus labios un cigarrillo con un centímetro de ceniza luchando encarnizadamente con las leyes de la gravedad emite un finísimo hilo de humo que forma una etérea neblina. En un perchero cercano a la puerta descansa una roída gabardina coronada con un sombrero gris de aspecto anticuado. Suena en la radio el murmullo de una emisora de rock ochentero en exclusiva para su único oyente.

A J no le importa nada. Se concentra en el Sudoku difícil de un diario de hace dos días. Frunce el ceño con sus cábalas numéricas haciendo que las arrugas se le marquen como surcos en la tierra. La edad empezaba a hacer mella, pero cuando te parabas a observarle podías deducir que en su juventud había sido un hombre muy atractivo.

Alto de algo más de metro ochenta. Ojos claros de un color indeterminado situado entre el azul cielo y el gris plata. Mandíbula prominente vestida con barba de tres o cuatro días. El rostro salpicado con alguna cicatriz de reyertas de juventud. Con pelo abundante y castaño claro con corte de galán de manual sacado de alguna película de los años cincuenta solo que treinta años desfasado.

Deducciones al fin de al cabo, ya que en realidad se trataba de un hombre hueco y roto por dentro. Al menos desde que hacía un año perdió a la que él pensaba podría ser la mujer de su vida. Clásica equivocación por la ceguera de una explosión de pasión que llegó como se marchó, de forma totalmente casual e imprevista.

II

Fue un lluvioso día de otoño.

Tintineo de la campana de la puerta. Chirrió de los goznes seguido del golpe seco de la puerta al cerrarse. Respiración rápida y sin pausas.

-Buenos dí..

Enmudece al ver a la visitante. Delicada y pálida como una flor de invierno en un recóndito valle cubierto de escarcha. Un ceñido y elegante vestido de color negro y zapatos a juego. En su cabeza un gorro de lana con un pompón alicaído en su cima por la fuerte lluvia que cae en el exterior. Ojos color miel. Infinitas pestañas. Labios carnosos, ligeramente rosados, casi blancos. Melena castaña que cae ondulada por su espalda como la cascada del borde del mundo. Pechos pequeños pero insinuantes. Cintura de curvatura imposible seguida de la zona de obligada deceleración por peligro de accidente que eran sus caderas. Piernas infinitas. Parecía una imagen arrancada de un sueño.

Cogió aliento y comenzó a calmar la respiración. Lo escaneó con la mirada. Lo atrapó sin haber pronunciado aún palabra. Y la pronunció.

-Buenas tardes. Perdone la entrada tan abrupta pero fuera hace un tiempo de perros y tenía la sensación de que un grupo de matones iban siguiéndome…- Su voz como un canto iluminó lo lúgubre de aquel lugar. J. Se quedó unos segundos sin palabras. Los segundos que tomó su corazón en acelerar y superar el límite establecido.

Pasa, no te quedes ahí parada que estás empapada- dijo mientras a toda prisa se acercó al baño a coger una toalla. – Siéntate donde quieras y dime, que te trae a este lugar?…

III

Sin saber cómo, ella acabo durmiendo en su cama mientras el intentaba acomodarse en el sofá monoplaza dentro del pequeño apartamento céntrico que J tenía alquilado.

El nombre de la ninfa era Iris y apenas llegaba a los 24 años. Sobre su pasado J solo pudo sacar en claro que había llegado a Madrid el mismo día que sus caminos se cruzaron. Buscaba a alguien pero parecía haberlo olvidado o ya no importaba. No tenía dónde quedarse y él se sintió obligado a otorgar refugio a aquel ángel surgido de la nada. Lo que estaba claro es que su encuentro había sido fruto de la más absoluta casualidad. El destino a veces tiene esas gracias.

Habían pasado dos semanas y cada vez su imagen iba conquistando un poquito más de terreno dentro del marchito reino de sus pensamientos. Se veía pasando las horas en la oficina vacía observando el lento avanzar de las agujas del viejo reloj de pared deseando que llegará la hora de regresar a casa y verla.

Cuando finalmente llegaba la hora se movía como impulsado por una fuerza invisible. Su alrededor se desenfocaba a excepción del punto de fuga que era la puerta del apartamento.

La encontraba leyendo alguna revista. O viendo la tele acurrucada en el sofá. O escuchando música en la habitación cantando por encima con una pésima pronunciación del inglés que en su voz sonaba encantadora. Un día la encontró dormida en el sofá como una imagen de cuento y al sentir la puerta pudo verla desperezarse.

