Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Mes: septiembre, 2018

La ventana

Todos los dias al despertar me asomo a la ventana.

Paso horas asomado observando vidas ajenas. Moldeando el como estas me verán.

Viajando ensimismado entre las corrientes cambiantes sin destino fijo. Que giran y giran en un circulo reiterativo de imágenes, palabras y sonidos.

Miles de mundos prefabricados al alcance de la mano.

En realidad inalcanzables.

Al cerrar los ojos en la oscuridad de la noche siempre me quedo pensando en la ventana. En todo aquello que pierdo por no poder estar observando mientras sueño.

Tal vez llegue el dia que pueda apartar la mirada de esta ventana y descubrir que alrededor gira mi propio mundo.

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El caballo que quería volar

El caballo que queria volar.jpg

Un borrón en la distancia era cuando galopaba a toda velocidad por las verdes praderas.

Una mancha marrón dejando surcos entre la oscilante hierba salpicada de las multicolores pinceladas de la primavera.

El mas bello equino intentando vencer el aire.

Cortando el viento.

Desafiando los elementos.

Más desde potrillo, el corcel tenia un sueño.

Correr.

Trotar.

Galopar.

Volar hasta alcanzar el cielo.

Pastar entre las nubes.

Asomarse y ver el mundo encogido ahí debajo.

Saber que se esconde detrás del horizonte.

Formar entre los pájaros que viajan al norte.

Pintar estelas en el profundo azul del día.

En el negro azabache de la noche.

En los fuegos que arden coloreando las auroras y zenits del imperturbable ciclo del día.

¿Un sueño?

Tan veloz viajó aquel día que casi sin darse cuenta

Al final de la noche estando apunto de desfallecer del cansancio.

Llegó al borde de un inmenso lago.

Sediento se metió en las frías y calmadas aguas para refrescar sus patas y calmar la sed.

Cerro los ojos y bebió con el sonido de las aguas, el viento y el graznido de una lejana urraca como acompañantes.

Calma y libertad.

Al sacar la boca del agua y abrir los ojos se encontró en medio del cielo.

Formaba parte de un amanecer.

Petrificado observó como el sol nacía imperturbable cerca de él.

Como los únicos retazos de tierra visibles formaban parte de horizontes lejanos.

Como una nubes tormentosas se alejaban y se escondían detrás de las montañas.

Como un infinito arco iris enmarcaba la estampa mas maravillosa que jamás observó.

El espejo que eran las aguas del lago le habían sumergido en el cielo.

Y el caballo se encontró en mitad de la inmensidad viviendo su sueño.

—***—

Para Héctor

10 céntimos la bolsa

Bolsa de 10 centimos

Estoy cansado de trabajar. Siempre la misma rutina. Despertar. Ducha. Vestir. Desayunar. Correr para no perder el autobús. Correr para no perder el metro. Fichar. Nueve horas frente al ordenador. Coger el metro. Coger el autobús. Llegar a casa. Ponerse cómodo. Cocinar la cena y la comida del día siguiente. Cenar. Ver una serie aburrida. Dormir…

Necesito un cambio en mi vida. Voy a romper la rutina. Voy a ganar el tiempo que me roba la cocina. A partir de mañana comienzo a comer fuera.

HORA DE LA COMIDA

He pedido por teléfono en el bar de abajo un plato de pollo en salsa. Lo tienen listo a las 14:30. Suelo comer mas pronto pero no importa. Ruge mi estomago pero ya es la hora. Bajo.

El bar es una pequeña taberna que no da abasto sirviendo comidas. Platos abundantes. Buenos precios. Sabrosos. Y grasientos, muy grasientos.

Me abro paso hasta la barra. Mi plato esta listo. Un enclenque plato de plástico blanco cubierto con papel de aluminio. Rezuma grasa y salsa de tomate por todos lados.

-¿Quieres una bolsa? Si la quieres te tengo que cobrar 10 céntimos. Ya sabes, la nueva ley.

-No gracias, Como trabajo dos pisos arriba, aunque me pringue un poco las manos no me importa.

-Como veas. Son 4 Euros y medio.- Lo dice indiferente pero me parece ver que se le marca una inapreciable sonrisa.

Pago y salgo con el plato en las manos. Esta caliente. Arde. Muevo los dedos de forma paulatina como si tocara un piano para evitar que el dolor valla a mayores. Me viene a la mente un lejano recuerdo en la casa del pueblo de mi abuelo. La tarde que me metí debajo de una mesa con un brasero encendido. Humo y olor a piel quemándose. Lloros. Esto ni se acerca.

Llamo con el codo al ascensor como puedo mientras mis dedos siguen tocando la melodía de la salvación. Noto como una gota de grasa cae sobre la palma de mi mano. Por supuesto el plato esta roto.

Llega el ascensor. Son solo dos plantas y un pequeño pasillo hasta llegar al comedor y respirar aliviado. Un hilo de grasilla va desfilando por mi mano, acercándose al borde.

