Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Mes: octubre, 2018

El mal interior

-Haria lo que sea por tí- La dije arrodillado.

Un clásico, lo sé, pero pienso que para declarar el amor lo mejor siempre han sido las típicas acciones. No dan lugar a error de interpretación y presionan a la otra parte a dar una rápida respuesta. Es cierto que si la respuesta es negativa te deja en evidencia, pero a veces hay que arriesgar. Jugarse el todo por el todo sin temer el resultado.

En ese momento lo hice y salió bien.

Ella me miró con esos ojos grises e imperturbables que siempre me han vuelto loco y sonriendo dijo: -¡Si quiero!- Se agachó y me abrazó con fuerza. Con más fuerza que nunca.

Esa fue la primera vez que me estremeció y no precisamente por la emoción de conseguir lo que siempre había deseado. Juro que justo en ese instante fue cuando percibí la maldad que habitaba en su interior. No fue un gesto ni una mirada, si no un presentimiento. Como ver una sombra escabullirse al filo de donde alcanza la mirada y al girarse hacia allí comprobar que no hay nada.

Me estremeció, sí, pero ese presentimiento me excitó aún más de lo que había podido excitarme hasta ahora ninguna mujer. Y eso ella lo notó. Esa noche follamos como endemoniados.

A partir de ese día pase a ser su esclavo. Cualquier cosa que ella me pidiera tenía la imperiosa necesidad de realizarla. En muy poco tiempo ella supo sin lugar a dudas que me tenía atrapado sin escapatoria y que a un simple silbido suyo acudiría como un perro fiel.

Fue en ese momento cuando sacó a relucir esa maldad suya que tanto me excitaba y que mantenía oculta bajo su apariencia de mujer elegante y educada.

– Vamos a asesinar a alguien.- Me dijo sin apenas inmutarse ni cambiar la modulación de su voz un día en que nos encontrábamos tumbados en la cama reposando después de una larga sesión de sexo.-No importa a quien ni como, pero quiero saber que se siente aplastando una vida.

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. ¿Matar a alguien?. No se me había pasado algo así por la cabeza jamás, pero escucharlo saliendo de sus labios hizo que supiera en lo más profundo de mis entrañas qué siempre lo había deseado. Y si encima era ella quien lo pedía. ¿Quién soy yo para negarme si no soy más que su fiel siervo?

La abracé fuertemente y la besé salvajemente como queriendo devorar su boca para indicarla que mi respuesta era afirmativa. Un abrazo que se transformó en un nuevo amasijo de gemidos, sudor y fluidos.

—***—

No tardó muchos días en elegir una víctima. Se trataba de un joven de unos treinta años que vivía a unas pocas manzanas de nosotros. Soltero. Con pocas amistades. Sin mucho éxito con las mujeres. Con un trabajo de mierda… Comprendí en un instante lo fácil que la resultaría atraparlo en su fina tela de araña.

Esa mujer me volvía loco.

El plan era simple. Ella lo conocería en el pub que frecuentaba los jueves. Lo hechizaría como solo ella sabe hacerlo y lo traería discretamente a casa. Aquí estaría yo esperando para atraparlo y hacer con el lo que nos venga en gana con mortales resultados. Solo de pensarlo me hacia un amasijo de nervios por el ansia de poner el plan en marcha.

Llegó el jueves noche.

Ella se fue al pub y yo me quedé sentado en el sofá viendo “Reservoig dogs” y tomando una copa de vino. Inspiración para el futuro inmediato. Por supuesto la concentración se fue perdiendo según pasaban los minutos. ¿Qué estaría haciendo?

Por mi mente empezaron a desfilar imágenes de un oscuro antro con el hombre sentado en la barra tomando un whisky de garrafón con hielos. Ella se acerca y le mira descaradamente. Apolla la mano en su pierna y le susurra algo al oído. Luego pide un “Gin tonic” y se dirige sensualmente hacia una oscura e intima esquina del bar. El la sigue. Hablan, pero no tardan mucho en empezar a acercar sus cuerpos. Algún beso. El saca valor y comienza a acariciar sus curvas. Caricias cada vez más intensas que se van tornando en descarado magreo. Ella se ríe y le para en seco. – ¿No será mejor que continuemos en un lugar más íntimo? Vivo muy cerca.- Le guiña un ojo. Ella ordena y el obedece. Siempre es así.

