El observador

por Bufón loco

Tiays tenía el trabajo más aburrido del universo. Era lo que comúnmente llamaban “Observador” y su misión era exactamente eso, observar durante interminables horas pantallas en una sala oscura, para al terminar la jornada emitir un informe a DIOS. En concreto Tiays estaba destinado a observar un pequeño planeta situado en un alejado sistema solar que contenía vida llamado Tierra. Vida artificial creada por DIOS hacia millones de años como experimento para mejorar la producción de alimentos en entornos insalubres. En el caso de su destino, el experimento salió según lo previsto, a excepción de la extraña evolución de una especie homínida que desarrollo algún tipo de pseudo inteligencia. Tan extraña fue esa mutación (Porque no podía tratarse de otra cosa) que DIOS destinó un puesto permanente allí para el estudio de esa especie y su avance respecto al mundo que habitaba.

En el tiempo que llevaba Tiays allí trabajando esa evolución había sufrido una brutal aceleración. Los seres habían construido acristaladas ciudades, volaban en vehículos alados , surcaban el terreno con interminables redes de carreteras, destruían los recursos sin ningún tipo de responsabilidad, guerreaban entre ellos por dominar terrenos, recursos o únicamente por impulsos… Posiblemente se trataba de la plaga más devastadora de la galaxia. Por suerte su esperanza de vida era demasiado corta como para extenderse a otras galaxias habitadas.

O eso pensaba Tiays hasta que un día recibió un mensaje directamente de DIOS.

DIOS era la Inteligencia Artificial que movía los hilos del universo. Nadie recordaba como ni quién la creó, pero desde siempre se había movido a través de la red estelar solucionando cualquier problema gracias a sus infalibles dotes de cálculo y análisis de situaciones complejas. Sólo existía el registro de un error en sus acciones, pero se auto solucionó tan pronto que apenas nadie noto la desaparición de un cúmulo de estrellas habitado por la extinta raza de los Brogs que durante su existencia eran tratados como ratas galácticas. Así que incluso sus errores parecían ser beneficiosos para la comunidad galáctica.

El recibir órdenes directamente de DIOS era un enorme orgullo y responsabilidad así que desde el primer instante que Tiays vio la parpadeante señal se puso nervioso de pensar lo que implicaba si cumplía correctamente sus tareas. Retiro anticipado con paga vitalicia, vacaciones pagadas, tiempo libre con su familia y entrar a formar parte de la historia del universo. Los niños estudiarían en la escuela su forma de actuar y el resultado.

El mensaje rezaba:

“Los humanos están desarrollando la tecnología de teletransporte y viaje cuántico. Esto pone en peligro la propia existencia de los seres del universo. No ahora, pero los cálculos indican que si viajan será inevitable el fin. Su misión: ELIMINE LA AMENAZA INMEDIATAMENTE. Su colaboración será enormemente recompensada. Atentamente: DIOS”

Tiays sonrió. Llevar a cabo esa acción desde su puesto era pan comido. Pulsar un botón y listo. Amenaza eliminada y renacer como leyenda. Acudió raudo a su puesto de control y abrió la cobertura del botón de limpieza planetaria.

Apoyo el dedo ejecutor y antes de actuar decidió hechar un último vistazo a las pantallas que habían su contacto con ese mundo durante los últimos diecisiete años solares.

Las imágenes que se sucedían sin descanso eran las de siempre, las de un mundo salvaje tejido con marañas de comportamientos erráticos y brutales con un único fin: “El pez grande se come al chico”. Base de la evolución. Y así fue pasando indiferente la mirada por pantallazos de guerras, asesinatos, violaciones, terrorismo, pobreza, miseria y corrupción en todas sus variantes.

De casualidad llegó a una pantalla que mostraba algo fuera de lo común en esos entresijos de animalismo salvaje. La imagen de una niña pequeña vestida con un vestido blanco cogiendo flores en un infinito campo salpicado por el color. Esa niña desprendía inocencia y su sonrisa demostraba el desconocimiento de lo que ocurría más allá de su burbuja. Tiays detuvo la mirada ahí y reaccionó poniendo un gesto triste. La tristeza de saber que esa inocencia se tornaría brutalidad como siempre ocurría con esa especie animal.

No se paró a mirar más pantallas. Pulsó el botón y las imágenes ardieron en crepitantes llamas. Inmediatamente escribió su último informe para DIOS y se dirigió a puerta donde le esperaba su viejo sombrero cubierto de polvo y el transbordador que le llevaría de vuelta a casa.

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