Somewhere in Providencia

Esta isla del tesoro perdida y olvidada en el inmenso océano es para ti

Pequeña fábula de Minerva

Minerva

Sentada sobre un tocón en un bosque olvidado
Descansa Minerva de su madrugador paseo.
Los pies descalzos sobre hierba con perlas de rocío.
El murmullo de un riachuelo manando.
Chispean hojas de cobre, plata y oro.
Se mecen.
Danzan un último vals ante la inminente llegada del frío.
Tocan el suelo y descansan.

Desde lo alto de una vieja rama.
Un mochuelo la observa, la llama.

No te duermas Minerva, pues se acerca el alba.
No te duermas Minerva, vive la mañana.
Escucha Minerva, el silencio romperse.
No dejes que el despertar del nuevo día
Se lleve consigo los sueños.
Las alegrías.
El resplandor de las estrellas,
Su reflejo en las calmadas aguas.
Las caricias de la brisa.
El canto de los grillos
El bostezo de los niños…

El sol se asoma tímidamente entre las ramas.
El mochuelo cierra los ojos y sueña.
Minerva se despereza,
Se pone de pie.
Camina.
Abrazando un nuevo día.

El bufón loco

Triste la vida de un bufón loco.

Pasaba entre los asistentes haciendo cabriolas y piruetas. Las risas de los adinerados comensales contrastaban con el maquillaje barato dibujando un semblante decadente en sus deformes rasgos. Era el hazmerreír de la fiesta y entre tanta burla se camuflaban gestos de repulsa y cuchicheos sobre su grotesco aspecto. Un mal trago que terminó cuando el vino animó las lenguas de los asistentes y su interés se centró en las aburridas anécdotas de un noble de tercera que presumía de hombría y escarceos sexuales con el servicio mientras su esposa se revolcaba en el heno con los fornidos esclavos negros.

Aprovechó el descanso y se alejó disimuladamente por uno de los corredores. El que comunicaba con los establos. Había dejado todo dispuesto para la huida y aquél era el mejor momento. Nadie repararía en su desaparición hasta bien entrado el día siguiente cuando estuviese a muchos kilómetros de distancia. Cuando encontraran muerta por envenenamiento de Yocaina a toda la “creme de la creme” de la sociedad sobre la mesa de aquella elegante cena de alta alcurnia.

En su rostro se perfiló una siniestra mueca y rio.

“Quien ríe el último…”

Microcuento – Dioses

Ahora que solo existe caos y destrucción donde quiera que observes, únicamente nos queda ser dioses de nuestro propio nuevo mundo. Crear lo que creemos e imaginar que se hace cierto.

¿Me das la mano y hacemos reales nuestros sueños?

___***___

Resubo este microcuento que podría servir de epilogo a la trilogía de Acrósticos de “El Ritual”. Puedes leerla (o releerla) aquí:

I – La escalera

II – Impío Altar

III – Nuevos dioses

¡Espero que os guste!

Te estoy esperando

Esta noche de luna nueva
No logras conciliar el sueño
Hay algo entre las sombras
Que proyectan las rendijas de la persiana
Que oprime sin compasión tus entrañas

Reina el silencio
Pero en tus oídos
Extraños susurros indescriptibles
Se reproducen a intervalos.

Mira debajo de la cama

Te estoy esperando”

Miras debajo de la cama
No hay nada

¿Nada?

En el epicentro de las tinieblas
Unos enormes ojos observan
Y una demencial mueca
Que simula una horrenda sonrisa
Susurra

“Te estoy esperando”

“¿No quieres en esta solitaria noche
Sentir mi abrazo?”

Tu cuerpo se convulsiona
Con la mente nublada
Los músculos siguiendo otra voluntad
Estiran tus temblorosos brazos
Hacia la impenetrable oscuridad

Un gélido tacto te agarra
Tira con fuerza de tus muñecas
Y te arrastra
Hacia donde tus gritos de dolor
Suenan vacíos y apagados
Y el crujido de tus huesos astillandose
Se diluye entre inaudibles susurros

Te estaba esperando”

“Ahora descansaremos juntos”

Acróstico – Nuevos dioses (El ritual III)

Nuevos dioses despertaron
Un nuevo orden mundial comenzó
El mundo se cubrió de sangre
Volvió un reinado de terror
Ocaso de nuestra podrida civilización
Silencio y olvidó esperan al final

Dolor y angustia es mi único recuerdo
Impío altar replicándose en sueños
Oscuro sacrificio a la luz de antorchas
Sonidos de otros planos crepitando, y
Entre las impenetrables sombras el
Sacrílego ser tentacular elevándose