Vuelvo a la realidad. Suena la cerradura.

¡Están aquí!

Me preparo para recibirles irguiéndome con celeridad. Caigo al suelo con el mismo ímpetu que me he levantado. Todo el mundo gira a mi alrededor.

¿Qué ha pasado?

Ella por supuesto tiene la respuesta. La muy zorra lleva el mal en su interior. ¿Porque iba a confiar en un gilipollas como yo?

Veo sus zapatos de tacón acercarse entre las brumas de mi mente dando vueltas. Se paran justo a mi lado. Sigo la línea de sus largas piernas hasta más allá de su ceñido vestido rojo de fiesta. En sus manos lleva un hacha de cocina que brilla bajo la luz de la lámpara de araña del salón. Me mira fijamente con sus imperturbables ojos grises. Sonríe.

Esa mujer me ha atrapado hasta las últimas consecuencias. Mientras baja a toda velocidad el hacha no puedo evitar pensar en lo mucho que me excita ese mal tan puro que palpita dentro de ella.

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Niebla en la terraza

Hoy al despertar el mundo ya había perdido su color. Una espesa niebla cubría todo.

Lo cierto es que debí ser de los últimos en enterarme, ya que me desperté tarde. Es lo que tiene demasiado vino en soledad y estar desocupado. Como resultado una resaca que me hacia avanzar a tientas por las sombras de la casa evitando cualquier resquicio de luz que pudiese hacerme estallar la cabeza.

Vomite las entrañas, me tomé un Ibuprofeno y me dirigí a la cocina para prepararme un café bien cargado. Al terminar el ritual no se puede decir que estuviese perfectamente, pero al menos me encontré lo suficiente despejado como para arriesgarme a subir la persiana del salón.

Fue en ese momento cuando vi la niebla. Tan densa que apenas podía ver la barandilla de mi pequeña terraza a un metro de distancia. Creo que nunca había visto algo así, pero como cada día se ve que el clima es más impredecible tampoco me extrañó. Es más, me llamo tanto la atención el gris dominante del exterior que quise salir a comprobar que ocurría fuera.

Era fría y húmeda. Un muro casi impenetrable que ocultaba cualquier resquicio de visibilidad. Me acerqué y me asomé a la barandilla para ver la calle. Una intención vana ya que en ese momento lo único que parecía existir en el mundo éramos yo y la niebla. Ni siquiera parecía que el sonido pudiera atravesarla ya que el silencio era tan absoluto en ella que casi era doloroso. Como tener sordera completa. Creo que incluso grite un “Hola” que no pareció salir de mi garganta, o si lo hizo quedó enmarañado entre la nebulosa.

Al girarme para regresar a casa no vi la entrada. Era increíble como en unos instantes la niebla se había vuelto aun más espesa y fría. Extendí los brazos para palpar la puerta pero no encontré nada. Estaba ahí, estoy seguro. Seguramente la resaca me desorientó ya que el mareo aún no se me había ido del todo. Me puse a dar vueltas con los brazos extendidos para dar con una referencia pero nada.

¿Como era posible?

Mi terraza es minúscula, esto no puede estar pasando. Me empecé a poner nervioso. Grité pidiendo auxilio pero el sepulcral silencio fue la única respuesta.

Han pasado tres horas y sigo perdido entre la niebla en mi terraza de tres metros cuadrados. Desorientado y sin posibilidad de encontrar la entrada a mi casa. Con las ropas empapadas, tiritando de frió tirado en el suelo y con las manos entumecidas. Solo pido que esta situación sean los delirios de alguien postrado en una cama incapaz de despertar de una pesadilla. Si no es así mi destino ya se está escribiendo en alguna página de sucesos. Una cuenta más en los desaparecidos por el inusual temporal de niebla.

La última hoja

Mira esa última hoja en el viejo y gris árbol desnudo.

Viene a decirnos que finalmente llegó el frió

Vacilante y oscilante aguanta cuando todas las demás se han ido.

Pero caerá como todos caemos.

Caerá y será pisada.