Siempre le dedicaba una sonrisa que alegraba el día más triste y le saludaba. -Holis J!- dándole un beso en la mejilla. En ese instante el moría y revivía. Pero no sacaba el valor para mostrar lo que realmente deseaba.

Después solía encerrarse en la habitación canturreando entre susurros siempre la misma letra…

“I can hear your heart. Can hear your heart…”

IV

Un día casi sin saber cómo la vida de J dejó de pertenecerle. Llegó flotando al apartamento y al sacar el llavero escuchó en el interior la música a un volumen superior al habitual.

“The sky was bible black in Lyon”

Ella vestida con un pantalón vaquero corto ajustado y un top, bailaba en medio del salón iluminada por la tenue luz de velas.

“when I met the Magdalene”

Sobre la mesa una botella de vino tinto abierta con dos copas: una de ellas llena y la otra a medio beber.

“She was paralyzed in a streetlight”

Ella se acerca con caminar continente. Le saluda con un beso en la mejilla y Le agarra las manos.

“She refused to give her name”

Lo arrastra despacio hacia el sofá. Sus caderas se balancean como el caer de una pluma.

“And a ring of violet bruises”

Lo invita a sentarse con un guiño y le tiende la Copa de vino. Ella coge la suya y las tintinea.

“They were pinned upon her arm”

Se moja los labios tintados de rojo mientras le clava la mirada no tan inocente en los ojos.

“Two hundred francs for sanctuary”

Se gira y se aleja lentamente hacia el centro del salón donde continúa su hipnotica y sensual danza.

“and she led me by the hand”

Se vuelve hacia J. Levanta la Copa y vacía de un trago el contenido. Lo señala con el índice y le ordena sin palabras que se acerque.

“To a room of dancing shadows”

La marioneta sin voluntad obedece. Se acerca con baile torpe y ella extiende sus brazos alrededor de su cuello.

“where all the heartache disappears”

No hay espacio entre los dos cuerpos que se mueven como uno solo. Ella apoya la cabeza en su hombro. El nota la húmeda respiración en su cuello.

“And from glowing tongues of candles”

J se aferra con fuerza a su cintura y suavemente comienza a deslizar hacia abajo sus fuertes manos. Los carnosos labios de Iris entra en contacto con su piel. Los cuerpos se estremecen.

“I heard her whisper in my ear”

Los brazos de J elevan a Iris buscando la colisión entre labios. Se produce como un estallido. Ambos se aprietan como si buscarán fundirse en un único elemento. Aleación de pasión.

“‘j’entend ton coeur'”

Es un punto de no retorno. Sexo. Pasión. Atracción animal. Puro instinto primario. La tarima acoge dos cuerpos que se entrelazan. Se retuercen. Se enmarañan.

“‘j’entend ton coeur'”

Respiración profunda. Jadeos. Sudor. Saliva. Flujos. Semen. Gritos. Silencio.

“I can hear your heart”

Dos cuerpos desnudos abrazados. Ella se acomoda sobre el tórax de J. Susurra:-“Puedo escuchar tu corazón. Escuchar tu corazón. Escuchar…”.

“Can hear your heart”

Fundido en negro cuando se extingue la llama de la última vela.

“I hear your heart…”

V

Al despertar Iris había desaparecido igual que apareció en su vida un mes atrás. La cabeza de J gustaba de revivir aquella última noche como un sueño recurrente. Una y otra vez agudizaba el oído deseando escuchar otra vez el tintineo de campana anunciando su llegada aunque fuese imposible. La oficina y su apartamento se habían convertido en los lugares más lúgubres y grises del mundo. Pozos de miseria que absorbían la luz y la vida.

La radio seguía sonando. J apoyo el diario sobre el escritorio. Se vio a si mismo llorando. Inevitables lágrimas al recordar el día de después a su noche de ensueño.

Un puente sobre el río Manzanares.

Un ángel cae con las alas rotas y sin arnés.

El último pétalo de la flor más hermosa flotando río abajo.

Nadie la conocía. Apareció. Dejo un suceso en los telediarios y un corazón destrozado. Se marchó dejando atrás un mundo aún más triste. Un mundo que seguiría girando aunque imperceptiblemente más lento.