Acróstico – Impío altar (El ritual II)

Insoportable hedor a sangre seca
Muerte y sacrificio sobre la roca
Palidecieron nuestros rostros
Imágenes de horrendos rituales con
Oscuras manchas pincelando la sala

Altar reposando en lo más profundo
Letanías impías nacen en la cabeza
Todo se tuerce y retuerce alrededor
Acero brillante y afilado en la mano
Regresé de aquel lugar solo, llorando

Acróstico – La escalera (El ritual I)

Lóbrego y angosto era el sendero
A través del nebuloso bosque

Encontramos un acceso oculto
Siniestro agujero entre la maleza
Con árboles secos cubiertos de musgo
Alrededor como antiguos guardianes
Lentamente comenzamos el descenso
Empinada excavación en oscura roca
Rodeados de irracionales grabados, y
Al final de la escalera el impío altar

Esperanza – 21 – Esperanza

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Queridos hijos.

Acabo de recibir los resultados de la prueba de embarazo y sexo. Acabo también de saber que seréis una preciosa parejita, mis hijos. Os escribo estas palabras a sabiendas de que jamás sabréis de ellas. Soy consciente de que el futuro que se presenta ante vosotros no será fácil. Recae al igual que cayó sobre mí, el enorme peso de una especie que lucha a la desesperada por permanecer existiendo. Con vosotros como últimos humanos se abre también la oportunidad de enmendar los errores que nos has llevado a esta absurda situación.

Sois hermanos, sí, y en el mundo del que provenimos se habría visto, debido a los valores morales que allí perduran, como una auténtica monstruosidad lo que estáis obligados a hacer si queréis perpetuar la raza humana. Aquí en el espacio ya no estamos atados a esa moralidad y solo debemos seguir la que nosotros originemos, si bien, me gustaría pensar que el concepto del bien y del mal sigue presente. Quiero creer que la maldad no está instaurada intrínsecamente en nosotros como una voz que intenta guiarnos a la menor oportunidad en la dirección errónea. Quiero creer que somos capaces de erradicarla; de dar autentico sentido a lo que teóricamente representa la humanidad. Dejar atrás la deshumanización que lleva a priorizar la vida de unos sobre otros siguiendo dogmas absurdos como la economía, razas o clases sociales. Utopía lo llaman, y si bien es una ilusión, es mejor vivir intentando alcanzar ese sueño que aceptar sin réplica una existencia basada en lo que impongan los poderosos para mantener sus privilegios. Si la vida es un instante, que al menos brille intensamente.

Cuando nos seleccionaron al hombre que por azar ha resultado ser vuestro padre y a mí para afrontar esta misión, además de cerciorarse de que éramos inmunes al virus que nos asolaba, comprobaron también que nuestra cadena genética era lo suficiente diferente como para que las mezclas entre nuestra descendencia no causasen estragos y deformaciones, al menos durante unas cuantas generaciones; las suficientes como para que sea tan grande nuestro número, que al final llegue a ser inapreciable la degeneración que sin duda en algún momento se producirá. Hay en la nave, nuestro hogar, un banco de semen y óvulos que servirá también para que esto no llegue a producirse.

Doloroso es también tener que renunciar, aunque sea en los primeros compases de esta campaña, al amor. Debemos hacer resurgir el animal salvaje que tenemos hibernando en el subconsciente para aumentar las escasas posibilidades de éxito. Para evitar que se generen lazos sentimentales. Aunque me duela tomar esta decisión, os trataré no como una madre, si no como una estricta tutora que os enseñará todo lo necesario para que podáis sobrevivir y ser felices en la larga búsqueda de un nuevo hogar donde quizás, el sol siempre asome entre las nubes tormentosas. Jamás sabréis del monstruo que fue vuestro padre, o del monstruo en que se transformó vuestro padre.

Se que va a ser un auténtico reto lograr apartar un concepto tan básico como es el amor de vuestras mentes, desgraciadamente es un sacrificio que debemos hacer si queremos que de alguna manera la esperanza se mantenga latente. El amor lleva en demasiadas ocasiones a tomar decisiones erróneas o mal enfocadas, y no quiero que vosotros os veáis abocados al sufrimiento que suele acarrear el desamor o la locura de un amor desenfrenado.

¿Tendré la fuerza de voluntad necesaria para ser capaz de hacer todo esto? ¿La tendréis? Puede que peque de ingenua, pero mantengo encendida esa diminuta esperanza, y esta, junto a lo que representáis vosotros, es mi última y más preciada posesión.