Caerá pero no importa nada.

Cuando el invierno se haya ido nuevos brotes nacerán.

Brotes de verdes hojas, llamativas flores y brillantes frutos para colorear el mundo.

Después de todo, todo es un ciclo.

Un ciclo monocromo y multicolor que sueño siga repitiéndose a pesar de nuestros errores.

El náufrago

Zarandeado por las olas llega hasta la blanca arena donde es depositado por la marea como un niño dormido.

Un cuerpo inconsciente que a duras penas logra que el oxígeno entre en sus pulmones.

Pero lo logra.

Expulsa instintivamente el agua salada que le tapona el sistema respiratorio.

Su pecho sube y baja acompasado.

Al principio sin freno.

Necesita respirar lo no respirado.

Se va calmando.

Su hálitos son los de un niño plácidamente soñando.

El sol de mediodía calienta sus entumecidos brazos.

Sus piernas.

Sus manos.

Sus dedos reaccionan.

Se flexionan.

Sus pupilas se asoman por la rendija que dejan los párpados.

El mundo se va enfocando.

Un cielo azul.

Unas nubes blancas.

Gaviotas contra el cielo planeando en la distancia.

Y el incesante susurrar de las olas acariciando la arena.

Despierta

Los harapos empapados pegados a su piel hacen que sus movimientos sean calmados.

Le duelen los músculos de la violencia con la que las aguas le arrastraron.

Logra sentarse sobre la arena.

Mira su alrededor mareado.

¿Qué ha pasado?

Está en el paraíso.

No recuerda como ha llegado.

No recuerda la tormenta.

Ni la furia del mar golpeando.

No recuerda esa pequeña patera.

Ni su intento de cruzar un océano.

No recuerda a su familia.

Ni los gritos desesperados.

No recuerda sus cuerpos sin vida sobre las aguas flotando.

¿A cual se agarró para ponerse a salvo?

Mira un horizonte que se oscurece en tonos rosas y anaranjados cuando el sol se va ocultando.

Sentado sobre la arena con la cúpula de estrellas allá arriba girando.

Pobre niño perdido que soñó con una nueva vida en un país lejano.

¿Esa es la vida que había soñado?

En cualquier caso…

Esa nueva vida a comenzado.

Última llamada

Es tan doloroso despedirse para siempre de quienes quieres.

Saber que jamás volverás a ver sus rostros.

No escucharás sus voces, ni compartirás sus silencios.

Todo quedando relegado a una pequeña parcela de tu memoria que irá llenándose según pasen las estaciones de maleza y malas hierbas hasta que su significado sea una imagen distorsionada de lo que realmente fue.

Es tan difícil dar cada paso que te lleva a realizar está última llamada.

Te paras un segundo frente al teléfono.

Respiras profundamente.

Llega el momento de hacer lo que has venido a hacer.

Buscas y rebuscas unas monedas por tus bolsillos. No necesitas mucho saldo, será rápido y doloroso.

Descuelgas el auricular y compruebas que hay señal ya que estas viejas cabinas de teléfono en muchos casos ya ni funcionan.

El pitido plano te taladra la cabeza.

Hazlo.

Introduces las monedas en la ranura temblando. Te sobresaltas con el sonido del metal cayendo en el depósito vacío. Debe de hacer siglos que nadie utiliza este aparato. Posiblemente tú seas el último.

La pantalla digital llena de píxeles muertos muestra que puedes hacer la llamada.

Hazla.

Mecánicamente marcas los números y esperas que dé señal.

Un pitido.

Silencio.

Dos pitidos.

Si…

-¿Si? ¿Quién es?- Pregunta su voz al otro lado del teléfono. Esa misma voz con la que has compartido risas y lloros.

Te quedas paralizado. Sabes que serán las últimas palabras que pronuncies. Que algo se habrá roto para siempre cuando el sonido escape de tus labios.

Respiras profundamente. Te escucha. Sabe que estás ahí.

-Yo…- Los sonidos resisten a salir, pero sabes que lo vas a hacer. Lo has pensado tanto tiempo que ahora no puedes echarte atrás. -Lo… Siento.

Una lágrima se te escapa al decirlo.