___***___

Re-subo este relato sobre encuentros inesperados que está incluido en mi tercer libro “Ensoñaciones de un bufón loco” (Versión Kindle aquí). Tiene entre sus líneas varias referencias a Marillion. Comenzando por la canción (Posiblemente la canción sobre un encuentro con una prostituta más bella letristicamente hablando ) y terminando por el trágico final (El posible final de la historia de Brave. Una obra maestra de los discos conceptuales, sobre una chica que va a suicidarse).

¡Espero que lo disftuteis!

Como pez en el agua

Soñé branquias y crecieron aletas
Desde el acantilado salté
Las revoltosas aguas me acogieron
Me zambullí y dejé llevar
A capricho de las corrientes marinas

Arrecifes cubiertos de corales
Inmensos campos de algas danzantes
Abismos tenebrosos e insondables
Infinito azul profundo
Bancos de destellantes peces
De un millar de colores
Naufragios tornados santuarios
Vertederos de plástico submarinos
Ruinas y templos sumergidos
Y algún lecho de fina arena
Donde tumbarse a contemplar
Con un filtro de olas marinas
Tormentas de haces reflactados
De luz de luna llena
Y estrellas
Incontables estrellas
Inmutables en su cielo
Eras y eras
Con el lejano y relajante canto
De las últimas ballenas

Nueva vida

I

Estaba claro que éramos diferentes. Engranajes defectuosos del gran mecanismo en que había evolucionado la humanidad. No encontrábamos sentido a malvivir entre los cientos de millones de zánganos que pueblan la mayor de las Megapolis en ese ciclo eterno de trabajo, consumo y sueño.

Era solo cuestión de tiempo que tomáramos caminos diferentes, y una nebulosa mañana de lo que antiguamente llamábamos primavera comenzamos a caminar por el único camino que se alejaba de la monstruosa urbe.

II

Cada paso al frente dejaba un poco atrás aquel horizonte de hormigón, acero, cristal y smog. Lentamente fuimos observando como el paisaje antes gris y monótono tomaba brillantes tonos verdes que respiraban e insuflaban vida, y antes de que nos quisiésemos dar cuenta habíamos retrocedido un millón de años en el tiempo hacia un lejano pasado. A una época olvidada sin electricidad, agua corriente o internet. A merced de la climatología y los caprichosos ciclos de las estaciones.

Todo lo que podíamos conseguir tenía plasmado su precio en gotas o litros de sudor. Volvimos a descubrir el fuego, y las frías noches de invierno las pasábamos alrededor de una hoguera contando las historias que nos susurraba el viento hasta que nos quedábamos dormidos soñando con esa nueva vida en uno de los incontables poblados que fueron abandonados hacia ya unos doscientos años, cuando la gente de entornos rurales dejó de ser necesaria.

III

Pero los tentáculos de la humanidad son largos y devastadores. Éramos libres y la libertad se paga con sangre y olvido. Toda rama que crece en dirección equivocada debe ser podada, y un amanecer cualquiera sobre una loma a las afueras del poblado aparecieron las siluetas de un pelotón de soldados.

No hicieron preguntas. Únicamente dispararon, y los que quedamos vivos fuimos encerrados por siempre donde no se supiese jamás de nuestra existencia y utópico sueño de cambio.

Y así fué como comenzó y terminó un intento de vivir. De vivir una nueva vida en este mundo sin futuro para el auténtico soñador.

___***___

El microcuento que publiqué el lunes: “Perfecta Sociedad” hace de introducción a este pequeño relato que tenía por ahí sepultado entre cientos de borradores, y que tras releerlo me ha gustado su desarrollo en tres partes bien comprimidas y de alguna manera poéticas como últimamente disfruto escribir.

¡Espero que os guste!

Microcuento – Perfecta sociedad

Era la perfecta sociedad. Sin conflictos. Sin desigualdad. Sin problemas. Sin tristeza. Todo encajaba perfectamente en su sistema como engranajes de una maquinaria sin errores de diseño.

¿Como podíamos permitir su existencia?

La chica de ojos alegres

Un simple reflejo en un cristal era la chica anónima de ojos alegres y linda sonrisa cada mañana en el vagón. Mirando las estaciones pasar difuminandose en el brillo de sus pupilas. Dejándolas pasar una tras otras con la maraña de la humanidad yendo y viniendo como pollos sin cabeza.