—***—

FIN

Esperanza – 20 – Llegó la mañana

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No llueve. Quizás muy lejos, en algún lugar desolado de la Tierra, si aún queda algún superviviente, alguien esté mirando a través de una ventana llover sobre las aceras mojadas; valorando si pegarse un tiro en la sien o colgarse con un cinturón de alguna viga del techo, pero aquí en el espacio, la lluvia no es más que un recuerdo lejano. Ni siquiera las románticas lluvias de asteroides son tan preciosas si no chocan con una atmósfera que las haga arder; son simples piedras. A través del ventanuco de esta capsula de salvamento que es mi ataúd, solo puedo seguir contemplando oscuridad. Esa oscuridad plagada de estrellas a incomprensibles distancias que siempre nos acompaña. He tardado en acostumbrar mis ojos y distinguirlas, pero no me reconforta su presencia. Están allí, imperturbables en algún lugar indefinido. Para ellas no soy nada. Los hijos de puta como yo para ellas no son nada, aunque también es cierto que la humanidad en sí tampoco lo es. El pasado tampoco es nada y el presente no es más que el heraldo de lo que está por desaparecer. Irónico que toda nuestra existencia se sostenga sobre la nada.

Ahora que sé que la muerte me acecha y hasta puedo sentir su gélido aliento en la nuca, me viene vagamente a la mente la letra de una antigua canción casi olvidada que escuché en los lejanos años ochenta. Su letra traducida, más o menos decía algo así:

“Llegó la mañana y me encontré a mí mismo en el funeral de la niñez que pensé estaba desaparecida. Miré por la ventana y vi una urraca surcando un arcoíris. La lluvia se ha ido y yo ya no estoy solo. Te veo a ti. El niño que una vez amé…”

Bonita canción en una situación así. Irónico su mensaje en un momento como este. El cerebro y sus triquiñuelas para intentar aliviar el sufrimiento y la desesperación; capaz de rescatar de algún rincón del olvido una canción que nadie recuerda y que no se escuchará nunca más; abocada al olvido al igual que yo.

Supongo que un monstruo como yo merece un final como este. Si todos los hijos de puta como yo lo hubiesen tenido, el mundo quizás habría ido en una dirección muy diferente. Quizás yo no estaría aquí, ni Afrodita habría sufrido mi castigo. Aunque ese idílico planteamiento sea una gran falacia. El encargado de condenar al olvido a los de mi condición tendría que ser sin duda otro hijo de puta con voces en la cabeza dictando y justificando sus cruentas acciones. ¿Dónde está la maldita voz ahora que me hace realmente falta? Los minutos se hacen interminables aquí, atado sin posibilidad de moverme mirando la oscuridad estrellada a través del ovalado ventanuco.

Comienzo a tener hambre y sed. Mi boca me trasmite sabor a sangre seca; saliva sin cesar. Lo más lógico es que la muerte me llegue por deshidratación. Las heridas y magulladuras que me ha causado Afrodita no son suficientes para acabar conmigo, aunque sin duda harán más dolorosa la agonía que me espera. ¿Cuánto durará el final? ¿Habrá algo cuando este llegue? Lo dejaré en suspenso, aunque presiento que dará igual. La existencia nunca ha importado nada en este universo imperturbable donde la vida no representa más que una infinitésima porción de su contenido. ¿Existirá alguna forma de acelerar mi inevitable muerte? No me reconforta la idea de morir de sed, haya lo que haya después.

“Arráncate la lengua de un mordisco.”

Mi voz interior; mi única amiga, regresa en el peor momento para auxiliarme.

¡Duele! He gritado de dolor, pero aquí en mitad del vacío nadie puede escuchar mis gritos. Ahora mi boca está llena de sangre que escapa a borbotones por mi boca y resbala por la garganta. Duele y es asqueroso. Noto como mis extremidades pierden fuerzas. El conocimiento de lo que habrá en la otra vida está cerca. La parca afila su guadaña y sonríe. Duele. Cierro los ojos y me abandono al silencio. Es lo único que puedo hacer en este último momento.

