En una clase del pueblo de Otar

por Bufón loco

Juan y Javier, dos experimentados policías no pueden imaginar el horror que van a encontrar al echar la puerta abajo de la clase de segundo de primaria del único colegio del casi olvidado pueblo de Otar.

Un brusco empujón y la puerta cae pesadamente reventados sus goznes.

Bastan unos segundos para asimilar la escena y que los dos fornidos hombres caigan rendidos. Juan siente náuseas y vomita contra el suelo como jamás lo hizo. Javier siente su cabeza dar vueltas y se apoya en el marco para no caer ante los temblores involuntarios de sus piernas.

Cascadas de sangre chorrean por las paredes ocultando con su espeso fluir los dibujos infantiles. Del techo caen goterones del líquido carmesí sobre el lago sembrado de restos de cadáveres descuartizados aún frescos de lo que debían ser los niños y la profesora. Y en mitad de aquélla repulsiva escena un cuerpo menudo bañado completamente de sangre está erguido iluminado por la rojiza luz que entra a través de los cristales. Mira hacia el infinito con los ojos idos y sonríe mostrando lo único blanco y brillante en aquel escalofriante escenario: una hilera de afilados y antinaturales dientes.

Cuando logran recuperarse del shock los dos policías se acercan al niño y lo alejan cuidadosamente del escenario del brutal crimen. Ellos no son nadie para juzgar los sanguinarios actos de la encarnación del Dios del mal que la vecindad había aceptado adoptar y proteger, y menos cuando lo ha hecho por miedo a suspender uno de esos estúpidos exámenes sorpresa.

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