La música sonaba con un volumen tal vez demasiado alto en los grandes auriculares de color azul de marca blanca que siempre llevaba. Movía la cabeza al ritmo mientras con los labios iba recitando silenciosos versos que debían desconocer el resto del mundo, y no la importaba. Viajaba aislada en su burbuja. Mientras tanto afuera millones de luces recorrían repetitivos caminos sin origen ni destino.

Una estación antes del final de la línea siempre se bajaba. Pedía perdón al pasar a quien aquel día había sido su desconocido e inseparable compañero de viaje y se dirigía como flotando hacia las puertas de salida entre la aglomeración de gente de rostros indiferentes y cansados.

Al salir siempre la veía mirar el tren alejarse por la vía. Por el túnel. Triste metáfora de la vida que se repite sin opción de cambio día a día. Y casi podría decir que al perderla de vista ella desaparecía con su vivaz mirada. Abría un portal secreto e invisible a su espalda que la transportaba a la dimensión paralela ajena a este mundo donde seguramente debía tener su residencia.

Un día cualquiera dejó de ocupar el asiento. Su asiento. Y nunca más la volví a ver. Seguramente cambió de trabajo, se mudó de ciudad o emigró a otro país, aunque me gusta pensar que simplemente decidió no regresar jamás desde su mundo a esté qué día a día se marchita.

___***___

Rescato este relatillo que está incluido en Crónicas de un bufón loco y trata sobre las personas con “magia”.

Si lees este relato primero, y continuas con “Llegó con la lluvia” que he incluido en “Ensoñaciones de un bufón loco”, sin quererlo tendrás una historia…

¡Me encantan estas coincidencias!

¡Espero que os guste!

Ya a la venta – Ensoñaciones de un bufón loco (papel e-book)

Portada definitiva

Y allí, junto al único árbol en pié en su particular infierno, llegó el bufón loco después de mucho caminar entre los montículos de calaveras calcinadas por las llamas de la guerra. En ese lugar se acababa la tierra, y más adelante un infinito mar de fuego crepitaba entre las ráfagas de viento y el más absoluto silencio. Un silencio roto con el silbido del último barco zarpando a través del ardiente mar hacia la inexistente ciudad Esperanza.

El bufón miró melancólico el horizonte y entre las inabarcables nubes de humo y polvo le pareció distinguir una luz en la distancia. La luz de un nuevo amanecer que en pocos segundos comenzó a bañar una vez más la tierra que agonizaba entre polvo y cenizas. La luz de un amanecer que atravesó la última gota de agua creando un arcoiris. El último arcoiris que surcaría jamás aquellos cielos.

El bufón miró aquella estampa y se sentó en el borde del acantilado perdiendo la vista en aquel horizonte imposible, hasta que su mente mecida por el sonido de las olas de fuego golpeando contra las rocas se puso a soñar.

Y soñó.

___***___

Si amigos, coincidiendo con el primer cumpleaños de mi hijo Héctor, el tercer volumen de Bufonadas en su versión digital y de papel ya están a la venta en Amazon por los 0,99 Euros (Digital) y 5,99 Euros (Papel) de rigor.

En esta ocasión la selección de escritos esta enfocada a lo existencial.

En su interior encontrareis de todo como siempre: relatos, poemas, cuentos, microcuentos, acrósticos… 140 paginas de bufonadas.

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Espero de todo corazón que os guste, vuestros comentarios y críticas.

¡Nos leemos!

Acróstico – Desde tu ventana

Dormías plácidamente
Enroscada entre sábanas blancas
Soñando quizás que me amabas
Dudé solo unos instantes
Entré a través de tu ventana

Te removiste en sueños
Usualmente lo haces al sentirme

Vi de cerca tu blanco rostro
Esos labios que siempre besan
Noté tu cálida respiración
Tan cerca. Tan intensa
Acerqué mis afiladas garras…
No pude devorarte aquella noche
Aunque quizás lo haga mañana

A-Microcuento – Sueño profundo

Dormia profundamente. Tan profundamente que no habría sido capaz de sacarla de su sueño ni el mismísimo Armagedón. De hecho, no lo hizo. Al despertar se encontró completamente sola en aquel mundo en ruinas.

El mar invertido

¿Has visto el mar invertido?

¿Sientes la fuerza de sus olas allá arriba?

¿Hueles el aroma a salitre de su silenciosa espuma?