“And it was morning…”

** “Childhood End?” – Marillion (1985)

esperanza – 19 – La diosa de la guerra

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Poco a poco recupero el sentido. Intento moverme, pero mis brazos y piernas están fuertemente amarrados. Cuando logró enfocar la visión, Afrodita está ante mí, erguida como la marmórea estatua de una imponente diosa de la guerra. Con su rostro perfecto y severo; observándome con mirada indiferente. En estos momentos para ella no soy absolutamente nada. Seguramente jamás lo he sido y jamás iba a llegar a serlo a pesar de mis delirios de grandeza. Jugué a ser Dios y la realidad me ha devuelto a mi puesto vitalicio de simple mortal.  Duele darse de bruces con la realidad de saber que los sueños casi nunca se hacen realidad.

La miro suplicante, directamente a los ojos. Ella clava los suyos en los míos con una mirada helada y vacía de sentimientos que hace que un escalofrió recorra todo mí cuerpo. Unas casi inaudibles palabras se escapan de mis labios:

—Amor, siento mucho lo que te he estado haciendo…

Sin mediar palabra, ella me golpea el rostro con un puñetazo justo en mitad de la nariz. Duele. Noto como comienza a humedecerse la zona superior de la boca. El líquido sabe a sangre.

—Nunca debí haberte tratado de esa manera. Entiendo tu ira. Entiendo tu odio. Lo acepto. No volverá a ocurrir. Te demostraré que todo ha cambiado.

Afrodita golpea de nuevo sin decir nada. Duele aún más que antes. Involuntariamente comienzo a llorar. Las lágrimas se mezclan con la sangre, el sabor me recuerda al sabor de una lata de cerveza que lleva demasiado tiempo al fondo del frigorífico. Miro hacia abajo y veo como mis atuendo blanco va tiñéndose de color carmín. Hasta ahora, debido a la tensión, no había reparado en qué situación me encuentro. Estoy atado al asiento de una de las capsulas de evacuación. Afrodita pretende arrojarme al vacío igual que hice yo con el cadáver del indeseable polizón. Condenado a muerte con uno de los hipotéticos finales posibles: solo en mitad de la estrellas.

“¡Gilipollas! Promete lo que sea para que esa grandísima puta te deje libre y cuando lo haga no permitas que algo así vuelva a ocurrir.”

—¡Cállate! No… ¡Por favor! ¡No volveré a tocarte! ¡Lo juro! —Lloro desconsoladamente. Desesperado. Con solo mirarla, de alguna manera sé que mis lagrimas no lograrán doblegar la voluntad de Afrodita. Aun así, las suelto. Quizás en lo más profundo de mi cerebro una pequeña chispa de esperanza aún brilla tenue. Quizás ella posea algo de la humanidad que yo perdí en algún momento por el camino y mis sollozos hagan que sienta compasión. Quizás…

Comienza a golpearme una vez más. No una, ni dos. Me golpea con rabia; sin temer represalias. Se está desahogando. En su cara puedo leer la auténtica expresión del odio. La comprendo y sé que lo merezco; llevo toda la vida mereciéndolo. No puedo verlo, pero sé que todo a mi alrededor está salpicado de sangre. Espesa sangre que se desliza despacio, pintando el blanco impoluto del mobiliario que nos rodea. Blanco y rojo en un contraste que se repite constantemente en la naturaleza. Duelen los golpes.

En algún momento cesa de golpearme. Respira rápido y mantiene los puños fuertemente apretados.

—¡Hasta nunca hijo de puta! ¡Lo que más odio de toda esta mierda es que la criatura que se está desarrollando en mi vientre tenga tus putos genes! —Afrodita se aparta y aprieta el pulsador de cierre de puertas. Todo ha terminado; no en este instante exactamente, pero en un futuro inmediato será una inevitable realidad. Noto el temblor del motor de la capsula. Produce dolor en mis heridas. ¿Duele realmente? En un rato, sean unas horas o unos minutos, dejará de importar. No sentiré nunca nada más. Seré una simple mota de polvo más flotando en el universo. Seré nada, por lo que no habrá variado absolutamente nada mi condición.

Ahora que el fin es una realidad tangible, esa perspectiva no parece demasiado halagüeña. ¿Cuándo lo ha sido?

Siento la inercia encoger mis entrañas. Puedo ver a través del pequeño cristal circular de la capsula de salvamento un negro profundo salpicado de pequeñas y titilantes estrellas. ¿Cuántas de ellas estarán apagadas? Por lo que yo sé, todas ellas podrían estar en realidad muertas. Datos sin importancia, al igual que mi vida ha dejado de tenerla. El tiempo que me resta es un simple trámite en el peaje al infierno. Casi preferiría no tenerlo, cerrar los ojos y dejar que todo termine.

“¿Ves cómo siempre he tenido razón?” Al menos no me dirijo al olvido solo.