Voy solo en el ascensor. Se cierran las puertas. Comienza el ascenso. Respiro. Se para en la primera planta. Se abren las puertas. Un pequeño contratiempo.

-Buenas tardes.- Quien saluda es una despampanante mujer. Deseo de cualquier hombre. Un vestido ceñido color negro a unas curvas peligrosas y tacones. Pelo “Pantene” dorado y unos ojos de gata color turquesa protegidos con un cerco de largas pestañas que parecen desafiar las leyes de la naturaleza. Sus labios de ensueño se tuercen en una mueca de asco cuando observa como un chorretón de aceitoso fluido practica caída libre desde mi mano.

Stop motion.

El hilo, siguiendo las leyes de Newton comienza la aceleración con el suelo como destino. ¿Suelo? El ascensor es pequeño. La mujer esta demasiado cerca. La trayectoria es clara. La curva de sus caderas albergan la pista de aterrizaje. ¿Puedo evitarlo? Sentidos en alerta. Músculos en tensión. El cerebro da la orden. La máquina mas perfecta de la naturaleza activa en menos de un nanosegundo el movimiento más rápido que puede realizar un ser vivo. Reflejos imposibles.

Vuela el plato mientras mis brazos se extienden para apartar a la mujer. Sus carnes se estremecen ante mi contacto. El papel se abre. Pedazos de pollo en salsa quedan suspendidos en el aire. Se masca la tragedia.

El tiempo vuelve a correr y la física actúa. Pollo en salsa nos riega. La mujer grita histérica mientras la grasa impregna y resbala sobre su cuerpo. Se abre la puerta. actúo. Salgo corriendo y bajo por las escaleras como un rayo mientras la grasa impregna y resbala sobre mi cuerpo.

Me dirijo al bar y me abro paso entre la gente a empujones. Los que no se apartan acaban llenos de grasa. Es una urgencia. Llego ante el camarero.

Las palabras me salen a trompicones. -Por favor deme una bolsa-

-Te tengo que cobrar 10 céntimos. Ya sabes la nueva ley.- Dice mirándome con prepotencia y burla en su rostro.

Busco en el bolsillo. Hay suerte. La moneda aguarda mi contacto. La deslizo afuera de su refugio, extiendo la mano y me despido de ella. Me entrega la bolsa. Una triste bolsa de plástico blanco casi inapreciable que da la impresión de que se desgarrará o deshará en cualquier instante. 10 céntimos.

Stop motion.

Mis neuronas emiten una descarga eléctrica imprevisible. Sentidos en alerta. Músculos en tensión. Lanzo mis brazos. Mis manos agarran su cabeza. La giro. Escucho el crujir de sus vertebras. Introduzco violentamente su cabeza en la bolsa. Siento ojiplaticas miradas clavándose en mis acciones. Escucho voces y gritos. Siento que me agarran intentando evitar lo inevitable. La bolsa se llena de aire. Se vacía. Intenta liberarse de mi presa. Aprieto la bolsa contra su rostro. Son segundos. La respiración va disminuyendo. Un ultimo aliento. Se apaga. Todo se funde en negro.

Una vida vale 10 centimos.

La Diosa

Bailando con la Diosa

Una blanca silueta femenina perfilada entre la tenue bruma de la madrugada con el pelo de plata cayendo suavemente como una cascada.

Libre y salvaje.

Un negro profundo salpicado de moribundas estrellas como telón de fondo.

Y en la distancia el sonido del mar golpeando las rocas.

Un halo de mágica luz blanquecina parecía envolver su cuerpo desnudo como la sombra adherida a sus gráciles y lentos movimientos.

Paralizado por el hechizo de la belleza, observé durante horas su armoniosa danza bajo las estrellas.

Horas que probablemente fueron segundos.

Segundos grabados a fuego en mi memoria que se repiten constantemente para recordarme que una vez pude estar en contacto con lo divino.

A solo unos metros.

Si hubiese podido caminar habría podido acercarme y estrechar su mano.

Sumergirme en sus profundas pupilas de otro mundo.

Besar espontáneamente sus labios.

Y bailar.

Estrechando su cuerpo contra el mio en un baile eterno hasta que nuestras respiraciones, latidos y deseos se fundieran en una única entidad.

Hija de la luna o de alguna estrella.

¿Volveré a verte?

¿Podré sentirte?

¿Acariciarte?

¿Al menos soñarte?

Somewhere in the Planet Marzipan

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Finalmente llego el día en que el último disco de estudio que me faltaba de Marillion llego a ocupar su merecido lugar en mi colección de discos. Y para celebrar este hito traigo una “playlist” de Spotify en la que incluyo entre 1 y 3 temas de cada disco. En concreto las canciones que personalmente prefiero. Horas y horas de grandiosa música en orden cronológico para que se pueda apreciar la increíble evolución a lo largo de los casi 40 años de vida del Mejor grupo de la historia.

¡Enjoy!