¿Notas las gélidas gotas que se incrustan en tu piel mientras las lejanas aguas se retuercen de furia?

¿Escuchas el silencio que precede a la tempestad?

Hoy amaneció el mar invertido.

Cubriendo el mundo con agitadas ondulaciones grises.

La tormenta esta cerca y será mejor encontrar refugio.

Si este existe para nosotros.

___***___

La boda


Gusta el poeta versar que el amor todo lo puede. Que no tiene barreras ni límites. Que puede aprisionar a cualquiera sin importar edad, estatus o raza. Que ciega y a la vez hace contemplar el mundo con otros sentidos.

Todo eso dice el poeta y puedo dar Fe de que no pueden ser más ciertas sus proclamas.

El y yo. Dos mundos contrarios. Alejados. Dos existencias opuestas. Dos caras de una moneda. Dos locos enamorados que cometieron la locura de mantenerse juntos soñando con hacer posible lo imposible. De darse la mano algún día y avanzar contracorriente hacia el manantial de los prejuicios que nublan la mente de este mundo sordo, mudo y ciego. Vacío.

Y ha llegado el momento. El día más largo. El momento que siempre he soñado. El que llevamos incontables años esperando. Conocernos y ante un altar decir alto y claro “Si quiero” para dar paso a una nueva realidad eternamente juntos.

Ahora que una corona de flores blancas y rosas rodea mi pelo reseco encanecido por el pasar de los años. Los lustros. Siglos de soledad. Insoportable soledad.

Ahora que visto de blanco inmaculado cubriendo la pálida piel con ese tenue azul tintado. Con el velo cubriendo mis rasgos. Mis labios y el irresistible deseo de vestir a mi futuro esposo de besos. Y sentir su corazón latir por los dos desbocado.

Llega la hora. Como es tradición, el novio espera en el altar a la novia. Su fiel compañera en la vida o en la muerte. Para siempre.

Agarro la cola del traje y bajo la empedrada escalinata solemnemente. El carruaje me aguarda. Oscuro como el ébano tirado por lustrosos corceles negros. En sus cojines de seda roja me acomodo y al chasquido de un látigo furioso comienza el trayecto hacia el anhelado futuro. El viaje más largo. Afuera los nevados caminos y bosques se emborronan, mientras sobre las sombrías siluetas de las copas de los pinos una enorme luna llena sangrienta sonríe. Las ruedas giran. Giran y giran como la cíclica vida que nos aguarda juntos. Si mi corazón pudiese latir, hace tiempo habría estallado, haciendo fluir por mis venas un cálido sopló que templaria mi gélida piel haciéndome sentir de nuevo viva.

Y así, después de una eternidad, el carro se detiene a las puertas de una imponente y olvidada catedral de retorcidas formas, indescriptibles cristaleras  de mil colores y macabras efigies adornando sus pétreos muros. Gárgolas suspendidas en cada esquina sosteniendo carámbanos con sus grotescas lenguas bajo los puntiagudos tejados de pizarra cubiertos de nieve. Y la puerta como una enorme boca abierta de par en par dejando que la ventisca haga de testigo de mi triunfal entrada.

El largo pasillo escoltado por hileras de bancos de madera carcomidos está adelante, prácticamente vacío. Una única figura erguida ante el altar, entre las sombras, espera pacientemente a su amada. Su idealizado amor. Acelero el paso, y el eco de los tacones resuena entre las vigas de madera y antiguas cúpulas de piedra.

Al fin puedo contemplar su rostro. Después de tantos años de correspondencia. De espera.

Un hombre cultivado, de unos cuarenta años. De rasgos afilados. Noble sin duda. Enamorado de mis cartas. Mis confesiones e historias de amor verdadero. Poemas de amores de ensueño. Puedo leer su rostro. Reflejo del Alma. Desencajado. Mezcla de miedo, horror y repulsa. Más todo se acaba aceptando si es el amor quien lo ha preparado. Con el repicar de las campanas en las montañas y un beso, en unos instantes estará al igual  que yo muerto. Viviendo la eternidad junto a su auténtico amor. Aquel que carta tras carta escribia versos como estos:

Amor mío
Mi sueño eterno
Bajo una fría luna de invierno
Unamos al fin nuestros cuerpos
Por siempre
Y que jamás
Echemos en falta ese deseo
Que busca arder dentro
Muy adentro.

___***___

Para Carmen.
¡Feliz cumpleaños!