-¿Porque…?- No dejas que termine la pregunta.

Pitido plano.

Lo hiciste.

¿Porque lo hiciste?

Mi biblioteca musical

Aquí mi biblioteca musical en fotos. Viene a sustituir las anteriores entradas que además de requerir muchas fotos, eran poco prácticas al estar en varias entradas.

¿Quieres mi opinión de alguno de los discos?

Simplemente pregunta estaré encantado de responder.

Espirales

Reconozcámoslo, vivimos danzando en espirales con punto de fuga común.

Tu y yo.

Tan cerca o distantes como quiera el giro del destino situarnos.

Al alcance de la mano o siluetas difusas entre la niebla de la distancia.

¿Recuerdas cuando coincidimos en el origen?

Ocurrió hace tanto tiempo, y lo recuerdo tan claro.

Solos tu y yo.

Nuestros cuerpos coincidiendo en el centro del universo en un instante concreto, único e irrepetible.

Colisión de puntos en la tangente formando una fusión vital.

Tan intensa que la energía se disipó en el aire despidiendo nuestros fragmentos en todas direcciones.

Alejándonos para siempre formando espirales.

Cada vez más amplias.

Y cada vez más alejados del origen que nos generó:

Tu y yo unidos en esa espiral que nos hizo olvidar todo llamada pasión.

Esas motas de polvo

Jugábamos en el suelo como siempre que no era posible salir al parque.

En la calle soplaba fuerte el aire e iba arrastrando consigo las doradas hojas que comenzaban caer.

Durante todo el día una tenue e incesante llovizna había estado cubriendo el gris paisaje otoñal de la calle.

Llegó la tarde. Justo la hora en que la luz del sol se suele tornar ardiente e intensa antes de desvanecerse y dejar paso a la noche.

Un casual claro entre las nubes nos hizo partícipes de la magia de ese momento cuando por las cristaleras del salón comenzaron a entrar inclinados e intensos rayos de luz que contrastaban con las sombras que nos envolvían.

Minerva se quedó mirando el haz de luz y con su alegre voz me preguntó: -¿Qué es eso que vuela?.

Miré hacia donde señalaba y estuve a un paso de responder lo obvio: “La luz del sol en la ventana”. Pero caí en que ella no se refería a eso.

Se refería a las motas de polvo en suspensión que parecen cobrar vida en esos rayos de luz.

Cualquiera que se haya molestado en observarlos coincidirá conmigo en lo hipnótico de su movimiento, sus irregulares formas y sus brillos como sacados de un sueño.

Es solo polvo.

-Polvo de hadas mi niña.- Respondí mientras la arrimé a mí en un abrazo.-Lo dejan tras de sí para dejar constancia de su existencia, ya que son invisibles para nosotros.

Minerva no pregunto más. Se quedó mirando en silencio buscando hadas hasta que finalmente se oscureció todo. Todo ese tiempo con la preciosa sonrisa de una niña con la convicción de que lo que había respondido era real.

¿Y quién soy yo para decir que no lo es?

Gotas de lluvia

Siempre adoré el sonido de las gotas de lluvia golpeando en la ventana.

“Plik, plik plik, plik, plik…”

Maravillosamente arritmico y a su vez en esencia musical.

Sinfonia de partitura errática e irrepetible cada vez que es interpretada durante un temporal.

Cuando suena el mundo se silencia, se desvanece.

Nada lo perturba.

Incluso la jungla del asfalto queda en el más completo abandono al compás de esa inigualable oda a la soledad.

Ocupo mi butaca.

Me relajo.

Se atenua la luz.

Cierro los ojos y me abandono al sueño de la eterna sonata de la lluvia en la ventana.

El mar invertido

¿Has visto el mar invertido?

¿Sientes la fuerza de sus olas allá arriba?

¿Hueles el aroma a salitre de su silenciosa espuma?

¿Notas las gélidas gotas que se incrustan en tu piel mientras las lejanas aguas se retuercen de furia?

¿Escuchas el silencio que precede a la tempestad?

Hoy amaneció el mar invertido.

Cubriendo el mundo con agitadas ondulaciones grises.

La tormenta esta cerca y será mejor encontrar refugio.

Si este existe para nosotros.